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Adelanto
del libro del Prof. José Ricardo De León
Lo
que sigue es el epílogo del libro del profesor José Ricardo De León, Mi
revolución, ¿Antifútbol o fútbol completo?, de Joselo Gónzález,
escrito por Atilio Garrido, distribuido por Gussi y que será presentado
el viernes 25 de julio a las 12 y 30 horas, en Locos por el fútbol,
en Montevideo Shopping. EPÍLOGO –Vamos a publicar el libro del Profe De león –me dijo Atilio Garrido–. Si vas el jueves al asado lo charlamos con él. El
asado era con picado previo, todos los jueves. Así que cargué el
bolso con una bermuda y una camiseta. Uno
de esos jueves, el Profe me entregó los cuarenta y cinco
diagramas aquí editados y tengo que confesarlo: no entendí ni
medio. Los guardé en el bolso, nos cambiamos y marchamos para la
cancha. Estaban esa noche los compañeros de Tenfield, Hebert
Revetria, Alberto Bica, el “Tano” Gutiérrez, Eduardo Pereira,
“Polilla” De los Santos, Pablo Francescoli, Jorge Chijane, el
“Fonsi” Hebert Núñez, José Aldaz y varios amigos,
“Palito” Mamelli, Juan Ramón Carrasco, Gerardo Rabajda,
Miguel “Gesto” López, Santiago Urioste, Jorge Villazán, el
Toni Olivera... (otras noches estuvieron también Hugo De León,
Sergio “Pásula” Martínez, Julio Lara, el rosarino Gustavo
Dezzotti, Sebastián Revetria, Raúl Rodríguez, Los Fatales,
Falta y Resto... –en el triangular de la noche de despedida, el
equipo de los habitués me cedió a Los Fatales para asegurarse la
victoria, pero a duras pena ganó por “gol de oro”–). El
juez era Ramón Barreto. Inapelable. Con
el asado pronto, el profe nos esperaba para darnos “la charla técnica”
durante la cena. Y
allí estábamos, como para que nos pintara Da Vinci; el
“Tano” a la cabecera, Jorge a la diestra, el “Vela” Yern a
la siniestra (que faltó al picado, llegó a la hora de comer) y
al centro el Profe y Carrasco frente a frente. Atilio y yo parábamos
la oreja. No
es fácil discutir con Carrasco. Pregunten a Da Silveira y a
Gorzcy, que le discutieron juntos y les ganó a ambos (Da Silveira
lo daba excluido de la selección “por hablar”, Gorzcy quiso
empatar el debate y tampoco pudo). Aquel jueves, por ejemplo, Juan
andaba molesto porque se decía que Fénix ganaba de suerte,
entonces cada vez que alguien nombraba la palabra “suerte”
él corregía: “suerte no, justicia”. Cuando nos
despedimos, para evitar la discusión, en vez de “suerte”,
le desee “justicia”. Pero me retrucó “mirá
que también se necesita suerte”. No es fácil con él.
Ahora volviendo a la cena, al asado y al vino de por medio,
tampoco es fácil discutir con el Profe. –Estás
descuidando la técnica de marca, Juan, y la marca es tan técnica
como la creación. Raúl Pini era más jugador que vos, era más técnico
que vos y ¿sabés de qué jugaba?, de marcador central y te voy a
decir más, hubo uno que era más jugador que vos, más técnico
que vos y dribleaba más que vos (“a la mierda –pensé–,
esto se está poniendo feo”), ¡y dribleaba más que vos! –le
repitió el Profe a Carrasco–. Se
llamaba Raúl Rodríguez y ¿sabés de qué jugaba? De marcador de
punta. –Pero,
Profe, usted me está hablando de jugadores que yo no conocí –le
reprochó Juan Ramón. –Está
bien –reconoció el Profesor–. Pero
vos pensá en los que sí conociste. ¿Cuál te marcó mejor? ¿Cuál
te creó más problemas? –Ninguno
–dijo Carrasco. –¡Eso
es mentira! –le gritó. Ustedes
ya han leído las recomendaciones del Profe a Carrasco sobre
trasladar el ego al equipo, agrandar, achicar y quebrar, en fin,
son las que reiteró aquella noche. Pero debo dejar constancia que
fueron más los reconocimientos y las coincidencias entre ambos
que las discrepancias. Por ejemplo: dijo Juan que lo fundamental,
todo lo que aplica sobre el tratamiento del grupo humano lo ha
aprendido del Profe. –¿Se
acuerda Profe que usted nos daba créditos? Yo lo estoy haciendo.
