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Veinte
años: semana del estudiante
América
Latina muestra, en cada espacio público donde se dirime el futuro
de la democracia, un cruce de acciones y prácticas políticas
abigarradas que dificultan distinguir cuál es la
mejor o la idónea para
arribar a una mayor apertura participativa
de la ciudadanía, sin exclusión alguna. El
cruce masificado de acciones no es síntoma de un auge actoral,
tampoco es asomo de la existencia de una política vigorosa, sino
por el contrario, es señal de una de la crisis de la política y
de los partidos políticos, los cuales, éstos últimos,
no pueden dar alojo, así como se encuentran, a las múltiples
demandas, exigencias y prácticas que realizan los diversos
sujetos que no se hayan dentro de estas estructuras partidarias. Este
fenómeno no es nuevo, desde la década de los noventa del siglo
XX se agotó el recurso de la política moderna, aquella que
giraba en torno a la existencia del
Estado-nación, el sujeto pueblo que aglutinaba a todos los
actores de la sociedad y la centralidad de los partidos políticos
como la instancia puente que cumplía con la función de
relacionar a la sociedad civil con el estado. Lo
novedoso son las nuevas prácticas políticas que se vienen
instrumentando en los espacios públicos y fuera de los
ordenamiento y estructuras de los partidos políticos, lo cual está
creando nuevas formas relacionales entre el poder público y los
actores insubordinados, que mediante acciones de carácter
contestatario van minando la inconsistente estructura de las
instituciones políticas que se han creando en los Estado
latinoamericanos. No
es que estemos en contra de las nuevas prácticas políticas,
antes por el contrario, son bienvenidas porque enriquecen a la política,
más cuando ésta se encuentra en un estado de postración; lo que
importa es evitar que algunas de esta prácticas novedosas
no nos lleven a la anarquía y a la tierra de nadie, donde
cualquier actor o liga interactoral, irrumpa en los espacios públicos
desatando una ingobernabilidad o un caos que lleve a los límites
de la crisis a una nación o posibilite la intervención de
fuerzas públicas para reprimir en nombre del Estado de derecho y
acabe con las pocas libertades que se han conquistado hasta ahora. La
abundancia de prácticas políticas desconocidas hasta ahora
(corte de rutas, bloqueo de edificios, control de empresas
cerradas, cacerolazos continuos,
acciones autoconvocadas, que se vallan todos, quema de
edificios y secuestro temporal de gobernantes,
etc.), no
son un arbitrio de la
sociedad civil, sino
la respuesta de los distintos sectores sociales que se han dado
cuenta que las antiguas estructuras representación
política no
son funcionales ni leales a su demanda, que los intereses de los
partidos políticos, sindicatos y ligas campesinas no son
compatibles con lo que ellos aspiran, que la inexistencia de un
domo alternativo que asocie las distintas demandas de empleo,
seguridad social y pública han obligado a los actores a inventar,
crear y asociar pensamiento y acción hasta constituirse en
actores sin mediación para resolver sus necesidades. Mientras
los partidos políticos sigan desinteresado de los problemas
terrenales y ocupados en vivir del erario público, su presencia
es menos importante en esta sociedad latinoamericana abrumada por
las dificultades económicas y sociales; la oquedad orgánica
existente va a seguir provocando que los ciudadanos se constituyan
en actores, ejercitando prácticas políticas que se le vaya
presentando, algunas necesarias y oportunas, otras riesgosas y
alterantes del endeble sistema institucional. Por
la tendencia incremental de nuevas acciones políticas, los
partidos políticos deben asumir el reto de transformarse, no hay
tiempo ni espacio para aplazar esta decisión; no es una reforma
de programa ni de perfil ideológico, es una refundación orgánica
que esté acoplada a los cambios que se han suscitado en la
sociedad, porque, si bien se conoce con abundancia los cambos
en la economía, en
el Estado y la política
internacional, es necesario que se indague que pasó y está
ocurriendo en la sociedad, en lo micro, en las subjetividades, en
el imaginario de los pobres, los excluidos, los desempleados y
reprimidos; esa pesquisa va a coadyuvar de manera substancial en
la nueva estructura que deben construir los partidos, los escaques
que tendrán que dibujar para que todos o la mayoría de los
sectores sociales tengan cabida en ese domo partidista; en el
discurso plural y multidiversitivo que tendrán que apropiarse
para que abandonen la
verticalidad excluyente, puesto que hoy sólo se dirigen a los
trabajadores, a las mujeres y
a los jóvenes, pero en ese grueso social hay homosexuales,
discapacitados, indígenas, minorías sociales y excluidos que no
son tenidos en cuenta para elaborar políticas públicas. Las
investigaciones que hemos realizado nos ha orientado a escudriñar
sobre los saldos de la globalización y la aplicación del modelo
neoliberal en la sociedad latinoamericana,
(Salazar. 1996, 1998, 2002, 2003), específicamente en El
Salvador, Nicaragua, Colombia Venezuela y Argentina, y se observan
nuevos hilos asociativos, formas de participación inusitadas y
autoconvocantes que se apropian y construyen nuevos espacios para
expresar sus reclamos, desciudadanización estructural provocada
por la exclusión, acciones directa para resolver demandas cuando
la autoridad presta oídos sordos, encadenamientos electrónicos
para gestionar solidaridad nacional e internacional, coaliciones
de multiplicidad y comportamientos multitudinarios que niegan el
viejo cuño de actor estigmatizado
y se apropian de el concepto de multitud
convergente. En fin, hay nuevos comportamientos que
reclaman nuevas estructuras orgánicas de representación. Ahora
bien, proponer una opción orgánica de tipo modular para los
partidos políticos en América Latina, no es una afán innovador
que se levanta sobre una pretensión protagonista, ni el interés
de descalificar los que hasta ahora se viene haciendo; más bien
es un intento reflexivo por encontrar un cauce apropiado a las múltiples
fuerzas de aguas sociales que se desbordan por no encontrar una
expresión partidista que aglutine, de forma y guíe las diversas
expresiones y demandas de la sociedad civil. Escenario
de la democracia procedimental Teniendo
en cuenta los aspectos mencionados y apoyándonos en las
elaboraciones teóricas de los transitólogos latinoamericanistas
(M.A. Garretón, G. O´Donnell
y Juan Linz) quienes han indagado acerca los procesos de
democratización de los distintos regímenes políticos
latinoamericanos, podemos partir de la base de que en
subcontinente florecen tres tipos de democratizaciones, a
saber: las fundacionales, las transicionales y las extensionistas,
aunque hay otra que podíamos denominar democracias quebradizas o
zigzagueantes como la peruana y la venezolana. La
fundacional ,
es la que más llama la atención, aparece en aquellos
espacios donde los procesos democráticos se encontraban
desvertebrados, inhabilitados, ya sea por la existencia de un
gobierno militar, o una
persistente guerra civil, tal como se vivió en Nicaragua,
Guatemala y El Salvador. En
situaciones como la de Centroamérica, la pacificación nacional
se comporta como la base que
permite construir el edificio democrático, toda vez que en una
guerra, los actores no se diversifican, sino que se
desmultiplican, se momifican, hasta el grado de convertirse en una
muralla que insiste en no aceptar, ni permitir una convivencia con
el opositor, llenando el campo de batalla de intransigencia política
y destierro del diálogo. Por
ello, una vez iniciado el proceso de pacificación, las compuertas
del diálogo se abren, las posibilidades de crecimiento y
multiplicación de los actores crecen, los espacios donde se van a
conflictuar se amplían, hasta convertirse en una arena común de
disputas futuras, sin tener la necesidad de eliminarse, ni
descalificarse, sino de competir para posicionarse mejor en el
amplio espacio de la sociedad. Partiendo
de esos supuestos, la pacificación es concebida como el núcleo
matricial que permite la germinación nuevos actores; es una
fuerza que presiona a todos los actores involucrados para que
compitan en la arena democrática; crea una atmósfera que emite
mensajes de reconciliación, dado que después de la guerra no
hubo ganadores, sino un virtual empate entre los actores en
conflicto; y da a entender a la sociedad que se generó un cambio
social global, donde todos, absolutamente todos, deben ubicarse
detrás de la línea de partida, a fin de que se de comienzo a una
nueva carrera política. En
cambio, en los procesos
