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Coincidir
¿qué negocio?
El
Norte querrá pagar el hambre con transgénicos. Viene de
refrescarnos la memoria sobre cuán determinantes fueron el
colonialismo, la pólvora y las cañoneras. ¿O vas a seguir
explicando ahora, Varguitas, que la superioridad de los
angloamericanos es porque no tienen indios ni pereza ni
dogmatismos religiosos? Al Sur le querrá seguir haciendo pagar la
libertad ajena como siempre, con comercio desigual, intereses,
colgamentos y nuevos empréstitos (como variante, desestabilización,
golpe de Estado o invasión). Después de todo, las guerras y
negociaciones ya no son tanto por el petróleo como por el agua,
ni son siquiera tanto por el agua como por las deudas. Porque
Libertad 1000 empieza por libertad 1, el voto universal y secreto,
el lugar donde se pasan las facturas y sigue por libertad 2, el
consumo, donde la economía de la gente puede hacerse tan punitiva
como la de Wall Street. No queremos granos Frankestein ni para
engordar pollos. Lula prefiere nuestro arroz aunque no está
subvencionado. Mientras
el Norte califica los riesgos países, nosotros calificamos la
decadencia imperio y a negociar. Las deudas son innumerables. Las
odiosas (contraídas contra los intereses de los pueblos por
dictadores testaferros de los acreedores), las de guerra, la
social, la ambiental. Suma y sigue... Si
avanzamos la verdadera libertad de sufragio, de expresión y de
mercado, no pararemos de cobrar hasta la piedad. No podrán
entonces financiar La Guerra de las Galaxias. Si
consiguen financiarla, tendrán el monopolio de la disuasión y
extenderán su doctrina del “espacio vital” hasta su corolario
indefectible: la “solución final”. Con
la particularidad de que ahora todo es global y la “solución”
también lo será. ¿Para qué el escudo nuclear, si los atentados
son con fedayines y la radioactividad de las ojivas, por lejos que
exploten solo dejarán con vida a las cucarachas, los únicos
seres vivos que quedarán en la Tierra, los únicos inmunes a la
radioactividad y que no necesitan ingerir materia orgánica; ahora
se alimentan de nuestra carne en descomposición, de nuestra
basura; por eso son insectos urbanos, aparecen donde nosotros.
Pero mañana, cuando todo lo orgánico lo hayamos desaparecido,
ellas igual se pueden alimentar de cables. El
imperialismo es un impiadoso aprendiz de brujo que no ha
encontrado quien lo salve de sí mismo, destruyéndolo con mayor
sabiduría, antes de que él lo destruya todo. Un buen negocio es
aquel en que ambas partes salen ganando. En
este caso un planeta. El único que tenemos. Sigamos coincidiendo
en libertad, democracia, alimento y preservación de la
naturaleza. En efecto. Porque sin “solución final”, la única
solución es dejar de perseguir a los pueblos. HISTORIA
DE UNA SOLUCIÓN INSOLUBLE El
invento de la llamada “solución final” fue atribuido a Hitler
para aplicarla contra “la conspiración de judíos y
comunistas”. Consistía en acabar definitivamente con el
enemigo, exterminarlo, borrarlo de la historia, como corolario de
la doctrina del “espacio vital”: si él no terminaba con
ellos, ellos terminarían con él. Cuando ocupó Austria, estaba,
desde su punto de vista, simplemente completando Alemania, pero
cuando siguió con Checoslovaquia, Polonia y Bélgica, argumentó
que necesitaba esos espacios para sobrevivir, porque de lo
contrario comenzarían a marcarle la cuenta regresiva los enemigos
del Tercer Reich, la URSS por el Este, Francia por el Sur y luego
amplió el catálogo a todo el resto del mundo; porque los judíos
eran comunistas en tanto se confundían en el proletariado de
Europa del Este y Central, pero también los gitanos y los
filocomunistas, socialistas, liberales, masones, así hasta
infinito, su espacio vital le obligaba a la “solución final”
no sólo con judíos y comunistas, sino con todos los que se
opusieran a su imperio. Pero
esta historia conocida no fue más que la última reiteración, la
más reciente y meneada de todos los periplos imperialistas de la
historia y no sólo no inventó el nazismo la “solución
final” sino que fue el primero que no pudo completarla ni
siquiera con los gitanos (que, porcentualmente, fueron los más
masacrados). Antes los invasores anglosajones exterminaron más de
ochenta naciones en América del Norte, los diversos imperios
europeos otras tantas en África y Asia y si en América del Sur
se salvaron unas cuantas, fue casualidad histórico-religiosa. A
las guerras de rapiña que arrasaban poblaciones enteras sin
contemplación alguna (Fray Bartolomé De las Casas testimonia que
fue masacrada las tres cuartas partes de la población americana
durante la llamada “conquista”; sólo en la guerra de
