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2004: La democracia
boliviana en su final

por el Lic. Erick Torrico

Sea en el propio marco democrático o no es un hecho que la democracia boliviana, tal como quedó constituida a partir de 1985, año del rediseño político-económico inducido por el ajuste estructural, va a llegar a un final el año que se avecina.

Y no se trata de ser agorero, sino simplemente de hacer explícita una constatación que está a punto de ser sentido común.

Así como quedó establecida y así como estuvo funcionando, la democracia elitista, corporativa y excluyente (¡qué paradoja!) no va más. Esto ya se vislumbraba en abril de 2000 con la “guerra del agua” y con mayor claridad en febrero pasado, cuando el vacío de autoridad y el primer estallido de la furia popular develaron que el Estado neoliberal hizo agua; pero tuvo que llegar octubre —con más de 80 muertes— para que algunos empezaran a tomar conciencia de que todos los límites tolerables habían sido más que superados.

De todos modos, es precisamente de esta todavía estrecha posibilidad de darse cuenta de lo que ocurrió, está sucediendo y puede pasar que dependen la naturaleza y el cauce de ese final de la democracia que ahora es dable vislumbrar.

Otra vez, sin jugar a la televidencia —que, además, nada tiene que ver con la llamada "caja boba" local o por cable—, hay elementos suficientes como para señalar tres caminos probables de corto plazo para el país en lo político:

1) El de la inercia distractiva e improductiva, asentado en un gobierno y un parlamento de ficción que simulan una normalidad inexistente y hacen como si desempeñaran sus funciones regulares.

2) El de la acción propositiva, autocrítica y concertadora, que con participación amplia de los partidos, las instituciones, las organizaciones y los ciudadanos conduce al desarrollo de las condiciones necesarias para una transformación progresiva corresponsable.


3) El del retroceso al autoritarismo, alentado por una radicalización de demandas inatendibles en las actuales circunstancias y capaz de desbaratar la estabilidad aparente que se vive desde el 18 de octubre hasta el punto de recolocar en la escena a algún restaurador uniformado del orden (o, mejor, del orden uniformado) que inclusive podría tener carácter extranacional.

Es indudable que la segunda de las rutas mencionadas resulta la ideal y deseable; no obstante, las opciones más evidentes —así como complementarias— son la primera y la última.

¿De cuánta capacidad política —aparte de técnica— dispone un gobierno como el del presidente Carlos Mesa Gisbert sustentado por precarias corrientes de esperanzada opinión ciudadana favorables al cambio para encarar un programa de remodelación de las estructuras del poder que es, a un solo tiempo, exigido y resistido? ¿Y cuáles son los intereses, las fuerzas y los plazos de los actores partidarios, empresariales, sindicales, vecinales, cívicos, militares y diplomáticos que están, cada cual en sus propios términos, a la espera de su correspondiente oportunidad para comandar en su beneficio la coyuntura abierta con la forzosa sucesión presidencial de hace dos meses?

Hasta el momento, más allá de las treguas concedidas, de las advertencias propaladas y de las urgencias planteadas, las principales señales de varios de esos actores abonan más las alternativas negativas que la de los consensos.

Un parlamento que insiste en reproducir sus cuestionadas viejas prácticas, unos partidos que no dan muestras de reformarse, unos movimientos y organizaciones sociales que piensan en obtener lo que sea con la acción directa, unos medios periodísticos ajenos al proyecto democrático y con el "rating" como único norte, unos oligarcas que nunca se enteraron de que no son el "axis mundi" y unos extranjeros que convierten la diferencia en terrorismo son, entre otros vigentes, los componentes de una receta infalible para el desastre.

La democracia tiene que ser reinventada y para ello son indispensables el compromiso y la contribución de cada quien en pro de una fórmula renovada de coexistencia. El final de la democracia debiera ser otro principio. Lo contrario ni siquiera implicará la perpetuación del viejo modo fracasado sino su supresión, en un desgarrador pero inútil intento de gobernar entre las sombras.

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