Presione aqui para ver el pronóstico meteorológico de Montevideo

IZQUIERDA URUGUAYA: CRITICA DE UNO DE LOS SUYOS
“Una historia del militante,
tan olvidado como
sujeto político en este mundo
de ciudadanos,
consumidores y usuarios”

por el licenciado Alvaro Rico

El pasado jueves 13 de noviembre se presentó en la Facultad de Arquitectura el libro de José Jorge (Tito) Martínez “Crónicas de una derrota”, de la editorial Trilce. En la presentación hicieron uso de la palabra le rector Rafael Guarga, el decano de Arquitectura, Felipe Schellotto, el profesor Alvaro Rico, la crítica literaria Rosario Peyrou y el sicólogo Fernando Britos. Lo que sigue es la ponencia del licenciado Rico.

Biografía de un hombre digno
Me debo referir a la dimensión política del libro de José Jorge.Martínez. "Crónicas de una derrota". Trata de un testimonio en primera persona, es decir, de alguien que cuenta o rememora lo que ha vivido como una vivencia de su historia personal, singular e intransferible, que hace a la identidad del testigo-narrador. El testimonio, leído así, habla menos de los hechos históricos que cuenta y dice más sobre quién los cuenta. ¿Quién fue Tito Martínez? Fue un “hombre a secas”, como lo dice en el epílogo del libro, fue una gran persona, diríamos nosotros. Su autobiografía nos lo vuelve a recordar así, hoy, después de muerto. 

Pero el testimonio personal que va hilando la narración de distintos sucesos no trata simplemente de rememorar o re-vivir el pasado sino valorarlo, analizarlo y criticarlo desde este otro tiempo: el presente. Y esa actualización de las vivencias por la vía de la interpretación de los hechos determina que ni aquella historia ni Tito, permanezcan iguales o fijos en un tiempo pasado. Su testimonio dialoga con el presente, se hace desde el presente. 

El testimonio personal aborda dos dimensiones que “colectivizan” la experiencia vivida: la dimensión de la represión y la dimensión de la militancia. Ambas, refuerzan el carácter político de la memoria en un doble sentido: Es una Memoria política, en tanto selecciona, ordena y da sentido a hechos políticos transcurridos y, en cuanto es una Memoria que pelea políticamente. A sus múltiples militancias, Tito le agregó una más: es un militante por la memoria. Su último acto político nos deja un legado. 

Militante en contra de la memoria del Estado. Esa memoria del poder que en casi 30 años de democracia esterotipó a través de la teoría de “los dos demonios” las justificaciones de la impunidad, que equiparó a torturados y torturadores en el “sin vencidos ni vencedores”, que clausuró no sólo la justicia sino también la verdad sobre lo acontecido bajo la dictadura. Allí está el Tito para decir la verdad sobre el terrorismo de Estado desde la legitimidad de su sola humanidad, el dolor y cautiverio: el cuartel, el Penal de Libertad, el 300 “Carlos”.   

Pero también es un militante en contra de la apropiación monopólica de la memoria en la izquierda. Parecería que la historia no es tanto de los vencedores como de quienes la escriben. Y que el acto de la escritura crea historias “a medida” de las necesidades políticas urgentes que hacen de fracasos, éxitos. Las memorias del Tito, expresamente, no son las de un ganador sino la de un derrotado: “Son solamente algunos recuerdos que abonan una derrota política y una derrota personal”. 

En todo caso, dentro de la forja de la épica sesentista, su memoria no representa al héroe guerrero de militares y tupamaros sino al héroe gris, al militante común. Dice: “Mal que le pese a Nietzsche, que no a Marx, no hubo superhombres. Hay una primera lección a extraer: todo proyecto que presuponga masas, cuadros o líderes con rasgos de semidioses helenos está condenado al fracaso. Muchos hombres podrán ser héroes poco tiempo y justo es honrarlos; poquísimos podrán serlo toda la vida y mil tentaciones los acecharán. La utopía, para dejar de serlo, tendrá que basarse en los hombres y mujeres comunes y corrientes, con sus temples y sus flaquezas, con sus altruismos y sus mezquindades”. 

