|
El
nuevo gobierno, la nueva política ESTADO:
La transformación progresista Con
esta ponencia, pretendemos poner en conocimiento de Uds. el
alcance de las mismas, como insumo para un diálogo fecundo que
contribuya a transformar el Estado en la herramienta necesaria
para las grandes transformaciones que la sociedad uruguaya
requiere. En
uno de los documentos de trabajo sobre el tema, decíamos que, a
pesar del descrédito
y del virtual desmantelamiento a que lo ha sometido la embestida
neoliberal y conservadora, el Estado sigue siendo la máxima
instancia de articulación social. En los procesos de transformación
del Estado que han sido encarados por las sucesivas coaliciones
que han gobernado nuestro país desde 1985 hasta hoy, han primado
más los dogmatismos ideológicos o razones de conveniencia de
determinados grupos económicos que razones fundadas en el
verdadero interés general y en la capacidad de resolución política
del tema. El
gran ausente ha sido precisamente el enfoque político,
entendiendo la política como “mediación esencial entre los
ciudadanos y el mundo, (que) es lo que permite construir
representaciones y una palabra colectiva a partir de las cuales
los ciudadanos, individualmente impotentes, pueden manejar su
destino colectivo”[1] Esta
ausencia de lo político, es decir de la capacidad de actuar
colectivamente sobre el curso de las cosas, es lo que ha quitado
legitimidad a los procesos de reforma encarados hasta el presente. La
primer pregunta que podríamos formularnos es entonces si el
Estado Uruguayo actual permite la implementación eficaz de un
proyecto político que se centre en el desarrollo de la sociedad
sobre bases de equidad y sustentabilidad. La respuesta es
negativa, en la medida en que el Estado actual no contribuye al
desarrollo productivo, no es participativo ni genera instancias de
verdadera democratización, no es solidario, no se ha ocupado del
desarrollo de políticas sociales, etc. La
segunda pregunta a formularnos es entonces: ¿ Cómo abrimos este
Estado y lo transformamos en un estado a tono con las bases de
nuestro proyecto, en un estado cercano a la ciudadanía,
transparente y dispuesto a la comunicación, al diálogo y al
control social? Fue
la derecha conservadora quien asumió el protagonismo del cambio
en el caso del Estado. Era preciso cambiar el Estado para
conservar los privilegios. Esta concepción ideológica se genera
fundamentalmente en la Inglaterra de Thatcher y en los Estados
Unidos de Reagan a partir de la década del ochenta, profundamente
influida por la crisis estructural del modelo capitalista que había
prevalecido hasta 1973. En la medida en que el sector público
presentaba mejores índices de crecimiento que el sector privado,
las grandes empresas multinacionales deberían intervenir en estos
sectores de producción a efectos de mantener sus índices de
rentabilidad. Este
proceso de apropiación del sector estatal por las grandes
empresas privadas, se vio favorecido por la necesidad real de
implementar cambios en el deteriorado estado de bienestar,
cuyo modelo de gestión, basado en esquemas burocráticos
muy rígidos, empezó a resultar inadecuado para satisfacer las
necesidades de la sociedad post-industrial. En
el caso de los países de la región, encontramos una primera
etapa de modernización o reforma del Estado que se inicia con el
retorno a la democracia y que en general se asoció a la necesidad
de redemocratización y legitimación de las instituciones, a
procesos de formación y capacitación de cuadros gerenciales, y a
proyectos de desburocratización y racionalización de procesos
administrativos. A partir de 1990, comienza una segunda etapa en la reforma, que se apoya fundamentalmente en: -privatizaciones,
tercerizaciones o concesiones de obra pública Estas
medidas fueron precedidas por una vasta campaña de desprestigio
sobre el rol del Estado a través de la creación de falsos mitos
y preconceptos sobre su supuesta ineficiencia. Parcialmente
frenados por el Plebiscito de 1992, las privatizaciones y los
procesos de reducción del Estado, siguen a través de formas más
sofisticadas como las
concesiones de obra pública y la transformación de estructuras
estatales en Personas Públicas No Estatales que a partir de 1995,
se incluyen en el presupuesto nacional junto con algunas
disposiciones conocidas como “Reforma del Estado” que tenían
que ver fundamentalmente con mecanismos de reducción de
funcionarios públicos mediante retiros incentivados, reducción
del Estado y desregulación, de acuerdo a recetas diseñadas por
el FMI y apoyadas por el BID en toda Latinoamérica. Este
proceso ha continuado incluso hasta el año 2002, con leyes como
la de rendición de Cuentas de ese año y la mal llamada de
reactivación económica, que no han hecho otra cosa que desarmar
