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Chiflet y la propaganda armada
Contestando las preguntas de Araújo, que
fueron para que hablase de los tupamaros

por Luis González Olascuaga

Neber Araujo la armó bien y si no la armó, igual le salió redonda. Guillermo Chiflet es de los mejores polemistas con que cuenta nuestro actual parlamento, junto a Pablo Millor, Carlos Pita y el Pepe Mujica, entre muy poquitos más, aparte de los "peso pesado" Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Tabaré Vázquez o Danilo Astori (Jorge Batlle ya fue; no lo salva ni que Silverstein se le haga el enojado, ni siquiera que se le enoje de verdad). Pero a diferencia de lo que hubiesen hecho Pita o hasta el propio Mujica y por supuesto Tabaré, Chiflet terminó tematizando en Agenda Confidencial, sin moderación, el accionar tupamaro de los sesenta. No porque sea violentista, que aclaró que no lo es, tampoco porque que en aquella época se haya implicado en la guerrilla, extremo que también deslindó de su carácter, sino, sencillamente, porque todavía no entendió (o ya no está para entender) cómo funciona la "dictadura televisiva" y contestó las preguntas de Araujo, que fueron para que hablase de los tupamaros antes y de los tupamaros esto y de los tupamaros aquello, llenando el espacio con las palabras "guerrilla", "armas", "secuestro", "atentado". Cuando lo único que tenía que decir y repetir Chiflet, cuanto tiempo durase la "entrevista", era que los tupamaros ya no estaban, ya habían sido definitivamente derrotados hacía un año, no existían política ni militarmente cuando el 27 de junio de 1973 -hacía treinta años (y esa noche era el motivo de la polémica)- Bordaberry dio el golpe de Estado. Hablar y hablar de los tupamaros era dejarle la mesa tendida a Lacalle y a Sanguinetti, que venían después, en los bloques siguientes del programa, el del desarrollo, el del desenlace y el del remate, para marcar equidistancia entre tupamaros y militares y buen provecho.

Como si la cosa hubiese sido entre dos demonios, cuando en realidad fue entre un bloque de poder al servicio del Imperio y un país donde los tupamaros ya no corrían y nunca habían tenido posibilidades creíbles de victoria, un país que sí tuvo durante sesenta años una política de Estado democrática y antiimperialista y estaba reconstruyendo un bloque opositor con chance de volver a confrontar con el Imperio y avanzar la democracia, un país que confrontó al golpe con una huelga general y masivas manifestaciones pacíficas y así derrumbó al régimen, ocho o diez años después. En esa confrontación no había equidistancia posible. Pero en vez de obviar olímpicamente los andariveles que le marcaba Araujo, Chiflet tematizó la propaganda armada. Debió usar en cambio las armas de la propaganda para reiterar en cada frase lo que los otros venían a ocultar, cómo se hizo pagar a "justos" por "pecadores" porque iban a por los "justos", que ya los "pecadores" habían cumplido su misión de entrar al juego de las provocaciones (actuando sobre todo para la TV, sin vocación y sin que les pagaran como Handler a sus actores no vocacionales) y en 1973 estaban vencidos por donde se los mirara.

Pocas semanas antes, Mujica debatió con Millor ante Sotelo y ninguno de los contrincantes contestó pregunta alguna. Cada cual dijo lo que fue a decir, como corresponde a dos profesionales. Pero Chiflet temblaba de emoción con la Unión Popular y el periódico Época y la historia del imperialismo acorralando a los nacionalismos en América del Sur. Es comprensible: el tema apasiona.

PERÓN, PERÓN
Los cañeros y la financiera Monti fueron realmente propaganda armada en un país que a fines de los cincuenta, había entrado en dictadura mediática (y con ella al despeñadero general); más que guerrilla, fueron hechos políticos. Pero por ese rumbo iban hacia la propaganda de las armas y a hacer el papel de villanos en el informativo, porque los tupamaros nunca comprendieron y el Partido Comunista tampoco (y el Encuentro sigue sin tenerlo en el primer punto de la agenda), que el poder no son las bayonetas ni las cárceles, sino los medios de comunicación y en definitiva la opinión pública, la producción de subjetividad, el laminado crítico de la democracia incluida la ineficaz gestualidad de Araujo, que aún si hubiésemos bajado el volumen del televisor, hubiéramos creído que a Chiflet lo estaba "torturando" y luego con los otros "compartía un copetín".

Hubo matices, pero en la izquierda uruguaya, quien más quien menos se creyó en la comuna de París y había pasado desde entonces un siglo a ritmo de milenio.

Entre las inflexiones de Chiflet para los avisados, estuvo especialmente desfasada la sugerencia de que quienes más preocupaban a la CIA no eran los comunistas sino los nacionalistas. Es una verdad enorme. El tipo al que más temían, el enemigo número uno de los servicios norteamericanos nunca fue Castro. Era y sigue siendo Perón. Ni a un socialista como Chiflet ni a un comunista, le ha de hacer gracia reconocerlo, pero fue la Argentina peronista el gran rival potencial que veían los Estados Unidos de Norteamérica y a aislarla tendió principalmente el Plan Cóndor. Incluso antes, el golpe brasileño del 64, el más aparentemente gratuito de la historia, tenía su motivo geoestratégico mirando al sur. Chiflet recordó la denuncia de Haedo desde el Debate, en aquel 64 y también los planes de golpe para que no asumiera el gobierno blanco en el 58. En la visión geopolítica del Pentágono, todo era posible apoyo logístico a un desarrollismo nacionalista argentino. En la década de los setenta muchos golpes tuvieron por objetivo principal aislar a la Argentina, y cuando la tuvieron encerrada, en 1976, minada por dentro, con las mismas provocaciones y tácticas de ocasión, descabezaron el fantasma que hoy les resucita: un bloque de poder soberano en el Sur del continente con capacidad de crecer y competir con el Norte.

Pero volviendo al tema de la propaganda, el ejemplo que puso Chiflet: "Vivian Trías escribió un exhaustivo libro sobre la financiera Monti y lo ningunearon; los tupamaros la coparon y la financiera entró en la agenda mediática", se ha reiterado en la historia más reciente, con asiduidad directamente proporcional al crecimiento del poder de los multimedias, por su capacidad para decretar de facto, qué existe y qué no.

CHÁVEZ, ETA Y LOS INDIOS DE ECUADOR
La mayor idea fuerza a favor de la democracia y contra el terrorismo la ha lanzado el subcomandante Marcos, "que el poder mande obedeciendo", pero para eso hay que democratizar y desmonopolizar la comunicación. Si no es imposible. Porque el que manda tiene que obedecer a los dueños de los multimedios, al dinero, no al público, pueblo o sociedad civil, ni siquiera al mercado en un sentido de mercado libre.

Que la democratización de la comunicación es el mejor antídoto contra el terrorismo, lo demostró Felipe González en los tiempos de tregua que aprovechó para el inmovilismo y decir que no le pondrían el tema vasco en la agenda. Con democracia informativa no hubiese ocurrido el sacrificio de Ocosingo para que el mundo conociera a Marcos, ni el pronunciamiento de Chávez para su ascenso electoral ni el lobby de falsimedia, Cisneros, Polanco, CNN, El País de Madrid hubiesen podido poner al gobierno bolivariano en la mira de una nueva serie de golpes fascistas. Cuando los indígenas ecuatorianos tomaron Quito, rodearon la casa de Gobierno pero no entraron. ¿Para qué fue? Para volver a existir en su propio país. Entraron con violencia a las encuestas por haber obligado a los medios a constatarlos. El mismo programa que un día antes contaba con un 15% de adhesión, pasó a ser conocido por la población y alcanzó un 60 %, determinando luego, incluso, la victoria electoral de Gutiérrez. El terrorismo es negocio en el sistema del silencio como hasta las drogas más destructivas y menos placenteras son negocio en la clandestinidad.

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