El otro día, que tuve que sacar al Varilla y a Broli en el
entretiempo, andaban todos mal, hasta Ligüera, pero le dije “y
a vos no te saco porque todavía tenés crédito”. También
coincidieron en que no había que dejar motejar despectivamente a
los jugadores. El Profe increpó duramente a Gutiérrez y a
Chijane que los locutores de Tenfield “pongan nombretes a los
jugadores”. Jorge y Atilio defendieron a los locutores
argumentando con la moda, el marketing, los estilos periodísticos.
Juan estuvo de acuerdo con el Profe. –Ayer
nomás un periodista me dijo “Loco” y lo paré en seco. “Yo
no soy loco” le digo, “eso es chapa”. Porque si no, después
queda y cuando te tienen que considerar para la selección, por
ejemplo, la gente dice: “¿ese? Si le dicen ‘el Loco’?”. A
mí no, a mí en mi pueblo me dicen “el Pita” ¿querés cosa más
linda que en tu pueblo te digan “el Pita”? Y
cuando discutieron Carrasco y Garrido sobre la validez de los
nueve de área grandotes, el profe dijo que “los nueve
históricos del fútbol celeste ganador eran muy técnicos y no de
físico exuberante, Piendibeni, Tito Borjas, Héctor Castro,
Severino Varela, Oscar Omar Míguez”. Esa
noche, mientras con Bica lo llevábamos a su casa en la camioneta,
el Profe se confesó: –Me
gusta Juan porque es rebelde. En
el fútbol uruguayo la rebeldía es linaje, como sugiere una letra
de murga del flaco Raúl Castro. Hablar de rebeldía y recordar a
Julio Pérez fue todo uno. –El
Loco Julio y el Pepe cambiaron el fútbol. Era lento y lo hicieron
veloz –nos dijo el Profe–. Era estático y lo
hicieron de toda la cancha –explicó–. Era
individual y lo hicieron colectivo. Por
“Pepe” se refería a Schiaffino, que no se llamaba José, se
llamaba Juan Alberto, pero le decían “Pepe” por rebelde e
inquieto como la pimienta (a la pimienta en italiano se le dice
pepe). A Julio Pérez, igual que a Herrera y Reissig, le decían
“El Loco Julio”. El
19 de junio, nuestro Julio había cumplido 76 años y habíamos
estado con Alberto Bica en la casa del cumpleañero, en la calle
Edison, charlando de fútbol y de pájaros, pasiones comunes a
Bica, a Van Gogh y al dueño de casa. Tenfield le regaló a una
camiseta celeste de las nuevas, acordonadas, con el número 8. –Justo ese número que odio... –nos sorprendió a todos, al recibir el regalo. –¿Por
qué lo odia si era el número suyo? –preguntó Alberto. –Porque
jugué toda la vida de 10 y por culpa de Schiaffino tuve que jugar
de 8 –remató Julio. Esa
noche de la charla en la camioneta rumbo a la casa del Profe, no
hacía un mes que habían muerto el “Pepe” y el “Loco
Julio”. –Yo
estuve a punto de integrar el mundial con ellos –nos
contó el Profe, entristecido–: Hubiese ido como suplente
de Míguez, pero quedó Rijo. Se lo merecía, pero fue la gran
frustración de mi vida. En
Uruguay no se aprovechó como era debido la sabiduría que
acumularon los campeones, acaso por la razón que esgrimieron Juan
y el Profe en aquella cena: la gente diría “¿cómo van a
mandar esos, si les dicen “‘el Loco’, ‘el Cotorra’,
‘el Pimienta’, ‘el Mono’, ‘el Negro’..., que mande
‘el doctor’”. ahora el
“Pepe” y el “Loco” se nos fueron. Aunque eso de que se nos
fueron “es un decir” dijera Vallejo. Cuando
enterraron al otro “Loco Julio”, al poeta, Alberto Zum Felde
declamó ante su tumba: “si todos nosotros nos fuésemos
en este momento de aquí, Julio no quedaría más solo de lo que
está, porque él pertenece por completo a la posteridad”.
