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Ocupando
espacio
No
es diferente el comportamiento de los otros poderosos en general,
que merecía de los marxistas de otrora la descripción de “chauvinismo
de gran potencia”. Véase como alemanes y americanos se
apuran en colocar un esparadrapo en la herida de Irak mediante el
gesto simbólico de una oferta de entrenamiento germánico para
las fuerzas de seguridad iraquíes. O como Putin, habiendo
astutamente asegurado la tácita anuencia occidental para su política
en el Cáucaso, reserva, con estudiada demora, el triunfo iraquí
para ver antes si serán confirmados los contratos petrolíferos
del anterior régimen de Bagdad con empresas rusas. Hasta ahí,
nada de nuevo en este mundo de mediocridades en el cual, hoy como
en los tiempos de la Guerra Grande, impera por encima de todo lo
que los italianos defendían entonces como “il
sacro egoísmo”. Multilateralismo
suena como algo técnico, abstracto, para oídos no iniciados en
la diplomacia. No
tiene la carga emotiva o la connotación histórica de democracia,
igualdad. En el fondo, sin embargo, lo que se quiere decir es la
misma cosa. El
multilateralismo es la democratización de las relaciones
internacionales, el proceso, iniciado en 1919 con la Liga de las
Naciones, para ampliar gradualmente la participación en el
mecanismo decisorio de las grandes cuestiones mundiales.
Primero se tuvo que completar la independencia de las
colonias, tarea concluida con la emergencia de cerca de 200
Estados soberanos. El problema es que son galáxicas las
distancias entre los medios de poder de la hiperpotencia
norteamericana y los dos micro Estados, que sobreviven arrendando
el nombre a firmas en Internet o creando paraísos fiscales. Por
eso, la democratización internacional fue siempre acompañada por
la tensión entre dos posiciones en conflicto.
En un extremo, los que favorecen una cuota de mayor poder
decisorio a los que disponen de fuerza para implementar las
decisiones, como ocurre en el Consejo de Seguridad o en el FMI. En
el otro, los defensores de la igualdad absoluta, del principio
“un país, un voto”, inspirado en el criterio de la
legitimidad democrática interna. El
multilateralismo de Francia, Alemania, Rusia, es de primer género,
selectivo, elitista; la oposición de ellos al unilateralismo de
los EE.UU. no se hace en nombre de la genuina universalización
decisoria sino para establecer un directorio mundial de los
grandes de que participen, en igualdad de condiciones, con los
americanos, relegando a los demás a posiciones subalternas. No es
este el multilateralismo que nos conviene, dado que, en temas de
nuestro vital interés, tales como el del fin del proteccionismo
agrícola o de la creación de una arquitectura financiera menos
volátil y peligrosa, no podremos contar con la solidaridad de
este tipo de “multilateralistas”. Esto
no significa que tengamos, en consecuencia, que caer en el extremo
opuesto, el de la utopía principista, de la ilusión de una
absoluta igualdad jurídica de las naciones. Existe un término
medio realista y practicable, que viene siendo viabilizado con
brillo, imaginación y seguridad por la política externa brasileña.
Consiste en ocupar sistemáticamente los espacios existentes para
articular, con países de intereses semejantes, coaliciones de
geometría variable a fin de equilibrar, en la medida de los
posible, un sistema mundial fundamentalmente desequilibrado. En
este sentido, la formación del G-3, reuniendo a Brasil, India, África
del Sur, tres naciones altamente representativas de América
Latina, Asia, África, simbólicamente anunciada en Evian, en las
barbas de los poderosos del G-8, fue sugestiva del pensamiento que
inspira esta política. Se
desdobló, en seguida, en el G-20, incorporando a China y otros en
torno de una propuesta profesionalmente sólida para las
negociaciones agrícolas. Sin
caer en la exageración, es aún considerable el potencial a
explorar en cuestiones de medio ambiente, desarme, desarrollo
social, afirmación de la diversidad cultural, integración energética
y de infraestructura física de América del Sur, comercio
regional latinoamericano o con importantes mercados del sur como
China, India, Sudeste de Asia, África del Sur. Algunas de estas
iniciativas vienen del gobierno pasado. Sería un error tanto
ignorar tal realidad como transformarla en manzana
de discordia y debilitamiento de la orientación que debe ser
vista como política de Estado, merecedora de continuidad bajo
cualquier gobierno. Otras atienden a circunstancias particulares
que no existían antes, como la evolución negativa de las
negociaciones lanzadas en Doha, la insatisfactoria propuesta agrícola
conjunta Europa-EE.UU., la infeliz decisión americana de
“bilateralizar” el ALCA por medio de la presentación de
cuatro ofertas crecientemente discriminatorias. Cada
vez que las nuevas circunstancias lo justifiquen o exijan, lo
importante es que tengamos agilidad y coraje para afirmar
posiciones de acuerdo con nuestros intereses, si es necesario en
contrapunto a los poderosos.
Las coaliciones tendrán que ser variables pues varían
infinitamente los intereses.
Habrá ciertamente presiones, amenazas y algunas habrán de
capitular. No importa. Lo que vale es continuar utilizando, en el límite, uno de
los recursos de poder que, aunque intangible y no expresado en
bombas o porta-aviones, es de los más escasos y valiosos en las
relaciones internacionales: la capacidad diplomática, no de
liderar, pues nadie lidera naciones milenarias como China e India,
sino de formular
iniciativas oportunas, de edificar consenso en torno de ellas y de
ejecutarlas con serenidad y firmeza. Pagina
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