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Una
necesaria reflexión
En esta rambla
singular, podrán encontrarse los más variados monumentos puestos
de cara al mar y que dan, además de lo particular que cada uno
encierra, una visión de la idiosincrasia de un pueblo abierto en
lo espiritual bien como en su identidad que conserva una veta ácrata
que torna en propio al visitante que se allega a estas tierras. Al recorrerla, y si
se parte desde su inicio de la costanera portuaria, al avanzar
habrá de llegarse, unos cuantos kilómetros después, a un
pronunciado recodo, de cara al mar, donde se halla el Memorial al
Holocausto del Pueblo Judío. Es común el
detenerse e ingresar al espacio verde del Memorial, no sin
transitar por un simbólico aunque real y breve tramo de rieles,
en recuerdo de los vagones que transportaron a tantos y tantos
seres humanos a su última morada. Hacerlo, caminarlo, genera otro
espacio y otro tiempo que el hasta entonces recorrido. El silencio
de los inocentes y hasta el nuestros más íntimos recuerdos, nos
envuelve, sobrecoge y prepara para el encuentro con la esencia
misma de lo humano, en su complejidad y contradicción: las
miserias y las grandezas del hombre. Más allá de los
durmientes dos pesados y encontrados murallones invitan a
traspasarlos por un brevísimo puente de madera, a cuya izquierda
observamos, labradas en elevados granitos, frases bíblicas y
mensajes trascendentes. A nuestros pies, un suelo tachonado de
adoquines, no nos duele puesto que ya nuestra mente comenzó un
paseo por los aires, con el azul del cielo por horizonte,
sintiendo la levedad que proporciona un estado espiritual
especial, proclive a meditaciones allende lo material, entendiendo
por tal lo utilitario, pero cercanas a lo dinámico de la vida en
el humano. Así, pues, uno se
aviene, luego de respirar hondo abriendo al máximo las narinas, a
dejar que principio ese proceso reflexivo que le llevará a
visitar las regiones más hondas del corazón. Pensar Auschwitz es
también pensar desde lo profundo del corazón porque no hay cómo
poder acceder al horror si no es desde la cordialidad máxima,
desde una apertura serena y amplia que permita transitar por los
gritos ahogados y los rostros crispados, hasta llegar a la luz de
cada una de esas almas atormentadas, en su momento de vida, por el
dolor que debieron soportar, pero iluminadas por la grandeza en la
cercanía con la esencia misma de la vida, al que supieron
acceder. No hay explicación para tanto dolor, solamente hay la
posibilidad de pensar en clave de amor, con tonos de un pensar
constructivo y semitonos de una pulsión cordial, repito, que
atempere el llanto y provoque la aurora de una serena sonrisa. Claro está, el
mero pensar reflexivo no convierte al hombre en humano y menos aun
en trascendente. Quien da curso a la
conciencia moral, podrá arribar a tal estadio en tanto esté en
armonía con el diapasón que ella resulta ser, al sopesar la
coherencia entre lo que la persona hace y aquello que la persona
tiene por recto y justo. La falta de coherencia, la duplicidad e
inmoralidad resultarán ser elementos inarmónicos, dando paso al
remordimiento al constatar en el interior de su ser las miserias y
bajezas que el hombre puede cometer, con extrema facilidad, si
desoye la voz interior; voz que está orientada por su conciencia
moral. Cuanto más
cercanos estamos al otro, mayor será el grado de compromiso con
nuestra sociedad y su mejor destino, el de todos. El escritor Imre
Kertész publicó “Un instante de silencio en el paredón”,
libro que reúne conferencias y artículos que conforman un
conjunto de expresiones de un ser esencialmente humano, solitario
y solidario que tuvo en su primera juventud el horror Auschwitz,
por citar uno, y sobrevivió; pero ¿cómo? Serán en estas mis
disquisiciones, a partir de las cuales intentaré aproximarme al
sentir y al pensar del hombre que sabe de otros hombres y mujeres
en situación de extrema insolvencia en dignidad y que no hizo
nada y hace poco por redimir a los muertos y rescatar a los vivos
del flagelo de Auschwitz; de ese engendro oscuro y siniestro que
nace de la renuncia del hombre común a su condición humana
mejor, la espiritual y racional, bien como de la mirada ofrecida
por este otro hombre, Kertész, laureado con el premio Nobel de
Literatura en el año 2002 pero que por sobre todas las cosas, es
un Sísifo vencedor aun a costa de haber dado de sí lo inaudito,
