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Tres
aspectos: Las recientes declaraciones del arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, generan en buena parte de la sociedad uruguaya una marcada inquietud. En este caso particular las condenas han sido numerosas. Sin embargo la inquietud puede ser objeto de una rápida tipologización. Por un lado se verifica una previsible y obvia reacción de indignación por parte de la llamada "comunidad gay" que percibe dichas declaraciones como una brutal muestra de discriminación contra una conducta sexual que es presentada como "opción". Por otra está la reacción de intelectuales bienpensantes que defienden, en nombre de una confusa antropología hecha de fraseologías de moda entre nosotros, los derechos humanos de los homosexuales. Personalmente me preocupan otros aspectos del contenido del reportaje y también del fallo judicial que es, en apariencia, el origen de las declaraciones. Debo por lo tanto referirme a tres aspectos: 1) el fallo judicial en sí mismo; 2) el inadecuado oportunismo de la Iglesia al tomar como pretexto este fallo judicial para lanzar una nueva oleada de dogmatismo en el área de la micromoral familiar y 3) los emprendimientos de intolerancia que contienen las declaraciones de Cotugno y que van mucho más allá de la discriminación de los homosexuales. El primer aspecto merece alguna consideración por la sencilla razón de que alcanza con estar conectado con el cotidiano padecimiento de los ciudadanos para entender que el sistema de contralor social, que es la esencia del poder judicial, funciona en base a notorias asimetrías, dismetrías y muchas otras formas de errática discriminación. Son muchísimas las situaciones similares a la que se juzgó en este caso que no obtienen respuesta por parte del Poder Judicial, ya sea porque la víctima carece de poder económico para asegurarse una buena demanda o porque el demandado es demasiado poderoso como para que el mejor reclamo sea convenientemente abortado, o termine orbitando de juzgado en juzgado hasta el final de los tiempos galácticos. Como era de esperar la autoridad eclesiástica reacciona con singular vivacidad cuando aparece en el espacio público un episodio que erosiona la "normatividad" de la "familia natural", en especial cuando el asunto tiene relación con la sexualidad. Los "antivalores" son prontamente invocados cuando se toca esa bastión tradicional pero la preocupación no es la misma cuando los antivalores son la corrupción o, para ser más enfáticos, una política económica que está generando desde hace años la más colosal destrucción social de que tengamos memoria los uruguayos. Pero lo que es realmente inaceptable que Monseñor Cotugno coloque entre los componentes de la oleada de antivalores, junto a la corrupción, la opresión, la desigualdad, el egoísmo y otros ismos, al ateísmo. Aparece ahí la tradicional cruzada antilaica cuyo supuesto general es que no puede haber una ética separada de la religión y de las formas de espiritualismo contrarias al "placer" materialista. El carácter fundante de la ética respecto a la condición humana, derivado de su tozuda tendencia a la racionalidad, debe ser colocado al lado de las fuerzas del mal, de los "antivalores", para que la moral siga siendo un patrimonio de las creencias, un terreno de relativismo ideológico y un fermento siempre preparado para las formulaciones dogmáticas. Fueron necesarios 200 años de guerras de religión en Europa para que Locke encontrase la oportunidad de asentar el principio de la tolerancia , la libertad de cultos y la deseable separación del Estado y la Iglesia. Hoy sigue siendo tan importante afirmar este genuino valor que, junto con el principio de justicia, constituye el verdadero fundamento de la vida democrática. LA ONDA® DIGITAL |
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