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De árboles y de magos
por Héctor Valle
Hay
un árbol frente a mi casa donde acaba de posarse un gorrión y me
pregunto si sabe que está asido a una tradición.
El 24 de diciembre, unos festejaron la Navidad, otros Janucá y otros
tantos el día de la Familia, pero hubo otros más que o bien desconocían
la existencia de tales acontecimientos o incluso, conociéndolos, no
pudieron festejarlos.
Ciertamente, a fin de año también se realizan balances, con las
consiguientes conclusiones de signos contrarios, según el lado de la
acera que le toque a uno vivir, o crea tocarle, porque no pocas veces
equivocamos grandemente nuestras apreciaciones de los méritos y
deméritos de lo realizado por nosotros.
Luego para unos –otra vez, no podemos generalizar- en poco tiempo
llegarán los magos, que luego al recrear esta historia, alguno convirtió
en Reyes Magos. Así y todo, podemos pensar, también, que representan la
mirada del otro sobre un acontecimiento seguido por unos y que
demuestra, quizá, el reconocimiento de la singularidad del otro, en su
derecho a significar como trascendente aquello que en su fuero íntimo le
sea revelado como tal y a ello se aboque.
De tal modo que en medio de festividades judías, cristianas, paganas y
ateas, tenemos, a su vez, la ausencia de salutación en aquellos que son
los excluidos de participar en fiesta alguna.
El páramo
Hay esquinas sin vértices como hay árboles sólo a lo lejos y de otros.
En tantísimos asentamientos urbanos y suburbanos, también llamados en
otros lugares de villas miserias, ni siquiera hay árboles como tampoco
esquinas marcadas por la presencia de bancos de ladrillos donde sentarse
a departir, en lo público, con el otro, teniendo, únicamente, o bien la
habitación polifuncional del hogar, o bien la propia calle de tierra
para “mostrarse” y “verse” ante los otros.
Todo debe acontecer en el espacio privado, absolutamente todo y,
ciertamente, el festejo se hace cada vez más difícil de suceder cuando
se vive en tales condiciones. Marginalidad y marginados, exclusión y
excluidos, otra sociedad que vive a espaldas de la “normal” y
constituida “como corresponde”. Esa otra sociedad que sí festeja, como
también lamenta si le tocó perder pero que, siquiera, tiene cierta
noción, aunque a veces tangencial y deformada, que hay algo que motiva a
pensar en una posibilidad de festejo.
Diciembre
Aunque tentado a extenderme sobre símbolos y mitos, opto por el aquí y
el ahora para discurrir junto con quien esto lee, sobre lo humano.
Diciembre en el Sur es una mezcla de calidez y estupor, por el clima que
reina a partir del solsticio de verano y los reiterados balances que la
finalización del año (en esto tan nuevo para el hombre es,
históricamente hablando, la medición del tiempo) suele propiciar.
En un todo de acuerdo con la psicoanalista argentina Eva Giberti, dudo
grandemente de la oportunidad de realizar tales “balances” ante un “fin”
que, por lo menos, es harto difícil de asir puesto que el tiempo
discurre sin un corte que permita detenerlo todo a tales efectos.
Sí digo que es bueno meditar un poco sobre lo sustantivo y lo anecdótico
en nuestras vidas. Pero tal necesidad no tiene fecha fija sino necesidad
de volver cuantas veces sea necesario a mirar en nuestro interior, por
ejemplo.
Comenzaré, entonces, afirmando que hay algo que escapa al saber y es que
la esencia de la faena del pensar requiere aclarar un fenómeno a partir
de una serie de aproximaciones que podemos denominar actos de
conciencia, y que van dejando ver su riqueza, permitiéndonos –como
recuerda el filósofo Emmanuel Lévinas, a lo largo de toda su obra-
escoger la vida.
En esta elección, nos enseña el filósofo de la alteridad hoy recordado,
los hombres no se rinden a las fuerzas del mal, sino que oponen una
responsabilidad infinita cual es, la exigencia constante de la justicia
de ser.
Abandonar nuestra soledad
Cuando nos sentimos acorralados con nosotros mismos y nos vemos poco más
que condenados a presenciar el fracaso aparente de nuestra existencia,
es tiempo de perdonarnos y, en el perdón, redimirnos a partir de la
asunción de nuestras miserias como así también de nuestras mejores
potencialidades, en la fragua del cotidiano existir, al salir de nuestro
momento de penalización para que, a partir del ejercicio pleno de
nuestra responsabilidad, en el seno de la comunidad que nos congrega,
devengamos seres humanos plenos. O sea, aquel ser humano que busca al
otro y se coloca en actitud de dar, de compartir y, en suma, permite que
aflore lo mejor de sí para y junto al otro.
Un buen filósofo es, o si me permiten, un filósofo es un maestro de vida
y no tan sólo un erudito que se recrea a sí mismo generando, así, una
espiral pobrísima que lo conduce, inexorablemente, a la aniquilación de
su esencia por la vía del despliegue inaudito de su ego.
En tanto que, un maestro de vida suele enseñarnos que la posibilidad de
arrepentimiento, y lo religioso que tal actitud contiene y que sin duda
no pasa por seguir tal o cual credo, sino, y antes bien, por una
introspección que lleve a la persona a encontrarse con su ser esencial.
Tal posibilidad, digo, lo libera y lo redime.
Reparar el presente
Antes que la espera de tiempos mejores, conviene preguntarnos si pudimos
asumir la dura tarea de reparar el presente.
Y lo reparamos, buscando lo humano. Tal búsqueda nos conducirá a estar
abiertos y dispuestos a escuchar que es otro modo de permitirse que el
otro tenga en nosotros la posibilidad de ser, pasando ambos a compartir,
desde un hacer conjunto y complementario, las mieles que la dignidad y
el compromiso traen consigo en relaciones sociales sin excluidos y con
consecuencias benéficas para una comunidad hambrienta no sólo de pan,
sino además –y me permito decir: más aun- de esperanza activa.
Asumir nuestra finitud
Mal que me pese, no cambiaré al mundo ni seré eterno. Esto es así.
Porque como se aduce, y con razón, la finitud es inevitable y el tiempo
está privado de todo anclaje en la eternidad.
La cuestión del otro
El tomar tal cuestión como central en nuestro pensar y en nuestro hacer
cotidiano, ciertamente hará que nos aboquemos no sólo a bajar el puente
levadizo del pequeño castillo que había subido nuestro ego, convirtiendo
a nuestro ser en señor de la nada y del vacío, aportando al bajarlo, no
sin dolor y arduos esfuerzos, a que la cuestión del otro sea el elemento
detonante para que nuestra existencia, finita y común, tenga no sólo
sentido, sino proyección, no del ego aunque sí de lo trascendente que el
ser humano posee y se reconoce en la entrega simple, directa y
permanente para con el otro.
Ese otro sin rostro; porque nuestra actitud estará dada antes del
cara-a-cara, antes del conocimiento específico e individual, en tanto
actitud de vida que dice relación a la condición primera del hombre: ser
un sistema abierto en continuo crecimiento interior, por vía del
ejercicio pleno e irrestricto de su condición humana, no cediendo en lo
más mínimo lo inhumano.
Y, por sobre todo, no justificar tal inhumanidad con las urgencias de la
historia o la razón de Estado.
Se trata, así, como bien afirma Lévinas, de trasfigurar la crueldad o la
quemazón de mi sufrimiento y la angustia, por mi muerte, en espanto y
preocupación por el otro hombre.
Esta, creo yo, es la cuestión humana por excelencia.
Se hace imperioso el aprender, pues, a ponernos en cuestión.
Cuestionarse, interpelarse, va en camino al milagro de la creación, esto
es, a crear un ser moral. Y cuando hablo de estar atentos al otro,
claramente no buscamos una servidumbre sino el impedir construyamos
aquel pequeño castillo de la vanidad que mencionáramos. De lo que se
trata es de introducir en nuestro ser a lo humano. Sin más. Es decir, de
una libertad responsable, comprometida y en constante guardia, al
ponernos en cuestión.