la sensibilidad lacerada de un niño que a los 14 años, debió
comprender en apenas un día –su primer día en aquel campo de
concentración- las heces del hombre degradado y degradante que
por una necrofilia aguda, procede en contra de sus congéneres
para no ver la hediondez que en él habita. Pero nada es tan
simple ni tan claro, porque nada fue a comenzar con la construcción
misma de los Auschwitz, sino que Auschwitz y el resto de los
campos de concentración fueron la consecuencia extrema y atroz de
lo peor de lo humano, alentado y permitido por muchos desde un
proceso que nace en lo anecdótico pero que se nutre y a partir de
la servidumbre voluntaria, recordando al joven Etienne de La Boétie. Por tanto,
iniciaremos nuestro andar por el sendero de nuestras conciencias a
ver si en el recodo del camino nos encontramos con el otro y al
hacerlo en el primero de nuestros impulsos vamos en su ayuda, en
un acto de apertura natural y sin cálculo, totalizador y
permanente. Veremos, entonces, si podemos ser hombres pero también
humanos. El
intelectual superfluo es el título de Kertész diera a la
conferencia pronunciada en la primavera de 1993 en la Academia
Evangélica de Tutsing, en cuyo ámbito, el pensador y escritor
judío-húngaro es invitado a hablar, por ejemplo, sobre los
intelectuales húngaros en el cambio de sistema operado hacia
fines del siglo XX. Y Kertész destaca, primeramente el aspecto
histórico de aquellos intelectuales que tuvieron roles opuestos.
Esto es, primero coadyuvaron a crear aquel sistema en cuya caída,
nos dice, desempeñarían décadas más tarde un papel destacado. Asimismo, hace
hincapié sobre la importancia, de diverso signo, entre
experiencia e ideología, en tanto quien confía más en el rigor
teórico, tiende a “acomodar” la percepción de la
experiencia, una vez que esta le resulta incómoda para el
correcto dibujo y plano que él configuró desde una teorización
que partió meramente de una abstracción producto de bases ideológicas
que terminan acomodando el proyecto y su posible consecuencia a la
fundamentación teórica que lo concibió. Así, alega Kertész, los
crímenes históricos de este siglo se deben en gran medida a la
excesiva abstracción, al furor del pensamiento que degeneró, por
así decirlo, en patológico y a la correspondiente absoluta falta
de imaginación. Es por eso que Kertész
establece una pareja de opuestos: experiencia e ideología, al
decir que: La experiencia no
hace más que perturbar a este intelectual teórico porque es
aquello que siempre se le escapa de las manos y pone obstáculos
inesperados ante la realización de sus grandes objetivos. A su
juicio, la experiencia es una oposición misteriosa escondida en
los rincones, el espíritu inasible del demonio que hay que
derrotar y eliminar como sea. Un instrumento bien conocido y
siempre útil para ello es la ideología. Por ello, nuestro
pensador aduce que: No es
casual que ponga en el centro de mi argumentación esta pareja de
opuestos: experiencia e ideología. Porque estamos hablando de la
realidad, que la experiencia desea conocer, la ideología,
dominar, y el artista, describir. Pero pongamos mayor
atención aun en las siguientes palabras: En
las tenazas de la ideología y de la experiencia, la situación
del escritor parece desesperada, al menos mientras no haga una
elección radical. Y sólo se encontrará en una situación
realmente difícil si en su elección radical opta por la
experiencia: en vano gira hacia aquí y hacia allá su materia,
pues sólo verá, en vez de realidad, armazones y estructuras en
que se pierde su materia, el objeto de su descripción: el ser
humano. Y la no tan
aparente “incomodidad” de la realidad, puede hacer que el
hombre pierda su equilibrio psíquico. Se
pone a escribir una y otra vez, agrega Kertész, y
no puede liberarse de una sensación de carencia, Primero porque
el error reside en su materia, pero pronto se da cuenta de que
debe buscarlo en sí mismo: simplemente ve las cosas desde una
perspectiva equivocada, y esto lo obliga a analizarse. Poco a poco
se da cuenta de que –para expresarlo con un término de los psicólogos-
piensa de manera obsesiva y que esta obsesión le ha sido
inculcada en gran parte desde afuera. Toma conciencia de que vive
en un mundo ideológico. Y el deseo de las formas puras lo incitará
a salirse de este mundo de perspectivas que se reflejan sin cesar
