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Los
dioses del cotidiano América Latina es, en mucho, una forma de nombrar al hombre y de recordar la exclusión de la mujer, pero sigue siendo, quizá hoy más que nunca, un faro de esperanza, No tenemos Olimpo, salvo los dioses de pies de barro que día a día, en todas partes de nuestro territorio, que es nuestro cuerpo vivo, viven y luchan por su existencia sin renunciar a la sonrisa.
Según recordamos,
la libertad es una dimensión de la naturaleza del hombre que nace
y subsiste en la interioridad del individuo. Esto es, podemos
hacernos libres a través del ejercicio de la responsabilidad que,
lejos de hacer lo que queramos, conlleva la realización de
nuestras potencialidades benéficas, basándonos en el respeto
para con el Otro, nacido de una comprensión que tuvo lugar en el
silencio interior de nuestro ser. Tal comprensión propicia la
escucha atenta como paso previo al reconocimiento del Otro, dando
curso así al principio de reafirmación del ser donde la
esencialidad de nuestra condición humana se despliega en lo
societario y pasa de individuo a persona, de un ego aislado a un
yo comprometido: Yo y Tú. Luego, la libertad
no es una facultad abstracta, o sea, algo que tenemos o no
tenemos. No. Sólo es factible hablar de libertad en relación a
un individuo, en una situación dada. La libertad se expresa en la
arena de lo cotidiano, en cada una de las acciones que emprendemos
–o no- en las cuales se juega y nos jugamos a ser, en un
contexto ético y moral, solidarios y responsables: hacedores de
nuestro presente. Dije presente y no
actualidad; digo permanencia y no transitoriedad. Afirmo,
entonces, que mis convicciones más profundas deben ser sopesadas
y puestas en la fragua de mi responsabilidad para con el Otro. Lo
que nos lleva a ser coherentes (y no quedar meramente en el
intento) entre lo que pensamos y aquello que hacemos, evitando no
sólo aproximaciones a lo esquizoide sino celebrando en nosotros
mismos la práctica del rigor y de la apertura. En esta vecindad
que, especialmente, los latinoamericanos pueden recrear desde lo
virtual, conversaba con un amigo respecto de aquello que uno toma
como norte en el camino de la vida: la escucha atenta del Otro, la
búsqueda cotidiana y permanente de la comprensión ante la
realidad que nos circunda para poder adentrarnos en la corriente
misma de la vida que fluye y se transforma a cada instante. Así, pues, estos
apuntes pretenden ser un discurrir entre vecinos para con el
mundo, cercano y lejano, donde reencontrar la esencia del ser ético
junto con una responsabilidad que, aclaradas ya nuestras
convicciones, nos permita emprender la búsqueda atenta de un mañana
donde la dignidad tome o retome un lugar destacado en el diario
vivir de la gente, porque discurrir por discurrir es tanto como
crear rizos culturales que sólo sirven para decorar la nada y de
cuya lectura atenta podrá advertirse la huida de la realidad, que
son y promueven. Por eso, lo del vecindario. Así, pues, nos
detenemos y lo hacemos a la manera de citadinos latinoamericanos:
en la esquina de una cuadra; para poder divisar más y mejor el
vecindario y de ahí, luego de una mirada interior, ver en
derredor sin prisa y abarcadoramente, pudiendo entonces ir en
busca que mueve y conmueve: el Otro, el desconocido, el que está
a la vuelta de la esquina o allende el horizonte. Visitaremos a
queridos amigos y maestros, valiéndonos de sus expresiones para
sopesarlas y comentarlas al tiempo que buscaremos una armonía
desde un pensar que a la postre nos permita regresar desde la
esquina al hogar y a su calor, mirando ese fuego que nunca decae
en tanto espíritu activo al dar voz al Otro, comprometiéndonos más
y mejor desde nuestro lar pero en apertura al mundo pues en él
estamos y extranjeros, en puridad, podemos serlos todos y cada uno
de nosotros, de no mediar una razón sensible que nos aproxime en
la esfera de lo público, al principio dialógico. Así y todo,
mirando hacia afuera y hacia adentro digamos quiénes nos acompañarán
en esta travesía del espíritu: Martín Buber, Etienne de La Boétie,
Emmanuel Lévinas, Jacques Derrida y, hacia dentro, en este
vecindario en el que permanezco a sabiendas y con ganas:
Montevideo. Desde aquí,
al tener a mi frente la vasta pradera, percibo más claramente cómo
la cotidianeidad va haciendo su curso en nuestra vida, la propia y
la de nuestros pueblos. Realidad Se nos dice que la
realidad es la percepción, la conciencia de una sensación a la
que se llega a través de un proceso psicofísico por el cual la
persona transforma los estímulos en objeto sensible conocido.
Sensación y percepción devienen en receptoras y efectoras de un
mismo proceso del conocimiento sensible, razón por la cual es
esencial a la percepción la toma de la realidad en tanto
totalidad. Realidad como lo no aparente, lo no ilusorio, lo que
pertenece a nuestro mundo, existiendo en el espacio-mundo. Maestros y
amigos La
palabra dialógica, cuando opera no necesita saber alguno ni,
incluso, palabras. Por más que el diálogo humano tenga su vida
propia en los signos, en la palabra y en el gesto, aun así puede
existir sin signo y, sin duda, no en una forma que pudiera ser
objetivamente comprendida. Esto es, puede
perfectamente darse el caso de dos personas que, coincidiendo en
un mismo tiempo y espacio, así no se conozcan, si existiera la
disposición de uno de estar abierto llegaría tanto él como el
otro franqueándose a un instante de comprensión y entendimiento.
Y esto no es elucubración sino una posibilidad cierta en nuestras
circunstancias, en estas nuestras atmósferas en donde la prisa
nos es ajena –aunque tantas veces debiéramos y debamos repensar
y ser críticos respecto del exceso de quietismo- y al darse -y
darnos- un tiempo propio, no buscado ni perseguido, en la calma de
un respirar armónico, la apertura hace lo suyo y la palabra dialógica
aparece. La
filosofía primera es una ética. Hay que comprender que la moral
no se añade como una capa secundaria, por encima de una reflexión
abstracta acerca de la totalidad y sus peligros; la moralidad
tiene un alcance independiente y preliminar. Pensar,
reflexionar, argumentar y accionar, junto CON el Otro, de cara a
la vida misma, en unión fraterna, desde el llano y sin ambages.
