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El
escritor sudafricano J. M. Coetzee, ganador
J. M. Coetzee, ganador del Premio Nobel de Literatura 2003, nacido en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, tiene publicados en español siete novelas con el grupo editorial Random House Mondadori, bajo el sello de Mondadori. Su
más reciente novela En medio de ninguna parte, acaba de
salir a Coetzee
es un escritor que ha conformados su propio universo literario al
margen de cualquier tipo de halago.
Proveniente del subdesarrollo terrible y
mágico de Sudáfrica, su formación no ha dejado de ser emblemática
para ser un escritor contemporáneo,
asegura el narrador Mauricio Molina. Coetzee, quien suele firmarse como John Maxwell, pero a veces también como John Michael, para confundir de manera intencional , y prefiere que se le conozca como J.M. Coetzee, estudió en las universidades de Ciudad del Cabo y Texas. Desde 1971 da clases en la Universidad de Ciudad del Cabo. Sus novelas, a menudo alegóricas o simbólicas, atacan el sistema del apartheid en Sudáfrica o echan abajo los ejemplos históricos del colonialismo. Pocos escritores surafricanos han sabido equilibrar tan bien como Coetzee el reclamo de la justicia social con las exigencias técnicas y estéticas de la novela. Ganó el premio Booker por Vida y época de Michael K (1983), historia de un luchador por la libertad. Otras novelas son Tierras en penumbra (1974), En el corazón del país (1977),y Foe (1986). También ha publicado varios libros de ensayos, como Doblando el cabo: Ensayos y entrevistas (1994). Su
novela El maestro de San Petersburgo (1994) explora nuevos
horizontes narrativos, haciendo
regresar a un Dostoievski ficticio al San Petersburgo de
1869 desde su autoexilio de Dresden, donde se había escondido de
sus acreedores rusos. Bajo
el sello de Mondadori, en español se han publicado: «E
n esos instantes, una criatura nimia, un perro, una rata, un
escarabajo, un manzano ya desmedrado, un camino de carros
serpenteante sobre una colina, una piedra cubierta de musgo, son
para mí más de lo que ha sido la amante más hermosa y entregada
en la más feliz de las noches. Esas criaturas mudas y a veces
inanimadas se alzan hacia mí con tal plenitud, con tal presencia
del amor, que mis ojos dichosos no son capaces de encontrar ningún
punto muerto en todo el entorno. Es como si todo cuanto existe,
todo cuanto recuerdo, todo cuanto tocan mis confusos pensamientos,
todo tuviera entidad». Habrá
recibido usted de Philip, mi marido, una carta fechada este 22 de
agosto. No me pregunte cómo, pero una copia de esa carta ha
llegado a mis ojos, razón por la cual ahora añado mi voz a la
suya. Me temo que mi marido le haya escrito en un acceso de
locura, un acceso que ahora bien puede haber remitido. Le escribo
para decirle: no es el caso. Todo lo que haya leído usted en esa
carta es verdad, salvo una sola circunstancia: ningún marido podrá
jamás ocultar a una esposa que lo ama una angustia del ánimo tan
extrema como es la suya. Hace ya muchos meses que estoy al
corriente de la aflicción de mi Philip, y he sufrido con él. ¿Cómo
sobrevinieron nuestras penalidades? Hubo un tiempo, bien recuerdo,
anterior a este tiempo de aflicción, en que él contemplaba como
si estuviera embrujado los cuadros que representaban a las sirenas
y las dríades, con el anhelo de ingresar en sus cuerpos desnudos
y relucientes. ¿Y dónde, en todo Wiltshire, encontraremos una
sirena o una dríade para que él haga la prueba? A la fuerza me
convertí yo en su dríade: fui yo en quien él ingresó cuando
aspiraba a ingresar en ella, fui yo quien notó sus lágrimas
sobre mi hombro cuando de nuevo no pudo encontrarla en mí. Otórgame
sólo un poco de tiempo, que aprenderé a ser tu dríade y hablaré
como hablan tus dríades, le susurraba a oscuras, pero sin lograr
darle consuelo. Tiempo
de aflicción es como llamo al presente, si bien en compañía de
mi Philip también yo he pasado por momentos en los que alma y
cuerpo se hacen una y la misma cosa, en que estoy lista para
estallar en las lenguas de los ángeles. Mis embelesos: así llamo
a esos embrujos. Me sobrevienen ¿escribo sin sonrojo, pues no es
hora de sonrojarse? en brazos de mi esposo. Sólo él es mi guía;
con ningún otro hombre conocería yo nada parecido. Me habla en
cuerpo y alma, con palabras sin habla; me habla dentro, en cuerpo
y alma, y me oprime con lo que ya no son palabras, sino espadas
flamígeras. No
estamos hechos para vivir así, señor. Espadas flamígeras digo
que mi Philip oprime en mí, espadas que no son palabras, pero es
que no son espadas flamígeras ni son palabras. Es como un
