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El ALCA se tornó aburrido
por el Embajador Rubens Ricupero
“Y como se
volvió aburrido ser moderno,
Ahora seré eterno”
El
debate monotemático sobre el ALCA alcanzó aires tan estridentes y
redundantes que me provoca, confieso, el mismo tedio de Drummond. Siento
dificultad en leer, por el deber del oficio, ciertas cosas que se
publican, pues es difícil imaginar que alguna luz pueda nacer de tanta
superficialidad y ligereza.
A no ser que sea en el sentido con el que Guerra Junqueiro se refería al
cuaderno de apuntes Coimbra de su tiempo: “Para que esta Universidad de
un poco de luz, es preciso encender un fuego”.
No voy, de este modo, a engrosar la crónica ya abrumadora de las últimas
peripecias. Hay, sin embargo, uno u otro aspecto reciente que ayuda a
re-centrar la discusión dentro de una perspectiva más justa. El primero
es un peligroso desequilibrio que deviene de la atención excesiva a las
negociaciones comerciales, del ALCA o de la OMC, en detrimento de
elementos de importancia igual o mayor que las de ellas para dar impulso
a las exportaciones. Se crea la impresión de que todo depende de estas
negociaciones cuando lo que ellas pueden hacer es, como máximo, generar
oportunidades. Aprovecharlas estará condicionado a múltiples factores,
que se pueden reducir a tres grupos:
1º) cambio; 2º) capacidad de oferta, con precio y calidad competitivos y
3º) bajo costo de transacción, incluidos impuestos, transporte, seguro,
puertos, burocracia.
La diferencia entre las negociaciones y las demás categorías es que las
primeras dependen de algo que no controlamos: la voluntad ajena, de los
gobiernos extranjeros. Nuestro control sobre el resto no es exclusivo
sino que es bien mayor que en el caso de las negociaciones. Sólo por
esto sería lógico prestar atención por lo menos equivalente a lo que
está a nuestro alcance.
No obstante, no es lo que ocurre. No preciso recontar la desastrosa
historia de la valorización cambiaria hasta 1998, causa principal de
nuestros infortunios. Inclusive ahora, no estamos fuera de la zona de
peligro, debido a las presiones para apreciar la moneda. Sobre el papel
del sector productivo para mejorar la oferta, casi no se habla. Temas
como la reducción de gravámenes, del costo logístico de puertos y
transportes o de la burocracia, están ausentes del debate o son
mencionados en grado mucho más tenue que el ALCA.
Es interesante como en 2003, año en que las negociaciones comerciales se
deslizaron para culminar en los impasses de Cancún y de Miami, el
dinamismo exportador fue casi generalizado en América Latina, con una
sugestiva excepción. Estos resultados se deben a la aceleración del
comercio mundial (4,7%), luego de dos años anémicos. El crecimiento
espectacular de China, la razonable expansión de los EE.UU., el inicio
de la japonesa, posibilitaron no sólo un aumento de las exportaciones
latinoamericanas en volumen, sino cierta recuperación en los precios,
sobretodo de los productos primarios. Las ventas brasileñas explotaron a
una tasa impresionante de 21%. El Mercosur no quedó muy atrás, con 18% y
otras áreas, América Central y el Caribe (5%), los andinos y Chile
(5,3%) alcanzaron índices aceptables. La excepción fue México, cuyas
exportaciones se estancaron sin el petróleo o sólo aumentaron un 2,7%
con su inclusión. La media de las exportaciones latinoamericanas fue de
apenas 7,4% con Méjico y de 11,4% sin él.
Una causa importante de este éxito exportador fue el recalentamiento de
la demanda yanqui. Ahora, el único país de la región que goza, hace 10
años, de un acuerdo de libre comercio con los EE.UU. del mismo tipo que
se quiere negociar en el ALCA es el que, con buena lógica, debería ser
el primero en aprovechar la recuperación americana, justamente México!