Ser, en resumidas cuentas, aprendices de la Vida y de lo
trascendente que ella tiene, en virtud de la mejor condición del
ser humano: la de estar en comunidad, participando activamente por
una mejora sustantiva de la dignidad que es el rostro de la
libertad, al ejercer nuestra responsabilidad, personal y
colectiva, en la sinfonía humana que nos toca participar,
temporal y modestamente. El problema de todo
grupo humano es cómo convivir con lo que no se tolera del otro.
Para amar hay que renunciar a ese yo de la omnipotencia narcisista
infantil, que se basta a sí mismo y reconocer que somos parte de
y con los otros. A su vez, digamos aquello que suele producir
escozor: solemos tener miedo a nuestra propia libertad porque
implica, entre otras cosas, el equivocarnos al ejercerla. El
proceso de individuación y la consiguiente libertad que trae
consigo, implican, necesariamente, soledad y angustia por el
encuentro con uno mismo y con los otros; pero el camino supone un
tal sufrimiento, del que no podemos evadirnos en tanto queramos
tener un conocimiento de nosotros mismos lo suficientemente
adecuado como para poder vernos en el espejo y avanzar a partir de
ahí en una senda de vida plena. De la
servidumbre voluntaria Luego, la cadena de
complicidades que el poder establece entre gran número de
individuos de una sociedad, garantiza la continuidad de aquel
ejercicio del poder que torna inviable a la libertad, al contar,
indignamente, con la aquiescencia y complicidad de una red de
personas que de una forma u otra, integran aquel entramado, no
activa sino pasivamente. Son los
adormecidos, los contestes, los que reptan o medran en busca de dádivas
o que, simplemente, aplican el tristemente célebre: “No te
metas” y continúan leyendo las notas sociales del periódico. Digamos que para el
amigo de Montaigne, la relación dominación-servidumbre no se
realiza sólo en la sociedad constituida, sino y particularmente
en la intimidad de la conciencia y, en especial, de nuestra
conciencia moral, a fin de que la dignidad, el respeto y el
ejercicio irrestricto de los derechos humanos sea como el respirar
para los niños; los nuestros y los de aquellos: todos, al
recordar que la moral comienza en el hombre y en la mujer
singular. Veamos
ahora cómo Lévinas nos aproxima, más aun, al meollo del asunto: Esto
puede crearnos una duda si por política tomamos sin más esta
definición, salvo que convengamos en que nos habla de un tipo de
política y nosotros buscamos recordar la acción política de la
persona, tal como la refiriera Hannah Arendt refiere a su hacer en la esfera de lo público donde podrá dar todo de sí
en relación con los otros y por una condición humana más plena
en libertad, con dignidad en tanto se de lugar una igualdad de
oportunidades que permita tal expresión. El
rostro La política debe
poder ser siempre controlada y criticada a partir de la ética.
(...) Es en la ética, entendida como responsabilidad para con el
otro, así, pues, como responsabilidad para con lo que no es
asunto mío o que incluso no me concierne; o que precisamente me
concierne, es abordado por mí, como rostro. Detengámonos un
instante para repasar lo dicho sobre el rostro, pues merece ser
pensado y asumido siendo que, como dijéramos, el diálogo
comienza mucho antes que el acto de habla: principia en el rostro
o quizá, ya en la mera presencia cercana aunque aun no próxima. Dice Lévinas respecto del rostro: El
acceso al rostro es de entrada ético. (...) Ante todo, está la
derechura misma del rostro, su exposición derecha, sin defensa.
La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más
desprotegida, La más desnuda, aunque con una desnudez decente.,
La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza
esencial. El otro es rostro. Lenguaje primero,
el de la vista y la percepción directa del rostro del otro,
desnudo en defensas que lo cubran, para mostrarse sin más,
franqueando una mirada interior y abarcadora. Es tiempo de
proseguir rumbo al compromiso inicial y sustantivo: Es en la ética,
entendida como responsabilidad, donde se anuda el nudo mismo de lo
subjetivo. Entiendo por responsabilidad para con lo que no es
asunto mío o que incluso no me concierne; o que precisamente me
concierne, es abordado por mí, como rostro. (...) Decir: heme aquí.
Hacer algo por otro. Dar. Ser espíritu humano es eso. (...)La
relación intersubjetiva es una relación asimétrica. En este
sentido, yo soy responsable del otro sin esperar la recíproca,
aunque ello me cueste la vida. La recíproca es asunto suyo. (...)
El yo tiene siempre una responsabilidad de más que los otros. Es
en la fragua donde al colocar los metales impuros junto con los
otros, lograremos forjar aquel carácter tan claro como profundo
tan abierto como activo. Poder recrear en comunidad, nuestra
identidad primera, la que nos diferencia respecto del prisma desde
el cual vemos el mundo pero que nos aproxima al Otro al conjugar,
así lo pretendemos, el verbo primero: Ser. Un ser tan ético como
moral que tiene en consideración a su circunstancia como motivo y
no mero complemento de vida, un ser que busca la relación no con
el Ello sino para con el Tú. Un ser que no se cosifica sino que
trasciende las pequeñas e ilusorias fronteras de un ego, para
transformar y enriquecer en unidad con otros, la realidad que lo
conmueve. Interioridad La
interioridad(...) no es un lugar secreto en cualquier parte de mí.
