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Los golpes de Estado en América Latina, configuraron un fenómeno de política internacional continental, más que de política nacional, interna.
1964: LA CIA y la
técnica
La CIA, sucesora del Office of Strategic Services (OSS), se dedicó no sólo a la recolección de datos, sino a varios tipos de operaciones de guerra sicológica y paramilitares, conocidas como PP o DUDAGE, que jamás deberían ser atribuidas a ella o al gobierno de EE.UU. y sí a otras personas u organizaciones6. Su ex-agente, Philip Agee reconoció, en su libro Inside the Company: Cia Diary, que estas operaciones son arriesgadas porque casi siempre significan intervención. Ellas visan a influenciar, por medios encubiertos, los asuntos internos de otro país, con el cual EE.UU. mantiene relaciones diplomáticas normales, y la técnica consiste esencialmente en la “penetration”7, buscando aliados deseosos de colaborar con la CIA. De ahí la regla más importante en su ejecución es la posibilidad de “plausible denial”, i.e., negar convincentemente la responsabilidad y la complicidad de EE.UU. con el golpe de Estado, u otra operación, una vez que, si fuese descubierto su patrocinio, las consecuencias en el campo diplomático serían graves. Las operaciones de guerra sicológica implican propaganda y divulgación, o sea, campaña a través de los medios, junto a las diversas organizaciones estudiantiles, sindicatos, otros grupos profesionales y culturales, así como junto a los partidos políticos, sin que la procedencia de las informaciones pueda ser atribuida al gobierno americano. Ella es efectivizada, muchas veces, por agentes de la CIA, instalados en la Embajada Americana como diplomáticos, u hombre de negocios, estudiantes o jubilados, mientras las operaciones paramilitares consisten en la infiltración en áreas prohibidas, sabotaje, guerra económica, apoyo aéreo y marítimo, financiamientos de candidatos en las elecciones, soborno, asesinatos (executive actions) por la División D, dentro del proyecto conocido como ZR/RIFLE8, entrenamiento y mantenimiento de pequeños ejércitos (covert actions) etc9. Estas operaciones tipifican la técnica del golpe de Estado, que la CIA desarrolló y aplicó en Brasil y en diversos países de América Latina, en los años 60 y 70 del siglo XX, radicalizando, artificialmente, las luchas sociales, hasta el punto de provocar el desequilibrio político y desestabilizar gobiernos (spoling actions), que no se sometían a las directrices estratégicas de los EE.UU.. “In some cases, a timely bombing by a station agent, followed by mass demostrations and finally by intervention by military in the name of the restoration of order and national unity- reveló Philip Agee, agregando que las operaciones políticas de la CIA fueron responsables por coups, que obedecieron al mismo padrón en Irán, en 1953, y en Sudán, en 1958. Los agentes de la CIA y sus mercenarios nativos, encargados de promover “hidden World War Three”10, ejecutaron en Brasil, desde 1961, las más variadas modalidades de covert action y spoiling action, agravando la crisis interna e induciendo, artificialmente, el conflicto político hacia la radicalización, más allá de los propios impulsos intrínsecos de las luchas sociales, de las cuales la comunidad empresarial norteamericana participaba como un significativo segmento de sus clases dominantes. Aquel tiempo, las corporaciones multinacionales, en busca de factores más baratos de producción, no podían tolerar en los new industrializing countries ningún gobierno de corte social-democráta, que, bajo influencia de los sindicatos, favoreciera la valorización de la fuerza de trabajo. Y, mientras el presidente John F. Kennedy (1961-1963) condenase, formalmente, los golpes de Estado y privilegiase la democracia representativa como forma de evitar revoluciones y combatir el comunismo, EE.UU. trató de debilitar y derrocar el gobierno del presidente João Goulart, no sólo por causa de algunas nacionalizaciones, sino, sobretodo, con el objetivo de modificar la política externa de Brasil, que defendía los principios de autodeterminación de los pueblos y se oponía a la intervención armada en Cuba. El 11 de diciembre de 1962, Kennedy reunió el Comité Ejecutivo del Consejo de Seguridad Nacional para examinar la “amenaza comunista” en Brasil y la crisis de su balanza de pagos. Por lo que todo indica, en aquella oportunidad, se decidió que EE.UU. suspendería totalmente cualquier financiamiento al Gobierno Goulart, no haciendo nada, como prórroga de vencimientos, para aliviar las dificultades de sus cuentas externas, y sólo destinando recursos a