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La Esperanza no solo es un título de un libro de Malraux
¿Qué izquierda crece en Europa?

por Ricardo Fuentes

Ha de haber muerto en Pou, hace ya años, un francés que conocí en Uruguay, que fue vecino mío. Había sido prisionero de los nazis durante el gobierno de Vichy. El tipo no tenía hijos y no quería tenerlos, decía que no hay que traer niños a un mundo que dentro de pocas generaciones conocerá el holocausto planetario. Hoy pienso que aquel francés, aunque pasaba por excéntrico, no era ningún loco. La respuesta de la naturaleza a nuestras aberrantes agresiones (lo que eufemísticamente hemos dado en llamar “el cambio climático”) nos halla tan indefensos, que no podemos ni siquiera plantearnos el problema, porque la humanidad no se plantea los problemas que no puede resolver. ¿Para qué, si ni siquiera somos capaces de hacer cumplir el Protocolo de Kioto, que no propone detener ni reducir ni estacionar las emanaciones de gases de efecto invernadero, sino tan solo desacelerar en parte su crecimiento? Ayer se votó en la segunda rueda de las regionales francesas y ganó una izquierda que no será la misma que gobernó con Mitterrand, como el de Zapatero en España no será igual al gobierno que perpetró Felipe González. 

Pero recuerdo al francés vecino mío y me doy cuenta de las razones que tenía para no creer que La Esperanza fuese algo más que un título de Malraux. 

Monsieur 50 %
Así llamaba la prensa a George Marchais cuando disputaba con Francois Mitterrand (25 % cada uno) la supremacía en la Unión de las Izquierdas que alcanzaría la mayoría absoluta en el parlamento. Después muchas aguas corrieron por el Sena (incluyendo las de millones de inmigrantes), muchas piedras rodaron por la vieja Europa (incluyendo las del muro de Berlín) y mucho se dividieron las izquierdas para perder electorado, comicio tras comicio, a cargo incluso de los neonazis. Pero las izquierdas francesas algo aprendieron de haber tenido que balconear un balotaje entre la centro derecha de Chirac y la extrema derecha de Le Pen y esta vez fueron unidas a las elecciones. 

El resultado es un crecimiento zapatérico del Partido Socialista, la resurrección de los comunistas en sus bastiones del norte (rescatando votos que les había arrebatado Le Pen), el voto de los verdes transformándose en fuerza política clave como en Alemania y con la misma figura de alianza que en Alemania y Cataluña. Finalmente tenemos un nuevo monsieur 50 %, ya que ese fue el porcentaje de votación que alcanzó la izquierda. Se llama Francoise Hollande y se encaramó como Secretario General del PSF tras la renuncia de Jospin.

Pero si las estrategias electorales fueron importantes en este resultado, lo decisivo fue la política económica de Chirac, reductora de presupuestos por exigencia de la UE. Los franceses no quieren perder seguridades que su Estado nacional les proporciona y apelan a la izquierda para que los proteja. Mientras que en política económica internacional se comportan como el protagonista de El empleo del tiempo (una película que a Oribe Irigoyen le gustó mucho y a mí un poco menos) buscando qué países del mundo negrean más a su gente para invertir en ellos, esta recurrente versión de las cañoneras. 

Cuando Jospin quiso paliar esa política con algún atisbo de solidaridad internacional, el mercado lo declaró no competitivo y perdió el gobierno por paliza. Es el dilema de las naciones imperialistas, pueden tener su discurso en la paz y hasta un primer intento de buenas intenciones, pero su bolsillo está en las múltiples formas de guerra que obligan a otras naciones a desprotejer sus economías mientras ellas protegen la propia. Quizá se deba a ello cierta desintonía de las izquierdas europeas con el aforismo gramsciano “el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”, que determina un fenómeno que me ha costado entender, aunque lo escucho desde siempre: Cuando hay mucha abstención en elecciones europeas, gana la derecha. 

En estas regionales francesas la concurrencia a las urnas aumentó un cuatro por ciento y eso favoreció a la izquierda. El mismo fenómeno ocurrió en las generales españolas, aún con mayor guarismo. Pero si bien la constatación del mayor riesgo de apatía por parte de la izquierda se reitera, las encuestas fallaron en cambio al pronosticar en Francia un crecimiento de los extremos. Jean Marie Le Pen mantuvo su caudal electoral en un 17 %, mientras la unión de los dos partidos trotkistas alcanzó, en primera vuelta, un 5 % similar al de los comunistas. El auge más sostenido y parejo, si consideramos en conjunto las últimas elecciones alemanas, francesas y españolas (aquí por el voto catalán) ha sido el de los partidos ecologista (los verdes). 