Es ese vuelco en el que lo eminentemente exterior, precisamente en
virtud de esa exterioridad eminente, de esa imposibilidad de ser
contenido y, por consiguiente, de entrar en un tema, infinita
excepción a la esencia, me concierne y me cerca y me ordena por
mi misma voz. Mandamiento ejerciéndose por la boca de aquél al
que manda, lo infinitamente exterior se hace voz interior, pero
voz que testimonia la fisión del secreto interior, haciendo signo
al otro. Signo de esa misma donación del signo. Vía tortuosa. El
sentido y significado de nuestras vidas comienza en la
interioridad de nuestra conciencia. Hay sentido cuando permitimos
que exista un mensaje que pueda ser entendido al poseer la clave
para traducirlo; y hay significado cuando el contenido tiene
hondura, es decir, posee aquella “masa crítica” que tiene la
persona que vive la vida de los vivos, al estar a la escucha del
Otro, pudiendo, entonces, conocer la clave de vida: comprensión y
reconocimiento. Comprensión y
reconocimiento Por de pronto,
propongo visitar a Hannah Arendt; y digo Hannah, puesto que ella
hacía cuestión de no ser etiquetada,
sea como pensadora, filósofa, así como tampoco se ocupaba de dar
paz a quienes querían se expresara, políticamente, por la
izquierda o la derecha. Ella tan sólo fue una mujer sin par y una
persona comprometida con su gente (las gentes) y con su tiempo (un
mundo sin prisas ni huidas), habiendo transitado su vida de cara
al viento. Esta gran mujer que
dio el siglo XX, enseña que podemos empezar
preguntándonos qué significa el pensar para la actividad de
actuar, porque básicamente uno está interesado en comprender
como otro lo está en hacer. Del equilibrio del pensamiento y de
la acción, entre el que piensa por sí mismo y el que actúa
grupalmente, está -como alega Hegel- la reconciliación del
hombre como ser pensante y razonable, porque para pensar uno debe
tomar cierta distancia en tanto la acción política se da como
grupo, en donde uno tuvo en lo previo ocasión de pensar por sí
mismo. Hannah se planteaba
que si nos limitamos a conocer, pero sin comprender, aquello
contra lo que nos batimos; conocemos y comprendemos aun menos para
qué nos estamos batiendo. Conviene meditar con cuidado estas
palabras: Conocer y comprender no significan lo mismo, pero están
interrelacionados; la comprensión está basada en el conocimiento
y éste no puede proceder sin una preliminar e implícita
comprensión. La comprensión, aduce Hannah, precede y prolonga el
conocimiento. La comprensión preliminar, base de todo
conocimiento, y la verdadera comprensión, que lo trasciende,
tienen en común el hecho de dar sentido al conocimiento. Conciencia
y autoconciencia En
este sentido, recordamos que Hegel
manifiesta que la autoconciencia es el conocimiento que la
conciencia tiene de sí misma, o la representación del yo como
objeto conocido por la conciencia, lo que viene a representar,
también, el conocimiento del yo acerca de sí mismo. Se
infiere que la mente humana no sólo es conciencia porque es capaz
de representarse cosas mentalmente, sino porque es capaz, a su
vez, de reflexionar sobre lo que conoce mentalmente y sobre sí
misma. De ahí entonces, que a esta acción reflexiva se la
denomine autoconciencia.
Y, como bien añade el amigo de Goethe y de Krause, la
autoconciencia sólo alcanza su satisfacción en otra
autoconciencia. En
la Fenomenología del espíritu, Hegel
marca su discrepancia con Descartes al señalar el rol primordial
de la intersubjetividad (recordamos la dialéctica amo-esclavo)
como mediación imprescindible para el surgimiento de la
conciencia de sí mismo. Cuando
la conciencia de sí está inmersa en el ser de la vida, excluye
de sí misma todo lo diferente. El otro hombre se le aparece como
una cosa, y esta cosificación es recíproca, lo que lleva a que
las conciencias se relacionen entre sí como simples objetos. La
lucha natural por la vida se transforma en lucha espiritual por el
reconocimiento. Esto es, sin el otro no hay sí mismo, lo que es
igual a decir que el yo sólo aparece por relación a un tú,. A
otro yo, a un nosotros. Justicia La justicia tan sólo
tiene sentido si conserva el espíritu del des-inter-és que anima
la idea de la responsabilidad para con el otro hombre. (...) Ser
humano significa: vivir como si no se fuera un ser entre los
seres. Como si, por la espiritualidad humana, se voltearan las
categorías del ser en un “de otro modo que ser”. No sólo en
un “ser de otro modo”; ser de otro modo es aun ser. Lo “de
otro modo que ser”, en verdad, no tiene un verbo que designaría
el acontecimiento de su inquietud, de su des-inter-és, de la
puesta-en-cuestión de este ser del ente. Soy yo quien soporta al
otro, quien es responsable de él. (...) Mi responsabilidad es
intransferible, nadie podrá reemplazarme. ¿Acaso
tal grado de expresividad puede sernos ajeno? Artefactualidad
y actuvirtualidad (...) Hoy, más que
nunca, pensar nuestro tiempo, sobre todo cuando a su respecto se
corre el riesgo o chance de la palabra pública, es tomar nota,
para ponerlo en práctica, del hecho de que el tiempo de esa misma
palabra se produce artificialmente. Es un artefacto. En su mismo
acontecer, el tiempo de ese gesto público es calculado, forzado,
“formateado”, “inicialado” por un dispositivo mediático.
(...)¿Quién pensaría su tiempo hoy y, sobre todo, quién hablaría
de él, les pregunto, si en primer lugar no prestara atención a
un espacio público, por lo tanto a un presente político
transformado a cada instante, en su estructura y su contenido, por
la teletecnología de lo que tan confusamente se denomina
información o comunicación? Nos
introduce en las condiciones actuales de comunicación e
incomunicación, en las maneras abiertas o encubiertas de
trasmitir o encubrir; de dar -en apariencia-, de presentar a modo
de natural ponencia lo que es una puesta en escena preparada y
ambientada con un fin distinto al enunciado. Y en este ir y venir
de la intención y la palabra, de la seducción y la imagen está,
sin duda, la escucha de uno, la atención que sepamos dar a
nuestra supuesta realidad en donde, hoy como nunca, el espíritu
crítico cobra mayor sentido y profundidad ante la multiplicidad
de formas que buscan, directa o indirectamente, el adormecimiento
del Otro, en tanto en cuanto se le considera consumidor, o sea, se
lo cuantifica y es a resultas de tales propósitos, meramente un
objeto, un Ello. Y
no lo es sólo por decisión del hacedor de trucos sino y,
especialmente, por la propia renuncia a manifestar su esencialidad
al no poner de sí una mirada atenta y un accionar que,
esencialmente, en lo público de cuenta de su inserción social en
el medio en el que le toca vivir y ser. La pasividad, pues, no es
“culpa” del otro, sino renuncia propia. Por cierto que tiene
graduaciones, matices, pero en su misma esencia, la decisión nos
es propia e indelegable. Podemos no ser culpables pero siempre, en
mayor o menor medida, corresponsables. Continuemos: (...)