Entonces, sus recuerdos son recuerdos a la intemperie; memoria nómade, como me gusta decir. No están fijas a ningún territorio institucional, a ningún partido que las continúe, se desplazan entre amigos, van en busca de las otras memorias (para armar), y se juntan para golpear las conciencias en el Uruguay de la impunidad. Memorias que vuelven a dispersarse porque no pueden sostener la ofensiva continuada, están cansadas por el tanto tiempo transcurrido, por el silencio...: “Entonces, tras 42 años, abandoné la militancia y cansinamente me dispuse a sumar algunos años para un amargo retiro jubilatorio”. 

Hablaba de la dimensión de la represión presente en el testimonio de J.J. Martínez. No la voy a relatar en detalles. Pero sí quiero señalar el enorme trabajo que el libro de Tito implica con su propia memoria. No es fácil después del terror contar el terror, encontrar las palabras para lo indecible, representar hasta con el recurso del humor la situación límite. No es fácil, después del dolor físico y espiritual, volver a los afectos. Recordar los miedos, sufrimientos, flaquezas, caídas o publicar las cartas íntimas que vuelven a jurarle amor a Adriana, ya muerta en el año 2000. Darle a ese universo tan personal una forma narrativa, de sentidos, comunicable, pública. Y Tito lo hace, hasta literariamente muy bien. 

Hablaba de la dimensión de la militancia como parte de sus memorias políticas. No se trata literalmente de la memoria de una víctima de la represión del Estado sino de la recuperación de la memoria de la militancia a través de un relato que recorre cuatro décadas de la vida de un militante, de una generación. En esto me quiero detener. Primero, por la historia de militantes de izquierda que rescata. 

“¿Por qué se militaba?”, se pregunta Tito, para responder que, “militancia era militancia en la izquierda”. “Militancia era una actividad altruista (...), no se quería nada para sí, se aspiraba, genéricamente, a un mundo mejor, ya ahora, ya en un indeterminado futuro. Requería una capacidad de indignación y ello devenía en que el militante era un intransigente, intolerante. Requería una disposición al sacrificio y ello hacía que el militante fuera adusto, austero: era un cruzado. Era sectario (...). Se sabía una minoría y por eso se consideraba el mejor (...)”. Pero también, dice Tito: la militancia “era una manera de no estar solo en un mundo difícil; incluso el desairado, el discordante, el que tenía dificultades para encontrar pareja, hallaba una acogida fraterna. Era ser alguien, distinto y orgulloso, cuando en el ámbito social no se tenía relevancia alguna. Y era tener poder. (En el sentido de) decidir o influir en la vida, los deseos, las voluntades de otros, muchos o pocos. Y hay que haber vivido la embriaguez de la manifestación tumultuosa, del acto multitudinario, del enfrentamiento con la policía, para saber como recompensa la militancia”. 

En el libro de Tito hay no sólo una valoración de la militancia sino una historia del militante, tan olvidado como sujeto político en este mundo de ciudadanos, consumidores y usuarios. Repasemos: Las lecturas y el cine desde los 15 años, “Marcha”, el nocturno del IAVA y las Juventudes Libertarias, la Agrupación Tom, la directiva del CEDA y el Federal de FEUU, una primera detención por apedrear el cine Trocadero, la lucha por la Ley Orgánica y el Comité de Movilizaciones de FEUU, el ingreso a la Federación Anarquista del Uruguay y su vínculo con Gerardo Gatti, abandonar los estudios y el empleo en la Universidad por la militancia y luego la funcionaría en el Partido, la discusión de la Revolución Cubana y su abandono de la FAU. Guatemala, los golpes en Brasil y Argentina, las invasiones a Hungría y Checoeslovaquia, el Che en Bolivia. Su ingreso al FIDEL, al Comité Universitario, su reconocimiento a otro número 1: Luis “Colo” Echave, su afiliación (no pública) al PC en 1963, su trabajo en “El Popular” desde 1964, ser subdirector, ser miembro del Comité Central, escribir “La telaraña bancaria”, sus experiencias en la Tricontinental y OLAS, sus visitas a Moscú, el “pachecato”, el golpe y la clandestinidad, “Carta” y el Frente de Propaganda, hasta caer preso el 18 de enero de 1976 por 8 años, ser ex-preso, volver a adaptarse a la nueva vida, reingresar a la Universidad como funcionario, a trabajar en el “Popular” hasta su cierre, en 1989, su pasaje a “La Hora Popular” hasta su cierre, hasta su ida definitiva del Partido Comunista, de la militancia. 

¿Cuántas capas de tiempo acumuladas, cuántos acontecimientos de época, cuántas relaciones personales y grupales, amistades, enemistades, adhesiones y rupturas, polémicas, triunfos, derrotas, esperanzas, utopías llevó a esta generación forjar la personalidad de cada uno de sus miembros? 

