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Primeras reflexiones desde Cancún
Rebeldes por una buena causa

por Rubens Ricupero

A pesar de haber estado presente en casi todas las reuniones ministeriales del GATT y de la Organización Mundial de Comercio (OMC) desde 1987 o, tal vez por eso mismo, no soy capaz de prever como terminará la Conferencia de Cancún, inaugurada este miércoles 10, día en que estoy escribiendo.  Pronuncié esta mañana, en la sesión de apertura, el discurso del Secretario General de la ONU, Kofi Annan, y tengo que escribir este artículo antes de partir en breve. 

Era tensa la atmósfera de la sala de convenciones, pues reinaba aún la incertidumbre sobre el grado de consideración que la dirección de la conferencia brindaría a la propuesta sobre agricultura formulada por el Brasil y una veintena de los más importantes países en desarrollo. Quedé impresionado, en la víspera, por el espectáculo de la conferencia de prensa, luego de la primera reunión de este grupo a nivel de ministros.  En la mesa principal, nuestro ministro, Celso Amorim, que tuvo la iniciativa de organizar el encuentro, presidía al lado de los gigantes de los tres continentes del mundo en desarrollo: China, India, Africa del Sur, más Argentina, México, Chile, prácticamente América Latina entera, Tailandia, Filipinas, Paquistán, Egipto. 

No recuerdo nada similar en mi carrera.  Varios de los ministros recordaban que estaba allí representada más de la mitad de la población mundial, 65% de los agricultores, casi 50% de la producción rural, la mayoría de los pobres del planeta.  Era en nombre de ellos que exigían respeto a la posición presentada.  En el pasado y en el presente, ha habido pronunciamientos de grupos incluso mayores como el de los 77 o el Movimiento No-Alineado.  Eran, sin embargo, documentos de carácter general, denominadores mínimos diluidos, gestos declaratorios.  Lo que es inédito, en esta oportunidad, es el aspecto concreto de la unión construida en torno de una propuesta sólida, profesional, sobre un tema complejo y que acostumbra dividir inclusive a los países en desarrollo. 

Es esta dimensión proactiva, dispuesta a ofrecer una alternativa viable al unilateralismo de los poderosos, la que justifica la afirmación de que, aún diciendo no, estos países están demostrando una actitud eminentemente positiva.  Lo que los inspira no es, en efecto, una estrategia meramente defensiva, típica de los que saben lo que no quieren pero no saben lo que deberían querer.  Son ellos quienes reclaman ahora la liberalización del comercio, la apertura de los mercados, la supresión de los subsidios que premian a los ineficientes y penalizan a los competitivos.  Todos estos principios fluyen de la más cristalina fuente liberal, brotes puros de la pluma de Adam Smith y David Ricardo, postulados que las naciones avanzadas adoran pregonar con una autosuficiencia farisea en las áreas sofisticadas de industria y servicios en las que detentan una superioridad indiscutible, pero escamotean o desconocen en los sectores no competitivos de sus economías. 

Nosotros, que habitualmente nos encontramos del lado equivocado del látigo, en este caso estamos con la mano en el mango.  De acuerdo a lo que dicen los americanos, ocupamos el “moral high grounds”, esto es, tenemos la posición ventajosa desde el punto de vista moral.  Además, los proponentes de la liberalización agrícola son los que encarnan la cultura de la OMC, cuya razón de ser es promover un comercio libre de todas las barreras.  Negativos aquí no son los que dicen no a una propuesta para negar o postergar indefinidamente la liberalización sino los que se apresuran a murmurar sí a lo que una película de Hollywood llamó “propuesta indecente”.   Como aquella dama que, al decir de Dorothy Parker, “sabía hablar 18 lenguas pero era incapaz de decir no en ninguna de ellas”... 

Es más que tiempo para corregir el desequilibrio fatal introducido en el sistema comercial cuando el GATT aprobó, a inicios de los 50, un “waiver” o excepción para la agricultura, a pedido de los EE.UU.  La asimetría se agravó cuando, poco después, un juicio del mismo GATT estableció un precedente erróneo de que productos elaborados industrialmente, tales como la harina de trigo, el aceite de oliva y otros, debían ser considerados como bienes agrícolas, es decir, fuera de las reglas.  La decisión era absurda, como sería la de catalogar una máquina de acero o un avión de “mineral” por ser hechos a partir de mineral de hierro o aluminio!  Es este desequilibrio que lleva a la prohibición de que Brasil restituya parte de los impuestos al fabricante, a fin de exonerar la exportación de un torno o un motor eléctrico y permite, al mismo tiempo, que Francia y los EE.UU. transfieran sumas fabulosas a su “agribusiness” para producir y exportar, fuera de las reglas del mercado, azúcar, algodón, carne de pollo, óleo y harina de soja, etc. etc. 

El renovado deslumbramiento con el mar turquesa del Caribe no me hizo olvidar que estuve aquí en Cancún en 1981, cuando el presidente Reagan liquidó las esperanzas de buena parte del mundo, en el sentido de llevar para un foro democrático como la ONU las negociaciones para vincular el comercio a las finanzas y a la deuda.  México fue el primer país en pagar, al año siguiente, el precio de este sistema injusto, con el desencadenamiento de la crisis de la deuda externa de la cual, hasta hoy, no logró salir América Latina.  Pasamos, desde entonces, 20 años diciendo sí a la dominación de los poderes e ideas de afuera, con los resultados que están a la vista.  Tenemos ahora que preservar la unidad del mundo en desarrollo y aprender a decir no a la injusticia y al desequilibrio, no para oponerse pero sí para propiciar una negociación correctiva de las asimetrías.  Rebelde, escribía Camus, es aquel que dice no.  Ser rebelde no es necesariamente bueno si la causa no vale la pena.  La nuestra, sin embargo, es una causa justa.  Si el egoísmo de los ricos no nos deja otra salida, debemos ser rebeldes por una buena causa.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte 

*Rubens Ricúpero fue nombrado quinto Secretario General de la UNCTAD en septiembre de 1995 y, por recomendación del Secretario General de las Naciones Unidas, volvió a ser nombrado para el mismo puesto por la Asamblea General por otros cuatro años en 1999. Anteriormente, durante una prolongada carrera en el Gobierno del Brasil, fue Ministro del Medio Ambiente y Asuntos Amazónicos, antes de pasar a ser en 1994 Ministro de Finanzas, cargo desde el que supervisó la puesta en marcha del programa de estabilización económica del Brasil.

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