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El escritor sudafricano J. M. Coetzee, ganador
del Premio Nobel de Literatura 2003, tiene
publicados en español siete novelas

por Antonio Marín

Al igual que otro reciente premio Nobel, J.M. Coetzee es un escritor con buena parte de su obra traducida al castellano

J. M. Coetzee, ganador del Premio Nobel de Literatura 2003, nacido en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, tiene publicados en español siete novelas  con el grupo editorial Random House Mondadori, bajo el sello de Mondadori.

Su más reciente novela En medio de ninguna parte, acaba de salir a
circulación y, para el próximo año, serán lanzados dos títulos más: Ocho lecciones, también en Mondadori, y Esperando a los bárbaros  que saldrá en el sello Debolsillo. Para el 2005 aparecerá en Debate, en la colección Referencias, otro libro: Cosas extrañas.

Coetzee es un escritor que ha conformados su propio universo literario al margen de cualquier tipo de halago. Proveniente del subdesarrollo terrible y mágico de Sudáfrica, su formación no ha dejado de ser emblemática para ser un escritor contemporáneo, asegura el narrador Mauricio Molina.

Coetzee, quien suele firmarse como John Maxwell, pero a veces también como John Michael, para confundir de manera intencional , y prefiere que se le conozca como J.M. Coetzee, estudió en las universidades de Ciudad del Cabo y Texas. Desde 1971 da clases en la Universidad de Ciudad del Cabo. Sus novelas, a menudo alegóricas o simbólicas, atacan el sistema del apartheid en Sudáfrica o echan abajo los ejemplos históricos del colonialismo.

Pocos escritores surafricanos han sabido equilibrar tan bien como Coetzee el reclamo de la justicia social con las exigencias técnicas y estéticas de la novela. Ganó el premio Booker por Vida y época de Michael K (1983), historia de un luchador por la libertad. Otras novelas son Tierras en penumbra (1974), En el corazón del país (1977),y Foe (1986). También ha publicado varios libros de ensayos, como Doblando el cabo: Ensayos y entrevistas (1994).

Su novela El maestro de San Petersburgo (1994) explora nuevos horizontes narrativos, haciendo regresar a un Dostoievski ficticio al San Petersburgo de 1869 desde su autoexilio de Dresden, donde se había escondido de sus acreedores rusos. 

Bajo el sello de Mondadori, en español se han publicado:
Desgracia, La edad de Hierro, Infancia, Juventud, La vida de los animales. El maestro de San Petesburgo, y En medio de ninguna parte.
Contactos:                                                   

Lo que se puede leer a continuación es una carta que aparece en el libro, una construcción literaria a partir de la famosa CArta de Lord Chandos, de Hoffmansthal, capítulo inédito de la próxima novela de J. M. Coetzee,  que se publicará en marzo de 2004.

«E n esos instantes, una criatura nimia, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano ya desmedrado, un camino de carros serpenteante sobre una colina, una piedra cubierta de musgo, son para mí más de lo que ha sido la amante más hermosa y entregada en la más feliz de las noches. Esas criaturas mudas y a veces inanimadas se alzan hacia mí con tal plenitud, con tal presencia del amor, que mis ojos dichosos no son capaces de encontrar ningún punto muerto en todo el entorno. Es como si todo cuanto existe, todo cuanto recuerdo, todo cuanto tocan mis confusos pensamientos, todo tuviera entidad».
   
Hugo von Hoffmansthal
Carta de Lord Chandos a Lord Bacon (1902)

   
Apreciado y estimado señor,

Habrá recibido usted de Philip, mi marido, una carta fechada este 22 de agosto. No me pregunte cómo, pero una copia de esa carta ha llegado a mis ojos, razón por la cual ahora añado mi voz a la suya. Me temo que mi marido le haya escrito en un acceso de locura, un acceso que ahora bien puede haber remitido. Le escribo para decirle: no es el caso. Todo lo que haya leído usted en esa carta es verdad, salvo una sola circunstancia: ningún marido podrá jamás ocultar a una esposa que lo ama una angustia del ánimo tan extrema como es la suya. Hace ya muchos meses que estoy al corriente de la aflicción de mi Philip, y he sufrido con él.

 

¿Cómo sobrevinieron nuestras penalidades? Hubo un tiempo, bien recuerdo, anterior a este tiempo de aflicción, en que él contemplaba como si estuviera embrujado los cuadros que representaban a las sirenas y las dríades, con el anhelo de ingresar en sus cuerpos desnudos y relucientes. ¿Y dónde, en todo Wiltshire, encontraremos una sirena o una dríade para que él haga la prueba? A la fuerza me convertí yo en su dríade: fui yo en quien él ingresó cuando aspiraba a ingresar en ella, fui yo quien notó sus lágrimas sobre mi hombro cuando de nuevo no pudo encontrarla en mí. Otórgame sólo un poco de tiempo, que aprenderé a ser tu dríade y hablaré como hablan tus dríades, le susurraba a oscuras, pero sin lograr darle consuelo.

 

Tiempo de aflicción es como llamo al presente, si bien en compañía de mi Philip también yo he pasado por momentos en los que alma y cuerpo se hacen una y la misma cosa, en que estoy lista para estallar en las lenguas de los ángeles. Mis embelesos: así llamo a esos embrujos. Me sobrevienen ¿escribo sin sonrojo, pues no es hora de sonrojarse? en brazos de mi esposo. Sólo él es mi guía; con ningún otro hombre conocería yo nada parecido. Me habla en cuerpo y alma, con palabras sin habla; me habla dentro, en cuerpo y alma, y me oprime con lo que ya no son palabras, sino espadas flamígeras.

