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El
elemento humanista y humanizador por
Se nos dice que la
realidad es la percepción, la conciencia de una sensación a la
que se llega a través de un proceso psicofísico por el cual la
persona transforma
los estímulos en objeto sensible conocido. Sensación y
percepción devienen, entonces, en receptoras y efectoras de un
mismo proceso del conocimiento sensible, razón por la cual es
esencial a la percepción la toma de la realidad en tanto
totalidad. Realidad como lo no aparente, lo no ilusorio, lo que
pertenece a nuestro mundo, existiendo, consiguientemente, en el
espacio-tiempo. Ahora bien, Aristóteles alega que el estudio de
lo real incumbe a la metafísica que trata de lo que existe en
cuanto existe, y de lo que es dable esperar que proporcione
criterios para distinguir lo que existe de lo que sólo parece
existir. El
sentido y significado de nuestras vidas comienza en la
interioridad de nuestra conciencia. Hay sentido cuando permitimos
que exista un mensaje que pueda ser entendido al poseer la clave
para traducirlo y hay significado cuando el contenido tiene
hondura, posee aquella “masa crítica” que tiene la persona
que vive la vida de los vivos, al estar a la escucha del Otro,
pudiendo, entonces, conocer la clave de vida: comprensión y
reconocimiento. Por tanto, el diálogo que nos damos en nuestra
interioridad, prescinde del egoísmo al ir en busca del Otro y, en
tal procura, reconocernos a nosotros mismos. En un ensayo
intitulado ¿Y para qué poetas?, Martín Heidegger, conmemora la
muerte del genial poeta alemán y se plantea la pregunta de Hölderlin
acerca de la razón de ser de la poesía y al visitar el término lo
abierto, palabra fundamental en la poesía de Rilke, nos
manifiesta qué significa eso que no se cierra o impide el paso.
No cierra porque no pone límites, no limita, porque dentro de sí
está libre de todo límite. Es decir, lo abierto, para Heidegger,
es la gran totalidad de todo lo ilimitado. La vida está
compuesta de momentos. En realidad, resulta arduo comprender una
idea sin ayuda de la imaginación y es en la esfera del espacio
donde ésta se manifiesta. El elemento humanista –y humanizador-
por excelencia, de la transmisión cultural, no es ni la imagen ni
el texto, ni el sonido, sino la palabra viva. El humanismo no se
aprende, se contagia. Creemos que ha llegado el momento de avanzar
en la concepción humanística y para ello nos proponemos hoy
presentar, apenas, el pensamiento levinasiano desde su centro
mismo: el reconocimiento del otro, como base para el ejercicio
cierto de la libertad, al comprender su circunstancia, al
atenderla, al compartir. Todo esto, vale acotar, debemos hacerlo
en un mundo que sufre un dramático déficit de racionalidad. Hay leyes morales
que tienen consecuencias ineludibles para el hombre. Todo hombre,
lleva en sí mismo a toda la humanidad. De ahí, la importancia de
experimentar la vida como un problema, como una “cuestión”
que requiere una respuesta, en tanto valora, en una dimensión
elevada, el desarrollar sus propias capacidades de amor,
de razón, de compasión y de valores. El mundo de hoy es
el de un sujeto solo, abandonado a sí mismo y obligado a estar
sin referencias conocidas. Un mundo donde, como plantean algunos,
el código moral no condena la injusticia sino el fracaso.
