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¿Subvencionar el arte y la cultura uruguaya
es un pecado de lesa neoliberalidad?

por Oribe Irigoyen

EL CINE NACIONAL ES BUEN NEGOCIO
Algo ocurrió camino de la Rendición de Cuentas de la Intendencia Municipal de Montevideo. El director de Cultura de la IMM, Gonzalo Carámbula, propuso retomar un viejo impuesto municipal que gravaba en un 10% a las entradas de cine, que dejó de cobrarse en los años 80, en tiempos de sequía del espectáculo cinematográfico, y reducirlo al 7%.

Lo recaudado con ese gravamen ayudaría a fomentar el cine nacional. Con una cifra anual de 2 millones de espectadores y un precio de las entradas de 85 pesos, con diversas rebajas de tarjetas y promociones culturales y financieras, que puede promediarse en 2 dólares, el gravamen reportaría unos 280.000 dólares anuales para atender a la producción de cine.

Aparte estaría la otra propuesta, no impulsada por la intendencia pero sí apoyada por ella, referida al FONA. Este fue creado con la aparición de la televisión por cable a través de un convenio, dicen que caballeresco, entre las emisoras TCC, Nuevo Siglo y Montecable y la IMM, mediante el cual las emisoras se comprometían a pagar 2 dólares anuales por abonado totalizando unos 230.000 dólares anuales, y la intendencia a administrar ese dinero, para el fomento del audiovisual uruguayo. Pero sucede que los caballerescos comprometidos no cumplen el convenio, deben casi 600.000 dólares, más bien incobrables, no hay cómo obligarlos. De eso trata la propuesta, de convertir en ley el convenio.

Ambas propuestas provocaron la gritería generalizada sintetizada en el "fiscalazo" de la prensa de derecha y un moderado escándalo general. No ardió Troya, pero hubo una buena fogata.

LA GRITERIA GENERALIZADA
Con lógica comprensible, los distribuidores y exhibidores reaccionaron en contra. Aducen el impacto negativo que el impuesto significaría en un negocio muy sensible a los cambios económicos. Con toda seguridad, se cortaría por el hilo más delgado, suba de precio en las entradas. Más llamativa fue la reacción política. Todo hacía suponer el seguro voto afirmativo de la mayoría del Encuentro Progresista en la Junta Departamental de Montevideo, dado que eran propuestas de su fuerza política.

Pero, pese al apoyo del propio arquitecto Arana, las propuestas levantaron la protesta y el silencio de los ediles oficialistas o se sumaron a la gritería de "fiscalazo" provenientes de la derecha uruguaya. Esa prensa y fuerzas blanqui-coloradas, ya resabidas y con la marca en el orillo que poco tienen que ver con la cultura y el arte nacional. Y además, se sabe, se está en plena campaña pre-electoral, todos, y nuevos impuestos restan votos.

La consigna en contra fue de ¿cine nacional ? y ¿para qué?, qué‚ necesidad, si hay cosas más importantes, y además las películas Hollywood las hace tan bien y son tan lindas...

Entonces, ¿que‚ hacer? Por lo menos, impulsar un debate público profundo para determinar si es pertinente que exista una ley de cine o de audiovisuales para fomentar las imágenes uruguayas, por qué para qué y cómo hacerlo, y quiénes tendrían que apoyarlo y financiarlo. Antes de intentar responder a estos interrogantes, importan algunos datos. Y se viene lo mejor.

DATOS IMPORTANTES
El Uruguay consume productos de arte y cultura importados, todos ellos subvencionados de una forma u otra en sus respectivos países. Todos las naciones del mundo que producen películas consideran al cine un factor cultural estratégico, y, por consiguiente, todas ellas lo subvencionan a través de las más diversas leyes, con aportes estatales, oficiosos o privados. Salvo Estados Unidos, que no necesita de ese tipo de leyes, tiene sus propias medidas oligopólicas de fomento de su cine - los holdings cinematográficos y comunicativos -, en todas partes ocurre lo mismo: leyes de protección al cine nacional. Pero parece que subvencionar el arte y la cultura uruguayos es un pecado de lesa neoliberalidad.

EL NEGOCIO ES EL NEGOCIO, ¿O NO ?
Para defender la existencia de una ley de fomento al cine nacional bastaría con apelar al factor estratégico arriba mencionado e imitar el múltiple ejemplo extranjero. Que refiere a la enorme importancia que tiene el cine como expresión de una identidad nacional, de su arte, su cultura, su modo de ser, sentir, vivir, tener una cosmovisión singular del mundo, y también como vehículo de dar a conocer esa singularidad en el concierto de las naciones. Con esto bastaría para la necesidad de tal ley.

Pero esta nota no se va apoyar en esas cosas del espíritu de una nación, es un decir, para escribir a favor de la ley de cine. A causa del previsible concepto "lleva razón, pero no hoy, mañana", de la existencia de tanta sordera, remisión y omisión negligentes del Estado, los responsables de promover leyes y promulgarlas, y muchos uruguayos m s de buena cepa. No, la nota apunta al taca taca de la mitología capitalista: el cine nacional es buen negocio.

El FONA ha jugado un rol decisivo en el cine nacional, por eso la necesidad de convertirlo en ley. Con el aporte de ese organismo, entre 60.000 u 80.000 dólares por proyecto fílmico, ese dinero sirvió de plataforma de lanzamiento para que los cineastas uruguayos con mucho sudor, inteligencia y sacrificio pudieran concretar sus largometrajes que obtuvieron numerosos premios y reconocimientos en festivales internacionales. Los cineastas recurrieron al apoyo y co-producción de diversos países, al aporte de organismos como Ibermedia, Sundance, etc. Cada largometraje concluido es toda una historia, e hicieron del cine nacional una realidad tangible y en crecimiento.

Un ejemplo de lo que se trata lo da En la puta vida de Beatriz Flores Silva, podrían usarse otros títulos como ilustración. En la puta vida tuvo en Uruguay un éxito arrollador de 140.000 espectadores, le ganó a los grandes de Hollywood, pero ni por asomo ese suceso rescató los costos de la película, pues el cine todavía es un arte muy caro o prohibitivo para un mercado reducido de 3 millones de habitantes. La historia es la siguiente: para comenzar Flores Silva recibió 80.000 dólares, se movió por el mundo hasta lograr producir una película que costó 1.800.000 dólares.

Aparte los desvelos de la cineasta y los múltiples premios recibidos, lo que importa para la nota es la multiplicación de los panes, de 80.000 a 1.800.000. Porque gran parte de esa millonada entró al Uruguay, una verdadera inversión se supone, digo es un decir.

Similar ejemplo, con mayor o menor volumen económico, ofrecen 25 Watts o Corazón de fuego, por ejemplo, demostrando que el cine nacional reciente crece, tiene relativa asiduidad, conquista al público, y lo que es más importante como negocio, motiva una muy sugestiva inversión extranjera, proporciona abundante fuente de trabajo calificado - se calculan más 2.000 personas que giran en su torno -, hace circular el dinero en los más distintos servicios - técnicos diversos, alimentación, transporte, etc -. Es casi un paradigma de actividad productiva y empresarial capitalistas. Y desde luego un buen negocio merecedor de una legislación que lo apoye, fomente y le permita seguir existiendo.

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