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Los Trovadores Orientales
Registros y ausencias del Payador

por Martín Bentancor*

Olvidada por las ligas mayores de las Letras Nacionales, la literatura de carácter gauchesco ha perdido terreno ante la innovación y la dinámica cambiante del mundo actual. El gauchesco, entendido como la expresión máxima del “hombre de campo”, acompañó el desarrollo histórico del Uruguay y se expresó en varias vertientes:  cuentos, novelas, sainetes, poesía y ensayo. Uno de sus exponentes menos desarrollados fue el arte del Payador, figura de carácter épico que, a modo de los antiguos juglares o trovadores, difundió la vida del hombre de campo a lo largo y ancho del país. Género abierto y popular, la payada, se convirtió en una suerte de duelo criollo que enfrenta dos visiones opuestas de un mismo tema. A continuación, un repaso sobre el arte del payador y los escasos registros escritos que de él se conservan. 

LOS INICIOS
Puede afirmarse que la payada, entendida como el arte de improvisar versos sin ningún tipo de soporte escrito y con el acompañamiento de la guitarra, surge con Bartolomé Hidalgo y Eusebio Valdenegro a comienzos del siglo XlX. Hidalgo y Valdenegro pertenecieron al ejército artiguista, recorrieron la campaña tras el líder del Pueblo Oriental y murieron jóvenes y sin conocer la gloria, exceptuando el reconocimiento de aquellos que presenciaron sus actuaciones. Hidalgo fue el creador del género conocido como “cielito”, considerado la primer danza nativa local y que gozó un parcial resurgimiento en la década de los 60 en ciertos exponentes del canto popular uruguayo. Según algunos testimonios que llegaron hasta nuestros días, Hidalgo poseía un inigualable don para inventar (improvisar) versos sobre los temas mas variados. De Eusebio Valdenegro es muy poco lo que se sabe. Solo se conservan dos composiciones de su autoría (Los fogones del Blandengue y Canción patriótica de 1810) y el registro documentado de su capacidad en la improvisación lírica que, junto a Hidalgo, lo convierte en uno de los fundadores de la Payada. 

Con el desarrollo territorial de la Banda Oriental y, posteriormente, la República Oriental del Uruguay, los habitantes del campo encontraran en el payador a su máximo cronista y, al mismo tiempo, un generador de entretenimiento y diversión. 

El payador se encargará de recorrer poblados, estancias y pulperías y, siempre acompañado por la guitarra, cantar ante variados auditorios sobre los temas más diversos. El canto de un payador podía versar sobre la temática campesina (los pormenores de una cosecha, las faenas camperas, los personajes del pago) o escapar del pragmatismo y referirse al cosmos, la figura de Dios o la eterna disputa entre el Bien y el Mal. 

LOS PAYADORES POETAS
El carácter itinerante del payador, que lo llevaba a recorrer el país sin destino ni hogar permanentes, llevó a alguno de ellos a registrar sus experiencias en variadas composiciones que se encargaban de interpretar en sus actuaciones. 

Muy pocos libros registran la obra escrita de los payadores siendo uno de los más representativos Los viejos payadores de la Patria publicado en la década de los 60 por la vieja Editorial Cisplatina. Allí aparece la obra de Juan Pedro López, Clodomiro Pérez y Pedro Medina, entre otros, junto a un conjunto de composiciones de Bartolomé Hidalgo y Eusebio Valdenegro. La edición cuenta, además, con varios textos de Joaquín Lenzina o Ansina considerado, en su tiempo, como el Payador de Artigas. 

La mayoría de las composiciones registradas en Los viejos... respeta el formato de la décima (estrofas de diez versos) y fueron escritas para ser interpretadas en el formato milonga. Sobresalen aquellas de temática netamente gauchesca – Cimarroneando de Florentino Callejas, Fiesta campera de Clodomiro Pérez, El overo de Braulio Césaro – y en todas se percibe la intención de destacar la figura épica del gaucho, su sentido de pertenencia a la tierra que habita y el peligro que acecha tras la irrupción de lo moderno. Algunos caen en una exaltación desmedida del nacionalismo y una invocación a las gestas patrióticas de Artigas y Lavalleja y, en menor grado, de Fructuoso Rivera. La mayoría utilizan el lenguaje gauchesco para contar situaciones y, de esa forma, es posible encontrarse con expresiones como “matungo”, “gueno”, “galopiao”. En otros casos aparece un lenguaje más refinado, ajeno al idioma cerrado y embrutecedor de ciertas zonas de campaña, como lo muestran estos versos del coloniense Pelegrino Torres: 

Tu padre en el desatino
de una vida disipada
se fue tras la correntada
se aquel falso torbellino.