transicionales de lo militar a lo cívico administrativo, no
existe un cambio social global, tampoco una ruptura en la
continuidad política; más bien mediaciones políticas a través
de acuerdos y negociaciones para que un régimen militar abandone,
sin asumirse derrotado, el poder. Al momento que se convoca a una
elección, el proceso transicional se diluye y da paso al de las
extensiones democráticas, cuyo ejercicio es más profundo y
radical que los dos anteriores. ¿Por qué? Por
ser un proceso más complejo de instalación progresiva y gradual
para construir instituciones democráticas, retomando las
iniciativas de los anteriores procesos; aunque hay que aclarar que
el desplazamiento transicional no es lineal, tampoco está exento
de retrocesos, en su seno se tejen acciones de conflictos,
resistencias y enclaves, sin embargo el avance da a entender que
no hay regreso al punto inicial, aunque algunas fuerzas políticas
así lo quieran o aspiren a ello, pero la participación decidida
de sujetos con mayores aspiraciones democráticas lo van a
impedir, de ahí que el gobierno, los parlamentos y demás
instituciones legitimadoras del cambio, tendrán
que ir cediendo ante la fuerza que imponen los de abajo. Ante
este nuevo escenario que desplazó los derrocamientos militares,
los golpes de Estados, las deposiciones de gobernantes por la vía
de la fuerza, las actitudes quebrantadoras de orden institucional
y el desconocimiento de elecciones legítimas,
los partidos políticos se vieron rebasados pero no
cambiaron, su estructura organización continuó siendo la misma,
el discurso contestatario de igual manera siguió prevaleciendo y
la visión del otro prosiguió
siendo la de enemigo,
por ello, las confrontaciones y descalificaciones siguen
existiendo y los sobresaltos en los en
la etapa pre y postelectoral
siguen al orden del día. Por
lo anterior, creemos que una estructura organizacional alternativa
es la modularidad, lo que le daría una mayor flexibilidad a los
partidos políticos,
abriría las compuertas a otros sectores sociales que no son
afines a la
militancia ortodoxa, el arco convergente tendría una apertura
multisectorial y multicultural, el discurso buscaría cauces de
pluralidad y la representación política recuperaría el espacio
que en los últimos 20 años ha venido desapareciendo. ¿Cuál
sería el punto de partida para construir la modularidad? Enumeremos
cada una de las partes constituyentes de este modelo
organizacional, donde la función y el engranaje de cada una de
las piezas, nos va orientando hacia una racionalidad
comportamental y colectiva distinta a la que hoy prevalece y que
haga caso a las demandas ciudadanas, sin descuidar los escenarios
futuros que la fuerza globalizadora va imponiendo a los cuerpos
políticos. Veámoslo. 1/
La
construcción de un nuevo imaginario colectivo La
utopía colectiva es una construcción social, que invita a la
participación a todos
los miembros activos de una sociedad, llámese fuerzas ex
insurgentes, indígenas, discapacitados, homosexuales,
mujeres, pobres y excluidos, para que de manera abierta y
mediante el diálogo expongan las pre construcciones que tienen en
sus mentes, las socialicen sin temor ni cortapisas, con el objeto
de encontrar proximidades en sus
aspiraciones políticas, sociales y culturales con otros
cuerpos políticos inscritos en la realidad social. Como
punto de partida, el ideal social vendría a ser un nuevo
paradigma que operaría como arma reveladora de la realidad una
vez que los partidos modulares lo hayan estructurado, teniendo en
cuenta que no va ser una negación tajante de los modelos
desarrollistas, dependentistas y revolucionarios, sino una
apropiación de los aspectos positivos que en ellos prevalecieron,
pero esta vez articulado bajo una nueva forma de problematizar lo
que acontece en el campo político y en lo social. Indudablemente,
que este nuevo paradigma no va a tratar de ejercitar una teoría
que estructure un proceso político, menos a dirigir al elenco de
actores para que se sumen al proyecto futuro que conduce a un
nuevo estadio de la sociedad; creer en eso es una irracionalidad
política, puesto que los procesos políticos de hoy en día no se
comportan de manera autómata, sino que se mueven en función de
aspiraciones, demandas, ideales y de reposicionamiento en el
espacio público. De
lo que sí estamos seguro es que los diversos grupos, asociaciones
y movimientos sociales, están esperando el momento propicio para
discutir y estructurar el tipo ideal de sociedad, cuya característica
sea la de un macro espacio incluyente, tolerante y de buen
ejercicio democrático; hasta ahora, ni la democracia liberal, ni
la economía neoliberal, tampoco la agonizante religión han
planteado un imaginario ideal, de ahí que algunos analistas políticos,
entre ellos los llamados transitólogos, son los que vienen
remando hacia ese puerto. En
el caso centroamericano, el imaginario ideal es menos complicado
que en otros países, dado que el proceso de democratización que
viven las tres naciones en mención, Nicaragua, el Salvador y
Guatemala, está marcado por una etapa de fundación, cuya
peculiaridad es la de no haber tenido procesos democráticos en su
vida de república; además, no existe un núcleo básico de
instituciones que apuntalen a la naciente democracia y, por su
reciente pasado de guerra y firma de la paz, los actores políticos
se encuentran mutando, o
sea, reposicionándose en el nuevo escenario de pos paz. Los
tres países tienen en su haber un handicap a su favor, el estar
de acuerdo todos los actores en que la pacificación nacional es
la plataforma que va
a soportar el edificio de la democratización, cuya cartografía
política está cruzada por muchos actores y cuerpos políticos
que no van a eliminarse entre sí, sino a conflictuarse, como es
de esperarse, en un espacio común. Ahora
bien, el nuevo imaginario colectivo tiene un antecedente
significativo para muchos de los actores que participaron en la
guerra, que es el mismo el ideal social que se manejó durante el
conflicto por parte
de los ex insurgentes; éste no se diluye, es recuperable, en
tanto que la misma pacificación nacional fue parte de esa
aspiración política, puesto que con ella se logró
reconocimiento a grupos y asociaciones que en el pasado reciente
no tenían un espacio en la vida pública. La mujer es reconocida
como un sujeto de derechos, los indígenas plasmaron parte de sus
ideales autonómicos, los guerrilleros, en algunos casos, son
parte de las fuerzas policiales, las demandas de tierra están en
proceso y los crímenes de guerra están sobre la mesa de
negociaciones y bajo la vigilancia internacional. Entonces
tenemos que sí se operó un
cambio social global, aunque en el terreno político no hubo
vencedores ni perdedores, pues el empate virtual fue lo que
encaminó a los actores en conflictos a la firma de la paz. Ahora
bien, ¿después de todo esto que viene? Si
reflexionamos sobre el avance que ha tenido el proceso de fundación
democrática, podríamos afirmar que el grueso de las asignaturas
pendientes se han cursado favorablemente, esto no quiere decir que
la transición avanza sin obstáculo alguno; hay problemas, pero
son salvables, ya que los muros que se erigen para contener el
rumbo de la democratización son remanentes del pasado, que se
resisten a fenecer o a perder feudos de reciclaje político. Los
enclaves autoritarios de actores, son evidentes, se expresan en
grupos ultra conservadores que mantuvieron privilegios en el régimen
autoritario y pretenden prolongarlos en la etapa de pos paz, por
ello se apoyan en grupos paramilitares, en opiniones públicas que
censuran todo lo que hacen los ex combatientes, en críticas a las
demandas indígenas y claman por un imperio de la ley sobre los
reclamos ciudadanos. También
hay enclaves ético-simbólico que pretenden, a toda costa,
esconder los delitos de violación, de derechos humanos y
secuestros que se dieron en el pasado de guerra y se oponen a
cualquier enjuiciamiento, reclamando una situación especial de
olvido ante todo lo agraviado, pero la pregunta es ¿ se podrá
olvidar todo, si más de un tercio de las familias salvadoreñas y
más de la mitad de las nicaragüenses tienen un muerto en su
haber? Los
más difíciles de superar son los enclaves de tipo cultural,
donde hábitos y costumbres de corporativismo, intimidación,
caudillismo, corrupción y fraude, son comportamientos cotidianos,
tanto en grupos sociales, partidos
de ideología liberal o conservadora, como en núcleos ex
insurgentes, quienes han construido un universo con valores, prácticas
y aspiraciones que no cuadran con la realidad de hoy, sin embargo
existen y están presente en la vida política de cada uno de