los Estados, después denominados “islas de sanidad administrativa”, cuyos gobernadores eran militantes anticomunistas. Al día siguiente, al hablar a la prensa, Kennedy se refirió duramente a la situación de Brasil, declarando que una inflación del 5% al mes anulaba la ayuda norteamericana y aumentaba la inestabilidad política. Según él, una inflación del ritmo del 50% al año no tenía precedentes y EE.UU. nada podía hacer para beneficiar al pueblo brasileño, mientras la situación monetaria y fiscal dentro del país fuese tan inestable. Así, públicamente, proclamó que Brasil estaba en bancarrota. Y al recibir en audiencia, el día 13, al senador Juscelino Kubitschek, ex-presidente de Brasil, y Alberto Lleras Camargo, ex - presidente de Colombia, pronosticó que, sin importar lo que hiciese EE.UU., la situación de Brasil debía deteriorarse11. A pesar de los factores domésticos, que los posibilitaron, los golpes de Estado en los países de América Latina, luego de la revolución cubana, constituyeron batallas de “hidden World War Three”. Ellos resultaron de la mutación de la estrategia de seguridad continental, promovida por el Pentágono, redefiniendo las amenazas, con prioridad para el enemigo interno, y difundiendo, a través de la Junta Interamericana de Defensa, particularmente, las doctrinas de contra insurrección y de acción cívica. Casi todos los golpes de Estado en América Latina, durante los años 60 y 70, configuraban, así, un fenómeno de política internacional continental, más que de política nacional, interna, de Argentina, Perú, Guatemala o Brasil. Evidenció el hecho de que la intervención de las Fuerzas Armadas en el proceso político tendió, sobretodo, a alterar directrices de política exterior y dictar decisiones diplomáticas, de acuerdo a los objetivos estratégicos de EE.UU., y sucedieron, generalmente, contra los gobiernos que se rehusaban a romper relaciones con Cuba. Lo que más afectaba, entonces los intereses de seguridad de EE.UU., en el hemisferio, no era exactamente la lucha armada pro-comunista, como las guerrillas en Venezuela y Colombia, pero sí, el desarrollo de la propia democracia en los países, donde el recrudecimiento de las tensiones económicas y de los conflictos sociales aguzaba la conciencia nacionalista y los sentimientos anti-norteamericanos pasaban a condicionar el comportamiento de sus respectivos gobiernos. En tales circunstancias, mientras Kennedy adoptase, como uno de los presupuestos de la Alianza para el Progreso, el principio de no reconocer gobiernos que no obedeciesen a las normas del régimen democrático representativo, su administración fue la que más incentivó a las Fuerzas Armadas, percibidas como la organización social más estable y modernizadora, a que participaran de la política interna de sus respectivos países, a través de “acciones cívicas” y de la contra-insurrección. De ahí el surto militarista, con la propagación de los golpes de Estado, que tenían como principal fuente de inspiración la Junta Internacional de Defensa. No sin motivo el embajador Ilmar Pena Marinho, jefe de la Delegación de Brasil en la OEA, manifestó su preocupación con la posibilidad de que el Colegio Interamericano de Defensa, creado por presión de EE.UU. y al que Goulart se opuso, viniese a transformarse en una “academia de golpes de Estados”12, donde los becarios e instructores norteamericanos, que venían a influenciar a sus colegas latinoamericanos, expresaban abiertamente opiniones sobre la necesidad de que se crease un sistema permanente de acción colectiva, capaz de intervenir donde no se pudiera enfrentar, con recursos internos del propio país, la amenaza comunista. La operación para eventualmente intervenir en Brasil comenzó, alrededor de 1961. El Departamento de Estado, aquel año, comenzara a solicitar a Itamaraty visas para ciudadanos americanos, que entraban a Brasil bajo los más diversos disfraces (religiosos, periodistas, comerciantes, Peace Corps, etc.), dirigiéndose la mayoría para las regiones del Nordeste. A mediados de 1962, de la tribuna de la Cámara Federal, el diputado José Joffily, del partido Social-Demócrata (PSD), denunció la “penetration” y, a comienzos de 1963, el periodista José Frejat, a través de O Semanario, reveló que más de 5.000 militares norteamericanos, “disfrazados de civiles”, desarrollaban, en el Nordeste, un intenso trabajo de espionaje y desagregación de Brasil, para dividir el territorio nacional. Si la guerra civil irrumpiese la frota del Caribe estaría pronta para apoyar las actividades de los supuestos civiles americanos, con armas y tropas. Comprobadamente, hasta 1963, Itamaraty concedera