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El elemento humanista y humanizador por
excelencia, de la transmisión cultural, no es
la imagen, el texto, el sonido, sino la palabra
viva

por Héctor Valle*

La libertad y el otro
Una vida cobra sentido en el silencio de la mente que propicia un mirar más nítido. Silencio que convoca a la mesura del tiempo del sujeto al no percibir prisa alguna en una posición que, aunque aparentemente estática, discurre por todo lo ancho y todo lo alto del pensamiento, en armonía con un espíritu que ve así cómo su reino se da cita en la reflexión misma de un hombre que ha comenzado a madurar más allá de su inmediato entendimiento. 

Se nos dice que la realidad es la percepción, la conciencia de una sensación a la que se llega a través de un proceso psicofísico por el cual la persona  transforma los estímulos en objeto sensible conocido. 

Sensación y percepción devienen, entonces, en receptoras y efectoras de un mismo proceso del conocimiento sensible, razón por la cual es esencial a la percepción la toma de la realidad en tanto totalidad. Realidad como lo no aparente, lo no ilusorio, lo que pertenece a nuestro mundo, existiendo, consiguientemente, en el espacio-tiempo. Ahora bien, Aristóteles alega que el estudio de lo real incumbe a la metafísica que trata de lo que existe en cuanto existe, y de lo que es dable esperar que proporcione criterios para distinguir lo que existe de lo que sólo parece existir. 

El sentido y significado de nuestras vidas comienza en la interioridad de nuestra conciencia. Hay sentido cuando permitimos que exista un mensaje que pueda ser entendido al poseer la clave para traducirlo y hay significado cuando el contenido tiene hondura, posee aquella “masa crítica” que tiene la persona que vive la vida de los vivos, al estar a la escucha del Otro, pudiendo, entonces, conocer la clave de vida: comprensión y reconocimiento. Por tanto, el diálogo que nos damos en nuestra interioridad, prescinde del egoísmo al ir en busca del Otro y, en tal procura, reconocernos a nosotros mismos. 

En un ensayo intitulado ¿Y para qué poetas?, Martín Heidegger, conmemora la muerte del genial poeta alemán y se plantea la pregunta de Hölderlin acerca de la razón de ser de la poesía y al visitar el término lo abierto, palabra fundamental en la poesía de Rilke, nos manifiesta qué significa eso que no se cierra o impide el paso. No cierra porque no pone límites, no limita, porque dentro de sí está libre de todo límite. Es decir, lo abierto, para Heidegger, es la gran totalidad de todo lo ilimitado. 

La vida está compuesta de momentos. En realidad, resulta arduo comprender una idea sin ayuda de la imaginación y es en la esfera del espacio donde ésta se manifiesta. El elemento humanista –y humanizador- por excelencia, de la transmisión cultural, no es ni la imagen ni el texto, ni el sonido, sino la palabra viva. 

El humanismo no se aprende, se contagia. Creemos que ha llegado el momento de avanzar en la concepción humanística y para ello nos proponemos hoy presentar, apenas, el pensamiento levinasiano desde su centro mismo: el reconocimiento del otro, como base para el ejercicio cierto de la libertad, al comprender su circunstancia, al atenderla, al compartir. Todo esto, vale acotar, debemos hacerlo en un mundo que sufre un dramático déficit de racionalidad. 

Hay leyes morales que tienen consecuencias ineludibles para el hombre. Todo hombre, lleva en sí mismo a toda la humanidad. De ahí, la importancia de experimentar la vida como un problema, como una “cuestión” que requiere una respuesta, en tanto valora, en una dimensión elevada, el desarrollar sus propias capacidades de amor,  de razón, de compasión y de valores. 

El mundo de hoy es el de un sujeto solo, abandonado a sí mismo y obligado a estar sin referencias conocidas. Un mundo donde, como plantean algunos, el código moral no condena la injusticia sino el fracaso. Visitemos, ya que de fracaso hablamos, o su supuesto, al mito de Sísifo que, si bien trágico, nos plantea que lo que debiera constituir su tormento es, al mismo tiempo, su victoria, puesto que nos recuerda que no todo ha sido agotado.

El escritor Albert Camus, nos presenta a un Sísifo que en determinado momento se adueña del tiempo y toma conciencia de su sino.  