Cuando enterramos a Julio Pérez, Lloré como sólo había llorado
en el entierro de mi padre. ¡éramos tantos y Julio estaba tan
solo! Contó
el Profe que Julio se curó de la locura conversando con los pájaros
como en los montes del Canelón Chico donde se crió. Yo creo que
fue al revés, que Julio enloqueció a los pájaros y por eso
salieron de los nidos de Van Gogh y andan por ahí volando. Pero
ahora lo miro al Profe y me doy cuenta que la señora esa que se llevó a sus
amigos, anda rondándolo para llevarlo donde ellos. Ya hace
tiempo, viene, cada tanto, a visitarlo. Pero no, no es una muerte
cualquiera. A estos la que se los lleva es una vieja convidada de
piedra, llamada Pasión de Rebeldía. Para
definirlo con una sola anécdota, explicaría que todos
los periodistas sabemos que si Clarín y El Gráfico le preguntan
a Mario Alberto Kempes cuál fue el mejor técnico que tuvo, es
para que diga que fue “César Luis Menotti”. –José
Ricardo De León –dijo Kempes. Puede
parecer una anécdota más, pero define perfectamente la
trayectoria de un tipo que siempre se ha metido en la prensa y en
la historia como apasionado de la rebeldía, como convidado de
piedra, igualito a la que nombré. El
Profe se presentó al Uruguay entero amargándole una tarde al
Nacional Campeón de América. Aquí, en el estadio Centenario lo
conocimos y ya no paró de bajar a los grandes y subir a los
chicos con su sistema de “fútbol completo”. Fue a México y
sacó campeón al Toluca, inaudito, inadmisible, jamás el fútbol
mexicano había sufrido una conmoción semejante, por primera vez
un “transgresor charrúa” derrotaba a las
superpoderosas instituciones multiempresariales lideradas por
Televisa. Pasó por Argentina unos meses ganando con Rosario
Central su serie y volvió al Uruguay para repetir el escándalo.
Tras cuarenta y cuatro años de hegemonía inconmovible de Peñarol
y Nacional, sacó campeón a Defensor. Por primera vez un cuadro
chico era campeón en nuestro país, inédito, removedor desde las
raíces. Como con el Toluca, como luego con el Tolima en Colombia,
el Profe se presentaba ganándoles a los más grandes, porque ese
era su sino: contrariar los pronósticos. Incluso cuando dirigió
a Nacional rompió largas rachas de Peñarol en los clásicos,
ganando categóricamente y le ganó al Feyenoord de Holanda en el
mejor momento de la “Naranja Mecánica”. El
Profe les ganó siempre a los que nunca perdían. Les
ganó adentro y afuera de la cancha, también a la prepotencia del
poder y a los que denigraban al jugador, a los usureros, a todo lo
que aborrece. Les ganó aunque lo hayan dejado sin dirigir la
selección. Porque se dio el lujo de pensar y actuar distinto, en
un mundo donde cada vez es más difícil pensar para actuar
distinto, y marcó un antes y un después, un cambio profundo que,
por reconocimiento popular, por auténtico merecimiento y por
rigor histórico, lleva su nombre. Cuando el Profe De León dice
“Mi revolución”, dice simplemente la verdad. Por
eso si la Pasión lo viene a buscar, él se siente con derecho de
que le aguante otro vaso de vino. Personalmente,
lo conocía de Rompiendo la historia, el libro sobre la
gesta violeta del 76 que me encargó Pedro Cribari hace tres años.