contagio, decir siempre una cosa en vez de otra (como un contagio,
digo: a duras penas me abstuve de decir una plaga de ratas, pues
las ratas de un tiempo a esta parte están por todos lados). Como
una caminante (señor, retenga en mente la figura, se lo ruego),
como una caminante entro en un molino, oscuro, deshabitado, y noto
de pronto la tarima del suelo, podrida de humedad, ceder bajo mis
pies y me precipito en las aguas alocadas que mueven las palas;
con todo, pese a ser lo que soy (una caminante en un molino)
tampoco soy eso; tampoco es un contagio el que continuamente me
acosa, ni una plaga de ratas, ni espadas flamígeras, sino algo
distinto. Nunca es lo que digo, sino algo distinto. De ahí las
palabras que antes escribía: no estamos hechos para vivir así. Sólo
las almas extremas están hechas para vivir de este modo, en donde
ceden las palabras bajo nosotros como los tablones de una tarima
podrida (vuelvo a decir como una tarima podrida, no puedo
evitarlo, o no, ni quiero, si he de dejarle bien claro, señor, cuál
es mi aflicción y la de mi esposo, dejar bien claro, digo,
claroscuro, ¿por qué no poner en limpio, dejarlo sucio?). No
podemos vivir así, ni él ni yo ni usted, honorable señor (pues
¿quién podría asegurar que por medio de su carta, o si no por
medio de la suya sí por medio de la mía, no pueda usted verse
afectado por un contagio que no es eso, un contagio, sino que es
algo distinto, siempre algo distinto?). Tal vez un día llegue un
tiempo en que tales almas extremas, como es el caso de aquellas a
las que me refiero, lleguen a ser capaces de soportar sus
aflicciones, pero ese tiempo no ha llegado. Será un tiempo, si
llega alguna vez, en que los gigantes o los ángeles tal vez
campen a sus anchas por la tierra (dejo de contenerme, estoy
fatigada, me entrego a las figuras de que antes me abstenía, ¿no
lo ve, señor, no ve cómo me dejo llevar?, me dejo llevar por la
avalancha, que así la llamo cuando no la llamo embeleso, la
avalancha y el embeleso que no son iguales, aunque lo sean en algún
sentido que ya desespero de explicar, aunque a mis ojos está
claro, mis ojos, los llamo, mi ojo interior, como si dentro
tuviera un ojo que mirase las palabras una por una a medida que
pasan, como soldados en un desfile, como soldados en un desfile,
digo). Todo
es alegórico, dice mi Philip. Cada ser es la clave de todos los
demás seres. Un perro tumbado al sol, lamiéndose, dice él, es
en un momento dado un perro y al momento siguiente es la vasija
que contiene la revelación. Y tal vez diga verdad, tal vez en el
ánimo de nuestro Creador (digo nuestro Creador), en donde nos
arremolinamos como si circulásemos por el caz que lleva al
molino, interpenetramos y nos interpenetran millares de seres
semejantes a nosotros. Pero ¿de qué manera, le pregunto, de qué
forma puedo yo convivir con ratas y perros y escarabajos que
reptan a mi través día y noche, que se ahogan y jadean, que me
arañan, que tiran de mí, que me apremian a adentrarme más en lo
hondo, más aún, de la revelación? ¿De qué manera? No estamos
hechos para la revelación, deseo exclamar a voz en cuello, ni yo
ni tú, Philip mío, una revelación que desgarra los ojos como si
clavásemos la mirada en el sol. ¿Sálveme,
mi estimado señor, salve a mi esposo! ¿Escriba! Dígale que aún
no es llegado el tiempo, el tiempo de los gigantes, el tiempo de
los ángeles. Dígale que aún vivimos en el tiempo de las moscas.
Las palabras ya no le llegan; se estremecen, se destrozan, es como
si (como si, digo), es como si lo custodiase un escudo de cristal.
Pero las moscas sí las entenderá, las moscas y los escarabajos aún
se han de colar reptando al otro lado de su escudo de cristal,
igual que las ratas; a veces yo, su esposa, sí, señor, a veces
yo también me cuelo. Presencias del infinito: así nos llama, y
dice que lo hacemos estremecerse, y yo desde luego que he sentido
esos estremecimientos, en las agonías de mis embelesos los he
sentido, tanto que ya no sabría precisar si eran suyos o eran míos. Ni
el latín, dice mi Philip ¿he copiado sus palabras?, ni el latín,
ni el inglés, ni el español soportarán las palabras de mi
revelación. Y así es, en efecto, pues incluso yo que soy su
sombra sé cuándo estoy embelesada. Y él sin embargo le escribe
a usted, señor, tal como le escribo yo, si bien tiene usted
renombre entre los hombres por escoger sus palabras y colocarlas
en su sitio y construir sus juicios como construye el albañil un
muro de ladrillos. Ahogándonos, escribimos cada uno a partir de
nuestros destinos separados. Sálvenos. Traducción
de Miguel Martínez-Lage Publicado inicialmente en la Vanguardia
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