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Un año después de la guerra contra Irak,
el mundo es más inseguro
y complejo que nunca

Profesor Augusto Zamora

Los manifestantes volvieron a llenar las calles y los noticieros iniciaron otra vez sus emisiones con imágenes de dolor y sangre. Cuerpos destrozados por las bombas, heridos regados por las calles, el ulular estremecedor de decenas de ambulancias, llamadas a la población para que donara sangre ante la cantidad de muertos y heridos... pero no estábamos en marzo de 2003 ni se trataba del Bagdad machacado por las bombas de Estados Unidos. Era Madrid, capital de España, país técnicamente en paz, aunque miembro de la coalición que atacó y ocupó Irak y cuyas tropas controlan, para Estados Unidos, una región de ese país árabe.

Este Madrid y esta España comprendieron, el 11 de marzo, que no se puede llevar a un país a la guerra sin asumir riesgos y pagar el obligado tributo de muertes propias y ajenas. Era, también, una forma brutal de recordar que el mundo estaba más lejos que nunca de ser ese sitio seguro prometido por Bush, Blair y Aznar, como uno de los pretextos de la guerra contra Irak. Era lo contrario, ahora el mundo es más inseguro y complejo que nunca.

Desde el inicio de la guerra, hace un año, muchas cosas y pocas buenas han ocurrido en este atribulado planeta. El trío de las Azores no habla ya de armas de destrucción masiva ni alardea de sus apocalípticos anuncios de que esas armas podían alcanzar Londres en cuarenta minutos. Sabemos, en cambio, que desde 1994 Irak no poseía tales armas, que su equipo militar era obsoleto y que Sadam decía la verdad y el trío mentía.

Hoy el presidente iraquí está detenido y su lugar lo ocupa un procónsul extranjero, el país permanece ocupado y la población sufre niveles terribles de violencia, penuria y desarticulación. Los bienes nacionales están siendo repartidos entre empresas próximas a los jerarcas de Washington y más de 15.000 iraquíes están presos. Irak pasó de ser un país laico y sin flagelo terrorista a convertirse en el país más peligroso del mundo, en primer lugar para las tropas ocupantes. No hay día sin ataques y el goteo de víctimas aumenta sin cesar. Nadie en Estados Unidos previó que la guerra de conquista sería respondida con guerra de guerrillas y atentados terroristas.

Tristes aliados
De la avalancha de acontecimientos acaecidos desde que Estados Unidos declarara el fin de la guerra, algunos destacan por su singularidad. Así, los denodados esfuerzos del gobierno Bush para implicar a otros países en la ocupación de Irak y la pobreza de sus resultados. La página oficial del Departamento de Estado contiene la lista de miembros de la coalición y su lectura mueve a risa. Se trata de una mixtura de microestados y de países extraídos de entre los más pobres del mundo. Micronesia, Islas Marshall y Palau (ex colonias estadounidenses cuya moneda es el dólar) militan junto a Kiribati, Tonga, Albania, Honduras, Fiji, Eritrea, Ruanda o Letonia. Ningún árabe, salvo Kuwait, un grupo mínimo de países ricos y nada más. A esta coalición dedica Michael Moore comentarios mordaces en su último libro ¿Qué han hecho con mi país?, pues resulta difícil leer la lista sin acudir al chascarrillo y la guasa. Tristes aliados para un afligido imperio, al que el triunfo socialista en España le recordó la precariedad de sus alianzas, obligándole a considerar una nueva resolución de Naciones Unidas como medio de evitar que entre su coalición se propague como epidemia el ejemplo español.

Igual de patético es el empeño de Washington por reclutar tropa extranjera que alivie la presión de la resistencia iraquí, que ha causado más bajas a su ejército que la propia guerra. Forzado por la guerrilla y los elevados costos de la ocupación, Estados Unidos impuso un tributo de fidelidad a sus amigos, exigiéndoles el envío de soldados para que le ayudaran a resguardar el botín, bajo promesa de unas migajas. Lo notable del hecho no es que países tan potentes como Honduras, Bulgaria o Tailandia (Japón es la excepción) aceptaran enviar soldados, sino la forma en que se hizo el envío.