Manchuria, murieron treinta millones, casi tanto como en la
Segunda Guerra Mundial, algo más que en la Primera, si no que las
hambrunas mataban también de a treinta millones en la India o en
China, porque Inglaterra resolvía otros destinos para los granos,
en la década del setenta del siglo XIX, por ejemplo. Para la
población de aquellas épocas eran porcentajes enormes, con los
que aparentemente se amortiguaba la explosión demográfica. Pero
la humanidad resultó inderrotable, por mucho que se persiguió a
sí misma (“el hombre es lobo del hombre” decía Bretch), se
reprodujo con fuerza mayor en los pueblos y etnias más
perseguidos. Lo sigue haciendo y nada tiene de extraño. Es una
ley etológica. Las especies fuertes de la naturaleza, leones o
elefantes por ejemplo, se reproducen sin explosión (los elefantes
suelen tener dos crías por hembra, algunas veces en la agonía,
lo mismo que los leones que son, sin embargo, de los animales que
más fornican). En cambio las ratas y las cucarachas, se
multiplican explosivamente, precisamente como reacción natural
para evitar el exterminio de que viven amenazadas. La angustia es
un factor de concepción (el antropólogo italiano Luiggi De
Marchi, señala la angustia como uno de los principales motivos de
reproducción y detalla cómo la explosión demográfica es otro
mecanismo de defensa de los especies, razas, pueblos y clases
perseguidas). También entre los seres humanos se multiplica la
natalidad de pobres y excluidos, perseguidos y marginados racial,
social o económicamente. Las guerras colonialistas e
imperialistas paliaban relativamente esta explosión, aunque ya
Malthus advirtió en el siglo XIX que las distintas formas de
disuasión (culturales y militares, pero siempre de raíz tecnológica)
que estaban apareciendo, llevarían al planeta a un colapso por
superpoblación (su diagnóstico era correcto, los síntomas
constatables; el tratamiento que propuso extremadamente
reaccionario). Los
factores disuasivos dieron un salto pavoroso al finalizar la
segunda guerra mundial, cuando seis Estados se hicieron de la
bomba atómica (ese fue en rigor el origen del Consejo de
Seguridad de la ONU), pero concomitantemente avanzaba la tecnología
de la comunicación y nuevas armas culturales para que invadidos y
sojuzgados defendieran su supervivencia. Si Jerónimo hubiese
contado con Internet, seguro que los apaches no hubiesen
desaparecido como tales. Pero
los distintos ritmos de crecimiento demográfico siguen expresando
las persecuciones. Entre nosotros nacen más niños en los
cantegriles, las villas miserias, las favelas, que en los barrios
residenciales; en EEUU crece más la población chicana que la
WASP, al punto ya se podría decir que México le está
devolviendo la invasión y rescindiendo el contrato de compraventa
por Texas y California. El Tercer Mundo crece más aceleradamente
que el Primero y de los únicos etnocidios completos de los últimos
casi sesenta años, puede decirse que ocurrieron fuera del llamado
mundo globalizado, en Camboya y en Ruanda aisladas, aunque haya
habido provocaciones desde fuera. Las
tragedias del bloqueado y bombardeado Irak, de la arrasada Grozni,
de uno, dos, diez Vietnam de las últimas décadas no alcanzaron
los números de seis millones de judíos en las cámaras de gas o
un millón y medio de armenios degollados por los turcos, por
poner sólo dos ejemplos del siglo pasado, sin remontarnos a Atila. Cuando
las proyecciones demográficas pasaron a prever quince mil
millones de habitantes para el 2020, aparecieron los planes de
Noruega y de la Suecia de Olof Palme (por donde no en balde había
pasado Wilhem) para plantear en las cumbres internacionales
estrategias inclusivas, que se adaptaran a un mundo en el que no
queda más opción que coincidir y pactar o desencadenar la
escalada terrorista y la hecatombe nuclear (la pastilla
anticonceptiva en sí misma es una mera sustancia, el tema es cómo
interpretaba Palme las nuevas circunstancias y cómo Macnamara y
con qué fines). Hay que recordar que el propio concepto de
“globalización” nació del de “problemas globales” con
que Andropov dio comienzo al fin de la guerra fría. Chernobill
fue una de las muchas señales de un holocausto planetario que,
como advirtió García Márquez al recibir el Premio Nobel, sólo
será sobrevivido por las cucarachas, las más perseguidas, las
mejor adaptadas. RESISTENCIA
Y PODER Ningún
descendiente de españoles puede estar seguro de no ser judío y
yo tengo mayores probabilidades que otros de la seguridad
contraria. Étnicamente judío más que muchos, culturalmente como
cualquiera en nuestra civilización judeo-cristiana y aunque no
religioso, jamás tuve dudas al definirme políticamente sionista.
