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Realismo y lucha de Brasil en Cancún
por Rubens Ricupero

Franceses y americanos viven en contienda sobre casi todo, de la guerra en Irak a la creación de una defensa europea independiente. Solo se entienden para defender lo indefendible: la causa del proteccionismo agrícola contra buena parte del resto del mundo. Fue, de hecho, la rigidez negativa de Europa y de los Estados Unidos lo que radicalizó la atmósfera de Cancún y condenó la conferencia al impasse. Es verdad que la razón inmediata de la ruptura terminó siendo la inconformidad de japoneses y coreanos con el rechazo de negociar un acuerdo sobre inversiones por parte de casi una centena de países pobres. A aquella altura, los europeos habían dado señales de alguna flexibilidad en agricultura. Demoraron tanto para mostrar las cartas, con todo, que, cuando eso sucedió, era demasiado tarde: el ambiente envenenado contagiaría otros asuntos y la leche talló antes de hora. En la reunión final, ni se llegó a discutir el capítulo agrícola.

Erran, por lo tanto, los que entre nosotros, por desconocimiento de los hechos o inconsciente colonialismo mental, quieren censurar a su propio país por una acusación de la que los extranjeros nos absuelven: la del crimen innominable de haber defendido con firmeza e inteligencia nuestro derecho neto y cierto.

Acabo de participar en Ginebra de un almuerzo de trabajo con la totalidad de los miembros de la Unión Europea, inclusive los diez que van a adherir en el próximo mes de mayo. De ninguno de los 35 representantes oí ningún comentario que no admitiese el papel constructivo de Brasil. Los negociadores comerciales son gente realista y práctica, respetando como regla inevitable de juego que cada cual defienda con uñas y dientes lo que le pertenece.

No se puede negar, entre tanto, que Cancún confirmó el dilema en el que se debate el sistema mundial de comercio. En contraste con la tranquilidad de sus primeros 40 años (de 1947 a 1987), en los últimos 15 se registraron ya cuatro reuniones ministeriales que terminaron en fracaso: Montreal (dic 1988), Bruselas (dic 1990), Seattle (nov 1999) y Cancún (set 2003). Con excepción de Seattle, todas las demás fracasaron por causa de la agricultura. Para quien participó como negociador de las dos primeras, en la ronda Uruguay, la más reciente parece extrañamente obedecer al mismo "script". Con una única diferencia de estimación: esta vez, los EE.UU. se bandearon para el campo proteccionista y, de persistir en el infeliz camino de la ley agrícola de 2002, corren el riesgo de convertirse en un obstáculo igual o mayor que Europa a la liberalización del comercio agrícola.

Convendría, por lo tanto, desistir de la causa, ya que ésta es difícil? Pero, a cambio de qué?. ¿Si cediéramos en el área en la que se concentran casi exclusivamente nuestras indiscutibles ventajas comparativas, qué ganaríamos en recompensa? ¿Tenemos acaso condiciones de competir en el mercado americano y europeo con las manufacturas baratas de China o los sofisticados productos electrónicos y químicos de Singapur?

Casi en soledad, he alertado contra la ilusión de que las negociaciones comerciales en la OMC o en el ALCA serán capaces de resolver nuestro problema de competitividad externa. Esta deriva de la especialización excesiva en bienes poco dinámicos y protegidos en el exterior por lobbies poderosos. La solución está en la diversificación de la oferta, en la renovación del sector productivo, lo que lleva años y años. De acuerdo a esto, deberíamos desistir, como sugiere la lógica disimulada de los que nos censuran la "falta de realismo"?

Según Mary MacCarthy, siempre que alguien confiesa haber resuelto tomar una "decisión realista", inmediatamente comprendemos que decidió hacer algo errado. Sería este el tipo de realismo que nos aconsejaron? En el momento en que el bastión del más empedernido capitalismo, "The Wall Street Journal" estampa el editorial "El rayo de esperanza de Cancún" (18/09), en el cual este rayo de esperanza no es otro que la denuncia de los subsidios agrícolas como liquidadores del libre comercio? En este editorial, se afirma literalmente que "esta vez una alianza de países pobres y exportadores de libre comercio desenmascaró el blef de ellas (esto es, de las naciones ricas), denunciando a Europa en particular como un cínico que quiere comercio más libre para todos, excepto para sus mimados hacendados". El mismo comentario concuerda con lo que vengo sustentando: que el colapso de Cancún conducirá aún a progresos si la lección en agricultura fuese comprendida por Europa, EE.UU. y Japón. Pero, que Cancún no significa que la negociación esté muerta, siendo útil recordar que la Ronda Uruguay demoró ocho años. Y en este momento, cuando casi el mundo entero, incluso sus segmentos más neoliberales, desde The Economist al FMI, hacen coro con nosotros, es en este momento que deberíamos ceder?

Los que vergonzosamente insinúan esto no se dan cuenta de que abandonar la causa sería no sólo traicionar el interés económico inmediato sino poner en riesgo la esencia misma, la razón de ser del sistema comercial: el principio de que, en cualquier sector del comercio, sea en la agricultura, en la industria o en los servicios, no debería haber barreras a las exportaciones de los productores competitivos. Si hubiesen leído mejor al padre de todos los liberales, antiguos y modernos, habrían percibido lo que el astuto Adam Smith veía con claridad: "Gente del mismo ramo de comercio raramente se reúne, aún para diversión y holgazanería, pero (cuando lo hacen) la conversación termina siempre en una conspiración contra el público o en alguna maquinación para aumentar los precios".

Por haber comprendido que la propuesta conjunta europea-americana del 13 de agosto se encuadraba en esta denuncia del autor de "La riqueza de las naciones", Celso Amorim y nuestro representante en Ginebra, Seixas Corrêa, reaccionaron con un sentido de oportunidad realista, formulando una contrapropuesta técnicamente sólida, imagen de espejo de la otra en el formato pero incomparablemente más suculenta en el contenido.

Si no fuese por el sentido de oportunidad y la calidad profesional, no habríamos sido capaces de atraer y mantener unidos, en torno a la propuesta, países de pensamiento independiente, que saben lo que quieren, como la India, China, Africa del Sur, por un lado, pero impecables neoliberales por el otro, como Chile, México, Costa Rica, Colombia.

Quien haya sido testigo de las peripecias de Cancún, sabe que fue también irreprochable la forma en que nuestros diplomáticos condujeron todo el proceso. Inclusive al final, cuando, al ser ovacionado en forma entusiasta por la audiencia de la sala de prensa, Celso respondió que apreciaba el aplauso pero recordó que el momento exigía sobriedad y reflexión. Es debido a estas cualidades de moderación y seriedad, dignas de nuestra mejor tradición diplomática, que Brasil, sereno en la lucha, será también capaz de llevar a buen término el proceso de sanación.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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