estos países. Frente
a este espectro socio-político, los ex insurgentes son
favorecidos por otra coyuntura, la cual es el estallido de
estado-nación, mismo que está dejando de ser una unidad monolítica
que da albergue a
todos los actores de un país, para convertirse en una entidad
unidiversitiva y pluralista, donde predominan las identidades
grupales que están más interesadas en sus demandas, en sus
necesidades, en su mundo inmediato que en la nación. La
nación, tal como está concebida y diseñada, no puede responder
a las expectativas de los indios, de la mujer, los discapacitados,
los homosexuales, de
los excluidos, ni de los pobres; la nación de hoy no satisface
las exigencias de una ciudadanía de género, menos
entiende el reclamo autonómico de los indígenas, por eso
está en crisis y se diluye como imaginario global en las mentes
de los actores políticos. Si los partidos modulares iniciaran un
proceso de consulta, discusión y reflexión sobre la nación que
requerimos y la sociedad que esperamos, es posible que reúnan las
premisas suficientes, que articuladas bajo una concepción plural
e incluyente, podría arrojar el nuevo imaginario colectivo. Un
imaginario colectivo que dibuje una sociedad donde sea posible
ejercer sus derechos las distintas ciudadanías que existen; una
sociedad que se preocupe por los pobres; que no los mire como una
categoría de análisis que manipulan en los centros
universitarios, sino como un actor que quiere ser representado y
ser representante a su vez; un tipo ideal de sociedad que empuje a
la nación a reconstituirse; que presione a la nación para que
deje de ser el todo homogéneo negador de la multiplicidad de
asociaciones y grupos sociales; que exija un nuevo Estado tan
grande como los nuevos retos y desafíos que trae consigo los
cambios tecnológicos, económicos y científicos, pero a su vez,
pequeño para darse cuenta de las soluciones que reclaman los
problemas locales, comunitarios y vecinales. Ese
imaginario que oteamos, puede ser la idea esclarecedora sobre el
futuro del Estado-nación, sin que se niegue totalmente al
Estado-nación vigente, pero si se puede insertar cosas novedosas
que den pie a una renovada nación que invita a la pluralidad y a
la coexistencia tolerante, donde exista el respeto para todos, el
reconocimiento a las autonomías locales y el acuerdo entre
quienes la integran para que no se desarticule la nación ante
cualquier problema, sino que pueda ser resuelto a través del
consenso y el diálogo. 2
Una nueva racionalidad comportamental Es
un ejercicio de monitoreo reflexivo de la acción mediante el cual
los agentes prestan atención al flujo constante de la vida
social; observan su propia conducta y los actos de los otros (Cohen
Ira, 1996) así como las significancias y significaciones
sociales, culturales y políticas que se han construido
socialmente. Mediante
este descubrimiento, detectan cuantos y cuales son los sujetos políticos
estructurados y en proceso de estructuración que realizan prácticas
similares, que tienen demandas comunes, que buscan el mismo ideal,
encontrando de esa manera los traslapes identitarios que puedan
articularse en un arco convergente. Es pues la nueva racionalidad,
el punto de encuentro entre dos o más cuerpos políticos que
existen en una misma realidad, pero que hasta hoy no había sido
posible enlazar. Pero si los partidos modulares la asumen, estarían
en posibilidad de
coadyuvar y
resolver el déficit de racionalidad que existe en el medio
político, como también a apropiarse de una conciencia práctica
que auxiliaría a resolver problemas de alianzas, convergencias y
acuerdos entre distintos grupos y asociaciones que están
interesados en la profundización de la democracia. Para
que la racionalidad comportamental sea apreciada por los
individuos que habitan el área centroamericana, los partidos
tienen un desafío especial: combinar la aceptación de la
apertura económica con la búsqueda de una reconstrucción de la
sociedad, donde encuentren la respuesta eficaz y la capacidad de
comprender la necesidad de combinar los
objetivos económicos con los objetivos sociales en el marco de la
globalidad. (Touraine
A, 1998) Para
ello, hay que reconocer que la globalidad, como movimiento económico,
de integración de mercados y de regiones del mundo, es real y que
escapa de las manos de los gobiernos locales y nacionales; no
obstante, sí se pueden realizar algunas acciones que traten de
aproximar los objetivos económicos del magno proceso globalizador
con las aspiraciones y necesidades sociales que reclaman inmensas
franjas humanas de la sociedad. Para esto, hay que diseñar una
política interoperable
entre los agentes del mercado y un intervencionismo regulador del
Estado en materia social. No
es un llamado a la añoranza del excesivo intervencionismo estatal
de años atrás, sino
una recuperación franca de lo que debe ser el Estado ante el
nuevo escenario que se dibuja actualmente, puesto que en los últimos
lustros, su capacidad reguladora y redistributiva se ha visto
menguada, por situarse en la misma lógica del mercado y encorsetarse
ante los reclamos que le han hecho los agentes económicos para
que saque manos de las actividades económicas. Mientras
el Estado se encorsetó,
las capacidades de movilización de los distintos grupos y
asociaciones crecieron, ocupando el lugar que el Estado abandonó,
liberándose de esta manera un ramillete de acciones colectivas
que muchas veces enfrentan al Estado, en otras se posicionan en la
misma vía y hasta se cruzan en actividades, obstaculizándose
mutuamente para la consecución de un objetivo común. Ante
la situación de acción liberadas, los partidos modulares estarían
con la ventaja de aprovechar las iniciativas ciudadanas e
involucrarlas en actividades de gestión
social que conduzcan a aminorar la brecha entre ricos y
pobres y a revertir las tendencias a la exclusión social que cada
vez abarca amplios sectores de la población. Claro
está, para ello se
debe trabajar en una fórmula que permita afianzar una visión de
desarrollo y de instrumentación de políticas públicas que
transforme radicalmente la actual relación entre Estado-mercado y
sociedad civil, recuperando, en esta nueva etapa relacional, las
funciones claves del Estado en una economía de mercado,
fortaleciendo las capacidades de participación y acción de la
propia gente. Pero,
la pregunta es ¿cómo hacerlo? Es
una deseabilidad hablar de participación ciudadana en los
procesos de desarrollo y en la elaboración de políticas públicas;
sin embargo, desde la postura del Estado actual y el ejercicio de
gobierno, no cabe esa posibilidad, porque su visión holística de
la sociedad y su concepción de la economía, les ata las manos,
debido a que no reconocen la utilidad de los actores sociales en
la gestión pública; pero en la esquina de la modularidad hay un
resquicio que si advierte esa contingencia, dado que
el espacio público es lugar de encuentro de múltiples
formas de participación ciudadana, y los partidos asisten a él a
realizar su proselitismo; al mismo tiempo, ahí conviven
sus bases; en ese espacio divulgan sus ideas, sus programas
de gobierno, por tanto, es allí donde se aparece la bisagra ideal
para unir las dos intenciones participativas: la modularidad
partidista y la acción ciudadana. Entonces
vemos que es desde terrenos mismos de la sociedad civil donde se
genera la participación ciudadana, en cuanto vigilan, actúan y
se integran a movilizaciones que llevan un objetivo común o de
beneficio social; la actuación brinda un lazo de confianza en sí
misma, la hace sentirse capaz de transformar su entorno inmediato,
entrelazar esfuerzos mancomunados que vayan tejiendo una trenza de
solidaridad entre los actores de distintas agrupaciones; asimismo,
crece la auto-estima y el respeto por los demás, en la medida que
construyen relaciones de reciprocidad y consensos. La
suma de la auto-estima, la solidaridad, el respeto y la capacidad
inventiva, se le denomina capital social, que, aunque es
intangible, es cantera de iniciativas eficaces y clave para
innovar una forma de desarrollo más humana y sostenible, en la
medida en que a través de él se pone el acento principalmente en
las relaciones entre la gente y se mejora la capacidad de tomar
decisiones por parte de la colectividad. Fortalecer
las capacidades gestivas de la ciudadanía
y apoyar su accionar colectivo, por parte de los partidos
modulares, es construir un puente de cogestión entre estos dos núcleos
sociales, pero a la vez, es una articulación de lo público con
lo privado, a manera que frecuentemente, aspectos de la vida
privada, particularmente de género, se empataran con la agenda pública.
