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Ocupando espacio
El multilateralismo es la democratización de las
relaciones internacionales y participación en el
mecanismo decisorio de las cuestiones
mundiales

por embajador Rubens Ricupero

El multilateralismo es una de esas virtudes que todos pregonan pero pocos practican.  Es lo que de nuevo se constata en el fascinante espectáculo de la apertura de la Asamblea General de la ONU, tribuna unificada del planeta Tierra donde se suceden, con minutos de intervalo, Lula y Bush, Chirac y Kofi Annan.  El presidente francés fue uno de los más elocuentes y aplaudidos abogados del multilateralismo.  Basta recordar, sin embargo, que, en Cancún, Francia y los EE.UU. estaban unidos contra el resto del mundo en la defensa unilateral de los subsidios agrícolas, para relativizar esta profesión de fé.  Además, días antes en Ginebra, americanos y franceses ya se habían juntado nuevamente para paralizar la agenda de la Conferencia de Desarme.  Esta vez, uno de los motivos fue la oposición de ambos a la negociación de un acuerdo multilateral sobre el espacio.  Potencias espaciales, una y otra, con plataformas propias de lanzamiento, no encuentran gracia en que intrusos – a pesar de que, en tesis,  el espacio pertenezca a todos y a nadie – se entrometan en lo que no les importa. 

No es diferente el comportamiento de los otros poderosos en general, que merecía de los marxistas de otrora la descripción de “chauvinismo de gran potencia”. Véase como alemanes y americanos se apuran en colocar un esparadrapo en la herida de Irak mediante el gesto simbólico de una oferta de entrenamiento germánico para las fuerzas de seguridad iraquíes. O como Putin, habiendo astutamente asegurado la tácita anuencia occidental para su política en el Cáucaso, reserva, con estudiada demora, el triunfo iraquí para ver antes si serán confirmados los contratos petrolíferos del anterior régimen de Bagdad con empresas rusas. Hasta ahí, nada de nuevo en este mundo de mediocridades en el cual, hoy como en los tiempos de la Guerra Grande, impera por encima de todo lo que los italianos defendían entonces como “il sacro egoísmo”. 

Multilateralismo suena como algo técnico, abstracto, para oídos no iniciados en la diplomacia.  No tiene la carga emotiva o la connotación histórica de democracia, igualdad. En el fondo, sin embargo, lo que se quiere decir es la misma cosa.  El multilateralismo es la democratización de las relaciones internacionales, el proceso, iniciado en 1919 con la Liga de las Naciones, para ampliar gradualmente la participación en el mecanismo decisorio de las grandes cuestiones mundiales.  Primero se tuvo que completar la independencia de las colonias, tarea concluida con la emergencia de cerca de 200 Estados soberanos. El problema es que son galáxicas las distancias entre los medios de poder de la hiperpotencia norteamericana y los dos micro Estados, que sobreviven arrendando el nombre a firmas en Internet o creando paraísos fiscales. Por eso, la democratización internacional fue siempre acompañada por la tensión entre dos posiciones en conflicto.  En un extremo, los que favorecen una cuota de mayor poder decisorio a los que disponen de fuerza para implementar las decisiones, como ocurre en el Consejo de Seguridad o en el FMI. En el otro, los defensores de la igualdad absoluta, del principio “un país, un voto”, inspirado en el criterio de la legitimidad democrática interna. 

El multilateralismo de Francia, Alemania, Rusia, es de primer género, selectivo, elitista; la oposición de ellos al unilateralismo de los EE.UU. no se hace en nombre de la genuina universalización decisoria sino para establecer un directorio mundial de los grandes de que participen, en igualdad de condiciones, con los americanos, relegando a los demás a posiciones subalternas. No es este el multilateralismo que nos conviene, dado que, en temas de nuestro vital interés, tales como el del fin del proteccionismo agrícola o de la creación de una arquitectura financiera menos volátil y peligrosa, no podremos contar con la solidaridad de este tipo de “multilateralistas”. 

Esto no significa que tengamos, en consecuencia, que caer en el extremo opuesto, el de la utopía principista, de la ilusión de una absoluta igualdad jurídica de las naciones. Existe un término medio realista y practicable, que viene siendo viabilizado con brillo, imaginación y seguridad por la política externa brasileña. Consiste en ocupar sistemáticamente los espacios existentes para articular, con países de intereses semejantes, coaliciones de geometría variable a fin de equilibrar, en la medida de los posible, un sistema mundial fundamentalmente desequilibrado. 

En este sentido, la formación del G-3, reuniendo a Brasil, India, África del Sur, tres naciones altamente representativas de América Latina, Asia, África, simbólicamente anunciada en Evian, en las barbas de los poderosos del G-8, fue sugestiva del pensamiento que inspira esta política.  Se desdobló, en seguida, en el G-20, incorporando a China y otros en torno de una propuesta profesionalmente sólida para las negociaciones agrícolas.  Sin caer en la exageración, es aún considerable el potencial a explorar en cuestiones de medio ambiente, desarme, desarrollo social, afirmación de la diversidad cultural, integración energética y de infraestructura física de América del Sur, comercio regional latinoamericano o con importantes mercados del sur como China, India, Sudeste de Asia, África del Sur. Algunas de estas iniciativas vienen del gobierno pasado. Sería un error tanto ignorar tal realidad como transformarla en manzana de discordia y debilitamiento de la orientación que debe ser vista como política de Estado, merecedora de continuidad bajo cualquier gobierno. Otras atienden a circunstancias particulares que no existían antes, como la evolución negativa de las negociaciones lanzadas en Doha, la insatisfactoria propuesta agrícola conjunta Europa-EE.UU., la infeliz decisión americana de “bilateralizar” el ALCA por medio de la presentación de cuatro ofertas crecientemente discriminatorias. 

Cada vez que las nuevas circunstancias lo justifiquen o exijan, lo importante es que tengamos agilidad y coraje para afirmar posiciones de acuerdo con nuestros intereses, si es necesario en contrapunto a los poderosos.  Las coaliciones tendrán que ser variables pues varían infinitamente los intereses.  Habrá ciertamente presiones, amenazas y algunas habrán de capitular. No importa.  Lo que vale es continuar utilizando, en el límite, uno de los recursos de poder que, aunque intangible y no expresado en bombas o porta-aviones, es de los más escasos y valiosos en las relaciones internacionales: la capacidad diplomática, no de liderar, pues nadie lidera naciones milenarias como China e India, sino  de formular iniciativas oportunas, de edificar consenso en torno de ellas y de ejecutarlas con serenidad y firmeza.
Traducido para LA ONDA DIGITAL por
Cristina Iriarte

Pagina Vinculantes:
http://www.uruguay.com/laonda/LaOnda/154/B2.htm

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