La segunda razón por la cual me quiero detener en la historia de la militancia que contiene el libro de Tito es porque allí hay una aproximación crítica a su historia de comunista. A veces —polemizaría con él ahora—, su tono adquiere una cierta distancia de lo vivido como si él no hubiera formado parte de los acontecimientos que relata, incluso, aunque de perfil bajo, ocupando cargos de responsabilidad como miembro del Comité Central y como Subdirector de “El Popular”. Seguramente, dicha “distancia” proviene más de su evaluación reciente que de los hechos mismos que protagonizó en aquel entonces. 

 “Cómo se discutía en el PCU”, se pregunta. La no-discusión real en torno a la “línea” del Partido y el reconocimiento que “de lo demás se discutía todo”. Por las dudas, le dice a un lector no-comunista: “téngase presente que en el Partido se podía vivir”. El reconocimiento a Arismendi y las explicaciones de su teoría. 

También sus experiencias internacionales frustrantes. Las discrepancias con la posición de la izquierda y el PCU en la “escalada militar” de 1972-73 y cuando los comunicados 4 y 7. Su artículo: “No despreciar la demagogia fascista”. Su desconfianza desde siempre al “Pato” Coirolo, el aparato armado y la “clandestinidad penosa”, como la llama. Luego de la dictadura, su visita a la URSS en 1988, su fuerte crítica al encare de la prensa partidaria y la frustración de la llamada “fusión” de las tres vertientes: “Me parece que lo ex presos estamos fuera de onda, que los resistentes están ensoberbecidos y que los exiliados vuelven como si vinieran a una reconquista. No va a ser fácil”, hasta llegar a la renovación y la crisis del Partido: “Claro que la situación cambió luego del golpe. Ahí la práctica de la no discusión fue calladamente haciendo crisis y cuando, con la implosión de la URSS y la muerte de Arismendi, se debió abrir libre el debate, el Partido se deshizo”. 

Yo tengo una gran incógnita que me gustaría preguntarle a Tito. Es cierto que la memoria no respeta el tiempo cronológico o lineal de la historia, pero, ¿por qué elegiste armar el capítulo final de tu libro superponiendo el tiempo de las torturas en el Infierno con el intento frustrado de la renovación del Partido y la crisis? ¿Qué simbolismo trasunta? En todo caso, —vuelvo a polemizar con él— tu valoración del proceso de renovación te muestra distante, pero esta vez, me parece que tu distancia no es producto de la revisión y valoración más reciente que hacés de aquellos sucesos sino de un alejamiento en el mismo momento que transcurrían los acontecimientos y cambios precipitados hacia fines de los años ’80. Escuchá, no puede ser que tu propio posicionamiento personal ante los sucesos se da asumiendo la teoría de los dos demonios: Valenti o Viera. Ninguno de los dos. Y tu refugio en el periodismo, hasta el cierre del diario.

Finalmente, hay una gran enseñanza en el libro del Tito. Recuerda lo que puede herir, opina sobre lo que lastima. No se escapa. Quiere decirnos a nosotros sobrevivientes: No todo es admirable en nuestros recuerdos; no todo nuestro pasado es monumento: “Aguanté 37 días y canté”; miren las críticas que le hago al socialismo real; miren los errores que señalo al Partido; miren que acepto la derrota: “No existió el hombre nuevo ni fui el que fantaseé a los 20 años”. Miren que en este tiempo de embriaguez electoral todavía hay tiempo para discutir esto. Mi libro lo plantea, aunque la izquierda nunca encuentre la oportunidad para discutir su pasado. 

Su testimonio, su verdad, sus opiniones se hicieron públicas y nos interpelan desde este libro hoy. Entonces: ¿cómo nos encontramos para aceptarlas? ¿qué tenemos para decirle? cuando Tito, dentro algún tiempo, vuelva por nosotros a preguntarnos, como en una carta del penal a Adriana, en 1976: “¿cómo han seguido las cosas en casa luego de mi ausencia?”.

[1] Palabras de presentación del libro de José Jorge Martínez, Crónicas de una derrota. Testimonio de un luchador publicado por Ediciones Trilce. Auditorio de la Facultad de Arquitectura, 13.XI.03.

LA ONDA® DIGITAL


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


Inicio

Un portal para y por uruguayos
URUGUAY.COM

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital