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El Cristo de Mel Gibson
Una misa por el calvario

por Oribe Irigoyen

En fecha propicia, por aquello de la inminente Semana de Turismo o Santa si así lo cree, Montevideo conoce las imágenes polémicas y taquilleras de La pasión de Cristo, producidas, co-libretadas junto al católico dicen que conservador Benedit Fitzgerald, y dirigida por el conocido actor australiano Mel Gibson.    

POLEMICA Y DOLARES
Gibson, que conquistara 3 Oscars en 1995 - mejor película, director y fotografía - con su anterior realización como cineasta, Corazón valiente, esta vez ha provocado mucho ruido con su propuesta acerca de la crucifixión de Cristo. Desató la polémica y el escándalo, por consiguiente o no, alcanzó un arrollador éxito de taquilla en Estados Unidos y Canadá. Producto de una muy astuta campaña de marketing, previa y post-estreno, del propio Gibson y firmas especialistas que apostaron al cliente católico, a la morbosidad generalizada del público por lo perturbador que se podía ver en el film, y que recibieron de regalo la polémica y el escándalo, siempre vendedores.    

La película ganó amplios espacios y titulares en todos los medios masivos occidentales - y cristianos, si le parece -, la aprobación inicial del Vaticano y luego el retiro de la misma, la fuerte polémica por la violencia y sanguinolencia de sus imágenes y presunto prejuicio antijudío. 

Sus detractores acusan al film de antisemita, aunque buena parte de ellos matizan sus objeciones, sosteniendo que más que antijudío, provoca la posible exacerbación de esos sentimientos en el público, a través de la violencia de las imágenes y del trazo grueso con que describe a los judíos contrarios a Cristo. En síntesis, apoyo y alborozo cristiano para el film, reparos y acusaciones de los judíos.    

Polémica, escándalo, y película, claro, que se traducían hacia el 15 de marzo y no muchos días de exhibición, en una recaudación de más de 230 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá, para una obra todavía

en cartel y en los primeros puestos de taquilla. Que en los tres primeros días de estreno estadounidense ya había desquitado los muchos millones de costo.    

UN PROTAGONISTA MUY CONOCIDO
Con toda lógica cultural y tradicional para Occidente, Jesucristo ha sido desde los albores del cine un personaje muy frecuentado por las imágenes, como protagonista o secundario pero clave. Lo ha sido de modo particular para Hollywood, la meca del cine. 

Además de anónimas estampas en blanco y negro o colores de la prehistoria del cine, ya en 1912 aparece de protagonista encarnado por Robert Henderson en From the Manger to the Cross, adopta luego la figura de George Fisher en Civilisation ( 1916 ). En ese mismo año llega a la dimensión de arte cinematográfico con el director David W. Griffith en Intolerancia, vestido por la figura de Howard Gaye. Desde entonces, su protagonismo propicia y requiere el formato de la superproducción. Con el rostro de H.B.Warner en Rey de Reyes de Cecil B. de Mille ( 1927 ), su peripecia alcanza una exaltación de pompa y circunstancia para el gran espectáculo, que difícilmente habría de perder. Volvió a ser Rey de Reyes en 1961, bajo la dirección del inquieto y talentoso Nicholas Ray y la presencia de Jeffrey Hunter, pero no superó el tedio, y siempre en el mismo estilo grandilocuente fracasó en La historia más grande jamás contada

(1965 ) a pesar de la entrega actoral del enorme Max Von Sydow y de la cabal artesanía de George Stevens.    

Esta reseña de títulos de homenaje y exaltación de Cristo por parte de Hollywood, por lo general, no superó la estricta hagiografía superficial y el gran espectáculo de bronce religioso. No se sabe de polémicas o escándalos suscitados. Ni había por qué, salvo el malhumor cinematográfico de los críticos.    

La polémica en torno al tratamiento de la figura de Cristo y su ideario ocurrió con películas de mayor rigor conceptual y artistico, aunque no siempre. Fue leve con relación a Jesus Cristo Superstar de Norman Jewison ( 1973 ), una adaptación de la sólo espectacular ópera-rock de Andrew LLoyd Webber sobre la vida de Cristo, que ya hab¡a ganado la partida del ‚xito y la oposici¢n en Broadway. Mayor fue el disenso, solventado luego por la absolución papal de El evangelio según Mateo ( 1965 ), notable film del poeta italiano Pier Paolo Pasolini, que encara a la figura del Mesías en la carnadura no profesional de Enrique Irazoqui, para dimensionar su carácter humano y de revolucionario de su tiempo, en una propuesta de diálogo enriquecedor entre el pensamiento cristiano y el marxismo. Mayor oposición y diatribas obtuvo La última tentación de Cristo ( 1988 ) del estadounidense Martin Scorsese, una adaptación de la novela de Nikos Kazantzakis en que el excelente actor Willem Dafoe interpreta a Cristo atormentado por su deseo de ser un hombre corriente, su deber divino de ser sacrificado y la voz de Dios. Y se llega al aumento de decibeles polémicos con esta variante de La pasión de Cristo.    

EL CATECISMO EN CELULOIDE
Acaso la gente está  abandonando a la Iglesia Católica y sus templos no concitan el interés militante. Y se hace necesario un sacudón de fe promoción o propaganda religiosa, como se prefiera, para convulsionar y despertar la conciencia de los feligreses. Ese espíritu de reclutamiento de voluntades es el rasgo principal que surge del sentido y formulación del film de Mel Gibson, un creyente sin duda militante.    

Es obra para convencidos o proclives a ello. Para quien no lo es, sus imágenes no aportan el menor concepto nuevo, reflexión o sugerencia enriquecedora acerca de la figura de Cristo, su ideario o proyección futura, y vaya si la tuvo.

Como una misa sobre el Gólgota o una lección de catecismo en celuloide, con sus méritos cinematográficos, que los tiene, y sus limitaciones conceptuales, que también las hay, La pasión de Cristo es estricta liturgia católica y ritual eucarístico que se atiene sólo a la Pasión. Esto es las 12 horas que transcurren desde el arresto de Cristo en Getsemani por los romanos y su muerte en la cruz, con un epílogo breve que sugiere la resurrección.    

Se trata de una liturgia preconsiliar, conservadora si cabe, empeñada en que los actores del film hablen arameo como en misa primitiva. Se traduce en una amplia y minuciosa detención en las terribles torturas y padecimientos de Cristo portando la cruz, alternada con breves flashbacks que ilustran sobre aspectos de la vida y doctrina del protagonista pensados por él en medio del sufrimiento. Un recurso valioso sin duda, invalidado por el carácter somero y superficial del contenido de esas vueltas atrás en el tiempo. Pero que, a los efectos cinematográficos, operan de forma coherente con la concepción épica de hermosas imágenes, buen pulso narrativo desplegados por Gibson. Se ha objetado y mucho el regodeo del autor en la violencia naturalista de las torturas y los excesos de sangre derramada en las imágenes. El hecho es real aunque justificado por el ritual de sangre y vino de la eucaristía.

En último término, tal violencia y derrame sangriento son bastante menores que los propuestos, con fines mucho menos loables, por cuanta película de terror que abunda en la cartelera. Más discutibles son los trazos gruesos que Gibson destina a los malos de la película: judíos, romanos, etc. Reparo atendible, si bien podría alegarse que esa visión del enemigo está  acorde con la concepción general del film ( el rito ) que no sabe de matices ni sutilezas, ni siquiera para su Cristo, un personaje monolítico y sufriente.

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