La explicación se da por el último informe de la CEPAL: “México sufrió
una pérdida de competitividad, que se podría explicar por la aparición
de competidores con costos menores, como China y ... algunos países
centroamericanos y caribeños (más allá que) el peso mejicano se
encuentra valorizado en términos históricos”. En otras palabras, el
acuerdo de libre comercio ayuda a conquistar posiciones de mercado, pero
no garantiza mantenerlas.
Tómese, en sentido contrario, el caso de China, que no disfruta de
ningún ajuste especial con los EE.UU. y, hasta hace poco tiempo, ni
formaba parte de la OMC, no gozando de preferencias. Despilfarra, sin
embargo, los factores de la competitividad, en el fondo, los más
sólidos: cambio, oferta diversificada, logística barata. Resultado: está
con saldo bilateral de U$S 120 billones con relación a los EE.UU., y,
como si esto fuera poco, atrajo cerca de 300.000 empleos de
maquiladoras, antes en México.
Me resta comentar dos aspectos que tienen que ver con el recientemente
concluido acuerdo de libre comercio entre Australia y los EE.UU. El
azúcar, importante producto australiano, quedó enteramente fuera. Los
laticinios estarán sometidos a cuotas y la carne sólo tendrá
desgravación de tarifa extra cuota dentro de 18 años, contados a partir
del tercer año, o sea, en 21 años. Moraleja: firmar un acuerdo en año
electoral termina en esto – sólo se liberaliza lo que no duele.
Finalmente, para sorpresa general, el acuerdo no contempla un tribunal
arbitral frente al cual el inversor podrá procesar al Estado. Como los
americanos concedieron poca cosa, los australianos hicieron lo mismo. No
cedieron en el tribunal, ni en el programa de medicamentos codiciado por
los EE.UU., ni en medidas fitosanitarias, ni en la excepción cultural,
en la cual mantuvieron la exigencia de contenido local para los medios
de comunicación antiguos como la TV y extendieron la reserva de mercado
para todos los nuevos medios digitales. Los críticos propensos a pensar
que nuestra resistencia a exigencias excesivas en el ALCA es un
desafuero, deberían estudiar la postura australiana para ver lo que es
dureza.
Epílogo edificante: el corresponsal de el “Valor” en Ginebra, Assis
Moreira, preguntó al principal negociador americano en el ALCA si la no
inclusión del tribunal arbitral, en el caso de Australia, significa su
abandono también en la esfera de las Américas. Respuesta: No, para el
ALCA, lo que vale como modelo es el acuerdo celebrado con América
Central. Sé que la intención no fue esta, pero la respuesta me recordó
el viejo episodio de nuestro pasado diplomático. Reinaba, el dichoso Dom
João en 1810 cuando el visconde de Strangford lo obligó a engullir el
Tratado de Comercio, “en la forma y contenido más lesivos y más
desiguales que jamás se haya contraído entre dos naciones
independientes” según el duque de Palmela. El artículo 10 trasplantaba
para Brasil la institución del Juez Conservador de la Nación Inglesa, la
jurisdicción extraterritorial que Londres imponía a los países de
civilización dudosa.
Como los brasileños tuvieron la petulancia de reclamar reciprocidad, el
artículo rechazaba la inconveniente pretensión con el argumento de que,
en los dominios del rey de Gran Bretaña, bastaría continuar observando
escrupulosamente las leyes de protección a las personas y propiedades de
las que se beneficiaban los vasallos portugueses (al igual que todos los
extranjeros) “debido a la reconocida equidad de la jurisprudencia
británica y a la excelencia singular de su Constitución”. A pesar de la
involuntaria ironía, el Juicio Conservador sólo sería abolido por la
Regencia en 1832, bajo protestas de Inglaterra....
Traducido para
La ONDA digital por Cristina Iriarte (2004) LA
ONDA®
DIGITAL
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