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El tiempo, el hambre, la herida
por Carlos Barbarito

Tal vez el único tema posible sea el tiempo -me dijo una vez el poeta en alguno de nuestros diálogos a la distancia-. En esto pensaba mientras leía su más reciente plaquette, una edición de bella factura y aún más bello contenido.*

No recuerdo con exactitud cuándo y en qué circunstancias supe de este poeta uruguayo radicado en España. Sí sé que ya son más de dos décadas de amistad postal y ahora cibernética, pobladas por fecundos intercambios de libros, cartas, mensajes por correo electrónico y archivos adjuntos. El tiempo, el mismo que nos trae arrugas y fatigas nuevas, también fue dándole a nuestra relación una progresiva consistencia y acercó nuevos materiales a nuestras respectivas literaturas. Signo visible de la madurez de Rosales es esta su nueva edición que aumenta otras anteriores de una de sus colecciones poéticas esenciales.

Quizás escribimos para exorcisar el tiempo que, parafraseando a Enrique Molina, nos madura para la muerte. Quizás escribimos por miedo a la muerte. O para no enloquecer. De todos modos, un raro, difícil, cansador oficio que, digámoslo con franqueza y sin dramatismo, paga poco y nada y nos exige todo o casi todo. Imagino en estos poemas, en su elaboración, lo usual: prolongados esfuerzos de prueba y error, dilatadas vigilias, acumulación de horas que la razón cree minutos y sobre la cabeza -ahora traigo a colación una de mis obsesiones- una viga a punto de romperse y caer sobre quien escribe.

Estamos hechos de horas. Los libros que escribimos están hechos de horas. Las horas, en su avance, adquieren múltiples rostros, diversas formas: nos empujan hacia el extravío, hacia las sombras (Ultima frontera), nos revela nuestra fugacidad, la fugacidad de lo que creemos bello (La cita y el filo), nos aproxima cierta revelación (Brisa) o confirma nuestra atávica ignorancia (El novio de la seguridad). Ante el paso de las horas, nos dice Rosales, es necesario aferrarse al deseo (que devora en un instante sin poder nunca saciar del todo el hambre (El ansia), a cierta locura (como la del anticuario, Rehén), a una especie de superstición literaria (Receta del trébol encendido), en fin, maniobras, artilugios que permiten, al menos, conciliar el sueño, asegurar –eso sí, con alfileres– el próximo despertar luego del paréntesis nocturno. 

Pero, como bien lo expresa el citado poema Ultima frontera, la lucidez del poeta es superior a esos juegos de la mente. Allí, sin vueltas, en un texto que considero central, núcleo de la obra, está grabado a fuego nuestro destino, el destino del hombre. Un viaje de progresivo despojo, de sucesivas pérdidas, un prodigioso extravío que lleva, desconectados los sistemas, hacia un puerto que es el postrero y del que, nos dice el poeta, supimos desde siempre, desde cuando jugábamos a ser lo que seríamos luego: Hasta ese horizonte creímos avanzar... Mas / ahí veo la calle donde jugué cual niño astronauta. 

Este breve escrito apenas si roza la superficie de los ricos materiales que componen El manantial invertido. Es, simplemente, una invitación a su lectura. Concluyo con unas líneas ante las cuales experimenté una profunda emoción porque hablan de cuanto nos ocupa, nos duele y maravilla: Parte la punta el lápiz en el pulcro papel... / Tú / has dado vuelta la cara y he visto la herida /del grafo... / Te busca su quebrado mensaje, un bisturí / de madera sin letras hacia dentro, / hacia el mástil. ¿Escuchas la grieta? / ¿Asumes la nieve, tus huesos, tu inminente / ausencia en el papel?

*Héctor Rosales. (1)El manantial invertido. 5ª ed. aumentada. 16 p. Colección Las otras voces / Serie Pliegos. Montebarna Ediciones.

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