Luego tuve el honor de que el Profe presentara en Sala Zitarrosa,
junto a Ildo Maneiro, Mauricio Ubal, Fernando Smith y Jorge Piñeyrúa,
mi libro prologado por el maestro Oscar Tabárez La historia
prohibida del fútbol uruguayo –Paco, poder y TV–. Pero
nunca había tenido, antes de abordar ¿Antifútbol o fútbol
completo? Mi revolución del Profesor José Ricardo De León,
la sensación de estar inmerso en un trabajo de auténtico
patrimonio cultural de la humanidad. Cuando advertí en los
materiales que fueron atiborrando mi mesa, mi biblioteca y mi
computadora, la razón del convencimiento que debía expresar,
tuve que plantearme como paradigma la prosa de Unamuno. Este
verano sólo pisé la playa el 31 de diciembre y el 1 de enero.
Después me enclaustré a tratar de entender el fútbol y el mundo
para poder transmitir –resumiéndola sin reducirla, siendo fiel
a su espíritu y a su lenguaje propio– la coherente y
polemizable filosofía del Profe. Sentí, para el ámbito del fútbol
mundial, la responsabilidad de los monjes copistas del medioevo
que transcribieron La Biblia. A
este libro le faltan cosas. Falta por ejemplo el humor absurdo del
plantel de Los Céspedes, cuando “Paco” Casal, en representación
de sus compañeros les planteó al Profe y a Restuccia que había
que concentrar a un perro vagabundo que se había aparecido por la
cancha en los entrenamientos, cambiándoles la racha. “Da
suerte y los jugadores vamos a sentirnos más seguros si el perro
concentra” les dijo Paco. Entonces el perro pasó a
sentarse a la mesa durante los almuerzos y a comer jamón con
palmitos. Falta encontrar el verdadero clima de disciplina que podían
imponerle los jugadores al Profe, para controlarle el trago en un
trágico momento de su vida, durante una gira europea, mientras se
cuidaban ellos mismos y el “Polilla” De los Santos cataba los
mejores vinos. Falta hacer tan estrepitosa como fue, la explosión
del festejo desatado por los jugadores violetas en el vestuario,
después que cerraron la puerta, aquella tarde que le ganaron a un
grande en la fecha clave para ser campeones y bajaron por el túnel
como si hubiesen terminado una práctica más, para no dar la
sensación de que se conformarían con esa batalla. Varias cosas
nos quedaron en el tintero por el apuro que nos impusimos Atilio y
yo, para que este libro estuviese urgentemente en manos de los
nuevos técnicos del fútbol uruguayo y del público. Porque lo
que no falta aquí es la documentada y estoicamente objetiva
historiografía de Garrido y la magistral exposición del Profe
que nos permitió entender (a mí y a todos los lectores, estoy
seguro) hasta cada símbolo de cada diagrama. Esa pasión por enseñar
que hizo exclamar a los más poderosos (y a sus periodistas) “¡Por
fin se fue!”, cada vez que se retiraba de una plaza para dirigir
en otro sitio. Y el definitivo “¡Por fin!” cuando se retiró
del fútbol. Pero se equivocaron siempre. Nunca se fue. ¡Qué se
va a ir si es un eterno convidado de piedra! Su retirada dio por
resultado que el Profe se dio por completo a la posteridad como el
Loco Julio y este libro es parte de esa entrega. El
Profesor deja escuela. Dentro y fuera de la cancha. Sus
exjugadores fueron sus discípulos y hoy son sus epígonos, como técnicos,
como empresarios, como trabajadores, para “con menos lograr más”,
para ganar con un país pequeño y empobrecido, afuera y adentro
de la cancha. Por eso esa señora Pasión de Rebeldía le espera a
que termine este otro vaso y vaya si será importante (lo
tendremos de consultor de Juan en la selección uruguaya). Esa
Pasión tiene orgullo de anciana dama indigna y cómo no lo iba a
esperar, si este profesor ha dedicado la vida entera a enseñarle
a la humanidad, que en el mundo no hay nada inderrotable. Salvo
ella.
*Distribuye: Gussi LA ONDA® DIGITAL |
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