Esquemáticamente, dos rasgos (...) designan lo que
constituye la actualidad en general. Podríamos arriesgarnos a
darles dos sobrenombres generales: artefactualidad
y actuvirtualidad. (...) Hegel tenía razón al exhortar al
filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos. Hoy, la misma
responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios,
los noticieros de televisión. Sería preciso que pudiera ver del
otro lado, tanto del de las agencias de prensa como del
teleprompter. No olvidemos jamás todo el alcance de este
indicio:cuando parece que un periodista o un hombre político se
dirigen a nosotros, en nuestras casas, mirándonos directamente a
los ojos, están leyendo en una pantalla, con el dictado de un
“apuntador”, un texto elaborado en otra parte, en otro
momento, a veces por otros, incluso toda una red de redactores anónimos. Artefactualidad
y actuvirtualidad como
expresiones otras de la cosificación del hombre por el hombre,
manifestaciones de seres para los cuales el Otro es un producto o
bien un consumidor para los productos de otros, pero producto en
definitiva en tanto entienden puede ser moldeado en gustos y estímulos.
Intento de quitarle al otro por vía de un utilitarismo feroz, la
condición de ser, en tanto éste, consciente o inconscientemente
permite ser despojado y despojarse de su espíritu crítico,
recordando una vez más a La Boétie. Pero
quienes pergeñan tales actuaciones buscando una artefactualidad,
terminan siendo presas de sí mismos y se vuelven prescindibles
porque han dejado en el camino el respeto por sí mismos y,
consecuentemente, ya no cuenta con una conciencia moral que los
alerte: alienados del mundo de lo sensible, pasan a ser meros
factores que reproducen estereotipos a ser digeridos por los otros
y por sí mismos. (...)“Se
necesitaría” una cultura crítica, una especie de educación,
pero nunca diré “se necesitaría”, nunca hablaré de ese
deber tanto del ciudadano como del filósofo, sin añadirle dos o
tres precauciones de principio. La primera concierne a la cosa
nacional. (...) En la información, la actualidad es “espontáneamente”
etnocentrista, excluye lo extranjero, a veces dentro del país,
antes de toda pasión, doctrina o declaración nacionalista, y aun
cuando esas “actualidades” hablen de los “derechos del
hombre”. (...) Aquí o allá, todavía hoy es de buen tono, como
si estuviéramos ciegos a lo que trae la muerte en nombre de la
etnia, en el corazón de la misma Europa, una Europa que no tiene
hoy otra realidad, otra “actualidad” que la económica y la
nacional, y cuya sola ley, tanto para las alianzas como para los
conflictos, es la del mercado. Esta
visión crítica es válida, creemos, para todo tiempo, si bien
cabe aclarar que donde dice Europa –y se estaba refiriendo
concretamente a la Europa de comienzos de los noventa, con los
conflictos étnicos que en su mismo seno coexistían y muchas
veces se soslayaban en su definición y encare, para vergüenza de
todos- podría decir América Latina u otro nombre, pues estas
“visiones” desde la economía, entendida como mera técnica
del lucro y la estadística, y de lo nacional, apelando muchas
veces a lo limitativo y reduccionista, campeaban antes y campean
hoy por doquier. Todo esto, reiteramos, no quita responsabilidad
al ciudadano, más que nunca ciudadano del mundo, sino que le suma
razones para dar de sí todo el esfuerzo por asumir su
protagonismo en la realidad que lo circunda. (...) Pero la
tragedia, como siempre, obedece a la contradicción o la doble
postulación: la internacionalización aparente de las fuentes de
información se realiza a menudo a partir de una apropiación y
concentración de los capitales de información y difusión.
Vale
decir, lo que todos sabemos en cuanto a concentración, ahora cada
vez mayor, dentro de los polos comunicacionales. Hay, sin duda,
ejemplos dignísimos que son excepciones a una regla que hoy
parece querer mantenerse en el tiempo, salvo que el tiempo es
ilusión, como dijera Einstein y la temporalidad del poder es
conocida por todos pero a veces los más ignorantes de tal
limitación son los poderosos de turno o bien que, por tener el báculo,
creen serlo. Procurar
una visión tan propia como inteligente, tan humana como
abarcadora de las implicancias éticas, morales y materiales, es
no sólo deseable sino estimulante para la propia identidad que
busca aprender desde lo positivo e inaugural sin caer en el
facilismo de sumarnos a la visión única del mundo y su supuesto
momento.