De todas maneras, la activación de la participación ciudadana es
una oportunidad de fortalecimiento que tiene el Estado en la era
globalizada y un soporte para atar el vínculo entre Estado y
Sociedad. ¿En
qué ayuda a la democratización la participación ciudadana?
La
participación ciudadana, además de ser un soporte que presta su
plataforma para la unión de los objetivos de económicos y
sociales; se le agrega el
ingrediente de ser un núcleo generativo de una cultura democrática,
en cuanto es un universo simbólico de normas comunes que orientan
la práctica ciudadana en la vida cotidiana, hasta conformar un
cuerpo organizado de reglas que sirven de base para las acciones
colectivas futuras. Siendo así, la construcción de una ciudadanía
nacional requerirá de mecanismos de integración directa de la
población en políticas públicas, ya sea emanadas del gobierno o
instrumentadas por la sociedad civil, bajo una óptica de ser
actor en su realidad y transformar su espacio inmediato. Además,
los partidos modulares, requieren de agentes políticos que se
involucren en las actividades que resuelven problemas; les
interesa contar con ciudadanos que buscan soluciones, que debaten
y dialogan en los espacios públicos, que ejercitan sus derechos y
exijan a la sociedad en su conjunto que evolucione, que las
instituciones acompasen la dinámica que marca la ciudadanía, que
el gobierno sea vigilado por los ciudadanos y haga caso a las
demandas que los actores de los distintos grupos y agremiaciones
le planteen. Si
los partidos modulares dan este paso trascendental, al momento que
se asuman como gobierno, deberán cumplir sus promesas de campaña,
de lo contrario, se perdería todo el trabajo orgánico-político
que se hizo antes de llegar a ser gobierno. Por
lo anterior, el siguiente paso es el de
elaborar un programa factible;
que
sea viable en las condiciones que hoy prevalecen, bajo un marco de
globalidad económica y tecnológica, con unos agentes económicos
que se han acostumbrado a especular en las finanzas y bajo la
presión de organismos internacionales como el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial entre otros. No
pretendemos proponer un programa que cumpla con las aspiraciones
internas de las mayorías y a la vez satisfaga los intereses egoístas
de los agentes financieros; esto es imposible, pero sí es
comprensible encontrar una vía alternativa, que permita revertir
el desfase que existe entre los valores que postula un partido en
campaña y las prácticas que realiza una vez asume el poder o la
administración gubernamental. El
primer acto de gobierno, en caso que los partidos modulares
arriben al gobierno, es el de elaborar iniciativas que conduzcan a
desmontar el eclipsamiento que pesa sobre el ciudadano, otorgándole
al individuo la posibilidad de llevar a cabo iniciativas autónomas
en la producción, la distribución y el comercio; además,
innovar en la cultura, en las artes, en la política y en la cosa
pública. Un ciudadano que no es maniatado para actuar, es un
agente social productor de sentido, o sea de una comunicación,
para la decisión, fundada en la más rigurosa reciprocidad y
auto-proyección. ( Flores
D´Arcais, 1995) Un
acto de esta naturaleza, es distintivo de la democracia moderna e
incluye a los partidos de nuevo tipo a ejercitarla, por medio de
la invitación que hagan a los ciudadanos para que participen en
el proceso de formación de políticas públicas y de las
decisiones políticas, contribuyendo de esta manera a profundizar
la participación democrática y a su vez a respetar la autonomía
que se deriva de la auto-proyección individual. La
participación no es un comportamiento colectivo nuevo, numerosas
ONG, comités de barrios, vecinales, asociaciones de género, de
ambulantes, buhoneros, de jubilados, precaristas y comunidades étnicas,
han cultivado una cultura de la participación, cada uno en su ámbito,
desde hace más de 20 años, sólo que sus prácticas públicas se
han dado en ámbitos separados del gobierno o del Estado; de lo
que se trata ahora, es de vincular la experiencia participativa de
los grupos y asociaciones, con recursos del Estado, con el objeto
de fortalecer la institución estatual y a la vez dejar crecer al
ciudadano en sus capacidades e interés por resolver problemas añejos. El
acto de dejar pasar a la ciudadanía hacia esferas que competen al
Estado, es un derrumbamiento de los diques que habían cercado lo
público como esfera exclusiva estatal; la agenda de la
democratización comienza con un programa de gobierno que
contemple la participación social, la descentralización, la
incorporación de los movimientos sociales, el fortalecimiento de
la sociedad civil y de las ONG, orientadas a reducir el gigantismo
empresarial y del mismo Estado. La
participación decidida y sin candados
que pueda asumir la ciudadanía en general, le va a
permitir desplegar un mayor
control social más estrecho sobre ambos, basado en una cadena
reforzada y un tejido más denso de organizaciones de todo tipo
para cumplir funciones públicas y para representar, en
particular, a los grupos y sectores más débiles. (CSPSD, 1996) Un
programa de gobierno que se quede en el plano normativo, sin
ahondar en un diagnóstico participativo, es un fracaso adquirido
de antemano; una iniciativa programática que intente ser un apéndice
de un modelo económico que se maneja sobre la lógica de
los axiomas, corolarios y teoremas, tal como lo es el
neoliberalismo, no va arrojar resultados óptimos para
restablecerse un desarrollo más o menos sustentable; seguir
administrando la cosa pública bajo el parasol de lo estatal
exclusivamente, no es signo de democracia, ni de interés por
solucionar irregularidades que prevalecen en la sociedad desde
hace muchos años. De
lo que se trata es de salir de un escenario extremadamente difícil
para la democracia y para
los actores políticos, mediante una toma de conciencia fuerte y
drástica y de un
cambio profundo en los procedimientos de generación de
autoridades; en las pautas de funcionamiento de los poderes públicos;
en los mecanismos de participación ciudadana; en las formas de crítica
y fiscalización, y en las normas de prioridad en el
funcionamiento de la administración. (op.cit.) Con
este horizonte, los partidos modulares pueden hacerse de una visión
estratégica de mediano y largo plazo; en el corto plazo, se puede
asistir a un desbordamiento del discurso general para que sus
aguas lleguen avanzar hasta pequeñas localidades, pueblos y
municipios que no son tenidos en cuenta a la hora de elaborara y
formular programas de gobierno. La
especificidad es un gran avance en los actos de gobierno, pero si
la juntamos con la participación, se puede construir un viaducto
entre los temas de la agenda de gobierno, las políticas económicas
y sociales y acción ciudadana, como un método que entrelaza el
quehacer con las necesidades y los satisfactores adecuados para
resolver las distintas dificultades que enfrenta un gobierno. ¿En
que ayuda este estilo de hacer política? En
aceptar la existencia de un pluralismo político e ideológico; en
fomentar la tolerancia como un método de convivencia; en
reconocer al otro como agente vital en la construcción de la
sociedad y en el compromiso indisoluble de unir la ética con la
solidaridad en la gran esfera política. 3
Los nuevos valores que sustentan el programa de gobierno Los
valores en un programa de gobierno es la columna orientadora de la
acción para hacer y actuar en consecuencia a lo que ahí se
plasma como plataforma de gobierno; por tanto, los valores éticos
en la política no están ausentes, aunque algunos analistas políticos
prefieren no referirse a ellos, porque dicen estar en descrédito,
más si colocamos la ética como forma de observancia de la vida
política latinoamericana, misma que está preñada de asesinatos,
magnicidios, atentados, masacre a movimientos populares a
protestas ciudadanas y de actuaciones irracionales como las que
practican los paramilitares en algunas naciones del subcontinente. Así
ha sido la vida política
Latinoamericana; sin embargo, el descrédito no es de la ética,
sino de los actores que actúan de espaldas a ella; además, ellos
mismos han procurado, con tenacidad, de elaborar un lenguaje de la
moral y de la política que desplaza y oculta a la política en sí.
Esto se explica de la siguiente manera, la política, en manos de
los agentes neoliberales, no está interesada en los aspectos analíticos,
sino más bien en los requerimientos normativos, buscando con ello
que la sociedad sea sometida un conjunto procedimental que todo lo
reduce a normas, leyes, reglas y acciones en función a lo que está
registrado como tal. De
esta manera, la sociedad queda abandonada y desprotegida, pues la
justicia no se lee ni se entiende por su contenido, sino que su
aplicación se sujeta a procedimientos normativos que dicen
acercarse a un acto justo, caso la ley que el gobierno mexicano
elabora para pactar la paz en Chiapas, donde la justicia está en
la normatividad jurídica, pero muy lejos de la realidad de los
indios de México; de igual forma sucede con algunos vacíos que
muestra la ley autonómica de la Costa Atlántica en Nicaragua y
la administración pública, donde se reconoce a un sujeto de
derecho, pero en la realidad no hay recursos, oportunidades, ni
acciones que le permitan apropiarse de esos derechos. Ante
esos sucesos, la política debe recargarse de valores éticos que
la lleven a situarse en lo que Aristóteles denominó la
vida buena, no sólo para administrar con justicia y apegarse
a los valores que la sustentan, sino que liberen a los individuos
gobernados para que se reapropien de sus facultades orgánicas,
participativas e inventivas y construyan lo posible y lo
realizable en un mundo amplio para los inversionistas, pero
restringido para los ciudadanos. La
oportunidad que se le brinde a los ciudadanos para que se resitúen
en el nuevo escenario, va a provocar que el manejo de un programa
de gobierno se dirija a mejorar todo lo anterior, a superar lo que
se hizo anteriormente, con la perspectiva de que todos los
problemas, quizá no se resuelvan, pero la opción de abrir
mejores perspectivas para el futuro es inevitable y posible de
construir en un mediano plazo. Ahora,
si a ese programa de gobierno lo apuntalamos con valores éticos,
aflora la responsabilidad, que no es más que una actitud y un
comportamiento que responde a lo que le compete a cada
funcionario, a cada gobernante y en su totalidad, al partido
modular. ¿Cuales
son esos valores? La
virtud cívica de la
tolerancia, la inclusión y la autonomía. La
virtud no es algo novedosa, es echar mano a un recurso de la
tradición humanista, principalmente en Maquiavelo, quien la
define como aquel conjunto de cualidades que posibilita a un
hombre a llevar a cabo grandes y riesgosas empresas para alcanzar
la gloria, la fama y el honor. Facilita a un gobernante para
gestionar y operativizar acciones que lo aproximen a alcanzar los
más nobles fines y a satisfacer algunas de las demandas más
sentidas por la sociedad. ( Velasco
A. 1995) Vista
así la virtud, la tolerancia es un
valor ético de la democracia, o una virtud cívica en cuanto nos
remite a una convivencia y sociabilidad pacífica, donde
intercambian opiniones distintos actores con ideologías,
creencias y prácticas políticas disímiles. Casi
siempre que se aborda el estudio sobre la tolerancia, se remiten,
la mayoría de los autores, al problema de la verdad, o a la
inexistencia de una verdad absoluta, por ello hace referencia a la
relatividad de la verdad. ( Cisneros
I. 1996, Fetscher I. 1994) La
tolerancia es parte de un discurso sobre la naturaleza de la
verdad, pero una verdad confeccionada por distintos tejedores que
en un espacio común, dialogan, confrontan y resumen distintas
verdades relativas, hasta asistir a un evento de síntesis que les
permite mostrar a la luz pública la prenda fabricada, bajo el
principio de la tolerancia. Entonces
tolerancia es convivir bajo el paraguas del respeto recíproco en
un mundo en que no existen valores comunes que determinen la acción
en las distintas esferas de la vida, y en el que tampoco existe
una realidad única idéntica para todos. (P.
Berger y T.Luckmann, 1997) Esta
distinción nos permite reconocer que la tolerancia se recrea en
la diversidad de actores y opiniones y por lo tanto, se moja en
las aguas de la pluralidad, que hace parte del océano de la
democracia ampliada. Tolerancia es un reclamo de las comunidades
étnicas, de las organizaciones comunitarias, de los grupos
sociales y de los demás cuerpos políticos que pululan en América
Latina. La tolerancia como virtud cívica cambió el imaginario de los actores en el conflicto bélico que se registró en Centroamérica, porque una vez que se firmó la paz, al otro no se le pudo seguir viendo como enemigo, bajo la irreductible focalización del exterminio como condición básica para la existencia del yo; a cambio, se aceptó, casi en su totalidad, la concepción del adversario, que no es más que el otro, con derechos, pero con la posibilidad de conflictuarse en un espacio común, sin que exista ni medie la intención de eliminación del contrincante. Reconocer
la existencia de la diversidad y del otro, es un avance
significativo, como también abrir un espacio para que la
tolerancia se asome y se quede orientando las acciones futuras,
tanto de los dirigentes del partido modular, como de los agentes
que asuman responsabilidades de gobierno. Algunos creen, en este
primer inicio de la tolerancia, que aceptarla es un acto de
soportar al adversario o al otro que no es igual a mí; pero no es
así, porque justamente lo diverso es un dato irrenunciable de
nuestra misma socialidad (Cisneros
I. Op. Cit) y una condición necesaria para sujetos que viven
en pluralidad, aceptando a otros con diferentes creencias, otras
opciones políticas y preferencias de credo diversos. Entonces
tolerancia guarda fronteras con libertad, la libertad mía y la
del otro, por ello se debe asumir una actitud mental de que en un
macro domo social, la tolerancia es aceptar que la libertad de un
individuo no termina donde empieza la libertad del otro.
