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El juego en el ALCA es
diferente al de Cancún

por el embajador Rubens Ricupero

Si la economía mundial se comparase con una torta, como acostumbra hacer el presidente del Banco Mundial, Jim Wolfensohn, o con una pizza, para usar un concepto familiar en el Brasil, cuál sería la dimensión y como se repartiría? La dimensión total andaría en el entorno de unos U$S 10 trillones. La porción mayor, de casi un tercio, le correspondería a los EE.UU. Con U$S 10 trillones, seguidos por la Unión Europea con más o menos U$S 9 trillones y Japón, entre U$S 4 y U$S 5 trillones. El resto quedaría para dividir en tajadas más menguadas para el resto de los desarrollados y los países en desarrollo.

Esta imagen sugestiva ayuda a comprender el tamaño relativo de los pedazos de la torta de la economía internacional y porqué, desde 2001, su crecimiento ha sido siempre inferior al previsto, año tras año. La razón es simple: más del 77% del sector productivo del mundo viene generando poca demanda de productos y servicios, pues el Japón continúa estancado, Europa crece poco o nada y los EE.UU. se expanden muy por debajo de su potencial. Los americanos contribuyen aún más para atenuar el problema, pues, gracias al sólido estímulo del déficit presupuestario y de los gastos militares, siguen importando del mundo más de lo que venden, profundizando la gigantesca brecha de la balanza comercial y provocando el inevitable debilitamiento del dólar.

El panorama sólo no es peor por causa de la única región de crecimiento rápido, Asia y el Pacífico, que se recuperó de la crisis de 1997 y persiste en crecer aceleradamente, a pesar de la debilidad de la economía mundial, de la epidemia del SARS, del conflicto de Irak, de los atentados terroristas en Indonesia. La excepción que impide a las estadísticas internacionales zambullirse en las profundidades polares es, en el fondo, China, creciendo a 7,8% o más por año e impulsando al conjunto de las 41 economías en desarrollo de Asia, con un crecimiento esperado del 5,3% para este año y 6,1% en el próximo. Tienden, así, a repetir el desempeño medio de 6% anuales que mantuvieron en toda la década de 1990.

Una de las explicaciones para esta robustez resistente a choques externos, es el dinamismo del comercio entre los asiáticos, que, hasta cierto punto, los protege de la anémica demanda externa. China superó a los EE.UU., por ejemplo, como primer mercado de Corea del Sur y de otros de sus vecinos del continente. Además, inclusive para proveedores distantes como Brasil y Argentina, el mercado chino está demostrando una voracidad insospechada, abriendo oportunidades de exportación de alimentos y minerales donde menos se esperaba.

Y en gran medida, debido a este fabuloso fenómeno de la rápida expansión de las economías nacionales y del aumento del comercio entre los asiáticos, es que comenzamos a percibir una transformación histórica en la estructura profunda del intercambio mundial. En 1980, cuando el gran viraje chino daba sus primeros pasos, el 69% de las exportaciones de los países en desarrollo se destinaba a los mercados industrializados del Norte (EE.UU., Europa, Japón). En 2001, este porcentaje había bajado a 57%, una reducción del 12% en 20 años. En ese momento, los mercados de las naciones en desarrollo ya respondían por el 48% de las ventas japonesas al exterior, 43% de las americanas y 34% de las europeas, excluyendo el comercio intra-regional de la Unión Europea.

De estas cifras emergen dos conclusiones. La primera es que las economías ricas y avanzadas cada vez necesitan más de los mercados en desarrollo, intensificando el grado de interdependencia de la economía global. La segunda es que el éxito económico de los asiáticos, China en el presente e India en el futuro, está poco a poco creando nuevas locomotoras, fuentes autónomas de demanda de importaciones de otros países en desarrollo, inclusive Brasil, revolucionando por completo las perspectivas del comercio Sur-Sur.

Esta dimensión económica concreta es una de las razones subyacentes que explican y justifican la creciente convergencia entre Brasil, India, China, otros asiáticos de relevancia, África del Sur, en la conformación de alianzas y coaliciones para negociaciones comerciales o económicas. Fue lo que sucedió en Cancún y puede volver a repertirse en otras situaciones similares donde se identifiquen intereses comunes o afines. Debería ser éste el caso de la reforma de la arquitectura financiera a fin de dar más voz y voto a las economías emergentes en el FMI y en el Banco Mundial, de los asuntos de propiedad intelectual, cambios climáticos o protección de los recursos de la biodiversidad. Es una lástima que, en el ámbito latinoamericano, brillen por su ausencia los ejemplos individuales de éxito en crecer y de vocación de afirmación de la autonomía. Nos falta, de hecho, una masa crítica de países capaces de generar una dinámica intra-regional como la de Asia, lo que torna particularmente desequilibradas y peligrosas a las negociaciones del tipo del ALCA, debido a la dificultad de componer alianzas de contrapeso al desmesurado poder americano.

Es un error, por esto, comparar situaciones disímiles como la actuación del Grupo de los 20 en Cancún y las perspectivas para la reunión del ALCA en Miami. En la Organización Mundial de Comercio, foro de casi 150 naciones, el poder de EE.UU. y de Europa está diluido por el volumen y diversidad de los otros miembros, así como por la presencia de un número razonable de actores de tamaño medio (como Brasil), dispuestos a promover sus legítimos intereses, si es preciso, en oposición a los grandes. En el ALCA, en contraste, el panorama siempre se presentó mucho más ingrato por ser geográficamente el área de directa influencia de la única hiperpotencia política y económica del globo y porque, salvo rarísimas excepciones, casi todos los países latinoamericanos y caribeños destinan al mercado de los EE.UU. entre el 40% y 88% de sus exportaciones. Contra esta realidad económica concreta, tiene un valor limitado la capacidad diplomática de articular una alianza como la del G-20, sin perjuicio de la reconocida competencia de la diplomacia brasileña.

Otro factor de complicación adicional es que Brasil sea tal vez el único ejemplo, en América Latina, de nación continental como China e India o, en menor escala, África del Sur. "Gigante pela propia natureza" no es sólo una expresión retórica del himno, sino que encierra consecuencias prácticas, una de las cuales es la que prefiero llamar de "excepcionalmente brasileña" y otros describen con palabras más negativas. De cualquier manera, el juego en el ALCA es diferente al de Cancún y mucho más duro. Nuestros jugadores van a precisar jugar unidos y requieren de todo el apoyo y estímulo que la hinchada les pueda brindar.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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