a ellas mismas y a encontrarse de nuevo frente a frente con la
tierra, el cielo y el destino humano. Y bien, las
incomodidades de estar a la par del acontecer, de pisar suelo
firme y ver tantas veces que los ideales deben también sopesarse
con las miserias que nos circundan, es tarea cotidiana para todos
nosotros salvo que la diferencia está, o al menos una primera
diferencia, pues las hay más y no pocas, en que realmente veamos
con los dos ojos y no meramente con uno y el otro cerrado. Vamos
que recordando a Nietzsche en su obra Aurora, dice al término de
uno de aquellos célebres párrafos que los
grandes problemas permanecen tirados en la calle, en tanto nos
subimos a la nube del ideal y cortamos, en una actitud esquizoide,
nuestra percepción de lo terrenal y cercano. Esto no dice contra
el tener ideales sino que apela a no utilizarlos como subterfugio
para una huida pseudointelectual de la realidad primera, la de
nuestro compromiso personal y societario. El conferencista
advierte que es propio del
ser humano el deseo de instalarse en su mundo dado como en un
hogar. Amaestra sus objetos y conceptos como si fueran animales
domésticos. Lo esencial es aferrarse a algo que le haga olvidar
su soledad y transitoriedad. Con este objeto, la ideología le
ofrece un mundo completo, si está dispuesto a transigir. Es un
mundo artificial, bien es cierto, pero protege al hombre del
peligro del que más lo acecha: la libertad. Dio, quizá
-y así lo entiendo yo, al menos-, en el centro de la
cuestión: El miedo a la libertad, como dijera Erich Fromm. El
temor a estar al descampado y ser, sin más, pero ser, humano.
Asumirse y asumir la responsabilidad que le cabe en esta sinfonía
de lo humano que comienza por advertir que la libertad siempre está
en peligro, es decir, que hay que cuidarla, previniendo la acción
de lo oscuro, sea en lo discriminatorio, en el intento de
avasallamiento, desde la oscura acción de los llamados hombres prácticos,
esos pusilánimes (almas pequeñas) perpetuadores de pesadillas
que, buscando no el pan sino la panadería, pasan sobre el otro,
porque para ellos, y voy a utilizar una frase muy común pero
cierta, el fin justifica los medios. Y con esto no alego que haya
que renunciar al hacer cotidiano y práctico de la búsqueda de
una vida serena, desde la acción de una labor en sociedad, en lo
productivo. No; no es eso sino su exceso y lo que justifica y
viene a partir de tales excesos: el totalitarismo. Kertész manifiesta
en este sentido que el
totalitarismo ideológico asesta en el fondo el golpe más duro a
la capacidad creativa y, por otra parte, es precisamente bajo la
luz de la capacidad creativa donde más se manifiesta su carácter
absurdo. (...) Porque sólo estas dos actitudes, la utopía
rechazadora y en particular la existencia de la víctima, superan
el mundo cerrado del totalitarismo y vinculan este mundo mudo e
insalvable al mundo
eterno del ser humano. (...) El poder ideológico acoplado al
totalitarismo pronto convence a sus subordinados que su mundo
cerrado es el único terreno posible para la vida y que lo más
conveniente es, por tanto, instalarse en él de manera duradera. Al hablar de la
distancia que pusiera en aquel entonces con los círculos de la
intelectualidad que más o menos funcionaban sea en la legalidad,
sea en la ilegalidad, él eligió el exilio espiritual voluntario,
puesto que en el mundo del
axioma materialista antes citado, el de la “realidad objetiva,
independiente de nosotros” en que tantos perdieron el simple
sentido de la realidad, llegué a la conclusión de que sólo
existe una realidad, yo mismo, y que de esta realidad singular debía
crear mi mundo singular. (...) Como ya he dicho, en contraposición
a la gran mayoría, no me interesaba cómo vivir en este mundo,
sino cómo interpretarlo. Y nuestro pensador,
porque el escritor sirve al pensador en tanto cronista de una
existencia singular, por lo histórica como por las turbaciones
que debió pasar y luego cómo, al caer en otro totalitarismo,
igualmente y merced a su faena de escritor, continuó en la porfía,
grandiosa porfía, del narrador que narra una vida crispada pero
abierta, aparentemente gris pero luminosa, fría pero con
gradaciones: la suya propia, con un grado de reflexión admirable. A poco de culminar
su conferencia, nos presenta, sin más, al personaje que anima y
pretexta estas líneas: ...hay que dejar en
claro en primer lugar que hablo de un tipo concreto de
intelectual. Llamo a este tipo el intelectual ideológico porque
la ideología en cuyo mundo material está obligado a vivir ha
impregnado y definido su modo de pensar, su sistema de normas de
actuación, en general, toda su vida espiritual y también su mera
existencia. Sea cual sea su relación con el poder que lo
mantiene, se vincula de todas maneras con él y su existencia
resulta injustificable fuera de este sistema de poder cerrado; por
eso, también podría llamarlo el intelectual vinculado al poder. Para
aclarar, seguidamente, que: El totalitarismo ideológico
convirtió primero en masa al individuo solitario, luego lo encerró
entre las paredes de un sistema estatal cerrado y después lo
rebajó convirtiéndolo en un accesorio sin vida de su maquinaria.
Ya no necesita redimirse porque no es responsable de sí mismo. La
ideología lo despojó de su cosmos, de su soledad, de la dimensión
trágica de su destino. Lo encajonó en una existencia determinada
donde su destino está marcado por su
origen, por su pertenencia a una raza o clase. Antes
de ingresar en un análisis y reflexión final, vale, por lo
sustantivo, citar estos otros pasajes de la conferencia en cuestión: No sólo despojaron
al hombre de su destino humano, sino también, por así decirlo,
de la percepción misma de la vida. Nos quedamos pasmados ante los
crímenes posibles en el estado totalitario cuando basta con
comprender en qué medida el nuevo imperativo categórico, o sea,
la ideología total, ocupó el lugar de la vida moral y de la
capacidad imaginativa del hombre. Al
nombrar los acontecimientos de 1989, con la desaparición de la
sociedad cerrada donde una importante capa intelectual no se liberó
sino todo lo contrario, advierte: perdió su mundo. Entonces, y
entre los dos cambios de gafas ideológicas, quizá vio por
primera vez sin tapujos la realidad, es decir, vio que resultaba
superfluo. Él, que se manejaba perfectamente en los entresijos de
poder de la sociedad cerrada, se hallaba de pronto frente a la
libertad, frente a algo demasiado elevado para que él tuviera
cabida. El
sobreviviente de Auschwitz, que supo en un día del poder de
destrucción del hombre y aun así sobrevivió, incluso
racionalmente, nos da a continuación una lección magistral por
lo práctica y elocuente del personaje que hoy nos ocupa, al
indicar que: Él,
que aprendió a colaborar con la policía secreta mientras
con los dedos a las espaldas hacía señas a su queridísimo
pueblo; él, que aprendió a leer entre líneas y a profetizar en
lenguaje cifrado, tomó conciencia de pronto de que la profecía
no era un artículo preciado en
el gran mercado de los productos europeos. ¿Qué hacer
consigo mismo? Quien alguna vez haya jugado con el poder o quien sólo
se haya comprometido como simple juguete del poder, nunca más será
capaz de pensar, meditar, hablar ni discurrir sobre otra cosa que
no sea el poder. No entendemos nada si nos remitimos únicamente a
los términos técnicos de la politología y no percibimos al
mismo tiempo con nuestras fibras nerviosas la terrible y casi
patológica angustia existencial del intelectual superfluo. Y
termina de la siguiente forma: Él, el intelectual
superfluo, no está preparado (...) sino para destruir con el
hacha de carnicero de la ideología toda pregunta verdadera que
emplaza a una solución. (...) He tratado de esbozar, aunque fuera
de manera deficiente e insatisfactoria, a un tipo en el que siento
encarnarse la crisis de nuestro tiempo, la gran pregunta que a
todos nos atormenta. La pregunta es tan sencilla como sólo pueden
plantearse las preguntas vitales y realmente importantes. Es la
siguiente: masa o individuo, sociedad cerrada o democracia
abierta, totalitarismo o libertad.... en última instancia: muerte
o vida. Y
uno al escucharlo, porque leerlo conlleva oírle proferir su
conferencia en tanto es nuestra conciencia moral la que repite en
voz lo que leemos en negro sobre blanco, queda estático. Hay un
instante, no sé de qué duración, en el que puede uno ver la
sucesión de imágenes desgarradoras, producto del martirio vivido
por tantos seres humanos a manos de mentes insanas que daban las
órdenes y mentes vacías, vacías de remordimiento, luego de
conciencia moral, esto es y primeramente sin un pensar reflexivo,
que actuaban “según las órdenes dadas”, y el frío se hace
sentir porque esto no es invención, esto forma parte de la
historia, de nuestra historia, la de los seres humanos y puede
