Presione aqui para ver el pronóstico meteorológico de Montevideo

Coincidir ¿qué negocio?
Hambre 0, libertad 1000

por Luis González Olascuaga

Bush y Lula coincidieron, Lula y Tabaré coincidieron, Tabaré y Kichner coincidieron, Venezuela coincide con el MERCOSUR, el MERCOSUR con el G3 y el G8, hasta palestinos e israelíes coinciden. ¿Qué negocio? 

El Norte querrá pagar el hambre con transgénicos. Viene de refrescarnos la memoria sobre cuán determinantes fueron el colonialismo, la pólvora y las cañoneras. ¿O vas a seguir explicando ahora, Varguitas, que la superioridad de los angloamericanos es porque no tienen indios ni pereza ni dogmatismos religiosos? Al Sur le querrá seguir haciendo pagar la libertad ajena como siempre, con comercio desigual, intereses, colgamentos y nuevos empréstitos (como variante, desestabilización, golpe de Estado o invasión). Después de todo, las guerras y negociaciones ya no son tanto por el petróleo como por el agua, ni son siquiera tanto por el agua como por las deudas. 

Porque Libertad 1000 empieza por libertad 1, el voto universal y secreto, el lugar donde se pasan las facturas y sigue por libertad 2, el consumo, donde la economía de la gente puede hacerse tan punitiva como la de Wall Street. No queremos granos Frankestein ni para engordar pollos. Lula prefiere nuestro arroz aunque no está subvencionado. 

Mientras el Norte califica los riesgos países, nosotros calificamos la decadencia imperio y a negociar. Las deudas son innumerables. Las odiosas (contraídas contra los intereses de los pueblos por dictadores testaferros de los acreedores), las de guerra, la social, la ambiental. Suma y sigue... 

Si avanzamos la verdadera libertad de sufragio, de expresión y de mercado, no pararemos de cobrar hasta la piedad. No podrán entonces financiar La Guerra de las Galaxias. 

Si consiguen financiarla, tendrán el monopolio de la disuasión y extenderán su doctrina del “espacio vital” hasta su corolario indefectible: la “solución final”.

Con la particularidad de que ahora todo es global y la “solución” también lo será. ¿Para qué el escudo nuclear, si los atentados son con fedayines y la radioactividad de las ojivas, por lejos que exploten solo dejarán con vida a las cucarachas, los únicos seres vivos que quedarán en la Tierra, los únicos inmunes a la radioactividad y que no necesitan ingerir materia orgánica; ahora se alimentan de nuestra carne en descomposición, de nuestra basura; por eso son insectos urbanos, aparecen donde nosotros. Pero mañana, cuando todo lo orgánico lo hayamos desaparecido, ellas igual se pueden alimentar de cables. 

El imperialismo es un impiadoso aprendiz de brujo que no ha encontrado quien lo salve de sí mismo, destruyéndolo con mayor sabiduría, antes de que él lo destruya todo. Un buen negocio es aquel en que ambas partes salen ganando.

En este caso un planeta. El único que tenemos. Sigamos coincidiendo en libertad, democracia, alimento y preservación de la naturaleza. En efecto. Porque sin “solución final”, la única solución es dejar de perseguir a los pueblos. 

HISTORIA DE UNA SOLUCIÓN INSOLUBLE

El invento de la llamada “solución final” fue atribuido a Hitler para aplicarla contra “la conspiración de judíos y comunistas”. Consistía en acabar definitivamente con el enemigo, exterminarlo, borrarlo de la historia, como corolario de la doctrina del “espacio vital”: si él no terminaba con ellos, ellos terminarían con él. Cuando ocupó Austria, estaba, desde su punto de vista, simplemente completando Alemania, pero cuando siguió con Checoslovaquia, Polonia y Bélgica, argumentó que necesitaba esos espacios para sobrevivir, porque de lo contrario comenzarían a marcarle la cuenta regresiva los enemigos del Tercer Reich, la URSS por el Este, Francia por el Sur y luego amplió el catálogo a todo el resto del mundo; porque los judíos eran comunistas en tanto se confundían en el proletariado de Europa del Este y Central, pero también los gitanos y los filocomunistas, socialistas, liberales, masones, así hasta infinito, su espacio vital le obligaba a la “solución final” no sólo con judíos y comunistas, sino con todos los que se opusieran a su imperio. 

