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A propósito de "El viaje hacia el mar"
La modestia como sabiduría y arte

por Oribe Irigoyen

El público lo reconoce como suyo y decreta el éxito de su estreno. Las cifras tienen una sugestiva elocuencia. El viaje hacia el mar, primer largometraje de ficción del documentalista uruguayo Guillermo Casanova, ha vendido 5.434 entradas del total de 26.461 montevideanos asistentes al cine en la semana que culminó el domingo 17 de agosto ( cifras de "El País", 19/8/03 ).

Sólo fue derrotada por Los ángeles de Charlie-Al límite, súper publicitado producto de Hollywood que alcanzó 5.991 asistencias. La película uruguaya en pocos días totaliza el guarismo de 15.305 espectadores, sin contar los de Punta del Este y Minas, que también la estrenaron.

UN TEMA PARA LA REFLEXION
Esas cifras, el propio contenido de las imágenes de El viaje hacia el mar, el para qué, por qué‚ y cómo de la misma, proponen una amplia reflexión acerca del cine nacional, su presente y su estrategia de futuro. No existe ley de fomento al cine y el decisivo Fondo Nacional del Audiovisual ( FONA ), que daba el punta pié‚ inicial a todo proyecto cinematográfico, está en números rojos. Peligra la continuidad del cine nacional.

Para abrir bocado a la reflexión, importa saber que la película de Casanova se benefició con una cierta cantidad de miles de dólares otorgados por el FONA y el Fondo Capital de la I.M.M. en 1999, inició luego un largo camino para su rodaje y puesta a punto en co-producción con Argentina, incluyendo la presencia del actor Hugo Arana y del director de actores Guillermo Ibalo. Que fue rodado por intérpretes y técnicos uruguayos en su casi totalidad y que su costo total estimativo alcanza a los 300.000 dólares, aproximadamente.

Los datos que sintetiza el título de esta nota, están. A razonar, pues, acerca de la modestia como estrategia y arte de una propuesta exitosa.

HISTORIA SENCILLA, CINE IDEM
Con un enorme respeto por el original literario, y pocos cambios, el director Guillermo Casanova adaptó al cine el cuento breve homónimo del minuano Juan Jose Morosoli, escribió el guión y diálogos junto con Julio Cesar Castro ( Juceca ). La historia es en Morosoli sencilla, en la película también: en un verano de los años 60, en un boliche de la ciudad de Minas, un día feriado se reunen un vendedor de lotería ( Juceca ), un basurero ( Diego Delgrossi ) y un sepulturero ( Julio Calcagno ), esperan a un camionero ( Hugo Arana ) y a su ayudante ( Héctor Guido ) para que los lleve a conocer el mar. Hacia ‚l marchan en el viejo camión, con el agregado de un forastero montevideano ( César Troncoso ), reciente llegado y conocido en el boliche.

Casanova elige un estilo directo y lineal, propio del road movie - cine de carreteras - para captar lo cotidiano de un viaje en camión, donde sólo ocurren pequeñas cosas. Una sencillez formal, que no quita, por el contrario, exige una cuidada elaboración expresiva, donde lo que importa es la humanidad compleja de pequeños seres y su novelería viajera. Se traduce en tersura y limpidez visual de encuadres, movimientos de cámara, montaje, siguiendo a ese camión recortado contra el esplendor del paisaje minuano - un protagonista más a través de la mirada de Casanova y la espléndida concreción fotográfica de Bárbara Alvarez.

Por esa vía, el filme alcanza lo esencial de su propuesta temática, su elevada potencia comunicativa, el encanto y persuasión del cuento original.

Porque despliega una enorme riqueza de detalles en la recreación del mundo de Morosoli, que lo es del campo uruguayo, en el retrato vivo, convincente, diferenciado de cada uno de esos seres pueblerinos, con sus notas de candor e inocencia, de abundante humor y picardía, de malhumor coqueto y jugueteo casi infantil, contrapuestos a la mundana sabiduría, la ironía bonachona y el entusiasmo solidario del montevideano - de algún modo el alter ego cinematográfico del propio Morosoli.

Todas esas bondades expresivas se completan, para un cine jugado a los actores, con la elevada y pareja labor de todo el elenco de sobrada potencia persuasiva y también la inspirada tarea de Jaime Roos, alcanzando desde la banda sonora temas musicales camperos, muy acordes con los tiempos y espíritu de la narración.

MIRAR HACIA ADENTRO O HACIA AFUERA
La reflexión sobre el cine uruguayo se completaría, o debiera hacerlo, con la consabida pregunta de ¿qué hacer? Se debe, sí, concretar de una buena vez la ley de fomento al cine nacional, también revitalizar el FONA con los deudores puestos al día. Pero, mientras tanto hay que sobrevivir.

La cruda realidad del mercado interno limitado para un arte todavía oneroso, dice que, aún con ley de cine y FONA rejuvenecido, los cineastas nacionales necesitan recurrir a la co-producción con el extranjero para solventar sus filmes. Sobre todo para lo que es norma popular en el 7º arte: el largometraje de ficción.

En ese sentido, con inversión extranjera y buen negocio para el país, las películas uruguayas han ganado numerosos galardones en festivales internacionales, han mostrado al país y conquistado de algún modo a otros públicos, y lo más importante, están conformando su propio público nacional deseoso de verse reflejado en la pantalla.

Lo han hecho con dos posturas, que configuran un verdadero dilema de estrategia productiva: mirar hacia afuera o mirar hacia adentro. La mirada hacia afuera, al estilo de En la puta vida de Beatriz Flores Silva o Corazón de fuego de Diego Arsuaga - tomados ambos títulos sólo a guisa de ejemplos más o menos arquetípicos -, busca al gran público internacional sin perder, desde luego, el carácter nacional del filme en temática y forma. Su producción incrementa de modo sensible los costos, por mayor presupuesto de escenarios, técnicos y actores, estrellas o no, etc. Moviliza cifras mucho más altas, e invierte, claro, mayor cantidad de dinero en el Uruguay. Pero, sufre de una difícil recuperación económica del exterior por taquilla. Es que el cine nacional todavía es muy tierno en la conquista del público internacional y además todos los países protegen sus productos, a diferencia del Uruguay, poniendo trabas a lo foráneo.

El mirar hacia adentro, con los ejemplos tipos de 25 Watts de Rebella-Stoll y El viaje hacia el mar de Guillermo Casanova, tiene ambiciones menores en temas y presupuesto, de m s accesible recuperación económica, con historias de fuerte raigambre uruguaya, acaso pequeñas, pero orientadas a una autenticidad que permita pintar la aldea en profundidad y alcanzar, de ese modo, el universo. Algo así ocurrió con 25 Watts y hacia eso apunta El viaje hacia el mar. Sigue planteado el dilema.

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