la carrera administrativa a nivel de los Recursos Humanos del
estado en la primera o permitir la privatización de áreas estratégicas
del país sin establecer las debidas instancias de control por
parte del Estado. De
esta manera, el concepto de reforma del Estado se ha venido
asociando al concepto de su reducción, de la desregulación y de
las privatizaciones. En
realidad, la tendencia a la “privatización” que se manifiesta
desde el proyecto neo-conservador beneficia solamente a ciertos
grupos económicos poderosos y no al conjunto de individuos
“privados” que componen la sociedad. Los pequeños y medianos
productores, los asalariados, los niveles medios de la sociedad e
incluso los empresarios serios están totalmente desamparados por
este Estado “privatizador”, y esto marca la gran falacia del
discurso de la derecha. Como dice Oscar Oslak, “Dejemos
de lado la ficción de este supuesto nuevo protagonismo que estaría
asumiendo “la sociedad”, supuesta heredera de franjas de acción
estatal privatizadas. Bien sabemos que los verdaderos “derecho
habientes” son los grupos económicos más poderosos y que,
lejos de conducir a una gestión más democrática de la cosa pública,
el reparto de la sucesión tiende a crear un verdadero estado
privado” [2] Estado
privado que se estaría oponiendo entonces al concepto mismo de
Estado pues el interés general es el presupuesto básico de la
acción estatal ya que el interés directo e inmediatamente
perseguido guarda una estrecha relación con las potestades públicas
que dinamizan y regulan la actividad estatal hacia objetivos de
bien común o de interés general. En
síntesis, podemos decir que el Estado uruguayo se encuentra
actualmente debilitado desde dos aspectos: 1- Por un lado, la herencia de las prácticas abusivas de
los sucesivos gobiernos de turno, que generaron un sistema de
movimientos lentos, pesados y clientelistas. Esta situación
aceleró la crisis de un Estado de Bienestar que en los primeros
cincuenta años del siglo veinte, se había constituido en uno de
los pilares de nuestra identidad nacional, ligado a buena parte de
los logros de desarrollo en esa época. 2-
En segunda instancia, el Estado ha sufrido los embates de
la arremetida neoliberal antiestatista que, amparándose en el
descrédito que sus propios representantes habían contribuido a
generar, pretendió reducir al Estado a su mínima expresión.
Como
consecuencia de esto, el Estado actual presenta los siguientes
problemas centrales:
En
el caso de los procedimientos administrativos, los mismos son
lentos y pesados. Falta
de especialización en cometidos específicos de los diferentes
organismos, duplicidad de funciones, dimensionados e inadecuados
con respecto a los cometidos.
Desde
el lugar del ciudadano común, se percibe un deterioro en la
imagen del estado y el
sistema político por causas de: mal manejo de los dineros públicos,
clientelismo político, tarifas públicas elevadas y alta carga
tributaria a la población. No
cabe duda entonces que es necesario reformar el Estado. El
concepto mismo de Reforma del Estado está profundamente ligado al
concepto de cambio y de innovación, que son la esencia misma de
un proyecto progresista de país. Por lo tanto
reivindicamos claramente la Reforma del Estado como un
proyecto propio.
En
definitiva, la reforma del Estado en un sentido progresista debe
sustentarse e insertarse necesariamente en un gran proyecto político-cultural
que tienda a generar en la sociedad “un nuevo sentido común, un
nuevo consenso, nuevos valores”. [3] Objetivos
estratégicos de una reforma progresista
En
términos estratégicos, este Estado deberá desempañarse como
articulador de un Acuerdo
Social, que tienda al logro de estos objetivos. El diseño
de las políticas deberá hacerse en forma articulada, en forma
intersectorial, y teniendo en cuenta el concepto de la cuestión
social. La
clave del éxito de una reforma del Estado en un sentido
progresista pasa por la combinación de ambas facetas del Estado y
para ello deben introducirse criterios de mayor eficiencia y
productividad en la estructura estatal junto a políticas sociales
más profundas y eficaces. Paralelamente,
esta transformación debe estar enmarcada en la profundización de
valores éticos como ser transparencia, austeridad, solidaridad,
honestidad en el manejo de los dineros públicos, en el entendido
que no es posible desvincular ética y economía como han
pretendido hacer las visiones económicas predominantes en los últimos
gobiernos de turno. Como
sostiene Bernardo Kliksberg, “es
imprescindible en una América Latina agobiada por grados agudos
de pobreza y desigualdad, (los mayores del plantea) recuperar la
estrecha relación que debería haber entre valores éticos y
comportamientos económicos.