Pero esta historia conocida no fue más que la última reiteración, la más reciente y meneada de todos los periplos imperialistas de la historia y no sólo no inventó el nazismo la “solución final” sino que fue el primero que no pudo completarla ni siquiera con los gitanos (que, porcentualmente, fueron los más masacrados). Antes los invasores anglosajones exterminaron más de ochenta naciones en América del Norte, los diversos imperios europeos otras tantas en África y Asia y si en América del Sur se salvaron unas cuantas, fue casualidad histórico-religiosa. 

A las guerras de rapiña que arrasaban poblaciones enteras sin contemplación alguna (Fray Bartolomé De las Casas testimonia que fue masacrada las tres cuartas partes de la población americana durante la llamada “conquista”; sólo en la guerra de Manchuria, murieron treinta millones, casi tanto como en la Segunda Guerra Mundial, algo más que en la Primera, si no que las hambrunas mataban también de a treinta millones en la India o en China, porque Inglaterra resolvía otros destinos para los granos, en la década del setenta del siglo XIX, por ejemplo. Para la población de aquellas épocas eran porcentajes enormes, con los que aparentemente se amortiguaba la explosión demográfica. 

Pero la humanidad resultó inderrotable, por mucho que se persiguió a sí misma (“el hombre es lobo del hombre” decía Bretch), se reprodujo con fuerza mayor en los pueblos y etnias más perseguidos. Lo sigue haciendo y nada tiene de extraño. Es una ley etológica. Las especies fuertes de la naturaleza, leones o elefantes por ejemplo, se reproducen sin explosión (los elefantes suelen tener dos crías por hembra, algunas veces en la agonía, lo mismo que los leones que son, sin embargo, de los animales que más fornican). En cambio las ratas y las cucarachas, se multiplican explosivamente, precisamente como reacción natural para evitar el exterminio de que viven amenazadas. La angustia es un factor de concepción (el antropólogo italiano Luiggi De Marchi, señala la angustia como uno de los principales motivos de reproducción y detalla cómo la explosión demográfica es otro mecanismo de defensa de los especies, razas, pueblos y clases perseguidas). También entre los seres humanos se multiplica la natalidad de pobres y excluidos, perseguidos y marginados racial, social o económicamente. Las guerras colonialistas e imperialistas paliaban relativamente esta explosión, aunque ya Malthus advirtió en el siglo XIX que las distintas formas de disuasión (culturales y militares, pero siempre de raíz tecnológica) que estaban apareciendo, llevarían al planeta a un colapso por superpoblación (su diagnóstico era correcto, los síntomas constatables; el tratamiento que propuso extremadamente reaccionario). 

Los factores disuasivos dieron un salto pavoroso al finalizar la segunda guerra mundial, cuando seis Estados se hicieron de la bomba atómica (ese fue en rigor el origen del Consejo de Seguridad de la ONU), pero concomitantemente avanzaba la tecnología de la comunicación y nuevas armas culturales para que invadidos y sojuzgados defendieran su supervivencia. Si Jerónimo hubiese contado con Internet, seguro que los apaches no hubiesen desaparecido como tales. 

Pero los distintos ritmos de crecimiento demográfico siguen expresando las persecuciones. Entre nosotros nacen más niños en los cantegriles, las villas miserias, las favelas, que en los barrios residenciales; en EEUU crece más la población chicana que la WASP, al punto ya se podría decir que México le está devolviendo la invasión y rescindiendo el contrato de compraventa por Texas y California. El Tercer Mundo crece más aceleradamente que el Primero y de los únicos etnocidios completos de los últimos casi sesenta años, puede decirse que ocurrieron fuera del llamado mundo globalizado, en Camboya y en Ruanda aisladas, aunque haya habido provocaciones desde fuera. 

Las tragedias del bloqueado y bombardeado Irak, de la arrasada Grozni, de uno, dos, diez Vietnam de las últimas décadas no alcanzaron los números de seis millones de judíos en las cámaras de gas o un millón y medio de armenios degollados por los turcos, por poner sólo dos ejemplos del siglo pasado, sin remontarnos a Atila. 