repetirse y se ha repetido y, quizá, pueda volver a darse. Por
ello, con Emmanuel Lévinas, recordamos, una vez más que la
libertad consiste en saber que la libertad está en peligro. Pero
saber o ser consciente, es tener tiempo para evitar y prevenir el
momento de inhumanidad. El
pensador italiano Norberto Bobbio, habla, en torno al tema del
intelectual, de los clérigos y los madarines, al referirse tanto
a La traición de los clérigos,
de Julien Benda, como a Los nuevos mandarines,
de Chomsky. Y lo hace en cuanto al estudio del comportamiento de
una determinada clase de intelectuales en una circunstancia histórica
concreta. Esto es, nos dice, desde los intelectuales traidores de
los que habla Benda, a los intelectuales expertos, en particular
científicos y sociólogos a los que se refiere Chomsky, los
primeros son, sobre todo, humanistas, manipuladores de ideas, y
los segundos son, sobre todo, científicos, manipuladores de
datos. Unos merecedores de un juicio ético, los otros, aduce
Bobbio, merecedores de un juicio pragmático. Pero ambos,
sugerimos, son pasibles de la renuncia a un comportamiento ético
y moral que vaya más allá de los muros de su tribu, sea esta la
que fuere. Es decir, lacayos ilustrados, pero lacayos al fin y de
la peor especie, la que nutre de pensamiento y de ideas, en
proyectos o en artilugios de guerra, a los necrófilos que de
tanto en tanto, aparecen en la escena mundial. El
Maestro Bobbio, más adelante y al hablar de la Europa de la
cultura, da, como tantas veces, una lección magistral (lección
que se sustenta en una vida igualmente recta): (...) Si alguien me
pidiese una definición breve del carácter de nuestro tiempo ¿qué
podría decir salvo que está marcado por el equilibrio del
terror, un equilibrio del que ninguno de nosotros sabe si
y cuánto durará? , ¿quién puede negar que este terror
es hijo, él también, del “sapere aude” y, por tanto, paradójicamente,
del “no haber temido”? ¿qué es la temeridad sino el
desprecio del miedo (el no tener miedo de tener miedo), llevado
hasta el punto de generar un miedo imprevisto, mayor que aquél
del que se considera que nos ha liberado? Preguntarnos,
debemos preguntarnos y cuestionarnos. No podemos tener certezas
salvo que la búsqueda de lo verdadero es permanente y se valida
en el día a día, en la renuncia a posturas vanidosas e ilusorias
que atenten contra la dignidad del hombre, contra la esencia de su
hacer que nace de un imperativo ético: la libertad, la más
profunda, la que dice sí a la solidaridad nacida en el respeto
irrestricto para con el otro. Así
y todo, queremos recordar a Hannah Arendt quien en su estudio
sobre el totalitarismo, al referirse a la dominación total
manifiesta entre otros conceptos que: Los campos de
concentración y exterminio de los regímenes totalitarios sirven
como laboratorios en los que se pone a prueba la creencia
fundamental del totalitarismo de que todo es posible. (...) Los
campos son concebidos no sólo para exterminar a las personas y
degradar a los seres humanos, sino también para servir a los fantásticos
experimentos de eliminar, bajo condiciones científicamente
controladas, a la misma espontaneidad como expresión del
comportamiento humano y de transformar a la personalidad humana en
una simple cosa, algo que ni siquiera son los animales. Estamos
hablando del hombre común, pero de aquel hombre que renunció a
su responsabilidad y la proyectó en una figura, imagen o idea,
anulando, al mismo tiempo, su capacidad de razonar y valorar las
consecuencias de sus actos. Pero
aun en medio del mayor horror, hay una luz encendida. Tal es el
caso de la pequeña biblioteca de Auschwitz de la que prontamente,
así esperamos, el escritor Alberto Manguel habrá de publicar un
ensayo. Allí se narra la increíble pero verídica historia de la
existencia de una biblioteca de apenas un puñado de libros que
iban pasando de mano en mano y que, quizá, uno pudiera tener
consigo una hora en la semana. Así también, hubo personas que,
merced a su prodigiosa memoria y voluntad, podían reproducir
pasajes y textos completos que eran “visitados” como libros
abiertos. Dice Manguel algo maravilloso, al citar creencias de antiguos cabalistas: El universo no depende de lo que leamos, sino de la posibilidad de que lo leamos. Lo
que importa, entonces, es la intención, es el compromiso ético y
moral que nos anime, que nos impele a actuar, a ser más humanos.