No estamos hechos para vivir así, señor. Espadas flamígeras digo que mi Philip oprime en mí, espadas que no son palabras, pero es que no son espadas flamígeras ni son palabras. Es como un contagio, decir siempre una cosa en vez de otra (como un contagio, digo: a duras penas me abstuve de decir una plaga de ratas, pues las ratas de un tiempo a esta parte están por todos lados). Como una caminante (señor, retenga en mente la figura, se lo ruego), como una caminante entro en un molino, oscuro, deshabitado, y noto de pronto la tarima del suelo, podrida de humedad, ceder bajo mis pies y me precipito en las aguas alocadas que mueven las palas; con todo, pese a ser lo que soy (una caminante en un molino) tampoco soy eso; tampoco es un contagio el que continuamente me acosa, ni una plaga de ratas, ni espadas flamígeras, sino algo distinto. Nunca es lo que digo, sino algo distinto. De ahí las palabras que antes escribía: no estamos hechos para vivir así. Sólo las almas extremas están hechas para vivir de este modo, en donde ceden las palabras bajo nosotros como los tablones de una tarima podrida (vuelvo a decir como una tarima podrida, no puedo evitarlo, o no, ni quiero, si he de dejarle bien claro, señor, cuál es mi aflicción y la de mi esposo, dejar bien claro, digo, claroscuro, ¿por qué no poner en limpio, dejarlo sucio?).

No podemos vivir así, ni él ni yo ni usted, honorable señor (pues ¿quién podría asegurar que por medio de su carta, o si no por medio de la suya sí por medio de la mía, no pueda usted verse afectado por un contagio que no es eso, un contagio, sino que es algo distinto, siempre algo distinto?). Tal vez un día llegue un tiempo en que tales almas extremas, como es el caso de aquellas a las que me refiero, lleguen a ser capaces de soportar sus aflicciones, pero ese tiempo no ha llegado. Será un tiempo, si llega alguna vez, en que los gigantes o los ángeles tal vez campen a sus anchas por la tierra (dejo de contenerme, estoy fatigada, me entrego a las figuras de que antes me abstenía, ¿no lo ve, señor, no ve cómo me dejo llevar?, me dejo llevar por la avalancha, que así la llamo cuando no la llamo embeleso, la avalancha y el embeleso que no son iguales, aunque lo sean en algún sentido que ya desespero de explicar, aunque a mis ojos está claro, mis ojos, los llamo, mi ojo interior, como si dentro tuviera un ojo que mirase las palabras una por una a medida que pasan, como soldados en un desfile, como soldados en un desfile, digo).

Todo es alegórico, dice mi Philip. Cada ser es la clave de todos los demás seres. Un perro tumbado al sol, lamiéndose, dice él, es en un momento dado un perro y al momento siguiente es la vasija que contiene la revelación. Y tal vez diga verdad, tal vez en el ánimo de nuestro Creador (digo nuestro Creador), en donde nos arremolinamos como si circulásemos por el caz que lleva al molino, interpenetramos y nos interpenetran millares de seres semejantes a nosotros. Pero ¿de qué manera, le pregunto, de qué forma puedo yo convivir con ratas y perros y escarabajos que reptan a mi través día y noche, que se ahogan y jadean, que me arañan, que tiran de mí, que me apremian a adentrarme más en lo hondo, más aún, de la revelación? ¿De qué manera? No estamos hechos para la revelación, deseo exclamar a voz en cuello, ni yo ni tú, Philip mío, una revelación que desgarra los ojos como si clavásemos la mirada en el sol.

¿Sálveme, mi estimado señor, salve a mi esposo! ¿Escriba! Dígale que aún no es llegado el tiempo, el tiempo de los gigantes, el tiempo de los ángeles. Dígale que aún vivimos en el tiempo de las moscas. Las palabras ya no le llegan; se estremecen, se destrozan, es como si (como si, digo), es como si lo custodiase un escudo de cristal. Pero las moscas sí las entenderá, las moscas y los escarabajos aún se han de colar reptando al otro lado de su escudo de cristal, igual que las ratas; a veces yo, su esposa, sí, señor, a veces yo también me cuelo. Presencias del infinito: así nos llama, y dice que lo hacemos estremecerse, y yo desde luego que he sentido esos estremecimientos, en las agonías de mis embelesos los he sentido, tanto que ya no sabría precisar si eran suyos o eran míos.

Ni el latín, dice mi Philip ¿he copiado sus palabras?, ni el latín, ni el inglés, ni el español soportarán las palabras de mi revelación. Y así es, en efecto, pues incluso yo que soy su sombra sé cuándo estoy embelesada. Y él sin embargo le escribe a usted, señor, tal como le escribo yo, si bien tiene usted renombre entre los hombres por escoger sus palabras y colocarlas en su sitio y construir sus juicios como construye el albañil un muro de ladrillos. Ahogándonos, escribimos cada uno a partir de nuestros destinos separados. Sálvenos.
   
Su obediente servidora,
Elizabeth C.
A 11 de septiembre, A D. 1603

Traducción de Miguel Martínez-Lage Publicado inicialmente en la Vanguardia de España

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