Prestar atención a nuestra gente de a pie, a aquellos que en las
miserias del cotidiano saben comunicarnos por el boca a boca, no sólo
por no tener acceso a medios gráficos o a ciertas señales
televisivas sino porque, en el tiempo ellos están, siéndoles
ajena la prisa y dando mayor realce a la comunicación inteligente
y sensible de la vista y el oído. Esos
que en nuestras calles y en tantos barrios jamás visitados por
tantos, van en procura del vecino para atenderle en su soledad o
en su enfermedad, no ya con medicamentos sino con una tisana, con
un mate, ese brebaje tan propio y fraterno que se presta a ser
compartido entre dos o más, al tiempo que la conversación cobra
primacía en esos ciudadanos que en esos rostros denotan tantas
veces en el dolor y el abandono. Sin hablar de la música, esa
musa que tan hondamente cala a toda nuestra América Latina que
canta y canta bien, al tener por diapasón, una cordialidad que le
es natural, signándola. (...) Otra precaución:
esta artefactualidad internacional, esta monopolización del
“efecto de actualidad”, esta apropiación centralizadora de
los poderes artefactuales de “crear el acontecimiento” pueden
ir a la par con un progreso de la comunicación “en directo” o
en tiempo llamado real, en presente. El género teatral de la
“entrevista” hace sacrificios, al menos ficticiamente, a esta
idolatría de la presencia “inmediata”, en directo. Un diario
siempre prefiere publicar una entrevista con un autor
fotografiado, más que un artículo que asuma la responsabilidad
de la lectura, la evaluación, la pedagogía. Entonces, ¿cómo
hacer para no privarse de los nuevos recursos de la emisión en
directo (videocámara, etcétera), al mismo tiempo que se siguen
criticando sus mistificaciones? Y en primer lugar, mientras se
sigue recordando y demostrando que el “directo” y el “tiempo
real” nunca son puros: no nos entregan ni intuición ni
transparencia, ninguna percepción despojada de interpretación o
intervención técnica. Una demostración semejante, apela ya, por
sí misma, a la filosofía. Al
propender a la mayor y más profunda deconstrucción de la artefactualidad,
debemos prevenirnos a su vez contra tal neoidealismo crítico y
tener muy presente que con tales acciones estaremos dando pasos
firmes no sólo hacia una singularidad y -mejor aún- a un
pensamiento de tal singularidad, sino también al poder comprender
a través de tales acciones y prospecciones, que la información
es, como advierte Derrida, un proceso contradictorio y heterogéneo
que sirve al saber, a la verdad y a la causa de la democracia. En
estas artefactualidades, la prisa es la protagonista; el supuesto avance
noticioso, el adelanto
de la noticia, los tristemente célebres noventa segundos para
resumir el pensamiento de una decisión que comprende a millones
de seres humanos. Y, ¿prisa para qué y por qué? Para dar paso a
lo primordial del hombre práctico: el mercado y la comercialización,
mediante la penetración mediática generadora de supuestas
necesidades, de productos a ser consumidos por quienes creen
recibir información siendo la desinformación la que en realidad
comprende tal espacio de tiempo y atención del espectador acrítico
que luego no procura una segunda fuente de información ya no con
la prisa de los famosos 90 segundos en el noticiero central
sino la otra la que abunda en el asunto.
La
actualidad, el ritmo (...) Si tuviéramos
tiempo para ello, yo insistiría sobre otro rasgo de la
“actualidad”, de lo que sucede hoy y de lo que le sucede hoy a
la actualidad. Insistiría no sólo en la síntesis artificial
(imagen sintética, voz sintética, todos los complementos protéticos
que pueden hacer las veces de actualidad real) sino, en primer
lugar, sobre un concepto de virtualidad (imagen virtual, espacio
virtual y por lo tanto acontecimiento virtual) que sin duda no
puede ya oponerse, con toda serenidad filosófica, a la realidad
actual, como no hace mucho se distinguía entre la potencia y el
acto, la dynamis y la energeia, la potencialidad de una materia y la forma definidora de
un telos, y en consecuencia también de un progreso, etcétera.
Esta virtualidad se imprime directamente sobre la estructura del
acontecimiento producido, afecta tanto el tiempo como el espacio
de la imagen, el discurso, la “información”; en suma, de todo
lo que nos refiere a la mencionada realidad, a la realidad
implacable de su presente supuesto. Entre otras cosas, un filósofo
que “piensa su tiempo” debe estar hoy atento a las
implicaciones y consecuencias de ese tiempo virtual. A las
novedades de su puesta en marcha técnica, pero también a lo que
lo medito recuerda de posibilidades tanto más antiguas. Podemos
vivenciar esta invitación desde distintos aspectos, sólo que a mí
me resulta tan importante como sugerente uno de ellos: El tiempo.
Sumado a otro: nuestra capacidad de ver y la distancia que podemos
poner o no al acontecimiento tratado o a tratar y para ello, para
estos tres aspectos, el tempo
marca un antes o un después: el
ritmo: (...) Lo último
que puede aceptarse hoy en televisión, en la radio o en los
diarios, es que en ellos algunos intelectuales se tomen su tiempo,
o pierdan el tiempo de los otros. Esto es, tal vez lo que habría
que cambiar en la actualidad: el ritmo. Se supone que los
profesionales de los medios no pierden nada de tiempo. Ni del suyo
ni del nuestro. Cosa que, al menos están seguros de lograr con
frecuencia. Conocen el costo, si no el valor del tiempo. Antes de
denunciar el silencio de los intelectuales, como se hace
habitualmente, ¿por qué no interrogarse sobre esta nueva situación
mediática? ¿Y sobre los
efectos de una diferencia de ritmo? Esta puede reducir al silencio
a ciertos intelectuales (los que necesitan un poco más de tiempo
para los análisis necesarios y no aceptan adaptar la complejidad
de las cosas a las condiciones que se les imponen para hablar de
ellas), puede hacerlos callar o hacer que sus voces queden ocultas
bajo el ruido de algunos otros, al menos en los lugares donde
dominan ciertos ritmos y ciertas formas de habla. Cuando
a un hombre de la pradera, como es mi caso, recibe la invitación
de gente amiga de la cordillera para pensar nuestra América
Latina, o desde América Latina, uno siente que el tiempo no ha
pasado en vano, y que quienes pensaron que nuestros prohombres habían
fracasado en lograr un sentimiento de unidad y de identidad
regional, se han equivocado. Porque el tiempo es ilusión y la
huella queda. Recordaré
a un uruguayo, de nombre José Enrique Rodó, quien al visitar
Chile en ocasión del centenario de la nación trasandina, allá
por septiembre de 1910, manifestó en el Congreso chileno, entre
otros conceptos, lo siguiente:[xiii] (...) Yo debiera
ser aquí la voz de un pueblo.
Yo debiera ser capaz de infundirla y contenerla en mi palabra,
para transmitiros toda la intensidad de la emoción con que mi
pueblo participa de los entusiasmos de este centenario: por que
este centenario tiene de americano, y por lo que tiene de chileno. Por lo que tiene de
americano: permitidme que conceda preeminencia a este carácter
sobre el otro. Más arriba del centenario de Chile, del de la
Argentina, del de México, yo siento y percibo el centenario de la
América española. (...) Digamos nosotros que América, la
nuestra, la de nuestra raza, principia a ser –como persona
colectiva consciente de su identidad. Y
dice Rodó, lo que hoy sentimos como ayer: Y
continua Rodó expresándose tanto de nuestra Patria Grande como
de Chile, la Argentina y otros países de nuestra región, sin que
haya oposición o contradicción en tanto hablaba desde el
alumbramiento, casi, de nuestras nacionalidades forjadas,
recordemos una vez más, en un espíritu tan emancipador como
abarcador. Por
eso, creo yo que si la observo desde mi
lado como el que lo haga del otro,
este lugar al costado del río –río o estuario, que los
montevideanos denominamos mar-
y cercano al Atlántico, la cordialidad mira hacia el
intelecto y una razón sensible busca espacio y momento donde
dejarse sentir en el pulso mismo de nuestros lugares comunes.