Visitemos, ya que de fracaso hablamos, o su supuesto, al mito de Sísifo
que, si bien trágico, nos plantea que lo que debiera constituir
su tormento es, al mismo tiempo, su victoria, puesto que nos
recuerda que no todo ha sido agotado. El escritor Albert
Camus, nos presenta a un Sísifo que en determinado momento se
adueña del tiempo y toma conciencia de su sino. Lo hace no bien
llega a la cumbre después de cargar, dolorosamente, la roca y se
detiene por breves instantes luego que la misma vuelve a caer y él
toma aliento. Al hacerlo, es él quien está en la altura y el
motivo de su tormento en el llano, el cual divisa Sísifo desde lo
alto teniendo plena conciencia de su situación, de su penoso e
inacabable tormento. Pero en ese instante, como en todo instante
tras arribar a la cima y contemplar la roca que cae, Sísifo al
comprender su situación, saca de sí la angustia que lo atormenta
y se libera. Sí. Sísifo se
adueña de su destino pese a estar este predestinado a continuar Indefinidamente, y
lo hace al haber podido liberar su interioridad de la pesada
carga, la otra carga, la del tormento interior. De ahí, pues, que
su destino le pertenezca al haber reconocido él, su verdad, liberándose
de esa carga atroz que tantos y tantas llevan en su interior y
que, tristemente, pretenden ocultarla bajo la máscara de una
caricatura de persona, al no animarse a desprenderse de esos
demonios que les dominan por no poder dejarlos salir, impidiendo
no ya la mayéutica sino y más importante aun, que la escucha
atenta del otro permita a uno mismo desentrañar verdades que
mortifican y modifican nuestras estructuras psicológicas de
manera harto común, para el pesar de muchos. Y no hablamos de la
servidumbre voluntaria, lo que ahondaría el problema. Sísifo, pensamos
junto con Camus, hasta puede considerarse feliz, puesto que el
sentimiento de lo absurdo nace de su felicidad, al resonar en el
universo feroz y limitado del hombre, al tiempo que enseña que no
todo está agotado al expulsar de este mundo a un dios que había
entrado en él con la insatisfacción y el gusto de los dolores inútiles.
Así, remarca el
escritor, hace del destino un asunto humano, que deberá
arreglarse entre los hombres. Lo importante, a nuestro entender,
es el esfuerzo por llegar; la lucha que en tal sentido emprende.
En esa lucha, Sísifo vence a los dioses. El problema de todo
grupo humano es cómo convivir con lo que no se tolera del otro.
Para amar hay que renunciar a ese yo de la omnipotencia narcisista
infantil, que se basta a sí mismo. Y
reconocer que somos parte de los otros. Digámoslo: solemos
tener miedo a nuestra propia libertad porque implica, entre otras
cosas, el equivocarnos al ejercerla. El proceso de
individuación y la consiguiente libertad que de éste deviene,
conllevan, necesariamente, soledad y angustia por el encuentro
consigo mismo y con los otros. Estar en el mundo, salir al
espacio público y ver es, quizá, una acción tan libertaria como
definitoria en el trazado que daremos a nuestra vida. Arriesgarse
a ser junto con los otros, de cara al otro es, creo yo, una acción
osada y provista ya de una ética que la signa. El estar atento al otro, no
hace tan sólo a la
buena disposición para recibir al extraño sino y por sobre todo,
a la responsabilidad para con el otro que deviene, digámoslo así,
en un estar presente que lleva en sí una tensión que no es ni
simple ni tranquila puesto que soy rehén del otro y fundo en tal
actitud la ética a seguir una vez que el rostro del otro amerita
un respeto y un derecho a ser respetado. Todo comienza y se sustenta,
entonces, en el presente activo en tanto la ética se verifica en
el cotidiano, al dejarnos conocer, a través de nuestro hacer y
nuestro decir, la alteridad misma en la relación dialógica que
tuvo lugar, una vez que lo conceptual, para ser ético, debe
sustanciarse en la acción específica de la persona humana,
despejando generalizaciones al devenir la teoría en praxis y así
la letra viene a cobrar vida y luminosidad al haber pasado por la
fragua de la expresión misma donde nos dejamos ser en el otro, en
un darnos que propicia lo dialógico y, con ello también, el
reconocimiento de nuestra propia identidad. Saber ver el rostro
del otro, es una primera e ineludible aproximación a nuestra
responsabilidad social, al acortar la distancia que del mismo nos
separa y propender a la cercanía de una justicia para la cual
convenimos en hacer a un lado nuestro supuesto saber, en aras de
la escucha atenta y efectiva de aquello que el otro tiene o siente