Lo hace no bien llega a la cumbre después de cargar, dolorosamente, la roca y se detiene por breves instantes luego que la misma vuelve a caer y él toma aliento. Al hacerlo, es él quien está en la altura y el motivo de su tormento en el llano, el cual divisa Sísifo desde lo alto teniendo plena conciencia de su situación, de su penoso e inacabable tormento. Pero en ese instante, como en todo instante tras arribar a la cima y contemplar la roca que cae, Sísifo al comprender su situación, saca de sí la angustia que lo atormenta y se libera. 

Sí. Sísifo se adueña de su destino pese a estar este predestinado a continuar

Indefinidamente, y lo hace al haber podido liberar su interioridad de la pesada carga, la otra carga, la del tormento interior. De ahí, pues, que su destino le pertenezca al haber reconocido él, su verdad, liberándose de esa carga atroz que tantos y tantas llevan en su interior y que, tristemente, pretenden ocultarla bajo la máscara de una caricatura de persona, al no animarse a desprenderse de esos demonios que les dominan por no poder dejarlos salir, impidiendo no ya la mayéutica sino y más importante aun, que la escucha atenta del otro permita a uno mismo desentrañar verdades que mortifican y modifican nuestras estructuras psicológicas de manera harto común, para el pesar de muchos. Y no hablamos de la servidumbre voluntaria, lo que ahondaría el problema. 

Sísifo, pensamos junto con Camus, hasta puede considerarse feliz, puesto que el sentimiento de lo absurdo nace de su felicidad, al resonar en el universo feroz y limitado del hombre, al tiempo que enseña que no todo está agotado al expulsar de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y el gusto de los dolores inútiles.  

Así, remarca el escritor, hace del destino un asunto humano, que deberá arreglarse entre los hombres. Lo importante, a nuestro entender, es el esfuerzo por llegar; la lucha que en tal sentido emprende. En esa lucha, Sísifo vence a los dioses. 

El problema de todo grupo humano es cómo convivir con lo que no se tolera del otro. Para amar hay que renunciar a ese yo de la omnipotencia narcisista infantil, que se basta a sí mismo. Y  reconocer que somos parte de los otros. Digámoslo: solemos tener miedo a nuestra propia libertad porque implica, entre otras cosas, el equivocarnos al ejercerla.  

El proceso de individuación y la consiguiente libertad que de éste deviene, conllevan, necesariamente, soledad y angustia por el encuentro consigo mismo y con los otros. 

Estar en el mundo, salir al espacio público y ver es, quizá, una acción tan libertaria como definitoria en el trazado que daremos a nuestra vida. Arriesgarse a ser junto con los otros, de cara al otro es, creo yo, una acción osada y provista ya de una ética que la signa.

El estar atento al otro, no hace  tan sólo a la buena disposición para recibir al extraño sino y por sobre todo, a la responsabilidad para con el otro que deviene, digámoslo así, en un estar presente que lleva en sí una tensión que no es ni simple ni tranquila puesto que soy rehén del otro y fundo en tal actitud la ética a seguir una vez que el rostro del otro amerita un respeto y un derecho a ser respetado.  

Todo comienza y se sustenta, entonces, en el presente activo en tanto la ética se verifica en el cotidiano, al dejarnos conocer, a través de nuestro hacer y nuestro decir, la alteridad misma en la relación dialógica que tuvo lugar, una vez que lo conceptual, para ser ético, debe sustanciarse en la acción específica de la persona humana, despejando generalizaciones al devenir la teoría en praxis y así la letra viene a cobrar vida y luminosidad al haber pasado por la fragua de la expresión misma donde nos dejamos ser en el otro, en un darnos que propicia lo dialógico y, con ello también, el reconocimiento de nuestra propia identidad. 

Saber ver el rostro del otro, es una primera e ineludible aproximación a nuestra responsabilidad social, al acortar la distancia que del mismo nos separa y propender a la cercanía de una justicia para la cual convenimos en hacer a un lado nuestro supuesto saber, en aras de la escucha atenta y efectiva de aquello que el otro tiene o siente que tiene y quiere exponer; exposición que será percibida, enfatizamos, una vez nosotros hayamos silenciado más que la palabra, nuestro ego. 

Esta ponencia busca presentar, a través del pensamiento levinasiano en particular, algo de lo dicho por el filósofo de la alteridad en “Totalidad e infinito”, aquello que entendemos vital a ser estudiado, encarado y, naturalmente, vivido por la persona: el ejercicio de su libertad que es a no dudar el comenzar por asumir su responsabilidad, personal y colectiva en el hacer cotidiano junto a los suyos. 