La casa Blanca ha tenido que presionar duro a tres docenas de países para que funjan de aliados, con la singularidad de que buena parte de ellos son tan menesterosos que Washington debió pagar los gastos de traslado y equipación de la tropa. Nicaragua, incluso, debió retirar la suya por falta de fondos. Los aliados ricos han debido cubrir sus gastos para aliviar los de Estados Unidos. No obstante el empeño, los resultados han sido magros, pues la tropa reclutada apenas llega al 15% de los efectivos. Aunque quiera, el país norteamericano no puede ocultar la soledad de su política, sin olvidar que parece chiste que un estado que reclama la hegemonía mundial necesite de países indigentes para mantener una conquista.

En las semanas precedentes a la guerra, una prepotente Condolezza Rice declaraba que era Naciones Unidas la que necesitaba a Estados Unidos y no al revés. La frase resumía el hondo desprecio que sentía el gobierno Bush hacia la organización mundial. Nadie en Washington se atreve hoy a expresarse en tales términos. La dura posguerra ha obligado a la Casa Blanca a buscar el auxilio de la ONU como medio de recabar apoyo de la comunidad internacional y encontrar una salida airosa al pantano iraquí. Ninguno de esos objetivos se ha conseguido. El apoyo ha sido más formal que real, pues las resoluciones del Consejo de Seguridad, sacadas con forceps, han resultado insuficientes para todos: Estados Unidos no ha logrado legitimar la ocupación y debe seguir soportando el costo de la misma y Naciones Unidas rehúsa asumir cargas sustantivas porque Washington pretende reducirla a mero instrumento a su servicio, mientras se guarda el control militar, político y económico de Irak. Un desacuerdo tan fuerte que, un año después, la situación sigue atascada, sin que asome por ninguna parte un mayor compromiso de la organización mundial o de grandes Estados como Rusia, Francia o India.

Una constitución para Irak
La administración Bush ha aireado como un gran éxito la firma de una constitución provisional, que supone regirá en Irak hasta las elecciones previstas para enero de 2005. La firma del texto resulta engañosa porque, a fin de cuentas, es obra de un consejo controlado por Estados Unidos, con el procónsul Bremer como pontífice máximo. El ayatolá Alí al Sistani, líder de la mayoría chií, rechazó sin dilación el documento, acusándolo de dificultar la transición en el país. Los suníes no están más contentos, en tanto el baazismo –que, aunque ilegalizado, sigue vivo- no ha contado. El único consenso generado por el documento se refiere a que acelerará el fin de la ocupación y permitirá a los iraquíes recobrar el control de su país.

Allí termina el forzado idilio y empiezan las incógnitas de fondo. Para chiíes, suníes y los restos del Baaz (90 por ciento de la población iraquí), la retirada total de Estados Unidos es un objetivo esencial del proceso de reconstrucción del país, que debe culminar en una primera etapa con las elecciones de 2005. Para la Casa Blanca, su ejército debe quedarse un tiempo indefinido, es decir, que Irak sólo puede dotarse de soberanía formal en tanto Estados Unidos sigue controlando el poder real. Posiciones tan opuestas llevan a un dilema categórico. O los iraquíes aceptan la tutela indefinida de Washington, que no parece posible, o Estados Unidos acepta abandonar el botín tan duramente adquirido, lo que debe descartarse, pues no se conquista un país a un costo tan elevado para abandonarlo graciosamente poco después. La dificultad de hallar una vía intermedia induce a creer que la guerra se prolongará por mucho tiempo.