No creemos ni somos deterministas, confiamos en la sorpresa aun en
tiempos de oscuridad que puede dar un hombre singular en la
historia y a la vida. Convencidos del valor de un hacer
responsable, es que visitamos con respeto y hondura, el
pensamiento de este hombre singular que es Imre Kertész y del
cual habremos de escribir otros páginas. La siguiente será a
partir de su novela Kaddish por el hijo no nacido, que
se emparenta, así lo entendemos, con su otra obra Yo, otro
/Crónica del cambio. Y lo
hacemos y haremos no por mero afán indagador, sino porque buena
cosa es el nutrirse de la fuente de vida que pese a su amargor,
producto de tanto dolor sufrido antes durante y después del
horror de Auschwitz, Imre Kertész da testimonio de vida y de
permanencia racional y esperanzada en la misma. Sin negar ni
esconder tanto su dolor como su escepticismo pero buscando y
encontrando los vestigios claros y variados de lo mucho y de lo
bueno que la persona tiene para dar cuando de vivir dignamente se
trata. La esperanza anida en el pecho de una persona singular, a quien seguramente habremos de cruzarnos al doblar la esquina, pero para verlos, para ver, sentir y respirar la esperanza, debemos levantar nuestras pesadas cabezas y permitirnos ver al otro y, así, en el cara-a-cara -que no precisa identificación minuciosa- percibiremos que la vida no sólo cobra sentido, sino que se sustancia al entrar uno en relación con los demás, en el darnos desde lo abierto de un corazón que si bien escucha al intelecto igualmente pulsa la vida, porque hay algo primero que es la libertad y libre es, creo yo, quien se permite escuchar a sus congéneres. De ahí a una vida socialmente comprometida, en el sentido de un obrar solidario, media un paso, pero hay que atreverse a darlo. Démoslo. Héctor Valle:Ensayista uruguayo de 49 años, que según su definición a "encontrado en la filosofía, o en la investigación filosófica un espacio donde deambular más que en busca de respuestas, en procura de las preguntas vitales a ser formuladas en el tono y momento apropiado. Este ensayo que publica La ONDA digital elavorado a pedido expreso, junto a otros colegas latinoamericanos, por la Escuela de Filosofía de la Universidad ARCIS de Santiago de Chile, Chile (www.philosophia.cl) para el dossier que HABRAN que se publicara en estos días en torno a "Pensar Latinoamérica". A brindado conferencias en universidades de la Argentina (Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Entre Ríos; Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Misiones; Facultad de Derecho de Buenos Aires; próximamente -13.9.03- en la Universidad de Morón, Buenos Aires; además de haber publicado y mantener vinculos con universidades y catedráticos de España (Universidad de Sevilla, Departamento de Estética y Hermenéutica A su vez, intervino en el primer número de una publicación de los estudiantes de Filosofía de la ciudad de La Coruña España. También a brindado conferencias de filosofía a partir de músicos y sus obras, en Escuelas Superiores de Música de la Argentina, para la cátedra de Ética y Derechos Humanos (a vía de ejemplo: Mahler o las tribulaciones del hombre, Haendel y la forja de una obra monumental, etcétera. 1
Kertész, Imre – Un instante de silencio en el paredón –
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