Por ejemplo, cuando hablamos de derechos humanos, nos referimos a los derechos del otro. No por nada, ser “yo” en el mundo lleva en sí una responsabilidad de más que la de los otros, al anticiparnos en un darnos, cotidiano y efectivo. 

Apertura y entrega, como aquella ética que da sentido al pensamiento del hombre libre que en su acción responsable se comunica en lo público, reconociendo en el otro su alteridad y, así, lo diverso que el otro pueda presentar. 

Hoy por hoy, cuando nos cuestionamos respecto de los roles y los lugares que supuestamente deberían estar más claros y cada vez son más borrosos o móviles, quizá comencemos a comprender que la vida es incertidumbre, que el estado de cosas previene contra una falaz tesitura de pretender moldear nosotros la realidad misma, para una supuesta previsión de lo que habrá de suceder, no pudiendo advertir, en tal caso, que hasta en el reposo hay movimiento porque la vida misma lo comprende y alienta y así, al querer asir lo móvil dejamos escapar el presente y con él nuestra posibilidad de accionar en armonía con el acontecer mismo de la vida. 

Dice Lévinas que el saber, sólo llega a ser saber de un hecho si es crítico, si se cuestiona, si se remonta más allá de su origen (movimiento contra natura que consiste en buscar más allá de su origen y que testimonia o describe una libertad creada). 

Advierte en otro pasaje, que la libertad consiste en saber que la libertad está en peligro. Pero saber o ser consciente, es tener tiempo para evitar y prevenir el momento de inhumanidad. Este aplazamiento perpetuo de la hora de la traición –ínfima diferencia entre el hombre y el no hombre- alega, supone el desinterés de la bondad, el deseo de lo absolutamente Otro o la nobleza, la dimensión de la metafísica. 

Esto es,  para ingresar en esa atmósfera de libertad es preciso asumir nuestra condición de personas en sociedad, de seres responsables sin buscar ni proyectar culpas, ni tampoco transferir responsabilidades sino, y por lo contrario, dar un paso hacia el otro, haciéndolo, a todas luces, más allá de su rostro, del conocimiento que pudiéramos tener del otro, sin recurrir a un toma y daca, sino a darnos sin más, y al hacerlo, volvemos a insistir,  reconocernos a nosotros mismos como personas. 

A fin de cuentas, ¿qué es ser consciente sino estar en relación con lo que es?  De un modo espontáneo, dándonos, otorgándonos tiempo, puesto que ser libres, nos enseña Lévinas, es construir un mundo en el que efectivamente la libertad es el subproducto de la vida, en tanto su adherencia a un mundo en el que corre el riesgo de perderse es, precisamente y a la vez, aquello por lo que se defiende y está en lo de sí. Con ello, vamos nuevamente al tiempo del hacer que es tiempo presente o sea consciencia del peligro que se traduce en un retiro por nuestra parte al tomar cierta distancia, dándonos tiempo al relacionarnos con el elemento en el que se está instalado como con aquello que aun no está allí. 

Si como él dice la libertad se presenta como lo otro, va de suyo que es imperioso reconocerlo en el darnos porque es en la entrega, en la apertura, donde se dará el encuentro rostro a rostro.

La grandeza y generosidad estriba, justamente, en cuestionarme mi posesión del mundo, en este desapego de las posesiones en aras de ir hacia el otro como responsabilidad primera de mi accionar ético, lo que hará que transite por encima de mi egoísmo y de mi soledad. Ya ahí, estoy en diálogo, es decir, hay lenguaje al pasar de lo individual a lo general, por el mero hecho de ofrecer mis cosas al otro, creando ya, lazos comunes. 

Cuando Lévinas habla del cara a cara, en cuanto relación irreducible, nos lleva inmediatamente al proceso de la reflexión y con él, ciertamente, a la conciencia moral.

Afirma en un momento central de la obra citada que, infaltable, el Otro me hace frente –hostil, amigo, mi maestro, mi alumno-, a través de mi idea de lo Infinito. La reflexión, puede formar conciencia de este cara-a-cara, pero la posición “contra natura” de la reflexión no es un azar en la vida de la conciencia. Implica un cuestionamiento de sí, una actitud crítica que se produce frente al Otro y bajo su autoridad. 

