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Jorge
Luis Borges y un artículo que plantea
Sin embargo, y para referirnos concretamente a nuestro medio, cada vez más achicado en lo financiero, podemos comprobar que se siguen editando en cantidad apreciable libros de poesía,, y surgen a cada rato, nuevos poetas, algunos de ellos, muy buenos. Las presentaciones de libros, por otra parte, cuentan con un público leal que pensamos lee poesía. En el suplemento literario del diario ¨La Nación¨ de Buenos Aires, del 17 de noviembre de 1968, se publicó un artículo de Jorge Luis Borges, titulado "VINDICACIÓN DE LA POESÍA", cuyo objetivo, es claro y terminante y además, siempre vigente: defender a la poesía de la "indiferencia, recelo y secreta hostilidad" que suscita en algunos lectores que prefieren otros géneros. No resistimos la
tentación de compartirlas con los lectores de La ONDA digital y
por ello ofrecemos su lectura, en la seguridad de que el ilustre
Jorge Luis Borges, disipará muchas dudas y prevenciones, lo que
es de desear para bien de la cultura y, por supuesto de la
poesía. "A
partir del Renacimiento, las defensas de la poesía constituyen un
género literario, que obedece a tácitas leyes. El lector
espera, no en vano, textos que notoriamente aspiran a ser
piezas de antología, un estilo dogmático y efusivo, la exhortación
patética y no la persuasión razonable. Tan hondas e instintivas
son esas leyes que no estoy demasiado seguro de poder eludirlas
y tal vez ya estoy observándolas. Durante
el curso de una vida ya larga, he creído notar que la poesía
suscita indiferencia, recelo y una secreta hostilidad. Se la
venera, se intercala en el diálogo habitual una que otra cita, se
articulan los nombres de Virgilio o de Shakespeare, pero muy pocos
la frecuentan. La convención cortés de que en un pasado
impreciso todos hemos leído a los clásicos nos exime de leerlos.
En este momento, ¿cuántos de los amigos de mi lector
están leyendo la Odisea ? Parejamente, los editores
aseguran que nadie compra libros de versos, salvo en el caso de
ejemplares de lujo o de obras completas, que son formas
ostensibles de vanidad. Mi
sencillo propósito es recordar, con un gasto mínimo de retórica,
las virtudes del verso y las insospechadas y accesibles
felicidades que puede depararnos. Penetrar en una novela, género
preferido de nuestra época, que se dice atareada, es como
penetrar en un salón lleno de personas desconocidas. Oímos y
aprendemos, sus nombres y gradualmente vamos distinguiendo
sus rostros y las almas que los habitan. Hay novelistas que
enriquecen esas inherentes molestias con otras que le son
peculiares: el caos cronológico, la asidua ambigüedad de los
pronombres y aún de los nombres; la confusión, en una misma página
o párrafo, del presente y de la memoria. Prescindiendo de tales
novedades, o perversiones, felizmente no inevitables, queda
un hecho esencial: el más o menos largo aprendizaje o, si el
neologismo es perdonable, aclimatación, que la novela nos exige.
Lo mismo cabe decir del relato, si bien las ceremonias de iniciación duran
menos tiempo. En ambos casos - en La Guerra y la Paz, digamos, o
en “La humillación de los Northmore¨- nos hallamos ante otros,
y tardamos un tiempo en averiguar quienes son, y
finalmente, si no somos indignos de la obra en comprender que
somos esos otros, mejor dicho, que no hay una diferencia
fundamental entre nosotros y ellos. En cambio, la poesía (como
la música) es el inmediato lenguaje del Espíritu. Consideremos,
para mayor imparcialidad, un ejemplo que no es de mi
preferencia y que está muy lejos de mis hábitos literarios. El
sujeto es el cisne. Boga
y boga en el lago sonoro La
repetición del verbo inicial no es afortunada, la palabra sueño
es impropia, la semejanza de aguardar y esperar
puede ser incómoda, la usura de los años ha gastado los
lagos y las góndolas, pero la estrofa sigue siendo, en 1968, un símbolo
preciso de nuestra soledad y de nuestras tardes. Más allá de la
mera inteligencia, más allá de sus meras operaciones,
laudatorias u hostiles, la estrofa de Darío nos confiesa y
misteriosamente nos place. He
alegado un ejemplo casi al azar; pude haber alegado otros de
Shakespeare, de Verlaine o de Whitman, y acaso de cualquier otro
autor, porque a todo poeta le ha sido dado, siquiera una vez en la
vida, escribir el mejor verso del mundo. Ese insondable
privilegio nos insta a proseguir. El Espíritu sopla donde quiere. Mi
fácil argumento es, como se ve, de carácter hedónico. ¿A que
abstenernos de los placeres de la poesía, tan accesibles y tan íntimos
? Empecemos por los contemporáneos; pronto
mereceremos la exploración de las regiones ultraterrenas de
la Comedia y el sonido y la furia de Macbeth. Eludamos,
al principio el estudio de los clásicos españoles, cuyo lenguaje
tiene connotaciones que no son ya las nuestras; eludamos
también a los profesionalmente modernos, que no han pasado por la
prueba del tiempo y que pueden ser, apenas, actualidad. LA ONDA® DIGITAL |
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