Ello significa poner en el centro de la agenda pública
temas como la coherencia de las políticas económicas con los
valores éticos, la responsabilidad social de la empresa privada,
la eticidad en la función pública, el fortalecimiento de las
organizaciones voluntarias y el desarrollo de la solidaridad en
general “. [4] El
reciente accionar del gobierno con relación a la subasta de la
operación del Aeropuerto Internacional de Carrasco es un ejemplo
paradigmático de la ausencia de valores éticos a que hacíamos
referencia. A la totalmente errónea decisión de privatizar una
empresa pública rentable y con claro valor estratégico, se agregó
la desprolijidad y falta de transparencia en el proceso de
subasta, que, al negar la precalificación de los oferentes,
espantó a posibles inversores serios y facilitó la apropiación
de la operativa por parte de una empresa demandada por estafa y
por no pago de sus compromisos contractuales en otros países. En
tal sentido, asumimos el compromiso ineludible del combate frontal
a toda forma de corrupción. Entendemos que el Estado uruguayo
debe emitir señales claras en este sentido como forma de promover
un desarrollo social y económico sustentable. Las
señales que emita el Estado hacia el conjunto de la Sociedad
civil deben trasuntar
en cada una de sus acciones este espíritu transformador y
progresista. La sociedad debe percibirlas con nitidez y de este
modo lograrse un real involucramiento de las grandes mayorías
nacionales en las cuestiones de la cosa pública. Así podremos
hacer posible la construcción de un Estado potente que tenga por
sustrato una fuerte participación democrática que le aporte
altos grados de legitimación social de los que carece
actualmente. Existe un consenso generalizado entre la gente de que
el funcionamiento del Estado es negativo ya sea porque es pesado,
lento, ineficiente o caro; hay una percepción de que el Estado es
una especie de “monstruo maligno” al que debemos enfrentar
todos los días a la hora de hacer un trámite, pagar una tarifa,
etc. Debemos revertir esta situación realizando una fuerte
priorización del usuario/contribuyente en tanto ciudadano con
capacidad de acción política para demandar por sus derechos tal
como observan Narbondo y Ramos en su artículo “Reforma
administrativa y capacidad estatal de conducción”
[5] Entendemos
que esta priorización deberá estar presente en el diseño de las
políticas públicas, así como también a todos los niveles
operativos de la gestión estatal. Comprometemos nuestra voluntad
política pero también las acciones tendientes a generar los
cambios necesarios en todos los niveles. Como
subraya el Premio Nobel de Economía Amartya Sen, “Los valores
éticos de los empresarios y los profesionales de un país (y
todos los actores sociales clave) son parte de sus recursos
productivos” Nuestra
reforma apunta por lo tanto, a generar cambios importantes en el
Estado, actuando en la esfera de la sociedad en su conjunto,
con el objetivo de revertir pautas culturales y las
relaciones de poder que se establecen. Estos
procesos deberán darse también en diferentes tiempos. Porque el
tiempo de los excluidos, de ese 30% de los uruguayos que está por
debajo de la línea de pobreza, es el ahora, el ayer incluso, y
todos sabemos que el tiempo de los cambios culturales profundos es
otro, y el tiempo administrativo es un intermedio entre estos dos.
Es un aspecto político clave para nuestra reforma, que el próximo
gobierno progresista pueda transitar adecuadamente por estos tres
tiempos, articulando las urgentes transformaciones necesarias con
los cambios de más largo aliento. Como
veíamos en el diagnóstico realizado, el Estado uruguayo de las
últimas dos décadas se ha ido adecuando a un modelo que priorizó
al país en su rol de plaza financiera con relación al país
productivo. La conducción de la cosa pública pasó a desplazarse
hacia el mercado, creando un vacío en la capacidad de conducción
política del Estado. Los
dos grandes objetivos que presentamos al inicio de este capítulo,
se materializan a través de estrategias de cambio que, con relación
al Estado, se sitúan en dos planos diferentes: por un lado un
conjunto de políticas tendientes a generar cambios metodológicos
hacia adentro del sistema estatal, y por otro, políticas que se
ubican en la relación del Estado con la sociedad en su conjunto. Con
relación a los sistemas de gestión, los modelos de reforma
iniciados a mediados de los ochenta y que siguieron en la década
del noventa, presentaron una clara tendencia a la asimilación
casi mecánica de gerencia pública con gerencia privada,
trasladando a la primera las lógicas y modelos de gestión de la
segunda. Esta ignorancia de las naturales especificidades de la
gerencia pública, llevó al fracaso de estos modelos, desde el
punto de vista de sus posibilidades de implementación y de su
legitimidad. El
gran desafío que se plantea entonces a un futuro gobierno
progresista es como lograr la necesaria transformación en los
modelos de gestión públicos, a partir del reconocimiento de su
propia especificidad. La
experiencia demuestra que los diferentes intentos por introducir
cambios en los modelos de gestión generalmente se enfrentan a múltiples
dificultades, ya que los aspectos componentes de la cultura
organizacional son los más resistentes a los cambios, en la
medida en que estos afectan e interfieren con hábitos,
seguridades, roles asumidos, posiciones de poder, etc... Será
necesario por tanto reformar el sistema de gestión hacia adentro
del Estado, generando cambios culturales irreversibles a través
de la creación de un nuevo sistema de valores que logre permear
la cultura político-administrativa vigente. 1)-
Un necesario cambio de enfoque Se
trata de encaminarnos hacia modelos de gestión que prioricen la
integración y la participación, que tiendan a la articulación
social, fortaleciendo redes, de forma que los cambios se produzcan
con los propios beneficiarios. No se trata de administrar recursos
sino de diseñar y gestionar políticas públicas. Desde
nuestro concepto de Democracia Sobre Nuevas Bases, se trata de
democratizar al Estado, democratizar a la sociedad civil, y de
articular Estado y sociedad civil. Democratizar el Estado quiere
decir profundizar la descentralización ...... [6] De
acuerdo a la propuesta de nuestro Departamento de Programa,
sostenemos que la búsqueda de la descentralización política
deberá impregnar al conjunto de las políticas públicas.
