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El
hambre puede ser un negocio Los alimentos transgénicos invaden Europa de la mano de la biotecnología, llega una Segunda Revolución Verde: los alimentos transgénicos, avalados por el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio. Grandes multinacionales se ocultan tras ellos convirtiendo el hambre en un negocio. Ahora Europa les abre sus puertas.
Llamados
también organismos modificados genéticamente (OMG), los transgénicos
son organismos vivos creados artificialmente a los cuales se
introduce uno o varios genes de otro ser vivo (virus, bacteria,
vegetal, animal o humano). Se franquea así la barrera entre
especies generando seres vivos que no existían anteriormente. El
resultado de este cruce genera sin duda semillas mejoradas, que
además de resistir la acción de plagas e inclemencias del clima,
pueden crecer en condiciones extremas, lo cual garantiza las
cosechas y optimiza los rendimientos. No
obstante, tras la bondad de estos datos se encuentra una realidad
alarmante. Los riesgos sanitarios a largo plazo de los OMG
presentes en nuestra alimentación o en los animales de los que
nos alimentamos, no están siendo evaluados y su alcance sigue
siendo desconocido, ya que los estudios de impacto se están
realizando a posteriori. De sus resultados se ha estimado que
puedan aparecer alergias, resistencia a los antibióticos, efectos
acumulativos y carcinogénesis. El impacto puede llegar a ser
irreversible, valga como ejemplo el desastre producido por la
compañía japonesa Showa Denko que diseñó una bacteria que se
empleaba en estos cultivos. Las consecuencias fueron funestas: 37
personas muertas y 1500 con daños permanentes. El
otro gran perjudicado es el medio ambiente. Además de la
contaminación tradicional por el uso de pesticidas y plaguicidas
que aplicados a los OMG se denominan biocidas, se acuña un nuevo
concepto de degradación del ecosistema: la erosión genética.
Esto supone la contaminación de especies silvestres con pólenes
de plantas modificadas, lo que produce una homogenización de la
diversidad biológica y por lo tanto conduce a la desaparición de
multitud de especies, que constituían centros de diversidad. Pero,
¿qué intereses se ocultan tras estos alimentos? A juzgar por las
cifras son numerosos. Hasta el 2002, los OMGs ocupaban el 16% del
total del área mundial, con cuatro especies básicas (58% de
soja, 12% de maíz, 12% de algodón y 7% de canola). Se estima que
el mercado de los transgénicos llegará a cotizarse en algo más
de 3.000 millones de dólares para finales este año, con un
crecimiento anual del 10%. A
la cabeza de esta tecnología se encuentran grandes
transnacionales como Monsanto, Novartis, Aventis, DuPont, Bayer,
Hi-Breed y Astra-Zeneca. La biotecnología se ha convertido en un
multimillonario negocio de unas cuantas empresas formadas por
sociedades anónimas, que a través de la venta, fusión o absorción,
pueden aparecer o desaparecer convertidas en otras, eludiendo así
posibles responsabilidades de daños a medio y largo plazo. No es
raro que los países desarrollados, especialmente EEUU, principal
exportador del mundo, sean los más interesados en este negocio,
ya que las grandes corporaciones biotecnológicas pertenecen a
ellos. La
mayoría de las innovaciones en este campo están motivadas por
criterios económicos. De hecho se crea una dependencia directa
del agricultor con estas grandes empresas, debido a que los
cultivos transgénicos son plantas patentadas con derechos de
propiedad intelectual que prohíben a los agricultores reproducir,
intercambiar o almacenar semillas de su propia cosecha. También
nos encontramos con semillas estériles en su segunda generación,
o semillas suicidas con características que pueden ser activadas
o desactivadas por sustancias “reguladoras”. Por supuesto,
comercializadas sólo por estas industrias, lo que implica una
inversión anual para garantizar sucesivas cosechas y asegurarse
pingües beneficios. En
mayo de 2003 Estados Unidos denunció ante la Organización
Mundial del Comercio la moratoria europea a la comercialización
de nuevos OMGs. En ella, la Unión Europea (UE) establecía un férreo
control sobre los alimentos transgénicos. La posibilidad de
comercializar nuevas especies era prácticamente nula. Resulta
paradójico que sólo dos meses después de la denuncia y de las
duras declaraciones de Bush acusando a la UE de connivencia con el
hambre en los países pobres, ésta haya aprobado un nuevo
reglamento sobre comercialización y etiquetado de alimentos
modificados. Sospechas
no infundadas surgen al comprobar que este nuevo reglamento
disminuye el control de estos alimentos admitiendo la presencia de
hasta el 0,9 % de sustancia contaminante que no deberá ser
indicada en el etiquetado. Sospechas también cuando las grandes
corporaciones estadounidenses van a tener un nuevo mercado en
Europa que incrementará significativamente sus beneficios. El
camino abierto a los transgénicos nos augura un futuro gris.
Hasta ahora, en Europa se comercializaban 18 especies modificadas;
con el nuevo reglamento podrían incrementarse al doble en tan sólo
unos meses. Además, aunque el etiquetado es obligatorio, las
normas resultan confusas en algunos puntos, no garantizando el
derecho de libre elección del consumidor. Es
alarmante constatar que al tiempo que estas grandes
multinacionales se enriquecen concentrando la producción agrícola,
millones de personas pierden el legado histórico de su entorno
natural y ven desaparecer su medio de vida. “Somos lo que
comemos”, decía Hipócrates. Pero, ¿qué comemos? Especial
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