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El pincel mojado en la vida
por Héctor Rosales
Barcelona
“Te
trampearon, Vicente Janto, te trampearon”. Ahí la certeza inicial de
esta novela sin trampas, pero siempre, hasta la última página,
sabiamente rodada en el misterio.
Un hombre corriente sale de una capital anónima en busca del hijo que no
conoce. Le avisan por carta del nacimiento de la criatura y falta a su
trabajo para viajar a la ciudad del interior donde está radicada la
madre del niño. Espera sorprenderles con su visita. Y a él le sorprende
el destino en forma de agua.
Una población inundada, un botero que, en lugar de ayudarle a cruzarla,
le deja abandonado en un tejado luego de robarle el único bolso que
llevaba. Después la dictadura del agua, sus víctimas, con las que
convivirá Vicente Janto en su permanente afán de escaparse de allí, de
escaparse de sí mismo y del futuro.
Lo único que sabemos es lo que el agua ejerce en sus marionetas, lo que
queda del pasado como deteriorada moneda de cambio para traficar,
remodelar, volver a usar en un presente estancado, teñido por completo
con el color de la degradación, un líquido marginador cuyas memorias se
cuelan en las páginas de la novela con la misma eficacia que van
emergiendo los perfiles gastados de los protagonistas.
Miguel Motta emplea la pintura verbal para delinear un cuidadísimo
ejercicio narrativo, sobrio, preciso en su lenguaje, con irrupciones
poéticas muy bien dosificadas sobre un relato que fluye sin fisuras
atrapando al lector en la corriente.
Los personajes están dibujados con las líneas suficientes para que sean
creíbles y no se interpongan en el ritmo de la historia. El narrador les
acompaña en todo momento cual director de orquesta, sin adelantarse a lo
que pasará, sino marcándoles el compás de los sucesos, describiendo el
ahora y apoyándose en una expresiva ilustración de los entornos, los
objetos, las atmósferas que flotan dentro y fuera de cada ser.
La novela incorpora con grande acierto uno de los recursos más olvidados
o torpemente utilizados por buena parte de la narrativa contemporánea:
el uso de diálogos fieles a la naturaleza de cada personaje, en este
caso adecuándose al medio rural y a las difíciles circunstancias que los
rodean. No hay largos soliloquios ni afanes filosóficos o indagatorios
de la sicología de cada uno. Sus palabras les definen, como también el
carácter y algunos detalles físicos que les imprime el autor.
Estamos, pues, ante un claro ejemplo de narrativa pura: disponer de una
historia, unos personajes “vivos” y una voz que se dedica a contarnos lo
que pasa desapareciendo voluntariamente de los escenarios. Las
conclusiones, las reflexiones de fondo, los juicios o complicidades
quedan en manos del lector.
Pero también aparece en “Los días del agua” una especial tonalidad,
mantenida en toda la obra, que impregna el discurso literario de una
velada tristeza, sensible al devenir anclado, estático, incapaz de
rebelarse contra el ahogo existencial que impone el agua.
Los seres que flotan en la población inundada no son tan diferentes a
los que vegetan en la ciudad. Ambos entienden el presente como una
adecuación sin cuestionamientos. Los primeros, aferrados a los restos
del pasado como soportes de sus jornadas, los segundos, atorados en la
rutina diaria que les permite objetos nuevos y actitudes
discriminatorias para quienes no viven como ellos. Ninguno de estos
grupos humanos aceptará al otro.
Lo más notorio es el color de los inundados, clara metáfora del color de
la indigencia, tan difícil de borrar por quienes la padecen.
Hay otra metáfora que podría leerse en la novela, la que alude al
deterioro del Uruguay y, por extensión, a la de los países deslizados en
las vías sumergidas del subdesarrollo. Más de un lector compatriota
encontrará diversas señales al respecto, dejadas por Motta como un guiño
dolido en las orillas de unas cuantas páginas.
“Los días del agua” supone un importante avance en el camino literario
del autor, que anteriormente había publicado “Breviario de un
mediocampista” (su primer libro, en 1992) y “Código para una muerte”
(1995), títulos también editados y galardonados desde la capital
uruguaya.
Miguel Motta, nacido en Salto (Uruguay) en 1954 y hoy residente en
Montevideo, reafirma con su tercera novela un innegable oficio en la
creación de estructuras narrativas, una personalidad literaria dotada de
imaginación, experiencia vital y talento para comunicar su atenta mirada
sobre el hombre y sus frágiles navegaciones.
www.hrosales.com
Los días del agua: Miguel Motta
Alfaguara Montevideo, 2003 176 pp.
Primer Premio 2002 de narrativa inédita
Ministerio de Educación y Cultura Uruguay
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