Cuando las proyecciones demográficas pasaron a prever quince mil millones de habitantes para el 2020, aparecieron los planes de Noruega y de la Suecia de Olof Palme (por donde no en balde había pasado Wilhem) para plantear en las cumbres internacionales estrategias inclusivas, que se adaptaran a un mundo en el que no queda más opción que coincidir y pactar o desencadenar la escalada terrorista y la hecatombe nuclear (la pastilla anticonceptiva en sí misma es una mera sustancia, el tema es cómo interpretaba Palme las nuevas circunstancias y cómo Macnamara y con qué fines). Hay que recordar que el propio concepto de “globalización” nació del de “problemas globales” con que Andropov dio comienzo al fin de la guerra fría. Chernobill fue una de las muchas señales de un holocausto planetario que, como advirtió García Márquez al recibir el Premio Nobel, sólo será sobrevivido por las cucarachas, las más perseguidas, las mejor adaptadas. 

RESISTENCIA Y PODER

Ningún descendiente de españoles puede estar seguro de no ser judío y yo tengo mayores probabilidades que otros de la seguridad contraria. Étnicamente judío más que muchos, culturalmente como cualquiera en nuestra civilización judeo-cristiana y aunque no religioso, jamás tuve dudas al definirme políticamente sionista. Entiendo que todo pueblo-nación tiene derecho a tener su Estado y autodeterminarlo libremente. El Palestino también. 

Pero el costoso y enorme poder que acumulamos los judíos en duros siglos sin Estado (como acumularon poder sin Estado otros de mis ancestros, los vascos, también culturalmente milenarios), estoy convencido de que hemos comenzado a menguarlo desde que incumplimos las resoluciones de la ONU (el marco donde los sueños de Einstein y Ben Gurion habían prosperado) y de que seguimos menguando con Dayan, con Sharon, la persistencia en las ocupaciones, la perversa, paradójica e históricamente esperpéntica asunción de la teoría del espacio vital por un pueblo que la sufrió, el incalificable apoyo al régimen racista de Ian Smith, la Guerra de los Siete Días, los asentamientos, las criminales incursiones del ejército israelí en Gaza y Cisjordania, Jenin. Es una teoría sin otra solución de continuidad que la “solución final”. Lo moderno es la malla metálica y la marginación del derrotado (la hoja de ruta). El lado terrible de las nuevas tecnologías de avance de la información, es que nos acostumbran a una forma de la soledad consistente en saltear los paisajes, el tiempo y la distancia  y se nos hace totalmente ajeno el otro lado de la burbuja, el otro país de cada región y de cada ciudad por donde pasan las nuevas fronteras globales económicas. 

Quizá los vascos nunca nos veamos tentados a caer en semejantes perversiones (ni el apartheid ni la agresión), porque ya en nuestras primeras versiones de ley escrita, en el fuero de Biskaia de 1525, figura el concepto de “Muga”, repeler las invasiones pero nunca un paso más allá del solar vasco. Para eso, tan mitológicamente central como el árbol de Gernika es el Malata arbola (mencionado en el Fuero), aquel donde los gudaris marcaban con sus armas (malatuak, muescas), el límite que no debían traspasar jamás en persecución de sus agresores. 

Parece más probable que civilizaciones herederas de antiguos imperios seculares y ecuménicos, estén dispuestas a aceptar las nuevas reglas de distensión, cuando la opinión pública instantáneamente interconectada con múltiples vías de manifestación y presión, hace decaer a los actuales poderosos sin los torrenciales derramamientos de sangre que en la historia han pautado la caída de los imperios. 

El peligro es brutal, vivimos al filo del fin del mundo, por polución, contaminación y por el castigo económico que sería para los poderosos detenerlas. Pero no es cierto que nuestra época sea más violenta, terrorista y cruenta, como nos da la sensación por la abundancia informativa de que disponemos. 

Escribió Wilhem Reich que cuando llegase a la situación límite la humanidad se daría cuenta. Hemos llegado. 

Por si acaso, antes de irme dejaré en el cubo de basura, un ejemplar de En busca del tiempo perdido, para que mis amigas las cucarachas puedan llegar a conocer a Proust y sepan, por los juegos de Marcel en Les Champs Elisees, que alguna vez supimos apreciar que este era un lindo planeta.

LA ONDA® DIGITAL


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


Inicio

Un portal para y por uruguayos
URUGUAY.COM

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital