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Desde Casablanca, la ciudad que da
más brillo e intensidad al sueño
Mi patria es la tierra
por el embajador Rubens Ricupero
En
la terraza del hotel Mamounia, Churchill pasaba el invierno pintando
acuarelas de los picos del Atlas, majestuosamente vestidos de hielo. A
sus pies, los naranjos cargados centelleaban como árboles de Navidad
mediterráneos. En el centro, el pomar de olivos seculares, las fuentes y
los espejos de agua de un jardín escondido por altos muros, pariente
próximo de la Alhambra de Granada.
Me desperté con las voces de los muezzines convocando a la oración de la
madrugada, de lo alto de torres de mezquitas dominadas por la de Kutubia,
la más antigua y casi gemela de la Giralda de Sevilla. Escribo poco
antes de dejar Marrakesh para viajar en auto a Casablanca.
Por casualidad, días atrás, reví en la TV escenas del filme que mejor
encarnó, en un momento del siglo 20 sicológicamente más distante, el
mito del amor truncado por la fatalidad, Orfeo y Eurídice, Tristán e
Isolda, Ingrid y Bogart. Desde entonces, el nombre Casablanca mueve las
emociones de los que crecimos enjugando una furtiva lágrima al final de
la película. Para los que nunca estuvieron aquí, tal vez sea una
decepción saber que Casablanca, gran ciudad comercial y marítima, se
corresponde poco con esta imagen mágica.
Parafraseando a Caetano Veloso, que dijo que Gilberto Gil era el Lula de
Lula, no está demás arriesgar que Marrakesh es la verdadera Casablanca
de Casablanca, la ciudad que dá más brillo e intensidad al sueño.
Aquí, como en Fez, uno se sumerge en el fondo del tiempo. Callejuelas y
callejones de la medina, patios interiores plantados de limoneros,
artesanos de habilidad inmemorial en los mercados ("souks") de oficios
como en la Edad Media europea: el "souk" El Maazi, de los curtidores de
pieles de cabra, el Larzal, de la lana, o El Zrabia, de las alfombras,
del hierro forjado, el de los estandartes coloridos de los tintoreros.
Sólo en un lugar como este, en que los artesanos continúan, exactamente
como en 1300, labrando la madera, cincelando el cobre, recortando el
yeso, sería posible construir en 1923 el hotel Mamounia, prodigio del
casamiento de la arquitectura marroquí con la Secesión de Viena y el Art
Decò. No hay una luminaria, un espejo cincelado, una cabina telefónica
que no parezca diseñada por Otto Wagner. Impecablemente restaurado hace
una década, más que un hotel, es un monumento al espíritu de una era en
la que los europeos comenzaban a aventurarse por desiertos y oasis en
caravanas de automóviles. Finalizadas las excursiones, gente como Ravel
y Paul Valèry, Arletty y Rita Hayworth, se vestían a rigor como en los
transatlánticos, berborroteaban en el piano-bar de paredes forradas de
cuero verde capitoneado, demorándose en el "night club" cuya pista de
danza rivaliza con la del casino de la Pampulha, las mesas chispeando
con la luz de rubí que se irradia del interior de los globos de cristal
tallado.
Hay pobreza, desempleo, la economía es poco productiva, pero se puede
decir que se trata de un pueblo subdesarrollado? Seguramente que no
desde el punto de vista cultural. Mucho de lo que las historias de
Scharatzade evocan de elegancia y distinción, de agudeza y sofisticación
en las Mil y Una Noches sobrevivió sólo en Marruecos, después que las
masacres, las invasiones coloniales, la ferocidad de tiranos y
libertadores hicieron de Bagdad, Damasco, Beirut, tierras
convulsionadas. Sefarad, la España de los Almoravides, de Averrones,
continúa viva en Marruecos, para donde vinieron las grandes familias
moras y judías expulsadas por la Reconquista, trayendo, hace seis siglos
escondidas en los baúles, las llaves de las casas dejadas en Andalucía.
En los ocho años que llevo en la ONU, en viaje casi permanente, tal vez
el más fascinante de los descubrimientos haya sido el de la cultura
arabe e islámica: Marruecos, Yemen, Egipto, Túnez, Irán, Líbano,
Zanzibar. Lamento haber llegado tan tarde a este universo para mí
desconocido y hoy demonizado en el Occidente por el miedo, el
preconcepto, el oportunismo político de derecha. No nos es fácil
descifrar este código, nosotros que vivimos en un mundo desencantado de
donde se desterró a Dios y a lo sobrenatural. Ésta es, por el contrario,
una vida que no se puede separar de Dios y de lo sagrado, en lo que se
bañan todas las cosas, como en la Cristiandad medieval. Todo se inicia
en nombre de Dios, clemente y misericordioso, a quien también yo doy
gracias por haberme revelado, en el crepúsculo de la existencia, una
punta de la infinita diversidad y sorpresa de la experiencia humana, tal
como se manifiesta en la variedad inagotable de las culturas. Es lo que
me permite repetir el verso de Gibran que los calígrafos árabes
reproducen en todos los estilos: ·"La Tierra es mi patria, la humanidad
es mi familia".
Además, una de mis afinidades con esta cultura es el que ella haya
elevado al status de arte mayor la caligrafía, al principio destinada a
fijar la palabra divina, revelada al Profeta: "Qué es la palabra? Es un
viento que pasa. Quién puede encadenarla? La escritura" (Al Qalqashandi,
sig. 15). Otro maestro de la caligrafía árabe enseñaba, en el siglo 10,
que, en el origen de todas las letras, sólo había dos trazos, el recto,
correspondiente al diámetro del círculo y el curvo, su circunferencia.
La primera letra es el trazo recto, el aleph. Aliado a la señal hamza,
el aleph exprime el sonido "a", vocal larga. Lo que llevó a Ibn Arabi a
escribir, en el siglo 13: "Dios, a él la gloria, hizo del aleph la
primer letra de la escritura, del hamza la primera en la pronunciación.
El aleph representa la existencia de la Esencia en su perfección, pues
él no tiene necesidad de ser movido por ninguna vocal".
Antes que él, Mansur Al Hallaj (857-922) había suministrado a los
místicos sufis uno de los contenidos ideales para la composición en
"espejo", donde la caligrafía está representada doble y al revés, como
se ve en un espejo. El principio sufi es ir del exterior, a oscuras, al
interior, a la luz. Nacido opaco, el hombre debe trabajar sobre sí mismo
para comenzar a brillar y tornarse puro como la superficie del espejo.
Sólo entonces habrá de reflejar la divinidad. Los versos de Al Hallaj
escritos en espejo son estos:
"Yo soy aquél(la) que yo amo y aquél(lla) que yo amo soy yo
Nosotros somos dos almas en un cuerpo
Verme a mí es verlo a el(la) y verlo(la) es vernos a ambos"
Después de esto, quién es el bárbaro, quien escribió estas palabras hace
ochocientos, mil años o los que pretenden hacer que la insulsa
computadora nos sustituya a todos, que escribimos a mano sólo para
sentir la textura de las letras?
Traducido
para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte
LA
ONDA®
DIGITAL
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