Más bien, la libertad del otro constituye, hoy por hoy, la
principal condición de la propia libertad. (op.cit) Otro
aspecto de la tolerancia, es que es un canal que conduce a la
construcción de consensos, indispensables para
ejercer un buen gobierno, o mantener la gobernabilidad;
pese a ello, no apaga, ni destierra el disenso, puesto que éste
sigue existiendo y ocupando un espacio en la vida política,
actuando como voz crítica o censura con licencia que se opone a
toda arbitrariedad o acción mayoritaria en detrimento de una
minoría que disiente. Tolerar es el verbo que más pronombres
tiene y deben conjugar todos los actores de la política de fin de
siglo. A
la tolerancia individual se le agrega en el camino democrático,
la tolerancia pública que va más allá de la ciudadana, porque
exige a los actores y cuerpos políticos a dialogar entre grupos
sociales, entre asociaciones y comunidades; asimismo al gobierno
le toca el turno de aceptar y practicar el diálogo con
comunidades étnicas, grupos de desplazados, de género, entre
otros, ampliando a otros campos de la esfera de la vida social, la
búsqueda de acuerdos y la aceptación de las diferencias. Si
la organización modular acepta a la tolerancia como una virtud cívica
que debe guiar las acciones proselitistas, para los acuerdos políticos
con otros gremios y para orientar las actividades de gobierno, está
en la antesala de dar un gran paso para democratizar la sociedad y
al mismo Estado en
esta etapa de desarrollo transicional que vive Centroamérica. La
inclusión como virtud cívica ,
es escaque fundamental
en el tablero de ajedrez que
está fabricando la ciudadanía moderna. Si es aceptado por casi
todos los analistas políticos que la sociedad está ocupada y
constituida por actores sociales con posibilidades de
autodeterminación; con capacidad para intervenir mediante un
intercambio racional en el mercado
político y en los espacios públicos; con pleno derecho a tener
derechos en el plano social y jurídico; y con acceso a información
y conocimientos para insertarse con mayores oportunidades
productivas en la dinámica del desarrollo; (
Calderón F, Hopenhayn M, Ottone E. 1996) entonces es inaudito
que se cierren las puertas a la participación plural y a la
inclusión del otro en las tareas que son propias del espacio público
o de gobierno. La
inclusión es parte constitutiva de la participación plural, es
el intercambio de experiencias que dan lugar a la formación de
nuevas comunidades de sujetos, de nuevos lazos identitarios y por
ende a una nueva fuente generadora de sentido, si tenemos en
cuenta que el sentido no existe en forma independiente, sino que
se forma a través de referencias y relaciones intercambiables de
experiencias y de acumulación de conocimiento que sedimentan el
acervo social de la inteligencia colectiva. Aceptar la inclusión en las tareas de gobierno y en la gestión pública, es darle sentido a las acciones hacia un fin preconcebido; es darle la oportunidad a los actores involucrados a que construyan su propia utopía, anticipen una condición futura y evalúen su deseabilidad y su urgencia, como también los pasos que habrán de dar para hacerla posible; el sentido de las acciones, en el acto, se configura por su relación con el propósito, y una vez concluido, sea un éxito o no, pueda ser evaluado y capitalizado como experiencia para el acervo de su conocimiento. (Berger P, Luckmann T. Op. cit) Si
reconocemos que muchos de los problemas que padece la sociedad no
se pueden resolver con la sola iniciativa del gobierno, la inclusión
de las asociaciones y grupos de interés colectivo que se
desenvuelven en el ámbito local y comunitario, pueden prestar una
valiosa ayuda y una coadyuvancia para encontrar soluciones
consensuadas; además, si reconocemos que ellas han
actuado y lo siguen haciendo, como mediadoras entre las
instituciones de la sociedad y los individuos, cumpliendo un rol
de gestoría y de defensa ciudadana, son claramente instituciones
intermedias, que en palabras de Berger y Luckmann, contribuyen a
la negociación y objetivación social del sentido. ¿Cómo
poder evaluar si un actor colectivo funciona o se desempeña como
institución intermedia? Existen
dos variables (Gamson,
1990) que nos
sirven de parámetro evaluativo; una es la aceptación que tiene
la organización en su entorno inmediato, la suma de adhesiones,
la voluntad participativa de los individuos ante los llamados de
la colectividad organizada, la autoridad y el respeto que se ha
ganado en su espacio local, las consulta que realiza antes de
llevar a cabo una acción colectiva, la negociación y la
solvencia moral para guiar acciones futuras. La
segunda variable tiene que ver con los logros obtenidos o
adquisiciones en materia de recursos o de avance orgánico-político
que impacta como beneficio en la comunidad en que se asienta;
aunque hay dificultad para medir cuantitativamente esos logros, la
manifestación de la subjetividad colectiva y popular es un claro
indicio para orientarnos en la evaluación que intentamos hacer de
sí son o no instituciones intermedias, y cual sería
su rol en una agenda de colaboración entre Estado-Gobierno
y Sociedad. En
síntesis, la inclusión es otro valor de la democracia ampliada
que no se pude dejar de lado, menos un partido político que busca
reposicionarse en un escenario de pos paz,
donde algunos de los actores se están estructurando o
transformando para insertarse de nueva cuenta en la nueva
realidad; si se participa en el escenario recién construido con
una vocación plural, tolerante y abierta a la inclusión, es muy
probable que la modularidad encaje en las iniciativas
convergentes; si se actúa bajo la lógica de los partidos
tradicionales, no vale la pena intentar una reflexión sobre el
caso, porque los logros serán nulos. La
otra virtud es el respeto a las autonomías, que se desprende del mismo
desenvolvimiento que ha tenido la ciudadanía moderna, al momento
que se genera un proceso de redefinición de identidades y de
pertenencia grupal en los ámbitos locales, de barrios, de grupos
religiosos, étnicos, comunitarios y vecinales. Cuando
la política se descentró, los desajustes en el orden social
estuvieron presentes en múltiples espacios de la vida social; las
pertenencias con respecto a partidos políticos e instituciones se
fue diluyendo de manera vertiginosa, la capacidad de convocatoria
de los partidos políticos se redujo, hasta situarse en un
estrecho margen que algunos llamaron el desencanto ciudadano con
respecto a las organizaciones partidistas; el Estado fue
desplazado por los agentes económicos, dejando de ser el núcleo
donde se resolvías los aspectos conflictuales de la sociedad; la
desagregación social apresuró su paso y se avizoraba un ambiente
desolador, atomizado y sin ninguna posibilidad de reintegración;
las utopías, bellos espejos de esperanza, también estallaron en
mil pedazos, perdiéndose la égida que marcara la pauta para
acciones colectivas futuras. El culpable era la globalización y
el neoliberalismo, satanizando a los dos ejes del mundo de hoy,
pero salvando de culpa a la izquierda y a los intelectuales que no
otearon a tiempo el fenómeno de recomposición capitalista La
pregunta del día era ¿quién va a resolver los problemas de una
sociedad que se desarticuló en diez años? Ni
el Estado, menos los partidos políticos estaban en condición
para responder al ramillete de interrogantes que la ciudadanía se
planteaba; sin embargo, de manera sorda, pero eficaz, los
movimientos sectoriales, vecinales, comunitarios y ONG no se
amilanaron, asumieron como un desafío el nuevo escenario y allí
se insertaron, trabajando y renovando identidades, elaborando plan
de acción, construyendo acciones colectivas y traslapes
identitarios hasta ocupar el vacío dejado por los partidos políticos
y el mismo Estado. En ese momento la política, como eje
articulador y orientador de la sociedad, fue revalorizándose,
lentamente avanzó hasta ubicarse estratégicamente en sitios poco
vulnerables, de ahí el progreso significativo de los indios, las
mujeres, los buhoneros, los precaristas y los demás sujetos
insumisos de la sociedad de fin de siglo. La
eclosión de un nuevo elenco revelador de actores sociales, fue
presionando a la sociedad para que se aceptara, no sin vencer obstáculos,
una democracia cultural, que admite el pluralismo cultural y los
derechos de las minorías; además, exhibió de manera
contundente, que la sociedad contemporánea, situada en los cruces
de la globalización y el neoliberalismo, está abierta a los
cambios e intercambios, por tanto ha mutado en diversos órdenes,
lo que ha implicado una transformación radical en sus sistemas
simbólicos, de integración y de aspiraciones políticas. Hoy
día podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no existe una
sociedad en el mundo que posea una unidad cultural total, y las
culturas son construcciones
que se transforman permanentemente con la reinterpretación de
nuevas experiencia, lo que hace artificial la búsqueda de una
esencia o un alma nacional, y también la reducción de una
cultura a un código de conductas. ( Touraine,
A.1997) ¿A
donde nos conduce todo esto? Indudablemente
a la democracia cultural, la cual tiene como signo el
reconocimiento de la diversidad entre las culturas, la aceptación
de la pluralidad de intereses, opiniones y valores, sin llegar a
construir un mundo cuadriculado, sino con canales
intercomunicativos que asuman la forma de diálogo y tolerancia,
hasta que los desemboque en un respeto absoluto a las autonomías
grupales y comunitarias. Si
nos apoyamos en Villoro, podríamos afirmar que las autonomías no
equivalen a una autarquía grupal, pues no cabe en la concepción
de la democracia cultural, que un grupo se cierre en su estrecho
camino de la libertad, sin importarle las aspiraciones, ni
necesidades de los otros. Los traslapes identitarios y la
comunicación intergremial son puentes seguros para que transiten
acuerdos, negociaciones, intercambio de experiencias e intereses
hasta armar arcos convergentes que puedan contribuir a alcanzar
muchas metas comunes. (Villoro.L.1997) Las
autonomías existen y deben respetarse, pero a su vez incluirse en
planes de trabajo de beneficio común, sin que violente
su régimen autonómico, simplemente, a través de la
comunicación inter-comunitaria se abre esa posibilidad de
colaboración. Esta participación recíproca se da en un ambiente
de democratización dialogante, (Giddens.
