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Entrevista a Isabel Allende Premio José Donoso
“Uno no inventa completamente, basa lo que escribe en una realidad que existe”.

por Adriana Herrera

 
Leer artículo Rubens Stagno colaborador de La ONDA digital y El Telégrafo fue premiado con un «Morosoli de Plata».

Entrevista a Isabel Allende que recibió
el Premio José Donoso

“Uno no inventa completamente, basa lo que
escribe en una realidad que existe”.

por Adriana Herrera

La destacada escritora  chilena  Isabel Allende recibió el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2003, que se otorgan  en homenaje al fallecido novelista, en una ceremonia que se llevó a cabo en la primera semana de diciembre en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago. La escritora chilena más leída en el mundo agradeció que la  hayan homenajeado en Chile, pues -según dijo- “nadie es profeta en su tierra”. 

La escritora se mostró emocionada con el reconocimiento, “Gracias por haberme entregado este extraordinario premio que lleva el nombre de uno de los más grandes escritores de la historia de nuestro país”. 

 Entre los asistentes  al acto estaba el ex Presidente Patricio Aylwin, Hortensia Bussi de Allende y Claudio Di Girólamo, 

La escritora chilena les recordó a sus compatriotas que “empecé a escribir a los 39 años de edad, si hubiera sido hombre hubiera escrito mis memorias a los 19 años”, lo que fue recibido con una ovación de los presentes. 

La semana de 1967 en que el Ché fue asesinado, Isabel Allende publicó en Paula un artículo central de cuatro páginas que duplicó las ventas de la revista chilena: contenía las confesiones íntimas de una mujer infiel. Diez líneas perdidas en otra página resumían lo ocurrido a Ernesto Guevara en un ignoto lugar de Bolivia. No obstante las “gruesas faltas gramaticales” que ella cometía entonces, eran lo suficientemente recursiva para inventar desde el horóscopo hasta las recetas culinarias cuando las encargadas de estas secciones de la revista se retrasaban; Respondía como “Francisca Román” el Correo del Amor, y sus programas frívolos en la televisión y sus columnas de humor –“El género más difícil de cuantos existen”– le ganaban tanto halagos como insultos –igualmente frívolos– en la calle.

Cuando en 1970 Salvador Allende se convirtió en el primer presidente marxista de la historia elegido por el voto popular, años después de servirle a su sobrina Isabel como testigo en el registro civil de su boda, en representación de su padre Tomás Allende –quien desapareció de su vida y del escenario social chileno a raíz de un escándalo sexual–, ella no salió a celebrar la elección, para evitar ofender a sus suegros y a su abuelo, quienes “temían ver surgir en Chile a un nuevo Stalin”. Entonces ni participaba en política, ni comprendía lo que sucedía en el país. 

A decir verdad, de adolescente, las hijas de Salvador solían mirarla con cierta conmiseración en medio de las discusiones familiares sobre política, porque ella vivía en las nubes. Aprovechando el parentesco, la directora de la revista le pidió preguntarle al nuevo presidente qué pensaba de las celebraciones decembrinas. Su respuesta –“No preguntes huevadas, hija”–cerró su carrera como entrevistadora política. 

En 1973, Neruda la invitó a almorzar en esa casa de Isla Negra que poco después sería asaltada por el ejército. Pero en ese momento, comiendo congrio y bebiendo vino blanco, a Isabel le resultaba ajena la preocupación del poeta por los titulares a seis columnas que diarios de derecha publicaban en contra de Allende: “¡Chilenos, junten odio!”. “Debieran tener más cuidado con lo que piden; no vaya a ser que lo consigan”, comentó Neruda. Ella aseguró con certidumbre: “Don Pablo, en Chile jamás habrá un golpe militar”. Poco le inquietaba el gesto de los empresarios que tiraban maíz a los cadetes de la Escuela Militar para pedirles que dejaran de comportarse como gallinas. 

Al final del almuerzo, cuando esperaba que comenzara la entrevista, Neruda le dijo riendo que jamás se sometería a esa prueba con ella: “Usted es incapaz de ser objetiva, se pone al centro de todo... sospecho que inventa bastante. ¿Por qué no se dedica a escribir novelas? En la literatura esos defectos son virtudes”. 

Pasó casi una década antes de que obedeciera el consejo de Neruda. Cuando lo hizo terminó de cumplirse la profecía que a Isabel le anunció una mujer vidente: “Correrá un río de sangre en su país y su único camino es la escritura”. Entonces cambió su destino personal y la memoria histórica de Chile. El ocho de enero de 1981 –ocho años antes de que Augusto Pinochet dejara el poder–, estando exiliada en Venezuela y sin posibilidad de cumplir la promesa hecha a su abuelo agonizante de acompañarlo en la última hora, se sentó a escribirle una carta. En esa carta, que se volvió La casa de los Espíritus, y que la convirtió en la contadora de historias que desenmascaró el poder de la dictadura, escribió las últimas palabras de Neruda: “Los van a fusilar, los van a fusilar”. 

La misma mujer que se creía incapaz de escribir una línea sobre política narró, de un modo indeleble, el funeral del poeta enterrado en una tumba prestada, el modo en que los hombre leales a Allende que se rindieron ante las tropas fueron “arrojados a pesebreras, atados con alambres de púas”, sometidos a pudrirse “en sus propios excrementos, su sangre y su espanto”, antes de que los fusilaran en un descampado, como signo de los días oscuros que vendrían.


Desde entonces se había visto involucrada en la red que ayudaba a los perseguidos a asilarse en embajadas, y su estrambótico automóvil pintado de flores empezó a transportar mujeres, niños y hombres que saldrían del país, y experimentó en el cuerpo durante 18 meses los signos del miedo –ronchas, angustia, insomnio, vómito– antes de que la repetición de las amenazas de muerte la obligara a ella misma a huir también. 

Durante la reciente entrega del premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2003, el jurado reconoció el impacto que provocó su obra “al difundir una imagen de Chile contrapuesta a las versiones del régimen militar”. Una visión que se anticipaba dos décadas a la apertura de archivos como los correspondientes a la Operación Cóndor, donde se reveló la participación del gobierno americano en la sanguinaria represión del cono sur de América Latina y en la caída de Allende, un hecho del que Collin Powell admitió que su país “no debe sentirse orgulloso”. 

En las últimas tres décadas Isabel Allende ha recibido 35 premios internacionales. Vive de su literatura y desde cuando sobrepasó el miedo más intenso –el de la muerte de su hija, en cuya memoria escribió la reveladora autobiografía Paula– nada teme. En 1987 pidió lo imposible: que Reagan bloqueara económicamente a Chile en represalia a Pinochet; hoy, a sus 61 años, trabaja activa y serenamente por la paz –tema de su libro El Bosque de los Pigmeos, que saldrá pronto– y tiene una fundación dedicada a servir a los inmigrantes más pobres y a velar por la salud de mujeres y niños. Goza escribiendo para adolescentes “divertimentos” llenos de imaginación como La ciudad de las Bestias, o El Reino del Dragón de Oro, y mientras avanza en la novela sobre Chile que comenzó –como empieza siempre, por agüero, todos sus libros– un ocho de enero, recuerda que “con cada elección modificamos lo que somos” y la historia que compartimos. 

Entrevista a la escritora
¿Cómo pudo lograr tanta aceptación al exponer hechos tan delicados como la participación de Estados Unidos en la caída de Allende?
En Chile el libro fue censurado, en Estados Unidos llegó después, y la intervención norteamericana era muy conocida, aunque entonces hubiera una cierta ignorancia porque los documentos estaban casi todos censurados. Aun hoy creo que se le ha dado muy poca importancia, muy poca prensa y tengo la impresión de que no existe una comprensión real de ese período de la historia. Es posible que la gente leyera el libro como una novela histórica y no como una saga política. Apenas en esta década se desclasificaron archivos y comenzaron a publicarse trabajos como A Chilean Anti Memoir de Marc Cooper. 

Respecto a la aceptación fue una inexplicable causalidad, entre otras cosas, porque no era el único libro que se publicaba al respecto. Había muchos escritores –como Ariel Dorfmann– que hicieron textos importantes. Yo no empecé a escribir con la intención de dar a conocer lo que había pasado en Chile. Simplemente necesitaba contar una memoria personal atravesada por la historia y el éxito de La Casa de los Espíritus llegó como un milagro.

No sé hasta qué punto una novela puede cambiar la visión histórica, aunque ciertamente con el libro se empezó a hablar de Chile en otros términos. En esa época no tenía conciencia del poder de la palabra escrita, conciencia de que una novela pudiera cambiar la visión. Todavía no lo tengo muy claro, aunque escribo con la máxima honestidad, consciente de que toda verdad es relativa. 

A veces ocurre que la realidad calca la ficción. En Amor y Sombra escribió cómo un hombre retrató en una montaña los cadáveres de las tumbas colectivas para poder denunciarlo. Y un día un sacerdote viene a preguntarle cómo pudo saber lo que él hizo sin testigos.
Uno no inventa completamente. Uno basa lo que escribe en una realidad que existe. Tal vez no sabe los detalles. Pero todos los hechos determinantes se saben, están ahí rondando y hay una suerte de memoria colectiva que los retiene.

