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Aquellos ojos verdes:
grandes ilusiones en días de dictadura

por Luis González Olascuaga*

Nacho me había dicho que en la Facultad de Economía habían elegido una camarada para la coordinadora Frenteamplista.

Yo tenía que preguntarle si era la prima de Pablo y ella tenía que decirme que no, que era su tía abuela.

Como no había otra piba en el bar y sobre su mesa aguardaban ostensibles el paquete de Nevada Light y el yesquero rojo (que eran parte de la contraseña), me largué derecho, seguro de cuál sería la respuesta.

-Hola, ¿sos la prima de Pablo?

-Sí.

Quedé un momento sin saber qué hacer ni qué decir. Pero enseguida empezó a reír, mientras negaba con movimientos de cabeza y decía:

-digo no.

Pero seguía tentada de risa y eran unos ojos verdes que se achinaban brillantes, en una cara de muñeca Nicoletta.

-Siempre me equivoco -dijo sin dejar de reír.

"¿A esta tarada de dónde la sacamos?" me sorprendí, porque entre nosotros las normas conspirativas no eran juguete y Nacho había dicho que sería de las nuestras. Yo había pensado que la tipa tenía que ser una crack para que la eligieran en Economía, donde los socialistas tenían al capo de sus Juventudes, el famoso Sapo, un individuo al cual el capo nuestro "odiaba", pero como yo "odiaba" a éste, llamado el Quico, entonces el Sapo me simpatizaba. Yo le había agarrado bronca al Quico porque una vez me había mandado decir que no quería en la organización a teatreros frustrados. Con veintidós años tan frustrado no podía estar yo, pero como ambos éramos en definitiva terribles pendejos (tipo Los Jefes de Varguitas) se armó una guerra muy sutil entre nosotros, porque le armé una fracción a favor de la Ascep, un gremio que él no podía dirigir.

También el cuerpo de la ojos verdes era de muñeca, pero marca Shary. Pensé que el Sapo era un tipo generoso. Esto era mucho mejor que tenerlo a él en la Coordinadora. Después de todo, más allá de las personalidades, en el Frente no había grandes diferencias políticas. Los socialistas eran leninistas y si había dos constructores uruguayos de teoría, uno era de ellos, Vivián Trías.

Los tupamaros "históricos" no estaban. Habían decidido "desmontar hasta que escampe". En democracia entraron en todas las provocaciones y contrarrestaron cada avance de la izquierda en las encuestas; en dictadura no pusieron una bomba ni tiraron un volante. Los tupamaros que siguieron la lucha fueron casos aislados y organizadamente los "puntistas", el 26 de Marzo. Eran fuertes en la cárcel y en el exilio. Los que proporcionalmente más represión sufrieron, los exanarquistas del PVP, tenían su mayor organización en los sindicatos. En la universidad los militantes más numerosos, después de los comunistas, eran los de la IDI (ex GAU, luego Vertiente Artiguista, fundada por Héctor Rodríguez, un dirigente textil expulsado del PC en tiempos de Stalin a quien luego el Partido hizo un acto de desagravio pero con rehabilitación falluta, del estilo "tenías razón pero andá a hacer la cola").

En todo lo sustancial, la sopa de siglas PC, IDI, PVP, PS Y 26, que éramos los que contábamos con organización clandestina considerable, estábamos totalmente de acuerdo. Pero en el 82, los bolches quedamos solos en el tema del voto programático, porque el PDC, que era el partido frenteamplista más votado, impuso el voto en blanco. Eso a mí me tenía cabreado; veníamos del trauma de España, donde habíamos luchado para que el PCE en el 77 votara programático en vez de cometer la gilada de presentarse aislado, sin tiempo para apenas "legalizarse" y apurando en sólo un mes la campaña que marcaría los tamaños sectoriales y el perfil de los compromisos. Ahora íbamos a hacer lo mismo con el Frente Amplio, después del enorme éxito que tuvimos con el NO, transformando el referéndum constitucional en un plebiscito contra el régimen, como habían hecho los vascos.

Pero lo que más me pesaba era que el Quico había quedado como un fenómeno, diciendo desde el primer momento que el Partido iba a tener que terminar votando en blanco por disciplina frenteamplista. Lo que en buen romance quería decir que la UJC del interior siempre estuvo a favor del voto en blanco. "Los hechos me dieron la razón" decía ahora, y yo tenía una reunión con la delegada de Economía en la Coordinadora Frenteamplista para organizar justamente la campaña del voto en blanco...

-Alexandra -se presentó.

-¿Alexandra? -pregunté alelado, ahora el tarado era yo. No sé por qué me resultaba raro como nombre político. Generalmente elegíamos nombres más épicos o evangélicos. Alejandra, todavía. Pero con x me resultaba extraño.

-Alexandra -repitió

-Alexandra -acepté y rió. Ahora de mí.

-¿Vos?

-Federico.

En rigor me enamoró en dos palabras, porque antes de inventarle mi nombre yo ya estaba enamorado. Habíamos dicho "Alexandra" y "vos", sucintamente y lo de Federico se me ocurrió para estar a tono y quizá también porque una vez Nacho, el chico que me afilió en el 80, muy amigo de Alvarito, mi mejor amigo en el teatro, me dijo en un boliche de la Avenida Comercio que yo tenía la mirada de García Lorca. Me lo creí.

La tarde de primavera que pusimos el cartel del voto en blanco en la Biblioteca Nacional, fue precisamente con Nacho y con Destouches, que creo que estaba entonces en el PVP. Unos cincuenta gurises se congregaron en la parada del ómnibus y a una señal de Nacho nos cubrieron tapando la fachada de la Biblioteca. Se suponía que aquello no tenía que durar más de diez segundos, pero cuando nos pusimos a la tarea no podíamos despegar la lámina y Nacho, que era el que estaba más nervioso de los tres, pedía "¡tranquilos, tranquilos!", mientras las manos no parecían recordar lo que tanto habíamos practicado. Alexandra estaba entre los manifestantes que, al dispersarse, alfombrarían de volantes la explanada de la Biblioteca, del callejón y de la Universidad. Yo sentía en qué lugar exacto de la concentración estaba ella y que se daba cuenta, por la demora, que algo estaba fallando.

Tardamos dos minutos eternos, pero el cartel quedó impresionante. Hasta que discretamente, a medianoche, llegó un camión de milicos con lampazos. El voto en blanco achicó las perspectivas del Frente, pero no perjudicó a los demócratas de los otros partidos, en parte porque la mayoría de los frenteamplistas, de todos modos, votaron programático. Después, para las generales, el Partido Colorado puso un candidato en sí mismo y las ganó. Seregni y Wilson, proscriptos, pusieron candidatos vicarios. Les sobró personalismo o les faltó la personalidad de un Perón, que puso a Cámpora sabiendo que por mejor que fuese el mejor que pusiese, Perón era Perón. No sé cuál era el mejor del Frente, pero cualquier cuarentón o cincuentón notorio del momento hubiese servido, Araujo, Batalla, Ciganda, Reed, cualquiera con actualidad mediática. Para las siguientes generales, las del 89, la coalición corrigió en parte con la promoción de Tabaré y Astori. Pero todas estas decisiones ya no se tomaban de la misma manera en que se hacía política en la izquierda antes del multimedia, cuando el poder estaba compartimentado y para armar una fracción había que leer al Ché y a Luchy Luchiano.
*Luis González Olascuaga - Escritor

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