Dejó torcer su destino
con alocadas quimeras,
aventuras pasajeras
e ilusión desvanecida;
llenaban toda su vida
copas, bailes y carreras.
 

TRAMAS Y LEYENDAS
A Juan Pedro López, payador oriundo de Canelones, se le deben dos extensas composiciones que trascienden el lenguaje gauchesco y el color local, adquiriendo visos de historias policiales y de terror. En La casa encantada, López cuenta la historia de una extraña y solitaria casa “mismo en la cumbre de un cerro” sobre la que cae una oscura maldición. Empujado por la intrepidez y valentía de la edad, un joven se propone viajar de noche a esa casa y desenterrar el misterio que mora en su interior. Cuando los días se suceden y el valiente no regresa, una comitiva parte a buscarlo. Llegados ante el lugar asistirán a un horror sin nombre para el que la ciencia y la lógica no tienen explicación. López concluye así su obra:

...así pagó la torpeza
de descubrir insondables
misterios tan respetables
como la vida y la muerte,
dos cosas que están por suerte
para el hombre impenetrables. 

Juan Pedro López también compuso La leyenda del Mojón, una trágica historia familiar donde la ejecución de un crimen sirve como venganza y ajuste de cuentas de un hombre con su destino. El inicio del poema es una verdadera muestra de la capacidad de síntesis del payador y una exaltación del cuento oral o cuento de fogón: 

Llovía torrencialmente
y en la Estancia del Mojón
como adorando al fogón
estaba toda la gente;
dijo un gaucho de repente

“Les voy a contar un cuento,
aura que el agua y el viento
train a la memoria mía
cosas que naides sabia
y que yo diré al momento”. 

El afán por contar historias, generalmente basadas en un hecho trágico, sobrevive en varios textos de Pedro Leoni, Pelegrino Torres y Luis Alberto Martínez. Este ultimo es el autor de La cruz del viejo cantor donde, a partir de la existencia de una sepultura olvidada en mitad del campo, el narrador cuenta las circunstancias que llevaron a su existencia. Otros payadores optaron por un giro humorístico o más liviano en sus composiciones. Tal es el caso de Evaristo Barrios, un argentino nacionalizado que en Cantándole a Tata Dios imagina un viaje al Cielo donde, tras tocar la guitarra para el mismísimo Dios, este frena sus impulsos de zapatear por considerarlo un pecado. En Política Chica narra los avatares del paisano cuando va a votar y, lo que comienza como una broma a los candidatos del pueblo termina en bofetada al propio sistema político: 

El pueblo sabrá algún día
cuando su venda haya roto,
como entrega, con su voto,
la propia soberanía.

Borrara la algarabía
de ruidos y de colores;
no tendrán los trepadores,
el pedestal de la audacia.

Será real la democracia
y triunfarán los mejores. 

A diferencia de la poesía tanguera, la obra poética de los payadores ha desaparecido gradualmente de nuestro país. Los escasos registros escritos que documentan su arte no alcanzan para combatir la ausencia que su figura posee en la trama histórica del país. El propio concepto de payador se ha desdibujado y los pocos que sobreviven suelen actuar esporádicamente y con escasa difusión. El payador se encargó con su arte de hacer constante aquello de “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, máxima que parece demostrar su precaria significación. 

* Martín Bentancor - Canelones, 1979 - es periodista, docente y escritor. Está pronto a egresar como Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado con Posdata, El País Cultural, La República, El Mirador Canario, Hoy Canelones, y El Gato Negro. Fue editor de espectáculos de Trato Hecho Revista & Clasificados durante 1999-2000. Varios de sus cuentos han sido publicados en el semanario Trato Hecho. En 2002 obtuvo Mención de Honor del Jurado, en el Concurso Literario de la Intendencia Municipal de Montevideo, por su novela Las otras caras del verano, escrita en co-autoría con Rodolfo Santullo.

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