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LA ANGUSTIA DE LA MAESTRA
Los niños, las palomas y
el Uruguay que se nos fue

por Raúl Legnani

María, maestra en uno de esos barrios de Montevideo a los que la Policía los califica de rojos, tuvo la buena idea de llevar a sus alumnos a la avenida 18 de Julio.

Muchos de esos niños jamás habían paseado por "18". Para ellos todo resultó ser un mundo nuevo y desconocido. A los pocos minutos de estar en la Plaza Independencia, se volvieron incontrolables. Algunos corrían por el Mausoleo de Artigas, otros intentaban sin éxito subirse a las palmeras y nos muy pocos acompañaban a María, mientras ella les mostraba el Palacio Salvo, la vieja Casa de Gobierno y la Puerta de la Ciudadela.

María, que a pesar de ser muy joven se mostraba con capacidad de mando, sospechó que el retorno iba a ser muy complejo, dado que los muchachitos estaban muy nerviosos. - Quiero que a la vuelta vayan todos muy tranquilos y que no molesten a las personas mayores que vuelven de sus trabajos. ¿Me entendieron?, preguntó María, quien de inmediato recibió un unánime "Si", poco convincente.

Con el fin de tranquilizarlos aún más, los hizo sentar en el césped y comenzó a preguntarles sobre lo que habían visto. A unos les gustó la Puerta de la Ciudadela, a otros los fotógrafos de la plaza. Pero a uno de los más chicos, se le dio por filosofar. - A mí no me gustó la gente, porque es rara, dijo Hugo. - ¿Rara? ¿Qué tienen de distinto a nosotros? - Que cuando pasan junto a las palomas no hacen nada, dijo el muchacho mientras miraba hacia el cielo. - Sigo sin entender, señaló María, quien ya comenzaba a sospechar que algo estaba pasando. - Mire maestra, el problema es que nadie las agarra a las palomas, dijo Ricardo, el más alto de la clase, mientras buscaba algo debajo de una campera que le cubría la túnica. - ¿Qué tienen ahí?, preguntó María ya con cara de maestra. - Tenemos dos palomas, que las llevamos para comer esta noche. ¿Los de acá no comen palomas? ¿No le parece que son raros?

María no tuvo respuesta, pero los dos muchachos liberaron a sus palomas "para que usted no tenga problemas en el ómnibus", dijeron convencidos de que ellos estaban haciendo lo que correspondía. Una vez en el ómnibus Hugo y Ricardo se sentaron en el asiento de atrás, casi con la ñata contra el vidrio, observando a los raros del centro de Montevideo. María, esa noche, no pudo dormir porque se sentía rara.

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