más de 4.000 visas y recibiera solicitación para más de 3.000, cuya asistencia los militares nacionalistas brasileños obstaron. Este voluminoso número de requerimientos causó tanta extrañeza que llevó a Itamaraty, cierta vez, a interpelar al embajador Gordon. La respuesta fue evasiva. Declaró que apenas 2.000 americanos utilizaron efectivamente las visas, siendo que el resto quedarían como reservas. No era verdad. Mintió. Cerca de 4.968 norteamericanos, según las estadísticas oficiales de desembarque, llegaron a Brasil, sólo en 1962, batiendo todos los records de inmigración originaria de EE.UU. y superando casi todos los números registrados durante los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando ellos instalaron, oficialmente, bases militares en diversos estados del Nordeste. Aquel número bajó, en 1963, a 2.463, tal vez en virtud de restricciones de Itamaraty, pero, aún así, continuó encima de la media de entradas de norteamericanos en todos los años anteriores y posteriores. Estos americanos integraban las Special Forces, conocidas como Green Berets, creadas para entablar guerras de baja intensidad (low-intensity wars) y entrenar las fuerzas en los diversos países, donde hubiese esta perspectiva de conflicto armado. Y desde mediados de 1963, por lo menos, la CIA y el Pentágono comenzaron a elaborar varios planes de contingencia, denominados Brother Sam, a fin de intervenir militarmente en Brasil, frente a la eventualidad de que João Goulart, como consecuencia de la presión económica de los EE.UU., reaccionara y encorvara a la izquierda, no propiamente comunista y sí bajo la forma del autoritarismo ultra-nacionalista, algo del modelo de Getúlio Vargas o Juan D. Perón, de acuerdo a la evaluación de la CIA. Y hasta su asesinato (executive action) fue planeado. El 10 de octubre de 1963, en la misma época en que el Grupo Especial del Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU. autorizara nuevas operaciones de sabotaje en Cuba, los soldados del 1er. Batallón de la Policía del Ejército brasileño, bajo el comando del Mayor Ary Abrahão Ellis, allanaron un sitio en Jacarepaguá (Río de Janeiro), cerca de una propiedad de Goulart, y descubrieron 10 ametralladoras Thompson, calibre 45, 20 cargadores, 72 cajas de cartuchos Remington Kleanbore 45, 10 granadas Federal Blast Dispersión Tear Gas (CN) y un radio trasmisor motorola, marcado con el símbolo del programa Ponto IV (manos apretadas), de la embajada de EE.UU.. El ministro de Justicia, Abelardo Jurema, declaró que las ametralladoras Thompson entraron clandestinamente en Brasil, pues ninguna de aquel tipo existía en sus organizaciones de policía ni en su Ejército, cuyos oficiales desconocían todos aquellos modelos de armamentos, tan modernos. Y las investigaciones evidenciaron la existencia de una trama para la eliminación de Goulart y de sus hijos, así como de muchos políticos y generales favorables al gobierno. No hay duda de que la CIA estaba por detrás del complot. El golpe de Estado, que derribó en 1964 al presidente Joao Goulart, tipificó el conjunto de operaciones que la CIA desarrolló y perfeccionó, y con dichos procedimientos consiguió desestabilizar al gobierno y permitir la sublevación de los militares, con el pretexto de restaurar el orden y evitar el comunismo. La oposición tenía, por cierto, una dinámica interna propia, determinada por las contradicciones económicas y sociales, que se agudizaron en Brasil. Pero habrían los militares brasileños, que conspiraban contra Goulart, rematado el golpe de estado, para derrocar un gobierno legalmente constituido, si no supieran que contarían con el respaldo de EE.UU.? Habrían osado emprender esta aventura, que podría derivar en una guerra civil, si no estuviesen seguros de que recibirían asistencia militar de Washington, bajo la forma de gasolina, armas, municiones e inclusive asesores, si fuese necesario? Seguramente, no. La afirmativa del embajador Lincoln Gordon, según la cual el derrocamiento de Goulart fue realizado por los militares brasileños sin “assistance or advice” de los EE.UU. no se corresponde con la realidad. No es consistente con los hechos. El día 30 de marzo de 1964, en el momento en que Goulart daba un discurso para los sargentos en el Automóvil Club, el secretario de Estado, Dean Rusk, leyó al embajador Lincoln Gordon, por teléfono, el texto del telegrama nº 1296, informándole que, como los navíos, cargados de armas y municiones, no podían alcanzar Brasil antes de diez días, EE.UU. podría también enviarlas por vía aérea, si se asegurase un campo intermediario en Recife o en cualquier otra parte del Nordeste, capaz