que tiene y quiere exponer; exposición que será percibida,
enfatizamos, una vez nosotros hayamos silenciado más que la
palabra, nuestro ego. Esta ponencia busca
presentar, a través del pensamiento levinasiano en particular,
algo de lo dicho por el filósofo de la alteridad en “Totalidad
e infinito”, aquello que entendemos vital a ser estudiado,
encarado y, naturalmente, vivido por la persona: el ejercicio de
su libertad que es a no dudar el comenzar por asumir su
responsabilidad, personal y colectiva en el hacer cotidiano junto
a los suyos. Por ejemplo, cuando
hablamos de derechos humanos, nos referimos a los derechos del
otro. No por nada, ser “yo” en el mundo lleva en sí una
responsabilidad de más que la de los otros, al anticiparnos en un
darnos, cotidiano y efectivo. Apertura y entrega,
como aquella ética que da sentido al pensamiento del hombre libre
que en su acción responsable se comunica en lo público,
reconociendo en el otro su alteridad y, así, lo diverso que el
otro pueda presentar. Hoy por hoy, cuando
nos cuestionamos respecto de los roles y los lugares que
supuestamente deberían estar más claros y cada vez son más
borrosos o móviles, quizá comencemos a comprender que la vida es
incertidumbre, que el estado de cosas previene contra una falaz
tesitura de pretender moldear nosotros la realidad misma, para una
supuesta previsión de lo que habrá de suceder, no pudiendo
advertir, en tal caso, que hasta en el reposo hay movimiento
porque la vida misma lo comprende y alienta y así, al querer asir
lo móvil dejamos escapar el presente y con él nuestra
posibilidad de accionar en armonía con el acontecer mismo de la
vida. Dice Lévinas que
el saber, sólo llega a ser saber de un hecho si es crítico, si
se cuestiona, si se remonta más allá de su origen (movimiento
contra natura que consiste en buscar más allá de su origen y que
testimonia o describe una libertad creada). Advierte en otro
pasaje, que la libertad consiste en saber que la libertad está en
peligro. Pero saber o ser consciente, es tener tiempo para evitar
y prevenir el momento de inhumanidad. Este aplazamiento perpetuo
de la hora de la traición –ínfima diferencia entre el hombre y
el no hombre- alega, supone el desinterés de la bondad, el deseo
de lo absolutamente Otro o la nobleza, la dimensión de la metafísica. Esto es,
para ingresar en esa atmósfera de libertad es preciso
asumir nuestra condición de personas en sociedad, de seres
responsables sin buscar ni proyectar culpas, ni tampoco transferir
responsabilidades sino, y por lo contrario, dar un paso hacia el
otro, haciéndolo, a todas luces, más allá de su rostro, del
conocimiento que pudiéramos tener del otro, sin recurrir a un
toma y daca, sino a darnos sin más, y al hacerlo, volvemos a
insistir, reconocernos
a nosotros mismos como personas. A fin de cuentas,
¿qué es ser consciente sino estar en relación con lo que es? De un modo espontáneo, dándonos, otorgándonos tiempo,
puesto que ser libres, nos enseña Lévinas, es construir un mundo
en el que efectivamente la libertad es el subproducto de la vida,
en tanto su adherencia a un mundo en el que corre el riesgo de
perderse es, precisamente y a la vez, aquello por lo que se
defiende y está en lo de sí. Con ello, vamos nuevamente al
tiempo del hacer que es tiempo presente o sea consciencia del
peligro que se traduce en un retiro por nuestra parte al tomar
cierta distancia, dándonos tiempo al relacionarnos con el
elemento en el que se está instalado como con aquello que aun no
está allí. Si como él dice la
libertad se presenta como lo otro, va de suyo que es imperioso
reconocerlo en el darnos porque es en la entrega, en la apertura,
donde se dará el encuentro rostro a rostro. La grandeza y
generosidad estriba, justamente, en cuestionarme mi posesión del
mundo, en este desapego de las posesiones en aras de ir hacia el
otro como responsabilidad primera de mi accionar ético, lo que
hará que transite por encima de mi egoísmo y de mi soledad. Ya
ahí, estoy en diálogo, es decir, hay lenguaje al pasar de lo
individual a lo general, por el mero hecho de ofrecer mis cosas al
otro, creando ya, lazos comunes. Cuando Lévinas habla del cara a cara, en cuanto relación irreducible, nos lleva inmediatamente al proceso de la reflexión y con él, ciertamente, a la conciencia moral. Afirma en un
momento central de la obra citada que, infaltable, el Otro me hace
frente –hostil, amigo, mi maestro, mi alumno-, a través de mi
idea de lo Infinito. La reflexión, puede formar conciencia de