¿Capta la literatura la realidad de una manera más incisiva que la historia?
Cierto, porque habla de nuestras historias personales, de lo que le pasa realmente a la gente común y corriente, de aquello que nos sucede y no de esa “gran historia” que escriben los ganadores, que está modelada por los intereses del poder y que casi nunca contempla la vida de todos. En un momento, en América Latina, se publicaron casi simultáneamente tres libros sobre dictaduras. Roa Bastos, Carpentier y García Márquez habían captado de modo independiente lo que estaba en el aire del continente.
 

¿Cómo se explica que los autores de Yo, el supremo o de El otoño del patriarca puedan admitir una realidad como la de Castro en Cuba?
Yo no me atrevo a juzgar la posición particular de García Márquez, quien, cuando no había ningún movimiento literario comparable en el mundo al del boom, ejerció gran influencia sobre mí, y al que ni siquiera conozco. Personalmente creo que la revolución cubana dejó de serlo hace como veinte años. Pero cuando entra a jugar la ideología, ocurre lo mismo que con la religión: no es posible ver lo que pasa, porque como en los credos, la realidad se ve a través de un biombo, se vuelve simple cuestión de fe y uno no cuestiona su fe.
 

En Chile algunos han resentido la postura del presidente Ricardo Lagos respecto a los militares que torturaron...
Ricardo Lagos es uno de los líderes más claros del continente en este momento. En principio me gustan las posiciones que él adopta. Lo conozco bastante, y es realmente un estadista, con una cabeza muy bien puesta. Creo que en Chile como en Sudáfrica debe haber verdad y reconciliación. Ahora bien, si tu hija fue desaparecida ¿Hay algo que pueda contrarrestar esto? No puedes compensar una pérdida tan atroz; pero al tiempo, la justicia no puede simplemente alcanzar a todos los que estuvieron involucrados, no puede castigar a todos los culpables porque hubo inmensos sectores de la sociedad civil que participaron, tal y como sucedió con los nazis.
Creo que lo primero que se necesita es este proceso de reconocimiento histórico de que se cometieron atrocidades y de pedir perdón a las personas que las sufrieron; si bien es cierto que los militares no han admitido su culpa. Durante 17 años Chile se negó a ver lo que estaba ocurriendo; A los familiares de desaparecidos les daban el mismo tratamiento que a las madres de Plaza de Mayo, a las que llamaban “esas viejas locas”. Hay que honrar la memoria de las victimas para poder sanar.
 

Después de Chile, ¿volvió a tener miedo alguna vez de abanderar una causa, por ejemplo en su protesta contra la invasión a Irak?
No tengo miedo porque somos muchos los que lo protestamos y este es un país democrático. Aquí existe el derecho a disentir. Nadie te va a perseguir o a encarcelar porque te opongas. Aquí no pasa que el gobierno te torture delante de tus hijos porque hables en su contra.

A Estados Unidos se lo llevó a esta guerra por el poder en el medio oriente con mentiras, exageraciones, y presunciones, que se probó que no eran ciertas. Me parece peligroso que el país más poderoso del mundo actúe sin el consenso de las Naciones Unidas ignorando por completo a la comunidad internacional. Desde la Segunda Guerra Mundial hemos vivido en relativa paz porque hay un acuerdo civilizado acerca de cómo se resuelven los problemas y resulta muy riesgoso desconocerlo. Guantánamo se ha mantenido con tanto secreto que es muy difícil saber realmente lo que está pasando allá. Hay mucha gente detenida sin juicio y sin que puedan intervenir organizaciones internacionales. Es una situación que no puede continuar indefinidamente por el bien de Estados Unidos. 

Entiendo que está escribiendo una novela sobre Chile que va a ser su obra magna.
Nada de lo que he hecho en mi vida es magno. He hecho lo que he podido. Creo que muy, muy pocas obras trascienden. Yo escribo sin ninguna pretensión. No para que quede memoria de lo que he sido en el mundo. Escribo porque eso es mi trabajo y me encanta hacerlo. Hago lo que tengo que hacer en un momento determinado sin perseguir ninguna eternidad.
 

Justamente porque no la persigue ha penetrado de un modo más incisivo en las entretelas de la historia de su propio tiempo. Quizás sea la memoria del miedo de los hombres y mujeres corrientes durante un periodo terrible del sur del continente, más que el recuento de las pasiones que conocieron y finalmente olvidaron, lo que le dará un lugar permanente a su propia escritura en la literatura latinoamericana.

Entrevista Publicado inicialmente en la Revista " Poder" - 2003

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