A. 1996) que no es más que formas de intercambio social que
pueden contribuir de forma sustancial, quizá hasta decisiva, a la
reconstrucción de la solidaridad social. Algunos
creen que la autonomía conduce a una proliferación de
derechos y multiplicación de intereses; pese a ello, existen
aclaraciones convincentes que aseguran que no es así, porque lo
que esta sucediendo es algo que se aproxima a un cosmopolitismo
cultural que sirve de cimiento a las relaciones entre autonomía y
solidaridad, estimulando una democratización de la democracia. (Villoro
L. 1997, y Giddens A. 1996 Op.cit.) La
democracia dialogante se practica es un espacio público, pues es
el mejor marco para convivir y aceptar al otro en una relación de
tolerancia mutua; el diálogo que prevalece como vínculo ínter
autonómico, anota Giddens, debe interpretarse como la capacidad
de crear confianza activa mediante
la apreciación de la integridad del otro. La confianza es un
medio de ordenar las relaciones sociales a través del tiempo y el
espacio. Sostiene ese silencio
necesario que permite a los individuos o los grupos seguir con
sus vidas sin dejar de mantener una relación social con otro u
otros. En
síntesis, tolerancia, inclusión y autonomía, son tres núcleos que
posibilitan la convivencia, la articulación y el trabajo
conjunto; situarse al margen de estos tres nichos que emanan la
democracia del siglo XXl, es vivir de espaldas a la realidad y
transitar en sentido contrario del desarrollo de la sociedad; aquí
reside la voluntad de cambio que tendrían los partidos modulares,
como también el número de aperturas y articulaciones que el
nuevo partido tendría con los demás cuerpos políticos que son
parte de la sociedad centroamericana de fin de siglo. Estructura organizacional de la modularidad El
análisis de lo que pretende ser un modelo organizacional, no
parte de unos principios de la teoría de las organizaciones, como
tampoco de propuestas teóricas que se desprenden del tronco del
discurso sistémico luhmanniano; no es esa la orientación que
tratamos de dar a conocer. Lo que nos motiva es
poder armar una estructura operativa, flexible ante los
reclamos de la ciudadanía moderna, pero a la vez articulacional
con otras acciones colectivas, de manera tal que pueda dar cuerpo
a un arco convergente, desde la perspectiva de partido político,
con una durabilidad más prolongada que la hasta ahora alcanzada
por los movimientos de ese tipo en América Latina a partir de
1994. No
abrazamos la teoría de la organización, como ordenamiento teórico-metodológico,
debido a que todavía se debate en los centros de investigación,
la poca pertinencia que tiene con lo que sucede en América
Latina, en especial en el campo de los partidos políticos. Según
especialistas, el desarrollo de esta teoría se ha constituido en
un mosaico complejo de posiciones y propuestas que se empieza a
confrontar y debatir; (Ibarra
E, Montaño L. 1990,1991)
sin embargo en los países del área se ha carecido de tal
reflexión y lo poco que se ha hecho, descansa sobre todo, en
observaciones y atención sobre la empresa, que tienen un sentido
accional distinto a la de los partidos políticos. La
propuesta que ofrecemos tiene más oficio de reflexión política,
en el marco de un proceso de pos paz, que arroja una multiplicidad
de actores, una democracia cultural que reclama con energía una
atención de todos los cuerpos políticos, estructurados y en vías
de estructuración, una exigencia participativa de la ciudadanía
por ser parte de las decisiones trascendentales que se toman en
sus pueblos, comunidades y localidades; y una democratización política
que quiere llevar a la democracia a sitios recónditos de cada país
centroamericano y que no se quede anclada en los órganos de
representación y en la letra muerta de las Constituciones, como
pretenden hacerlo los liberales de la actualidad. Hay
luces muy esclarecedoras, quizá no es el ámbito del análisis de
las organizaciones partidistas, pero si en lo que concierne a las
nuevas reglas del juego para la democracia en el año 2000, con
puntualizaciones certeras sobre el futuro de los organismos
internacionales y las prefiguraciones de los futuros escenarios en
Europa y Asia. (Guéhenno
Jean-Marie, 1995) ( Gellner
E. 1996) De
las indagaciones de esos dos autores, aunadas a la experiencia
personal en los procesos políticos de los países que abordamos
en el estudio, fuimos construyendo la idea de la modularidad, no
sin el antecedente de haber realizado una investigación previa
sobre cómo se arman las convergencias y la durabilidad de las
mismas en un ambiente más politizado como el que se está
viviendo en Latinoamérica. El
tipo de organización modular descansa sobre la idea de ser más
abierta ante la constelación de organismos ciudadanos, evitando
preocuparse por demostrar que tanto es distinta a los demás, sino
que puntos de articulación accional tienen en común y que otras
aperturas se pueden dar en el corto plazo para acuerpar al mayor número
de actores de una sociedad que se encuentra en desventaja ante el
alud neoliberal. Hay
dos puntos nuevos: apertura y articulación, dos aspectos que se alejan de la vieja
idea de homogeneidad, control y equilibrio que se discutía en las
filas de los grupos guerrilleros y partidos comunistas
tradicionales, cuya esencia era mantener la homogeneidad en función
de unos principios inalterables, inequívocos y doctrinales; una
lealtad a los dirigentes por encima de la capacidad, pues
mantenerse cerca de un líder o grupo de influencia, daba
posibilidad de asumir nuevas responsabilidades dirigenciales o de
ocupar cargos dentro de la estructura política; el equilibrio se
sentaba sobre la actuación consecuente, pero con lo que se
dictaba dentro de la organización y de espalda a lo que
las bases demandaban. Brindar
una apertura a los demás cuerpos políticos que no se encuentran
registrados como entidades partidistas, es desatar las ataduras
doctrinales que por muchos años fueron motivo
para descalificar al otro, expulsar a un miembro y hasta
algunas veces, ajusticiar a unos "revisionistas", por el
solo hecho de disentir ante una decisión de la dirigencia. Apertura
para articular, es una intención de romper el caparazón que
reprimió la creatividad y la inventiva por muchos años, para
situarse hoy
en una posición de acción convergente que esté
vigilante de las acciones que desarrollan otras
organizaciones, qué demandas nuevas hay y cómo las están diseñando
los demandantes, con objeto de ir introduciéndose en un proceso
de aprendizaje cívico que los aproxime, lo más que pueda, a los
actores que también son parte de la nueva política de fin de
siglo. Otro
punto que se agrega a la estructura modular, es la interoperabilidad entre el
partido político y las asociaciones, grupos y movimientos
comunitarios, vecinales y de barrios, reconociendo que la
complejidad del mundo social no puede sea aprehendida por un solo
actor, porque en la sociedad existen tantos actores como lecturas
sobre la realidad, que sumadas, muestran la combinación
de apreciaciones sobre la multidimensionalidad de la
realidad del mundo contemporáneo. Interoperabilidad,
entonces, es comunicación, es socialización de información, de
compartir diversas y distintas opiniones sobre lo social y cómo
se está constituyendo en el momento; qué coyunturas presenta y
de que manera puede ser abordada para fisurarla, en caso que sea
necesario, para que surja algo nuevo o provocar un cambio en su
estructura. Interoperabilidad
es poner en juego los acuerdos y negociaciones a que se llegaron
con otros cuerpos políticos, demostrando con ello que la apertura
no se queda en el ámbito discursivo, sino que aterriza en el
plano
accional y se plasma en una construcción lógica de sistema
abierto que busca, bajo todo punto de vista, interconectarse con
lo posible, con los que desean y luchan por una sociedad de
puertas abiertas y accesible al dialogo y la tolerancia. Es
notorio, por lo que expresamos, que la interoperabilidad va a
requerir de una estructura operativa que se encargue de urdir los
enlaces con los grupos y asociaciones cívicas, comunitarias,
vecinales y de orden particular como Ong, partidos locales o
regionales entre otros, para construir acuerdos e iniciativas que
permitan, al partido modular, estar presente en las acciones y
demandas que la ciudadanía lleva a cabo desde hace un tiempo,
pero hasta ahora al margen de los partidos. No
quiere decir esto que el partido modular se va a perder en un
herbazal de cosas nimias y tangentes como son las demandas
particularmente localistas, tampoco se va a convertir en un
depositario de demandas que en cierto punto pueden encontrase,
chocar o contravenir otras que se hallan en su seno procesándose.