Que
no se pretende excluir, que no buscamos ni lo nuevo ni lo
novedoso, antes bien, pretendemos espejar distintas facetas de un
mismo rostro: el del hombre y el de la mujer de a pie. Esa mujer
sufrida y relegada de nuestra América para que el hoy -ese hoy
que Paul Valéry remarcaba, y Derrida citara y ampliara en un
ensayo memorable[xiv]- le sea benéfico en
oportunidades ciertas de reestablecer tanto su dignidad como sus otras potencialidades personales y
societarias. La
búsqueda de sentido continúa y con ella el estudio del texto
derridiano: (...) Ese otro
tiempo, el tiempo de los medios, produce sobre todo otra
distribución, otros espacios, ritmos, relevos, formas de toma de
la palabra e intervención pública. Lo que es invisible,
ilegible, inaudible en la pantalla de la mayor exposición puede
ser activo y eficaz, de inmediato o en último término, y no
desaparecer más que a los ojos de quienes confunden la actualidad
con lo que ven o creen hacer en la vidriera de “gran
superficie”. En todo caso, esta transformación del espacio público
obliga a trabajar, y el trabajo se realiza, creo, se lo percibe más
o menos bien en los lugares donde se lo suele esperar demasiado.
El silencio de quienes leen, escuchan o ven los noticieros, y
también los analizan, no es tan silencioso como parece
precisamente del lado en que esos espacios de noticias parecen o
se vuelven sordos o ensordecen todo lo que no habla según su ley.
Por ello, habría
que invertir la perspectiva: cierto ruido mediático con respecto
con respecto a una pseudo actualidad o por otra parte, si se sabe
prestar oídos. Es la ley del tiempo, terrible para el presente y
que siempre hace esperar y hasta contar con lo intempestivo. Habría
que hablar aquí de los límites efectivos del derecho a réplica
(por lo tanto, a la democracia); antes que a toda censura
deliberada, obedecen a la apropiación del tiempo y el espacio público,
a su ordenamiento técnico por quienes ejercen el poder mediático. Hay
un silencio que es ensordecedor, del que da cuenta el párrafo
antes citado, como hay otro que amerita una escucha atenta y
preanuncia claridades interpretativas. Es la diferencia entre un
mero hilvanar conceptos y un pensar reflexivo y conciente de la
atmósfera que lo envuelve. Ahora
bien, un tiempo y sus sensaciones, sea en ritmo y cadencia, como
en expresividad, y en las pausas que tales expresividades tienen
-sean estas personales o paisajísticas-; en el cual esté
considerado o no el Otro en su posibilidad de expresarse y
contraponer opinión –sea esta favorable , contraria o
complementaria, será tiempo de huida o de crecimiento. Alineación
o afirmación del ser en su deber ser, personal y colectivo.
También
es cierto que en nuestros espacios, en nuestra región y en cada
uno de sus millares de vecindarios -citadinos, aldeanos o de los
tantos, y progresivamente mayores, sitios periféricos (llámense
estos “cantegriles”, “villas miserias”,
“asentamientos”, etcétera)-, hay ausencias enormes de
capacidad de raciocinio e intelectos capaces de discurrir sobre lo
que la “pantalla chica”, como la radio o los medios gráficos
exponen, pero ciertamente hay, y esto muchas veces nos negamos
siquiera a considerarlo, hay, digo, tiempo, silencio y meditación
en la soledad como en la compañía de aquellas charlas que antes
citáramos. Lo
hay. Hay, si queremos buscarlo y percibirlo, jóvenes que sin
medios a su favor y con mucho en su contra, se detienen a pensar y
de aquí o de allá, con un grado de creatividad llamativo porque
prácticamente no hay “lugares públicos” en tales espacios
existenciales y mucho menos bibliotecas, escuelas de Filosofía o
interlocutores para contraponer visiones y cuestionamientos.
Pese
a todo, el pensamiento en nuestra gente está presente porque
también, repitámoslo, el ritmo de “nuestro” tiempo, de
nuestra manera de ser, es otro. No es el de la prisa sino el que
“se toma tiempo”. Pero ¿cuántos habremos que nos dignemos a
volver nuestros rostros y poner nuestros oídos atentos a tales
pulsiones de vida? Sabido
es, reitero, que tal “mensura” del tiempo, característica en
nuestra América, es perversa para con la sociedad si la tomamos
como la renuncia a un hacer responsable de la persona para con los
suyos, familia y comunidad, que busque una independencia al costo
de penar y experimentar, previo estudio, iniciativas que tengan
presente lo material como medio lícito, que no huyamos de la
concepción del lucro como algo ajeno a nosotros y que únicamente
un “tranquilizador” empleo, que ya no viene, solucionará
todo. Lo sé. Sé de lo negativo que tenemos, pero también
comprendo, y reitero, las potencialidades enormes que anidan en
nosotros y en los nuestros. Por
eso este andar cansino a través de la palabra, hoy escrita, de
pensadores como los aquí expuestos, busca ir al encuentro de una
visión de conjunto que permita transitar mejor y más dinámicamente
el camino de nuestros tiempos de cara al mundo y no por oposición
al mismo. Dice
Jacques Derrida, respecto del día
presente: Pensamiento
y compromiso, discurrir en aras del Otro, de su encuentro, de un
hoy crítico de aquellos lugares comunes que refractan la
esencialidad del hombre: su razón y su cordialidad. Tomar
distancia para estudiar tal asunto, más no distanciarnos del
mismo, so pretexto de un análisis más ponderado, cuando en
realidad lo que buscamos es el no-compromiso, la huida ante el
pensar que es, en realidad, todo artilugio que lleve a una
desvinculación nuestra, desde un supuesto pensar reflexivo para
con nuestra realidad circundante. ¿Qué
quiere decir hablar del presente? Porque
el presente se trata con respeto y mirándolo de frente y no de
soslayo ante la prisa por
lo supuestamente perentorio.