este cara-a-cara, pero la posición “contra natura” de la
reflexión no es un azar en la vida de la conciencia. Implica un
cuestionamiento de sí, una actitud crítica que se produce frente
al Otro y bajo su autoridad. Y esto es fundamental por elemental en el proceso del pensar reflexivo, en cuanto a lo no natural, al retirarnos, dejando que nuestra mente vaya al encuentro crítico con el otro, sin que esto se agote en el análisis de nuestra interioridad sino y antes bien, en la vastedad de lo abierto donde se produjo el encuentro con el rostro del Otro, donde se dio el cara-a-cara, donde conocer, pues, no estriba apenas el constatar sino, antes bien y siempre, comprender. La comprensión
requiere de apertura y esta de una actitud ética que implica en
lo abierto el estar “desguarnecidos, desnudos en cuanto a
dejarnos permear por el conocimiento del Otro, busque, decimos,
hacer intervenir la noción de justicia al estar ligados al
orden moral, no permitiendo que nuestros conceptos sean
irrevocables sino sujetos a revisión, en tanto en cuanto libramos
a la comprensión de la realidad del otro, la propia. Fijémonos que
Emmanuel Lévinas dice expresamente que para que el obstáculo
llegue a ser un hecho que exige una justificación teórica o una
razón, ha hecho falta que la espontaneidad de la acción que la
supera sea inhibida, es decir, cuestionada en sí misma, al aducir
que entonces pasamos de una actitud sin miramiento por nada, a una
consideración del hecho. La famosa suspensión del acto, pues,
que haría posible la teoría, afirma nuestro filósofo, apunta a
una reserva de la libertad que no se libra a sus impulsos, en sus
movimientos espontáneos y guarda la distancia siendo que la teoría
en la que surge la verdad es la actitud de un ser que desconfía
de sí. Por tanto, y ya próximos
a culminar estas disquisiciones, coincidimos en que el saber sólo
llega a ser saber de un hecho si, al mismo tiempo, es crítico, si
se cuestiona, si se remonta más allá de su origen. Para ello,
creemos entender, es vital hacer que la libertad sea justa, que en
el recibimiento del Otro, principie la conciencia moral,
cuestionadora de mi propia libertad, en tanto crítica o filosofía
son la esencia del saber al privilegiar el poder cuestionarse. Y,
esto, una vez más tiene que ver con el recibimiento que demos al
Otro y en tal acto, en su darse de sí, ética y moralmente, dará
comienzo la libertad en tanto vamos hacia el Otro, procurándolo y
al hacerlo, nos permitimos el cuestionarnos a nosotros mismos. Que sea Emmanuel Lévinas
quien finalice estas reflexiones al decir, desde una eticidad
admirable, que la esencia de la razón no consiste en asegurar al
hombre un fundamento y poderes, sino en cuestionarlo e invitarlo a
la Justicia. Es decir: la presencia del Otro no dificulta la
libertad sino que la inviste, al dotarla de sentido y contenido,
con la comprensión indispensable para darle la acogida, la
hospitalidad elemental.- Héctor
Valle:Ensayista uruguayo de 49 años, que según su definición
a "encontrado en la filosofía, o en la investigación filosófica
un espacio donde deambular más que en busca de respuestas, en
procura de las preguntas vitales a ser formuladas en el tono y
momento apropiado. Este ensayo que publica La ONDA digital
elavorado a pedido expreso, junto a otros colegas
latinoamericanos, por la Escuela de Filosofía de la Universidad
ARCIS de Santiago de Chile, Chile (www.philosophia.cl)
para el dossier que HABRAN que se publicara en estos días en
torno a "Pensar Latinoamérica". A brindado conferencias
en universidades de la Argentina (Facultad de Humanidades de la
Universidad Autónoma de Entre Ríos; Facultad de Humanidades de
la Universidad Nacional de Misiones; Facultad de Derecho de Buenos
Aires; próximamente -13.9.03- en la Universidad de Morón, Buenos
Aires; además de haber publicado y mantener vinculos con
universidades y catedráticos de España (Universidad de Sevilla,
Departamento de Estética y Hermenéutica A su vez, intervino en
el primer número de una publicación de los estudiantes de
Filosofía de la ciudad de La Coruña España. También a brindado
conferencias de filosofía a partir de músicos y sus obras, en
Escuelas Superiores de Música de la Argentina, para la cátedra
de Ética y Derechos Humanos (a vía de ejemplo: Mahler o las
tribulaciones del hombre, Haendel y la forja de una obra
monumental, etcétera. hectorvalle@easymail.com.uy Notas
Vinculantes: http://www.uruguay.com/laonda/LaOnda/152/B3.htm LA ONDA® DIGITAL |
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