Este rasgo deberá caracterizar al modelo de desarrollo en sus
aspectos económicos, sociales y políticos. Esto además de estar
en consonancia con nuestro proyecto estratégico de una democracia
extendida, busca potenciar los desarrollos locales, dotando al nuevo modelo de equidad regional y
de un mejor aprovechamiento de las potencialidades y los recursos
propios de cada región. [7] Desde
el punto de vista de los escenarios organizacionales, será
necesario concebir modelos más flexibles y dinámicos en
sustitución de la organización jerárquica vertical. Estos
nuevos modelos organizacionales están en mejores condiciones de
enfrentar la creciente complejidad de los problemas sociales y un
entorno turbulento y cambiante, que será sin duda el escenario
con que nos vamos a encontrar. Este tipo de gestión se encuentra
más vinculada a la creatividad y a la innovación que al orden y
las técnicas tradicionales. Como
señala Bernardo Kliksberg [8],
se trata de gerenciar metasistemas, combinar múltiples
instituciones, establecer redes, conformar modelos
organizacionales no burocráticos, flexibles, abrir todos los
mecanismos a la participación comunitaria, monitorear sobre la
marcha los programas, desarrollar una contraloría social de los
mismos. y esto no se logra con recetas de “business
administration” ni con burocracia tradicional. Será necesario
formar gerentes sociales preparados no sólo en el sector público
sino también en la sociedad civil, comunidades de base, etc. 2-
La gestión de complejidad Las
posibilidades de incidir en forma efectiva y generar cambios en el
tejido social existente, requieren de decisiones que presenten
posibilidades reales de implementación. Estas decisiones deberán
construirse sobre delicados procesos de negociación y concertación,
de articulación de los diferentes actores sociales. Esta situación
plantea un cambio epistemológico importante en nuestra forma de
razonamiento, tradicionalmente edificada sobre la base de la
especialización y la fragmentación. Debemos tender a la formación
de equipos multidisciplinarios, rompiendo las barreras de la
especialización. 3)-
Los necesarios cambios metodológicos El
diseño de las políticas públicas debe hacerse a partir de un
proceso de planeamiento estratégico que involucre a los
diferentes actores en los procesos productivos o sociales. Para
encarar realmente la potenciación de nuestro sistema productivo,
debemos estar simultáneamente diseñando estrategias de inserción
de esa producción en el marco regional e internacional. Este diseño
debe hacerse con el involucramiento de todos los actores y
sectores: el sector público, los empresarios, los trabajadores,
la academia. La
necesidad de una retroalimentación permanente del sistema de
planeamiento y la necesidad de descentralizar la toma de
decisiones, plantea por otra parte la necesidad de una reformulación
de los sistemas de evaluación y control. No podremos llevar
adelante una descentralización real de la gestión y desarrollar
la participación sin un adecuado sistema de indicadores de gestión
que permitan un monitoreo de los aspectos claves del desempeño
del Estado. En
este aspecto los socialistas queremos ser absolutamente claros. No
se debe confundir un Estado articulador y democrático con un
Estado débil. El Estado no puede renunciar al control, porque de
lo contrario estaría renunciando a uno de sus cometidos
esenciales que es la mediación entre los intereses individuales y
colectivos. Sostenemos
con convicción la necesidad de establecer reglas de juego claras
y mejorar los actuales sistemas de control, tanto a nivel interno
de la administración como en la relación del Estado con el resto
de los actores sociales. En
tal sentido, será necesario que el Estado realice un control
exhaustivo del cumplimiento de los compromisos asumidos por las
empresas privadas en los contratos de tercerizaciones y
privatizaciones realizadas. Entendemos que éste es un imperativo
ético, que a la vez emite un mensaje inequívoco acerca de la
seriedad del país. Serán
importantes los controles a posteriori, pero también los
controles previos, a efectos de asegurar el cumplimiento estricto
de normas y procedimientos que aseguren la transparencia de los
mismos. No debe confundirse esto con un exceso de burocracia. Se
trata de combinar
adecuadamente la ética en los procedimientos y en el manejo de
los recursos públicos con la eficacia en el cumplimiento de los
objetivos. Por eso será necesario ir mejorando el diseño de los
sistemas de control de la gestión, a través de una batería de
indicadores cuantitativos y fundamentalmente cualitativos, que
permitan evaluar la calidad de las decisiones tomadas y que no
queden en aspectos meramente formales. 4)-
Hacia una gestión estratégica de los Recursos Humanos Capacitación
hacia adentro, como forma de profesionalizar la gestión pública,
formando gerentes y funcionarios que tengan el perfil adecuado
para llevar adelante los proyectos de desarrollo sustentable.