De ahí que estando hoy nuestros pueblos iniciando este nuevo
siglo, tengamos la oportunidad de darnos una mirada de esas que se
dan en la calma de una tarde sabatina o en la mera espera del
otro, amigo o sorpresa, que tan a menudo ocurre en nuestras
calles; esas veredas aun decoradas con árboles tan vistosos como
dispares en origen y tamaño, como nosotros mismos, el crisol de
gentes que habitan esta nuestra América Latina. Ciertamente
la prensa que se da tiempo, permite sea tratado el presente con
atención y proyección; estará luego en nosotros todos el
atenderlo, el ocuparnos del hoy en toda su vastedad. Por último, recorreremos unos párrafos donde Derrida se extiende sobre la diferancia, en lo que el acontecimiento tiene de singular, una vez que tratamos de aprehender el presente hasta en sus urgencias, éticas o políticas: (...) “Al mismo
tiempo que marca una relación
(una ferancia) –una relación con lo que es otro, con lo que difiere en
el sentido de la alteridad, por lo tanto con la alteridad, con la
singularidad del otro-, la diferancia
remite también, y por eso mismo, a lo que viene, lo que llega de
manera a la vez inapropiable, inopinada, y por lo tanto urgente,
imprevisible: la precipitación misma. El pensamiento de la
diferancia es entonces también un pensamiento de la urgencia, de
lo que no puedo ni eludir ni apropiarme, porque es otro. El
acontecimiento, la singularidad del acontecimiento: ésa es la
cosa de la diferancia.
(Es por eso que recién decía que significa muy otra cosa que esa
neutralización del acontecimiento con el pretexto de que es
artefactualizado por los medios.) Aun si ella también lleva
consigo, inevitablemente, “al mismo tiempo” (ese “a la
vez”, ese “mismo tiempo” de lo que lo mismo se destempla
todo el tiempo, un tiempo out of joint, un tiempo descompuesto, dislocado, desordenado,
desproporcionado, como dice Hamlet), un movimiento contrario para
reapropiar, desviar, aflojar, para amortiguar la crueldad del
acontecimiento y muy simplemente la muerte a la que se entrega.
Por lo tanto la diferancia es un pensamiento que intenta entregarse a la inminencia
de lo que viene o va a venir, del acontecimiento, por ende a la
experiencia misma, en tanto que ésta tiende también
inevitablemente, “al mismo tiempo”, con vistas al “ mismo
tiempo”, a apropiarse de lo que sucede, economía y aneconomía
del otro a la vez. No habría diferancia
sin la urgencia, la inminencia, la precipitación, lo ineluctable,
la llegada imprevisible del otro en quien recaen la referencia y
la deferencia. Así,
pues, la capacidad de sorprender y sorprendernos, la irrupción
del acontecimiento en el presente activo encuentra y nos encuentra
con la acrisolada realidad que merecerá ponernos en movimiento, más
allá de lo esperado e incluso soñado. Es la vida misma fluyendo
en nosotros y por entre nosotros, sin contemplaciones ni
preguntas, meramente destruye castillos de arena como bien moldea
o crea colinas donde antes una planicie parecía no oponerse al
horizonte. De
esta forma el acontecimiento como tal escapa a nuestros designios,
resta obviamente saber que se está y obrar en consecuencia y al
amparo de aquellos criterios ético y morales que entendemos de mérito
para proseguir una senda que valga la pena ser vivida. Del
acontecimiento El acontecimiento
no se deja subsumir en ningún otro concepto, ni siquiera el de
ser. El “hay” o el “que haya algo y no más bien nada”
compete tal vez a la experiencia del acontecimiento más que a un
pensamiento del ser. La llegada del acontecimiento es lo que no
puede ni debe impedirse nunca, otro nombre del futuro mismo. No es
que sea bueno, bueno en sí, que suceda todo o cualquier cosa: no
es que haya que renunciar a impedir que ciertas cosas se produzcan
(no habría entonces ninguna decisión, ninguna responsabilidad,
ética, política u otra), pero uno no se opone jamás sino a
acontecimientos de los que se piensa que obstruyen el porvenir o
traen la muerte consigo, acontecimientos que ponen fin a la
posibilidad del acontecimiento, a la apertura afirmativa para la
venida del otro. (...) Hay que
pensar el acontecimiento a partir del “ven”, no a la inversa.
“Ven” se dice al otro, a otros a los que aun no se estableció
como personas, como sujetos, como iguales (al menos en el sentido
de la igualdad calculable). Es con la condición de ese “ven”
que hay experiencia del venir del acontecimiento, de lo que llega
y por consiguiente de lo que, porque llega del otro, no es
previsible. Claramente
nos habla del extranjero, del recién venido a quien no vamos a
detenerle indagándole, obstaculizándole sino integrándole en el
grado que nuestra hospitalidad permita, en derechos y
obligaciones, que es esa la condición esencial y primera de
nuestros pueblos: su alta hospitalidad para con el supuesto
extranjero. Acontecimiento
que nos encuentra, nos debiera encontrar, abiertos, pues el hombre
en sí es un sistema abierto; apertura espiritual que busca
comprender antes que imponer, ofrecer antes que exigir, condición
moral irrenunciable para pueblos que han dado muestras inacabadas
de una vocación de libertad nacida en el sufrimiento y en la
entrega tanto de sus prohombres como de todos aquellos hombres y
mujeres de nombres desconocidos que en el hacer cotidiano y
permanente han dejado abiertas las puertas de sus casas,
ofreciendo naturalmente un grado de hospitalidad tan alta cuanto
honda en humanismo y concordemos que la inmensa mayoría de esas
puertas sin cerraduras o llaves que las obstruyan, guarecían y
cobijan no precisamente a pensadores particularmente doctos sino a
nuestra gente a la sangre viva de nuestras venas. Sístole
y diástole de esta América rica en humanismo y sedienta de
reivindicaciones, si bien mantenemos que nos falta arribar a un
compromiso previo a la toma de una libertad personal: el asumir
nuestra responsabilidad. Ética
de la responsabilidad que no necesariamente debe oponerse a una ética
de la convicción sino que, entendemos, debe hallar su equilibrio
en la ponderación misma de la condición de nuestros pueblos, de
su génesis, por ejemplo. En
esta auto transformación constante, existe una jerarquía
definida de valores, en donde el valor más alto es el desarrollo
óptimo de las propias capacidades de razón, de amor, de compasión
y, en tal atmósfera, entiéndaseme bien: de valor. Es el
principio dialógico actuando no por caridad sino por respeto al
Otro, una vez que al reconocerlo, comenzaremos, reitero, a
conocernos a nosotros mismos. Es,
argüimos, en la relación cotidiana con los otros donde nuestra
humanidad cobra luz auténtica. Es, en la contienda de mi
conciencia moral de donde surgirá el ir en pos del Otro, en una búsqueda
que amerita la escucha atenta del Tú, a cuyo encuentro el Yo
cobrará identidad y sentido. Una vida cobra
sentido en el silencio de la mente que propicia un mirar más nítido.