Entiendo que todo pueblo-nación tiene derecho a tener su Estado y
autodeterminarlo libremente. El Palestino también. Pero
el costoso y enorme poder que acumulamos los judíos en duros
siglos sin Estado (como acumularon poder sin Estado otros de mis
ancestros, los vascos, también culturalmente milenarios), estoy
convencido de que hemos comenzado a menguarlo desde que
incumplimos las resoluciones de la ONU (el marco donde los sueños
de Einstein y Ben Gurion habían prosperado) y de que seguimos
menguando con Dayan, con Sharon, la persistencia en las
ocupaciones, la perversa, paradójica e históricamente esperpéntica
asunción de la teoría del espacio vital por un pueblo que la
sufrió, el incalificable apoyo al régimen racista de Ian Smith,
la Guerra de los Siete Días, los asentamientos, las criminales
incursiones del ejército israelí en Gaza y Cisjordania, Jenin.
Es una teoría sin otra solución de continuidad que la “solución
final”. Lo moderno es la malla metálica y la marginación del
derrotado (la hoja de ruta). El lado terrible de las nuevas
tecnologías de avance de la información, es que nos acostumbran
a una forma de la soledad consistente en saltear los paisajes, el
tiempo y la distancia y
se nos hace totalmente ajeno el otro lado de la burbuja, el otro
país de cada región y de cada ciudad por donde pasan las nuevas
fronteras globales económicas. Quizá
los vascos nunca nos veamos tentados a caer en semejantes
perversiones (ni el apartheid ni la agresión), porque ya en
nuestras primeras versiones de ley escrita, en el fuero de Biskaia
de 1525, figura el concepto de “Muga”, repeler las invasiones
pero nunca un paso más allá del solar vasco. Para eso, tan mitológicamente
central como el árbol de Gernika es el Malata arbola (mencionado
en el Fuero), aquel donde los gudaris marcaban con sus armas (malatuak,
muescas), el límite que no debían traspasar jamás en persecución
de sus agresores. Parece
más probable que civilizaciones herederas de antiguos imperios
seculares y ecuménicos, estén dispuestas a aceptar las nuevas
reglas de distensión, cuando la opinión pública instantáneamente
interconectada con múltiples vías de manifestación y presión,
hace decaer a los actuales poderosos sin los torrenciales
derramamientos de sangre que en la historia han pautado la caída
de los imperios. El
peligro es brutal, vivimos al filo del fin del mundo, por polución,
contaminación y por el castigo económico que sería para los
poderosos detenerlas. Pero no es cierto que nuestra época sea más
violenta, terrorista y cruenta, como nos da la sensación por la
abundancia informativa de que disponemos. Escribió
Wilhem Reich que cuando llegase a la situación límite la
humanidad se daría cuenta. Hemos llegado. Por
si acaso, antes de irme dejaré en el cubo de basura, un ejemplar
de En busca del tiempo perdido, para que mis amigas las
cucarachas puedan llegar a conocer a Proust y sepan, por los
juegos de Marcel en Les Champs Elisees, que alguna vez supimos
apreciar que este era un lindo planeta. LA ONDA® DIGITAL |
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