Gerentes que estén abiertos a la innovación, que practiquen una
gerencia de frontera tecnológica, abiertos a la concertación, a
la negociación y a la articulación social y que desarrollen los
cambios actitudinales que les permitan una gestión eficaz,
asumiendo la misma con sentido de responsabilidad y compromiso. Es
preciso recuperar para los funcionarios públicos la dignidad de
su función y de su carrera, que han sido tan manoseadas por las
últimas reformas de sentido neoliberal. Asimismo, se deberán
revisar los sistemas de evaluación de desempeño, de forma que se
transformen en instrumentos eficaces de la mejora de la gestión. Hablábamos
de capacitación hacia adentro, pero también capacitación hacia
el resto de los actores sociales y la sociedad civil en su
conjunto, de forma que puedan asumir una participación real en
los procesos de descentralización y protagonizar un real
involucramiento en las decisiones colectivas, de acuerdo a nuestro
concepto de Democracia Sobre Nuevas Bases. Esta
capacitación no implica solamente transferencia de conocimientos
o tecnologías sino fundamentalmente la generación colectiva de
un nuevo sistema de valores y consensos en la lógica de un amplio
proyecto político-cultural. En
síntesis, se deberá profundizar en los siguientes aspectos:
Las
disfuncionalidades que relevamos en el Estado uruguayo podríamos
agruparlas en dos grandes aspectos: 1.
Existen claros signos de ineficacia e ineficiencia en
grandes segmentos de su gestión. 2.
Tenemos un Estado caro. Respecto
al tema de la eficacia y eficiencia, desde el modelo neoliberal,
se ha venido insistiendo machaconamente en una posición maniquea
que asocia lo estatal a lo no rentable, burocrático e ineficiente
y lo privado a lo exitoso, eficiente, dinámico y ganancioso. Decir
que las empresas privadas son más eficientes que las públicas no
pasa de ser un cliché ideológico falso y si bien puede tener
cierta contrastación empírica no es por un tema jurídico sino
fundamentalmente la cuestión pasa por un tema político-económico
de gerenciamiento y administración de recursos. Estos
conceptos se han venido manejando a través de una dicotomía en
blanco y negro que lleva intrínseco un error de falsa oposición.
Independientemente
de estar convencidos de que podemos administrar mejor que la
derecha el aparato estatal en base a los criterios éticos
anteriormente expuestos y a la experiencia acumulada en todos
estos años en el Gobierno Departamental de Montevideo, sostenemos
claramente que el sentido el sentido de la eficiencia y de la
eficacia no son patrimonio exclusivo de la derecha ni del ámbito
de lo privado. La
eficiencia en el Estado no es un concepto de derecha ni de
izquierda sino un imperativo
ético en el manejo de los recursos públicos; así como la
eficacia es una condición
necesaria para
el logro de los objetivos estratégicos del Estado.
En
tal sentido, Bernardo Kliksberg plantea “la
desmistificación con fuerza cada vez mayor de la supuesta
ineficiencia congénita del Estado, mito planteado propagandísticamente
por sectores interesados. No se discute que el estado actual tenga
amplias áreas de ineficiencia y que una reforma profunda es
imprescindible. pero sí se discute que la ineficiencia del Estado
sea un “hecho de la naturaleza”. No hay datos de investigación
serios a nivel comparado que respalden este acerto, que estaría
basado en claros sesgos ideológicos y sí, por el contrario, hay
nutrida evidencia empírica en sentido contrario.”...[9] La
cuestión de la eficacia y eficiencia estatales no se limita a una
cuestión de ordenamiento jurídico. Al respecto, consideramos un
tanto irrelevante y estéril la dicotomía Derecho Publico o
Derecho Privado como mejor encuadre jurídico El
Derecho Público en sí mismo no es sinónimo de ineficiencia;
estas mismas Administraciones lo han demostrado. Los que en todo
caso son ineficientes son los operadores del Derecho Público
–gobernantes y funcionarios- que con su ineficiencia e ineptitud
bastardean los instrumentos públicos. El
pensamiento del Prof. Alberto Ramón Real traduce impecablemente
la problemática de las relaciones entre el Derecho Público y el
Privado: “La clasificación del ordenamiento jurídico y de las
ciencias jurídicas en un sector público y uno privado responde a
ciertos datos “a priori” ( toda norma puede lógicamente ser
situada en uno de dichos campos) y satisface necesidades teórico-prácticas
permanentes. Es imposible una determinación exacta y completa,
“ratione materiae”, de objetos constantes e invariables de
Derecho Público y Derecho Privado porque sus fronteras varían
según las concepciones político-ideológicas imperantes en cada
pueblo y en cada momento histórico, respecto de los fines del
Estado; y según las peculiaridades técnicas de los derechos
positivos nacionales.” Lo
que queda claro, también siguiendo a Real, es que el núcleo de
principio del Derecho Público está constituido por la organización
y actividad de los entes estatales y de sus entidades auxiliares (
públicas no estatales), y de sus relaciones entre sí y con los
particulares. Y
tampoco se trata de una cuestión de tamaño. Debemos ser claros,
la cuestión del tamaño del Estado uruguayo y de su tan mentado
“achicamiento”, es para nosotros una cuestión accesoria,
derivada y hasta si se quiere consecuencial del tema principal de
la eficacia y eficiencia en la gestión estatal. Con
relación al tamaño del Estado, Bernardo Kliksberg, en su trabajo
antes mencionado, alertaba sobre la “infertilidad de tratar el
tema (de la eficiencia) exclusivamente desde el
“reduccionismo” del tamaño”. En la mayoría de los países
desarrollados, la relación gasto público sobre PBI oscila en un
promedio superior al 40%.