Silencio que convoca a la mesura del tiempo del sujeto al no
percibir prisa alguna en una posición que, aunque aparentemente
estática, discurre por todo lo ancho y todo lo alto del
pensamiento, en armonía con un espíritu que ve así cómo su
reino se da cita en la reflexión misma de un hombre que ha
comenzado a madurar más allá de su inmediato entendimiento. La
expresividad toma para sí al lenguaje, en sus variadas formas,
como vehículo para acercar al Otro la esencia que la motiva.
Lenguaje que muda y se expande para posibilitar nuestro acceso al
más hondo sentir. El lenguaje filosófico y científico debe ser
el medio comunicacional para dotar de posibilidades ciertas a un
humanismo que necesariamente deberá ser repensado. Crear,
digo, un proyecto alternativo de desarrollo en donde la indolencia
y la rapacidad estén severamente limitadas y que el lugar de lo
humano sea el centro de la cuestión y no la actual periferia.
En suma, y como dijera Karl Jaspers, no
someterse a lo pasado ni a lo futuro.[xv]
Se trata de ser enteramente presente. La
puerta sigue abierta: avancemos Aun
tenemos una casa con las puertas sin llave; aun nuestros caminos
son intrincados y pobres, nuestra comunicación escasa y
fragmentada, nuestra historia rica en virtudes, frondosa en éxitos
y derrotas, nuestra unidad desunida, nuestro pensar en una búsqueda
de sí. Tanto por decir, tanto dicho pero tan poco hecho. Sin
embargo, el aire que se respira, pese a las abismales condiciones
de vida, pese a las discriminaciones y a las exclusiones, aún así,
esta tierra es joven y venturosa pues tiene un presente y no se
siente ni vieja ni con necesidad de ser nueva. Somos forjadores de
nuestro tiempo, hacedores de un hoy en construcción permanente. América
Latina es, en mucho, una forma de nombrar al hombre y de recordar
la exclusión de la mujer, pero sigue siendo, quizá hoy más que
nunca, un faro de esperanza, un motivo de inspiración y un
llamado a la responsabilidad desde un ser ético y moral que esté
abierto a lo imprevisto que estar atento al Otro, al que vendrá
pese a que emigren tantos. No tenemos Olimpo, salvo los dioses de
pies de barro que día a día, en todas partes de nuestro
territorio, que es nuestro cuerpo vivo, viven y luchan por su
existencia sin renunciar a la sonrisa, sin apurar el paso,
tendiendo siempre una escucha y una mano fraterna al otro. Porque
el descalzo como el que no, pero aquel primero siempre, mira
atento al otro por si precisa ayuda, por respeto al otro. Esos
dioses por nombrarlos, son de carne y hueso, con sangre del mismo
color, obviamente pero sin recurrir a vanidades azuladas ni
esconderse en títulos ajenos a su esencia.
Reverencio, pues, desde esta nuestra humilde faena del
pensar a aquellos que hoy padecen hambre y exclusión; a quienes
esperan, haciendo, un pensamiento que se torne acción, una mirada
que vuelva sobre los suyos y despeje su horizonte de vanas ensoñaciones.
Hombres y mujeres que en su piel y en su conducta demuestran la
grandeza del ser humano en estas nuestras tierras: la condición
del mestizo, del mulato, del aborigen y del negro, se ha resuelto,
aunque muchos digan que no, como no se ha resuelto en otras
regiones y es, quizá, por esa condición de tomar al tiempo con
mesura, mirando sin mirar dando espacio y escucha al otro. Por eso, digámoslo con serena alegría: en este espacio de vida que es América Latina, si uno hace silencio, hasta puede escuchar un canto, un canto de esperanza. Héctor Valle:Ensayista uruguayo de 49 años, que según su definición a "encontrado en la filosofía, o en la investigación filosófica un espacio donde deambular más que en busca de respuestas, en procura de las preguntas vitales a ser formuladas en el tono y momento apropiado. Este ensayo que publica La ONDA digital elavorado a pedido expreso, junto a otros colegas latinoamericanos, por la Escuela de Filosofía de la Universidad ARCIS de Santiago de Chile, Chile (www.philosophia.cl) para el dossier que HABRAN que se publicara en estos días en torno a "Pensar Latinoamérica". A brindado conferencias en universidades de la Argentina (Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Entre Ríos; Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Misiones; Facultad de Derecho de Buenos Aires; próximamente -13.9.03- en la Universidad de Morón, Buenos Aires; además de haber publicado y mantener vinculos con universidades y catedráticos de España (Universidad de Sevilla, Departamento de Estética y Hermenéutica A su vez, intervino en el primer número de una publicación de los estudiantes de Filosofía de la ciudad de La Coruña España. También a brindado conferencias de filosofía a partir de músicos y sus obras, en Escuelas Superiores de Música de la Argentina, para la cátedra de Ética y Derechos Humanos (a vía de ejemplo: Mahler o las tribulaciones del hombre, Haendel y la forja de una obra monumental, etcétera. hectorvalle@easymail.com.uy [1]
Arendt, Hannah - ¿Qué es la política? - Paidós [1]
Virilio, Paul – El cibermundo, la política de lo peor - Cátedra LA ONDA® DIGITAL |
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