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Impaciente
y más tironeado por otros hábitos rivales
Ni más tonto ni necesariamente menos informado que el lector tradicional, pero sí más joven, más impaciente y más tironeado por otros hábitos rivales, el lector light es aquel que lee sólo por momentos: los medios que lo alcanzan, publicidad gráfica, periódicos tabloides con mini-artículos, revistas de foto-reportajes, "páginas" noticiosas en Internet, son los que se consumen en pocos minutos, e incluso en segundos. Ese lector light representa un formidable desafío para quienes viven de la palabra escrita: editores, periodistas, escritores y académicos. El fenómeno tiene además, implicaciones de índole económico, social y político, y hasta moral y filosófico. Esto quedó claro en la última reunión anual de la Sociedad Interamericana de Prensa celebrada en Chicago, donde el tema del lector liviano figuró junto a la defensa de la libertad de expresión y otras reivindicaciones habituales en ese tipo de foro (vea enlace a la derecha). La lectura de periódicos tradicionales retrocede cada año en el Norte y en el Sur, en el Nuevo Mundo y en la Vieja Europa, aunque, claro está, con ritmos y características diferentes. Las respuestas deben estar adaptadas a cada realidad, pero en todos partes editores y empresarios buscan estrategias para atraer a jóvenes lectores. En los países latinoamericanos y caribeños, el lector liviano es aquel que no tiene hábito de lectura y que -dada su formación- ya no lo va adquirir, que casi nunca lee un periódico y que cuando lo hace le dedica poco tiempo y escasa atención. En los países más avanzados el lector liviano es sobre todo un lector que consume poco o nada de prensa escrita en papel, pero que invierte mucho tiempo en "pasearse" por la Red, presta relativamente poca atención a la noticia y mucho más a la publicidad (al revés que el lector tradicional.) La emergencia del lector liviano es algo que no sólo sienten editores y dueños de periódicos. Investigaciones hechas en Estados Unidos muestran que a diferencia de lo que ocurría en el pasado, cuando la población leía más a medida que envejecía, ahora quienes no son lectores a los 25-35 años tampoco lo son cuando superan los 55, o lo son en menor medida que antes. También revelan que hay más lectores livianos entre los sectores desfavorecidos de la población (hispanos, afro-americanos y asiáticos) que entre los favorecidos, aunque la crisis de la lectura sostenida, detenida y reflexiva atraviesa verticalmente a todas las sociedades modernas. En las redacciones de periódicos ya circulan ideas para captar la atención de estos nuevos lectores, tanto en la presentación de los textos (más cortos, de más fácil digestión, visualmente más atractivos) como de contenido (crimen, entretenimiento, consejos, nada de abstracciones sobre política y macroeconomía), sin olvidar los diarios condensados y gratuitos. Nunca como ahora la vieja pregunta de "¿y esto porqué habría de interesarme?" ronda tanto en las redacciones. La gente quiere seguir aprendiendo, pero las viejas maneras de hacerlo ya no valen, hay que recurrir a otras. Los jóvenes de hoy quieren historias bien contadas sobre gente como ellos y artículos sobre ropa, comida, viajes, salud y desastres. Todo en cápsulas breves y bien presentadas. ¿Qué implicaciones tiene todo esto para el desarrollo económico y social? Hace poco el filósofo español Fernando Savater nos recordaba en una conferencia en el BID que la educación es asunto de toda la ciudadanía (de la polis y por lo tanto político en el más cabal y noble sentido) y piedra angular de la convivencia, la participación y la tolerancia. Por lo tanto la lectura reflexiva -como herramienta básica del proceso de aprendizaje- es esencial para mantener la densidad y la resistencia del tejido social. No es lo mismo confrontar al lector liviano en una sociedad opulenta que en otras donde este convive con el analfabeto, donde no hay antepasados que hayan sido grandes lectores. Cada vez más se habla de programas de fomento de la lectura y se levantan más voces contra el escándalo de adolescentes que terminan secundaria y apenas leen o no consiguen expresarse con un mínimo de claridad. Sin caer en formas de elitismo perniciosas y paralizantes, reconozcamos que hay en el libro y la lectura del periódico una dimensión educativa y hasta moral totalmente irremplazable. En otra reunión de esta misma Sociedad Interamericana de Prensa hace unos años recuerdo que alguien le preguntó al ex secretario de Estado Henry Kissinger qué diferencia veía él entre los hombres públicos de su tiempo y los de ahora (mediados de los años noventa). Su respuesta me quedó rondando en la cabeza: dijo -palabras más, palabras menos- que él se sentía hijo del libro, que se había formado leyendo libros y que su modo de razonar y de actuar discurría como un libro, mientras que la mayoría de los políticos de hoy son hijos de la televisión y que su pensamiento y acción están pautados por la grandeza y miseria de la pequeña pantalla. En otros términos, lectores densos vs. lectores livianos. El escritor francés Marcel Proust dijo una vez que leer no equivale a dialogar o a pensar, pero que nos coloca "en los umbrales de la vida espiritual". Quizás sin forzar demasiado su pensamiento también podría afirmarse que abre las puertas a la participación razonada en la vida ciudadana. * Jefe de Prensa del BID LA ONDA® DIGITAL |
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