de operar con grandes transportes a chorro, y manifestó el recelo de que Goulart, el diputado Ranieri Mazzilli, los líderes del Congreso y los jefes militares, alcanzasen en aquellas pocas horas un lugar, hecho que sería “deeply embarrassing” para el gobierno norteamericano y “would leave us branded with an akward attempt at intervention”13. En el mismo telegrama, Dean Rusk forneció el script para la la representación teatral, de forma de disfrazar el golpe de estado y la intervención de EE.UU., al recomendar que: “It is highly desirable, therefore, that if action is taken by the armed forces such action be preceded or accompanied by a clear demostration of unconstitutional actions on the part of Goulart or his colleagues or that legitimacy be confirmed by acts of the Congress (if it is free to act) or by expressions of the key governors or by some other means which gives substantial claim to legitimacy” 14. Era necesario, según enfatizó Dean Rusk, que el golpe de Estado tuviese una apariencia de legitimidad, de modo que EE.UU. pudiese proporcionar la ayuda militar a los sediciosos, según reconoció el embajador Lincoln Gordon en su libro Brazil’s – Second Chance – En Route toward the First World15. Y el senador Auro Moura Andrade cumplió literal y fielmente el guión prescrito. Declaró la vacante de la presidencia de la República, aún sabiendo que Goulart no renunciaría y continuaba en Brasil, dio posesión del cargo al diputado Ranieri Mazzilli, que como presidente del Congreso estaba inmediatamente en la línea de sucesión. Ahí, si hubiese resistencia e irrumpiese una guerra civil, él podría requerir la asistencia de EE.UU., con base en el Acuerdo Militar de 1952. Pero no fue necesario. Goulart no tuvo condiciones de resistir. Y el embajador Lincoln Gordon pudo declarar que estaba “muy feliz” con la victoria de la sublevación de Minas Gerais, “porque evitó una cosa muy desagradable, que sería la necesidad de la intervención militar americana en Brasil”16. Y continuó insistiendo en la “plausible denial”, i.e.; en negar convincentemente la responsabilidad y la complicidad de EE.UU. con el golpe de Estado. Al escribir sobre el golpe de Estado, el 18 Brumário de Luis Bonaparte, Karl Marx comentó, irónicamente, que: “la sociedad es frecuentemente salvada todas las veces que el círculo de sus dominadores se restringe y se sobrepone un interés más exclusivo. Cualquier reivindicación, aún la más elemental reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial democracia, es al mismo tiempo castigada como “atentado contra la sociedad” y estigmatizada como “socialismo”. Por fin, los pontífices de la “religión y del orden” son ellos incluso expulsados a puntapié de sus sillas de Pythia17, arrancados de la cama en el medio de la noche y de la niebla, colocados en letrinas, lanzados a la cárcel o enviados al exilio, su templo arrasado, su boca lacrada, sus plumas partidas, su ley rasgada, en nombre de la religión, de la prosperidad, de la familia, del orden”18. Este párrafo de Marx sobre Francia de 1848 parece describir, exactamente, lo que ocurrió en Brasil, durante y después del golpe de Estado de 1964.
Con todo, aunque se recomiende, a
los gobernantes, estadistas, pueblos preferiblemente la
enseñanza a través de la experiencia de la historia, como
resaltó Hegel, lo que la experiencia y la historia enseñan es
que los pueblos y gobiernos nunca aprendieron nada de la
historia ni se comportan de acuerdo con sus lecciones19.
De ahí la necesidad de recordar siempre el pasado, que continúa
modelando el presente, y la importancia de una obra como ésta –
Na trilha del golpe - organizada brillantemente por Tulio
Velho Barreto para que la publicara la Fundación Joaquim Nabuco
en el transcurso del 40º de golpe de Estado, que ocurrió el 1º
de abril de 1964 y, en homenaje al Día de la Mentira, luego se
denominó Revolución Redentora, anticipando la fecha para el 31
de marzo, al mismo tiempo en que, bajo el pretexto de defender
la democracia, destruía la democracia e implantaba una dictadura
militar. El Dr. Luis Moniz Bandeira, cientista, historiador brasileño y columnista de La ONDA, estará nuevamente en Montevideo entre los días 18 y 22 de Abril próximo, para presentar su libro, ahora editado en español, "Conflicto e integración en América del Sur - Brasil, Argentina y EE.UU". “(De la Triple Alianza al Mercosur 1870-2003)”, en la sala Maggiolo de la Universidad de la República, el día 21 a las 19.30 horas. “Friday, April 3, 1964 – 12:06 p.m.
Thomas Mann: I hope you’re as happy about Brazil as I am. LA ONDA® DIGITAL |
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