Y esto es fundamental por elemental en el proceso del pensar reflexivo, en cuanto a lo no natural, al retirarnos, dejando que nuestra mente vaya al encuentro crítico con el otro, sin que esto se agote en el análisis de nuestra interioridad sino y antes bien, en la vastedad de lo abierto donde se produjo el encuentro con el rostro del Otro, donde se dio el cara-a-cara, donde conocer, pues, no estriba apenas el constatar sino, antes bien y siempre, comprender.

La comprensión requiere de apertura y esta de una actitud ética que implica en lo abierto el estar “desguarnecidos, desnudos en cuanto a dejarnos permear por el conocimiento del Otro, busque, decimos,  hacer intervenir la noción de justicia al estar ligados al orden moral, no permitiendo que nuestros conceptos sean irrevocables sino sujetos a revisión, en tanto en cuanto libramos a la comprensión de la realidad del otro, la propia. 

Fijémonos que Emmanuel Lévinas dice expresamente que para que el obstáculo llegue a ser un hecho que exige una justificación teórica o una razón, ha hecho falta que la espontaneidad de la acción que la supera sea inhibida, es decir, cuestionada en sí misma, al aducir que entonces pasamos de una actitud sin miramiento por nada, a una consideración del hecho. La famosa suspensión del acto, pues, que haría posible la teoría, afirma nuestro filósofo, apunta a una reserva de la libertad que no se libra a sus impulsos, en sus movimientos espontáneos y guarda la distancia siendo que la teoría en la que surge la verdad es la actitud de un ser que desconfía  de sí. 

Por tanto, y ya próximos a culminar estas disquisiciones, coincidimos en que el saber sólo llega a ser saber de un hecho si, al mismo tiempo, es crítico, si se cuestiona, si se remonta más allá de su origen. Para ello, creemos entender, es vital hacer que la libertad sea justa, que en el recibimiento del Otro, principie la conciencia moral, cuestionadora de mi propia libertad, en tanto crítica o filosofía son la esencia del saber al privilegiar el poder cuestionarse. Y, esto, una vez más tiene que ver con el recibimiento que demos al Otro y en tal acto, en su darse de sí, ética y moralmente, dará comienzo la libertad en tanto vamos hacia el Otro, procurándolo y al hacerlo, nos permitimos el cuestionarnos a nosotros mismos. 

Que sea Emmanuel Lévinas quien finalice estas reflexiones al decir, desde una eticidad admirable, que la esencia de la razón no consiste en asegurar al hombre un fundamento y poderes, sino en cuestionarlo e invitarlo a la Justicia. Es decir: la presencia del Otro no dificulta la libertad sino que la inviste, al dotarla de sentido y contenido, con la comprensión indispensable para darle la acogida, la hospitalidad elemental.- 

Héctor Valle:Ensayista uruguayo de 49 años, que según su definición a "encontrado en la filosofía, o en la investigación filosófica un espacio donde deambular más que en busca de respuestas, en procura de las preguntas vitales a ser formuladas en el tono y momento apropiado. Este ensayo que publica La ONDA digital elavorado a pedido expreso, junto a otros colegas latinoamericanos, por la Escuela de Filosofía de la Universidad ARCIS de Santiago de Chile, Chile (www.philosophia.cl) para el dossier que HABRAN que se publicara en estos días en torno a "Pensar Latinoamérica". A brindado conferencias en universidades de la Argentina (Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Entre Ríos; Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Misiones; Facultad de Derecho de Buenos Aires; próximamente -13.9.03- en la Universidad de Morón, Buenos Aires; además de haber publicado y mantener vinculos con universidades y catedráticos de España (Universidad de Sevilla, Departamento de Estética y Hermenéutica A su vez, intervino en el primer número de una publicación de los estudiantes de Filosofía de la ciudad de La Coruña España. También a brindado conferencias de filosofía a partir de músicos y sus obras, en Escuelas Superiores de Música de la Argentina, para la cátedra de Ética y Derechos Humanos (a vía de ejemplo: Mahler o las tribulaciones del hombre, Haendel y la forja de una obra monumental, etcétera.

hectorvalle@easymail.com.uy
Montevideo – Uruguay

Notas Vinculantes: http://www.uruguay.com/laonda/LaOnda/152/B3.htm

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