Kliksberg citaba en su trabajo, una investigación realizada en
115 países durante veinte años (1960/80) que llegaba a estas
conclusiones: “ a) cuando
creció el tamaño del estado creció el PBI; b) al crecer el tamaño
creció el producto bruto no gubernamental (economía privada); y
c) el crecimiento de ambos factores fue ,mayor en países de menor
PBI inicial “...[10] Esta
es la cuestión principal, no se trata de tener más o menos
Estado sino construir un mejor
Estado. Respecto
al costo del Estado, no puede caber duda de que es elevado y que
no puede sostenerse si queremos reactivar el país. Nuestras
tarifas públicas son excesivamente elevadas – lo que afecta
notoriamente el consumo y la producción -
en la medida de que a un sistema tributario esencialmente
regresivo, se le ha
sumado el hecho de que, en los últimos tiempos, las empresas públicas
del país se han transformado en agentes recaudadores del Gobierno
central vía impuestos y transferencias. La
estructura de precios de las empresas estatales encubren
impuestos, transferencias crecientes a Rentas Generales e
ineficiencias de gestión. Este
esquema económico-financiero no puede sostenerse pues afecta
decididamente la competitividad de nuestras empresas y los niveles
de consumo y bienestar de nuestra población. Es así que debemos
encarar con urgencia un progresivo proceso de rebaja real de las
tarifas públicas que haga posible a su vez la rebaja del llamado
“costo país”, sobre todo mediante una profunda reforma
tributaria que alivie, en cierta medida, la carga tributaria sobre
las tarifas ( sobre todo en los combustibles ) pues es altamente
pernicioso e incluso con visos de inconstitucional, que detrás
del precio de un servicio público se encubran impuestos. Grandes
líneas de acción estratégica Nuestra
fuerza política no quiere un Estado totalizador y omnicomprensivo
pero sí un Estado fuerte, moderno y activo, no prescindente. Queremos
un Estado descentralizado, un Estado “amigo”, pero al mismo
tiempo un Estado que
intervenga con firmeza y determinación en las áreas estratégicas
del país y en el diseño e implementación de las grandes políticas.
En síntesis, un Estado descentralizado en su gestión pero sujeto
a sistemas centralizados de control. Todas
las experiencias internacionales en procesos de desarrollo
sostenido revelan que se requiere un fuerte e innovador grado de
intervencionismo estatal que haga posible lograr una
imprescindible acumulación de capital, innovación tecnológica y
apertura de mercados. Podríamos
decir que las estrategias de la transformación progresista del
Estado pasarían por 4 ejes fundamentales: 1)
La potenciación del
desarrollo de los cometidos esenciales. La
doctrina administrativista, con ligeros matices en razón de las
distintas concepciones de modelos de Estado que puedan tenerse, ha
delimitado estos cometidos a los siguientes: la función
legislativa, la seguridad y defensa, la política exterior, la
administración de justicia y las finanzas públicas. Las
tesis neoliberales han justificado su argumentación acerca de la
necesidad del
achicamiento del Estado, entre otras consideraciones, en el hecho
de que el repliegue del mismo de actividades que pueden ser
llevadas a cabo por los particulares de una manera más eficiente,
posibilitaría que el Estado concentrase todos sus recursos y
energías en cumplir mucho mejor sus cometidos esenciales. Esto
no se ha visto contrastado por la práctica de estas últimas décadas
de predominio neoliberal. En efecto, si bien se ha logrado cierta
reducción de las estructuras del Estado como consecuencia de la
transformación de sectores del mismo en personas públicas no
estatales enmarcado en una estrategia privatizadora encubierta
(que podría haber sido mucho más grave de no mediar el
pronunciamiento popular en el plebiscito de la Ley de Empresas Públicas)
esto no se ha visto correspondido por un empuje en el ejercicio de
estos cometidos. Sin
estos cometidos esenciales potenciados al máximo, sobre todo la
seguridad pública y la justicia, es imposible concebir un
desarrollo sustentable con niveles de equidad en la medida que
operan como telones de fondo imprescindibles para alcanzar estas
metas. 2)
La conducción de las áreas estratégicas del país. Estas
áreas recaen en torno a empresas públicas (ANCAP, UTE y ANTEL: las tres empresas más
grandes del país, OSE, ANP, BROU, BSE y BHU ) que revisten la
forma jurídica de Entes
Autónomos o Servicios Descentralizados, organismos que
expresan la descentralización por servicios en nuestro