Tanto o más incierto es el desenlace que pueden tener las elecciones de 2005. Los chiíes parecen seguros de su victoria, pues constituyen el 60 por ciento de la población iraquí. Esta victoria haría de Al Sistani el hombre fuerte del país y, peor aún para Estados Unidos, podría hacer de Irak socio de Irán y aliado de Siria, las dos bestias negras de Washington en Oriente Medio y únicos países que resisten la aplanadora norteamericano-israelí. ¿Permitirá Estados Unidos el triunfo chií y la consolidación de un gobierno de ese corte o querrá repetir el modelo que impuso en Afganistán? Los antecedentes apuntan a lo segundo. Estados Unidos intentará por todos los medios reproducir el modelo afgano (y haitiano, centroamericano, filipino), colocando a otro agente de la CIA (el presidente Hamid Karzai lo fue) al frente de Irak, aunque su poder se reduzca, como en el caso de Karzai, a los arrabales de Bagdad. No debe olvidarse que el actual presidente del Consejo iraquí, Ahmed Chalabi, trabajó para la CIA y que su mando y relevancia depende de las tropas de ocupación. Las elecciones de 2005 pueden tanto arreglar Irak como acabar provocando una insurrección contra la intervención extranjera.

Carrera desesperada
Lo que es obvio es que Estados Unidos necesita tiempo. Tiempo para organizar un ejército y una policía y fuerzas de seguridad que le sirvan lealmente. Lo suyo es una carrera casi desesperada, pues conoce como nadie que una devolución prematura –para sus intereses- de la soberanía a los iraquíes puede desembocar en un desastre. Después de un año de guerra y ocupación, la situación de Estados Unidos en Irak no sólo no ha mejorado sino que ha sufrido un serio desgaste interno e internacional. Ese desgaste contribuye a explicar el impacto de la derrota de Aznar el pasado 14 de marzo, pues si bien España es irrelevante militarmente, posee un notable peso político y simbólico, por haber formado parte del trío de las Azores.

La “defección” española ha venido a demostrar, más si cabe, el profundo rechazo que la agresión contra Irak sigue provocando en el mundo. Aunque no cabe negar que los atentados del 11 de marzo incidieron fuertemente en el sentido del voto, no es menos cierto que encontraron terreno abonado en un pueblo que había repudiado como pocos esa guerra. Más aún, si da por cierto que los sistemas democráticos adversan la guerra, debe aceptarse también que España goza de ese sistema y que Estados Unidos no, porque la extrema concentración del dinero y medios de comunicación en un puñado de personas ha conducido a un sistema plutocrático, vaciado de libertad, con un pueblo manipulado al gusto de esa plutocracia.

Un año después del inicio de la guerra el mundo está peor. El terrorismo se ha expandido, Naciones Unidas no levanta cabeza, Irak está sumido en la incertidumbre y la potencia agresora se atrinchera en los palacios de Sadam. Coincidiendo con el aniversario del dislate belicista, la británica BBC hizo pública una sospechosa encuesta, según la cual la mayoría de iraquíes están satisfechos con la situación del país. Tanta felicidad mueve a risa (otra vez) pues la encuesta parece una apología de las guerras de conquista, en tanto obvia el tema central de la ocupación extranjera, que los iraquíes no quieren. Quienes lo conocen, saben que Estados Unidos no abandonará voluntariamente Irak. No lo ha hecho antes en ninguno de los países que ha ocupado. Es historia harto conocida en Latinoamérica: continúa en Puerto Rico y Guantánamo, en Honduras y Haití.

El patrón que sigue en Irak lo ensayó por vez primera en Nicaragua, en 1909. Derrocó a su presidente, invadió el país, nombró a un procónsul, puso a gobernar al empleado de una empresa norteamericana, entregó los recursos del país a empresas estadounidenses y organizó elecciones vigiladas por marines, que ganó su candidato, que... Irak hoy es como leer historias del Caribe, aunque en vez de mar hay arena, en vez de bananos, petróleo. Pero no estamos en 1910, ni Irak es el Caribe. Alguien debe decírselo a Estados Unidos. Decirle también que, sin entregar el poder real a Naciones Unidas y abandonar Irak, no habrá salida a la crisis. Por más resoluciones serviciales que se adopten.

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