Una de las admirables enseñanzas del filósofo Franz Rosenzweig, estriba
en que el sentido de la singularidad se despierta no cuando el yo se
esfuerza por plantarse firmemente en el ser, sino cuando su atención es
requerida por la exterioridad de una llamada. De ahí, la tarea
cotidiana: estar atento, a la escucha y descubrir la palabra que busca
respuesta.
La elección está en el deber de servir, y para ello se requiere
conciencia, pero conciencia moral, a partir de la cual la vida ética se
sustancie y comprenda. Esta elección va junto con la responsabilidad de
la libertad en una moralidad que precede y a la vez da cauce a la razón.
¿El fracaso es el fin?
Por último, antes de levantar la mirada para ver un árbol con guirnaldas
y luces, opto por bajar la vista y ver al que hoy está caído, al que,
supuestamente, tildan de fracasado. Y recuerdo a Moisés, pero no a
cualquier imagen de Moisés, sino a una en particular.
El pensador argentino Santiago Kovadloff, en su altamente recomendable
ensayo Lo irremediable (Emecé editores) nos ilustra al respecto.
Usualmente al pensar en Moisés, recordando, en cuanto a escultura, la de
Miguel Ángel. En esta encontramos al hombre totalizado, de una
musculatura superlativa al grado sumo. Pero hay otra escultura
igualmente importante.
Se trata del Moisés creado en 1905 por el checo Frantisek Bílek, también
de origen cristiano como Miguel Ángel, a la que los judíos buscaron
proteger de los nazis, ocultándola en lugar secreto y que en la
actualidad se la puede apreciar en la ciudad de Praga, en el barrio
judío.
¿Pero qué tiene de sobresaliente esta otra obra que mereciera tales
cuidados?
Aquí vemos a un Moisés cabizbajo, abatido, visiblemente desilusionado,
en el cual la lucha interior a tenido otro desenlace que en el del
artista del Quinientos.
Dice Kovadloff que si el Moisés de Miguel Ángel está a punto de hablar,
ninguno como el de Bílek deja oír la elocuencia del silencio. Es, añade,
el silencio que viene de lejos y de muy alto; de muy hondo. Es un
silencio terminal; un desenlace.
El Moisés del artista checo, deja ver la huella de un anhelo incumplido
y de tal desencuentro proviene su figura. Aquel, nos enseña Kovadloff,
que queriendo llegar no llegó nunca, y el que no por eso renunció a
seguir. El que sabiéndose condenado reivindicó hasta el final su
derecho.
El Moisés bíblico de Bílek, trascendió. Es imagen y enseñanza, ejemplo y
motivo, historia y devenir de la finitud de lo humano, de su
precariedad, de sus limitaciones aunque también de nuestras enormes
potencialidades para hacer, incluso y a partir de, nuestras miserias y
nuestras caídas, en tanto convengamos en dar atención y en prestar oídos
a la conciencia que cual diapasón, solemos escuchar, cuando nos
permitimos a ello, en lo más recóndito de nuestro ser, ora en armonía,
ora no, dependiendo de cuánto apego hayamos tenido a nuestro sustrato
ético y moral en la sustanciación de nuestras acciones periódicas.
En definitiva, honrar la vida es también, dar sentido a nuestras
palabras. Dotarlas de luz interior para que propaguen un verbo que nunca
podrá ser acallado, si no caemos en la banalidad y, aunque caigamos,
sepamos, como el Moisés de Bílek –que no hace sino reflejar al bíblico-
sepamos ser lo suficientemente grandes para aceptar nuestras
equivocaciones y, así, junto a los otros, construir un hoy, en el aquí y
en el ahora, trascendente para todos. Incluso para nosotros mismos.
Quizá
Pretexto, prefacio y un tal vez
Son las puertas que derivan
Al patio de la eterna niñez
Excusa, huida, demora
Esos quizá cotidianos
del hombre en miniatura
Al abuso de la puntuación
le sigue el exceso de la cita
que hace dudar de lo escrito
Mejor hablemos como hablo
Soy, tengo, daré y haré
Antes que ser apenas un vocablo.
Héctor Valle
Hectorvalle@easymail.com.uy LA
ONDA®
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