ordenamiento jurídico. Una excepción a esta situación sería la
de los aeropuertos
que están en la órbita del Ministerio de Defensa Nacional y
deberían transformarse en una empresa pública. El
Estado progresista debe procurar que las empresas públicas
acrecienten su valor económico tanto sea en un esquema monopólico
como en un marco competitivo desregulado. La desregulación no
debe hacerse con el fin exclusivo, como pretende la derecha, de
que ganen los agentes privados ( generalmente poderosos grupos
económicos trasnacionales) y pierda el Estado. Esto no pasa de
ser una postura ideológica. Creemos
imprescindible establecer marcos regulatorios de todas estas áreas
estratégicas del Estado que establezcan reglas de juego claras y
precisas para todos los actores involucrados y para que funcionen
correctamente, en países como los nuestros en que necesariamente
los organismos reguladores tendrán que ser organismos estatales,
se requiere un Estado fuerte para que estos no sean absorbidos por
los grandes intereses corporativos, generalmente trasnacionales,
que se mueven en estas áreas. Respecto
al tema del marco jurídico en que debe desarrollarse la actividad
en estas áreas, queremos
ser muy claros y precisos. Los monopolios, así como las
concesiones, son ante todo herramientas jurídicas que no pueden
transformarse ontológicamente en una cuestión de principios sino
que deben ser vistas como cuestiones estratégicas
para el desarrollo de políticas públicas. No
nos oponemos a las “privatizaciones” por una cuestión de
principios sino por una razón de conveniencia estratégica para
el desarrollo del país. El
Estado progresista debe preservar el monopolio estatal sobre las áreas estratégicas del
país, que aún no han sido desmonopolizadas, mientras se prepara a los entes estatales para un nuevo escenario regional
y mundial; y en tanto las mismas revistan un carácter
monopólico y sean desarrolladas por empresas públicas, el marco
jurídico que ofrece mayores garantías a todos es el Derecho
Público como expresión jurídica del interés general;
sin perjuicio de no estar cerrados a considerar la posibilidad de
una mixtura con figuras del Derecho Privado que aseguren un mejor
funcionamiento, mayor eficiencia y sobre todo, que puedan
posibilitar una real competitividad futura a nuestras empresas en
el contexto regional. En
otro orden, debemos construir pacientemente un delicado equilibrio
tensional, como bien señala el administrativista argentino Agustín
Gordillo, entre un máximo grado de descentralización técnico-administrativa de estos Entes y una
necesaria e imprescindible centralización
política que encuadre el accionar de éstos en el marco de
una determinada política económica como piezas claves de ésta. Por
otro lado, debemos introducir cambios sustanciales en los niveles
directrices de las empresas públicas. Los
directorios de las empresas públicas deben dejar de ser el
“premio consuelo” de candidatos frustrados e integrarse con
gente con cierto criterio político es verdad (no queremos un
gobierno tecnocrático) pero a su vez, con cierta solvencia técnica. En
primera instancia, hay que apuntar a promover la
integración de los funcionarios en la dirección de las
empresas públicas para ir evolucionando en ulteriores etapas, a
la integración de los propios usuarios. En
conclusión en cuanto a las empresas públicas, debemos lograr y
asegurar los máximos niveles de eficiencia empresarial a través
de políticas que introduzcan altísimos niveles de gerenciamiento
y promuevan el fortalecimiento
de mandos medios. Por
otro lado, debemos dotar a nuestras empresas públicas de
competitividad a escala regional mediante la constitución de acuerdos
de complementariedad productiva bajo la forma de alianzas estratégicas o de joint ventures para el desarrollo de
determinadas actividades concretas con otras empresas de la región. 3)
El Impulso y Articulación de Políticas Sociales En
este marco es absolutamente necesario la instrumentación de una coordinación
institucional de
los organismos públicos involucrados en el diseño y desarrollo
de políticas sociales ( MSP, MVOTMA, MTSS, INAME, INJU, etc.) y a
su vez, creemos que se ha vuelto necesario la creación de un
organismo institucional que englobe el diseño, coordinación y
ejecución de las mismas. También
se hace necesario lograr la participación
de los actores organizados en torno a la más
diversas temáticas sociales, fundamentalmente ONGs. Debemos