Básicamente,
se trata que el partido modular vaya siendo parte de la red de
movimientos y asociaciones que pululan en el espacio público; que
se convierta en interlocutor de muchas de ellas, en la medida que
socializa, discute, confronta y acuerda acciones conjuntas para
atacar un problema del orden común. Es cierto que las redes no
son homogéneas, existe de todo y para todos, pero lo que sí hay
que reconocer es que es un campo de fuerzas, de desequilibrios, en
el que la voluntad de incrementar el número de sus conexiones está
compensado por la posibilidad de ser un partido que no se
desdibuje por lapsos perentorios y aparezca sólo cuando haya
elecciones. Dice
Guéhenno, que las redes se comportan como una bolsa de
informaciones, que nunca se cierra y, cuantas más informaciones
lleguen, más desequilibrios se genera en un sistema que se opone
a la apertura democrática. La gran pregunta es, como filtrar la
información, no en el sentido de ocultar parte de ella, sino en
la dirección de detectar o sopesar cual es la que mejor nos
aproxima a la realidad, la que permite leer con detalles lo que en
el momento sucede, de tal suerte que podamos correlacionar la acción
política con el momento social. Es algo así como poner el reloj
de la política y de los cuerpos políticos en el mismo horario, a
modo que se pueda sincronizar una acción eficaz y reducir los
costos político-sociales. Esta
es una tarea de otra estructura que proponemos, la denominada de estudios
de la política y la sociedad, que de paso, está
reconociendo la labor del nuevo intelectual orgánico, en una
versión tercermilenaria. Hasta
ahora, los partidos políticos han hecho y aún hacen poco caso a
los cientistas sociales, pues son vistos como agentes que se
elevan con el pensamiento para reflexionar, pero la mayoría de
las veces, sin éxito; sin embargo, quienes han analizado social y
políticamente la globalización y sus efectos en la sociedad no
son los partidos, sino los cientistas sociales. Incluso, son los
intelectuales con sus teorizaciones quienes han esclarecido los
conceptos globalizadores de lo inevitable,
lo universal y lo
moderno como
recursos ideológicos de este fenómeno del capitalismo, que
trata, bajo todo argumento, desarmar políticamente a sus
opositores; asimismo, los nuevos intelectuales orgánicos han
despejado los nubarrones de la incertidumbre que se habían
estacionado por largos meses sobre el imaginario de la sociedad. Hoy
pues, los que trabajan la política desde la perspectiva teórica,
ya son merecedores de una atención y los partidos modulares son
agentes que requieren de una ayuda de este tipo, de ahí que quepa
la posibilidad de armar un canal intercomunicativo entre la política
y la ciencia, cosa que se viene haciendo en los centros de
investigación independientes que día a día aparecen en la
sociedad latinoamericana. La
estructura de estudios de la política y la sociedad coadyuvaría para que los
actores políticos operativos, estudien y comprendan mejor la
complejidad del mundo social y a su vez la hagan digerible; también
ayudarían que descubran la racionalidad de algunos hechos; que la
lógica de cierta información sea procesada y analizada bajo una
lente prismática, misma que nos ayude a descomponerla para
analizarla por sectores y a integrarla para insertarla en un
contexto más amplio. Sería
el espacio donde se reúna la información, se procese y ponga en
circulación para que los demás cuerpos políticos que son parte
de la amplia red o constelación de grupos y asociaciones, se
apropien de ella, la intercambie y la haga crecer. Para ello es
necesario que se cambie la vieja concepción de que la información
es poder, para ello hay que concentrarla; por otra que diga, la
información es la base del poder,
pero su naturaleza ha cambiado, ya no se atesora, pues su
verdadero valor esta en el intercambio, para adquirir nuevas
informaciones, para generar nuevos argumentos y un creciente
proceso de formación de cultura política en la ciudadanía. (Guéhenno,
op.cit) Lo
otro que agregaríamos,
es el nuevo oficio de los
dirigentes,
cuya función puede ser la de
fabricar nexos con organizaciones cívicas y
ciudadanas; gestionar identidades y encontrar las aristas
compatibles entre el partido modular y el grupo de identidades
recién estructuradas; asimismo entre los grupos que se asemejan.
Todo esto va a traer
consigo una multiplicación de conexiones que quizá hagan más
complejo y relacional al
partido, pero a su vez da cabida a nuevos dirigentes para que
compartan las actividades que de la complejidad se derivan; así,
los representantes de los grupos y asociaciones asumirán,
temporalmente, responsabilidades en la tarea que tenga un
denominador común, sería algo parecido a los aros del símbolo
olímpico, que se
entrelazan, pero no pierden su autonomía o su especificidad. En
esta visión sobre los futuros dirigentes, su rol de intermediación
es fundamental para el futuro accionalista del partido modular,
pues su papel es similar a un gestor articulacional, que corrige
fallas, arma acuerdos, liga acciones, destraba tensiones y
reconoce en la red de organismos sociales una fuerza vital para el
futuro de la política y del mismo cuerpo orgánico partidista. La
misma dinámica va a inyectar a la dirigencia,
un antídoto para evitar personalismo excesivo y, en
contraparte, la va a dotar de una propiedad horizontal, que la
obliga a consultar, a compartir, discutir y consensuar muchas de
las decisiones; a su vez, desburocratiza la cúpula, porque la
comunicación intermitente y cortocircuitantes, similar a redes de
Internet, le va a ocupar mucho tiempo y la va a convertir en una
dirigencia liviana, en su comportamiento, pero contundente en sus
acciones y decisiones colectivas. Las
identidades múltiples no son un obstáculo para los partidos
modulares, quizá si para los partidos de tipo doctrinario, pero
si la modularidad acepta la tolerancia, la inclusión y la autonomía
como virtudes cívicas, entonces se abren las puertas para
construir convergencias donde se requiera. No será una
convergencia única que se ocupe de todos los problemas y
demandas; eso quedó en el escaparate del pasado; las
convergencias son múltiples, tanto como los problemas comunes, de
ahí que el futuro de los partidos modulares será encontrar los
nichos donde se recrean identidades y acciones de género, étnicas,
de buhoneros, de precaristas, de derechos humanos, y demás que se
perfilan hacia la democratización de la democracia. El
partido modular es una forma de piano que comparte sus cuerdas y
teclas, con cada grupo o asociación comunitaria, vecinal y
barrial, con el objeto de ir tocando la pieza democrática, sin
desordenar la armonía de la canción, porque cada grupo tendrá
la ocasión y la oportunidad de participar, sin sobreponerse, ni
interrumpir a otros que también se han involucrado en la
composición de este himno a la sociedad futura. BIBLIOGRAFÍA BERGER
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Latina: Conflicto, violencia y paz en el
Siglo XXI Diálogos por la paz en América Latina LA ONDA® DIGITAL |
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