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Ante la ausencia de comunicación
recordar la piedra de Creonte

por Héctor Valle

“Decídanse a dejar de servir y serán libres”
Etienne de La Boétie

El inefable Michel Onfray, filósofo francés y gourmet, nos recuerda en su recomendable obra Política del Rebelde (Editorial Perfil, 1999) que la Antígona de Sófocles, se opuso a Creonte, tirano de Tebas, estando en connivencia con su sobrino usurpador, el propio hermano de Antígona, y aceptó, por su decisión que la sepultaran viva, hasta su muerte. Su crimen, recordemos, fue el querer enterrar a su otro hermano, siquiera cubrir su cuerpo con polvo, para estar en regla con las leyes naturales.

Fueron dos las ocasiones en las que Antígona desafió la prohibición y, como es sabido, en la segunda fue capturada para alegría del oscuro Creonte quien, además, prohibió a su hijo pensar siquiera en casarse con Antígona, quien se ahorcó, lo que provocó que el hijo de aquel, perdidamente enamorado de la heroína, se atravesara el cuerpo luego de maldecir a su progenitor y escupir en su pétreo rostro. Las desgracias continuaron al suicidarse la madre del desgraciado joven ante tamaña pena.

Dice Onfray, este francés que sabe bien de combinar armoniosamente gustos como de bucear en las profundidades del espíritu, que a Creonte sólo le quedó una piedra para sentarse a llorar.

Algo ocurre en nuestra comunidad, algo tan sutil como preocupante y es la ausencia de comunicación la ausencia de comunicación, la clara búsqueda de la desinformación que hace que mucho de lo que ocurre en el mundo aquí se desconozco porque, clara y metódicamente, se oculta y eso es más que peligroso, totalitario.

Hay Creontes que sin haber divisado aún la piedra que cercana está, van golpeando a su paso, cuanta voz oigan que desentona con el verbo apagado y ruin y es deber de todos advertirlo y buscar, como aquel joven La Boétie, del epígrafe, mirar en nuestro interior y determinar hasta cuándo permitiremos sea acallada la voz de uno solo de nosotros porque al hacerlo, al consentirlo estaremos transfiriendo nuestra voluntad a otro que no es el otro sino que es el ello, la cosificación misma del espíritu humano.

La política, la cosa pública no es asunto de los otros sino de nosotros, de cada uno de los ciudadanos, categoría superior a la de individuo que dice de la pertenencia a una comunidad y el apego a las normas de convivencia democrática y republicana.

De lo que se trata, una vez más recordando al francés Onfray, no es hablar “por los otros” sino y “con los otros”. Atrevernos a ser, para lo cual es imperioso el enterarnos de los asuntos públicos de aquí y de allá, de lo que directa e indirectamente afecta nuestras vidas, de tomar partido por una responsabilidad que en el descampado de la búsqueda permanente de conocimiento que traduciremos en acción concertada, nos dé el espacio de vida requerido en dignidad, humanidad y trascendencia.

Hace relación a trabajar no para el presente sino en el presente y para el porvenir. Debemos pensar, pues, en un estudio de nuestro apego a las normas, leyes y costumbres democráticas de nuestro pueblo que debe ser claro y firme para con todos, para con cada uno de nosotros, no dependiendo de amiguismos o sectores la aplicación, en más o en menos, de la ley. El imperio de la ley como el arbitrio de la misericordia, debe ser, en todo tiempo pero más aun en este oscuro interregno, tan luminoso como aleccionante para las nuevas generaciones.

Enero propicia reflexiones, al amparo de un sol benéfico y un calor en afectos que resta prisa a las acciones y atiende a una de las características de nuestra identidad: el retiro de la mirada, la toma de distancia para encausar, quizá de forma más ponderada, el rumbo de nuestras acciones en el cotidiano vivir.

Yo, como montevideano y palermitano, suelo recurrir, sabido es, al Parque Rodó y a la rambla, para proceder a esa práctica del laicismo cual es el pensar reflexivo desde mi condición –responsabilidad- ciudadana. En tal carácter, mi aproximación al río que los uruguayos llamamos mar, buscará o buscaré, a partir de la misma, arribar a una comprensión de las miserias de lo humano, reconociendo desde el vamos, la imposibilidad ética y moral de lograrlo en algunos casos por cuanto la comprensión dice relación a una justificación en tanto comprender, como signara el añorado Primo Levi, en su novela autobiográfica Si esto es un hombre (Muchnik editores), comprender, digo, es una proposición o un comportamiento humano que significa contenerlo, contener al autor, ponerse en su lugar, identificarse con él.

Sí podemos, coincido con Primo Levi, comprender dónde nace la miseria de lo humano que lleva, que ha llevado aquí, a la rapacidad más abyecta, extendida y hasta aceptada por tantos sin que nada ni nadie haya actuado o, siquiera, podido actuar sin merecer el toque de tal o cual corporación para silenciar, acallar, apagar, eliminar, cualquier intento de esclarecer y divulgar la terrible acción de los hombres grises que, las más de las veces, actúan creyendo que siguen la voluntad del amo de turno y, penosamente, pensando que su condición ya no es humana sino semi divina, por lo que la justicia, la integridad y el castigo oportuno y ajustado a Derecho llegue incluso a ellos mismos.

Por tanto, vale el atrevernos a conocer, porque como dijo Levi y repetimos hoy, lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también.

A punto de culminar estas disquisiciones camino a la rambla montevideana, recuerdo a aquella mujer formidable, a aquella pensadora judía y alemana, pero tan cercana a nosotros que fue y es Hannah Arendt.

En la primera parte de su obra Los orígenes del totalitarismo (Alianza editorial), dedicada al Antisemitismo, Hannah, al hablar de la comprensión nos manifiesta que no significa negar lo afrentoso, sino, más bien, alega ella, examinar y soportar concientemente la carga que nuestro siglo (habla, naturalmente, del siglo XX pero que continúa hoy en igual intensidad) ha colocado sobre nosotros. Comprensión, en suma, significa un atento e impremeditado enfrentamiento a la realidad, un soportamiento de ésta, sea lo que fuere.

Así, pues, entre Levi y Arendt, y camino a un rato de solaz, el asunto está en no emprender la huida ante el pensar sino en asumir, ponderadamente, nuestro lugar en el mundo y eso, que se sepa, puede lograrse únicamente, y a cabalidad, desde una responsabilidad y una solidaridad que, una vez enfrentados con nosotros mismos, nos lleve a caminar por la vereda del sol, buscando que la luz se proyecte cada vez más hasta abarcar la totalidad de la cuadra y nos conduzca, sin prisa pero sin pausa, a un mañana más digno y pleno. Nos lo debemos a nosotros mismos pero, ante todo, al otro, a aquel que no llega porque fuerzas no tiene, a ninguna playa o parque para solaz porque en esos lugares sólo vé lo que busca, el alimento que otros desechan y eso no debe ser, no puede ser.

También nosotros podemos pensar –para realizar- un nuevo imperativo categórico: nunca más el otro será una cosa sino un ser merecedor de todo nuestro respeto, apoyo, y escucha: el motivo de nuestro hacer, el sentido de un deber ser.

Enero tiene estas cosas.
hectorvalle@easymail.com.uy

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