dotar de más recursos destinados a políticas sociales pero,
concretamente, optimizar al máximo estos recursos para que
lleguen a la gente y no se pierdan o dilapiden en la maraña
burocrática. La
formación de gerentes sociales de
acuerdo a criterios metodológicos precisos, debería constituirse
en una prioridad para un gobierno progresista. 4)
La Orientación y promoción de actividades productivas El
Estado no puede estar prescindente de todas aquellas actividades
productivas privadas que, en el marco de una política de
desarrollo global, se consideren como motores de la misma. En
nuestra concepción, Estado y Mercado no son conceptos antagónicos
ni contrapuestos sino complementarios. A la vez que queremos un
mejor Estado también queremos un mejor Mercado. En
este aspecto, la orientación y promoción pueden pasar por
diversos tipos de medidas que atañen al Estado como ser; la
aprobación de leyes marco, la adopción de medidas tributarias y
sobre todo, una batería de propuestas financieras viables como
por ejemplo; la derogación del IMABA que los bancos terminan
trasladando a los préstamos,
la apertura de líneas de crédito con tasas de interés
preferenciales, etc. Sobre esto último juega un papel fundamental
el sistema financiero estatal y sobre todo el BROU, nuestra banca
de fomento del desarrollo productivo que definitivamente debe ser
visualizado como tal, antes que como agente de especulación
financiera. A
modo de conclusión diremos que estos ejes temáticos se insertan
en el desarrollo de una estrategia estatal global. Para llevar adelante con éxito esta estrategia, el gobierno progresista debe asegurarse el control de la dirección del Estado es decir, aquellos niveles directrices (que no necesariamente pasan por los cargos políticos o de particular confianza sino que muchas veces van más allá) que marcan las pautas y el ritmo de hacia donde debe orientarse la gestión del aparato estatal. Es
cierto que el Estado, en ciertos niveles burocráticos, adquiere
una dinámica propia y se autoalimenta (es lo que explica la
famosa Ley de Parkinson) pero no es menos cierto que este fenómeno
no asegura ni implica siquiera una determinada direccionalidad de
signo progresista sino más bien todo lo contrario pues la
burocracia estatal, si no se le muestra una fuerte conducción en
determinado sentido, tiende a actuar en base a los padrones
culturales hegemónicos del modelo dominante bajo el cual se formó
en todos estos años. Por último, creemos que estos ejes traducen en síntesis los principales objetivos del E. Progresista y que se convierten en desafíos permanentes a la hora de gobernar.
[1]
Constanza Moreira en La
Reforma del Estado en Uruguay-incluido en el libro “Con el
Estado en el Corazón” de Pierre Calamé y André Talmant,
haciendo referencia a un concepto de estos autores. pag.172
[2]
“Estado y Sociedad, las nuevas reglas de juego” - Oscar Oslak -
Documento presentado al 1er. Congreso Latinoamericano de
Reforma del Estado, patrocinado por el Centro Latinoamericano
de Administración para el Desarrollo, Río de Janeiro, 6 al 9
de noviembre de 1996.
[3]
Manuel Laguarda, El
socialismo en el siglo XXI, Ediciones del Correo Socialista,
Montevideo 2000
[4]
Bernardo Kliksberg, La
ética importada, artículo incluido en el suplemento Bitácora
del diario La República, 17 de setiembre de 2003.
[5]
Pedro Narbondo y Conrado
Ramos - Reforma estatal y capacidad estatl de conducción -
incluido en el libro Con el estado en el Corazón- el
andamiaje de la gobernacia- Ed. Trilce- 2001
[6]
Manuel Laguarda, op. cit.
[7]
Camino al Gobierno de
las nuevas Mayorías – Los rasgos centrales del Programa
Nacional y Plan de Gobierno de las Fuerzas Progresistas desde
la óptica de los socialistas. Departamento Nacional de
Programa y Acción de Gobierno
- Partido Socialista – Noviembre 2002
[8]
Bernardo Kliksberg,
“Pobreza, el drama cotidiano. Claves para una nueva gerencia
social eficiente” Ed. Tesis, Buenos Aires, 1995
[9]
Bernardo Kliksberg,
“Hacia un nuevo paradigma en gestión pública”, Caracas,
1988.
[10]
Rati Ram. Government Size and Economic Growth. The
American Economic Review, marzo 1986, citada por B. Kliksberg
en “Hacia un nuevo paradigma...” op. cit.
* Este Documento fue presentado en el seminario El nuevo gobierno, la nueva política, el acuerdo social, por parte del Equipo Reforma del Estado, Departamento de Programa y Acción de Gobierno, del Partido Socialista del Uruguay, el pasado 29 de octubre. LA ONDA® DIGITAL |
|
|
Un portal para y por uruguayos |
© Copyright |