No parece inexplicable, cuando los Estados Unidos de Norteamérica han liberado en Irak, por uranio empobrecido, radioactividad equivalente a 540 mil bombas de Nagasaki y científicos europeos y americanos anuncian que el polvo radioactivo imperceptible llegará este verano a los parabrisas de coches aparcados en la Costa Azul. Aunque los ciudadanos europeos no necesitan ningún diagnóstico científico para comprender que el llamado cambio climático no es cosa que se le haya ocurrido por capricho a ningún Dios. 

Cuervo Ingenuo no fumar
En España ha vuelto a tener estricta vigencia aquel tema de Sabina y Krahe que “destrozaba” a Felipe González, “Tú decir que si te votan/ tú sacarnos de la Otan/ tu convencer mucha gente/ tu ganar gran elección/ ahora tu mandar nación/ Ahora tú ser Presidente/ Hoy decir que esa Alianza/ ser de toda confianza/ incluso muy conveniente/ Lo que antes ser muy mal/ permanecer todo igual/ hoy resultar excelente/ Hombre blanco hablar con lengua de serpiente/ Cuervo Ingenuo no fumar/ la pipa de la paz con tú (...)”. 

Por sí mismo, que el PSOE haya ganado las elecciones quiere decir muy poco y hará lo posible para que termine diciendo casi nada. Pero dice mucho que haya perdido Aznar y muchísimo que la Ezquerra Republicana Catalana, de Carod Rovira, haya octuplicado su representación en Madrid y sextuplicado su electorado. Habla, junto al voto por la unidad de la izquierda en Francia y el crecimiento de sus verdes y socialistas, el crecimiento del voto soberanista en Euskadi (de los tres partidos del gobierno vasco, mientras Batasuna repetía sus cien mil votos nulos y Aralar daba otra alternativa a la izquierda abertzale) y del voto progresista en Andalucía y hasta el desalojo del PP en capitales gallegas como A Coruña y Pontevedra, de un cambio en la subjetividad de la izquierda en Europa, más ecopacifista y proclive a una Europa de las regiones, federalista, menos cara estatualmente y más representativa de su diversidad, es decir, en definitiva, más unida (una izquierda que recupera subjetividad republicana federalista y cobra caro, en el fracaso de la dirigencia de IU, las concesiones al estatismo monárquico –el aguante del voto de IU fue justamente en Andalucía, donde pesa el liderazgo del cordobés Julio Anguita, contra el bipartidismo y el seguidismo al PSOE). 

El sábado 13, la portada de la edición impresa de El País de Madrid coincidía con la de ABC y la de El Mundo en no nombrar a Al Qaida ni una vez y muchas a ETA. Eso pautaba que Zapatero ya había ganado y por paliza, entonces el diario de Polanco trataba, en coincidencia con el de Ramírez, de que no se derrumbara Rajoy, para salvar el bipartidismo PP-PSOE. El bipartidismo colorado-blanco que la izquierda uruguaya superó enfrentándolo, era una riña de gallos comparado con el monolítico bipartidismo español. Pero en estas elecciones (que sólo resultaron sorpesivas porque desde mayo del 2001 vienen siendo mal leídas), el crecimiento del PSOE se dio contra lo más derechista de su dirección, ya que resultaron decisivas las ventajas de Maragall en Cataluña, de Chávez en Andalucía y de Patxi López en Euskadi, derrotando la línea Savater del antiguo secretario Nicolás Redondo y llevando al Congreso a Eduardo Madina, el Jefe de las JSE, partidario de la consulta popular. 

Ya en tiempos de Clinton, Estados Unidos intentó impedir la Europa de las regiones, cuando su canciller Madelaine Alright vetó el referéndum de autodeterminación que exigía la Ucheka para Kosovo, con el argumento de que no hay que seguir tocando las fronteras de Europa (alcanzaba con la disgregación del antiguo imperio ruso y la “balcanización” de los balcanes, pero ya no más porque, si cundía el ejemplo, Estado Unidos se enfrentaría a una Europa más ahorrativa y competitiva, con susbjetividades mejor resueltas y “más vieja”. Pero la canzoneta berlusconiana contra “La Vieja Europa” no ha impedido que el Euro avance. Y con la victoria de Zapatero es posible que se vote la Constitución que promueven Alemania y Francia y hasta que se cumpla el indisimulado deseo de éstas con la retirada de las tropas de Irak. 

 La prueba del talante del gobierno del PSOE estuvo dada en la designación de su ministro de Defensa, el manchego José Bono, un unitario a la derecha de Fraga, que ya tranquilizó a los Estados Unidos, adelantando que no habrá cambios en la política internacional de España, mientras Zapatero insiste en que cumplirá la palabra dada. Probablemente lo haga, para que no lo atormente la nueva correlación de fuerza, cambiándole pocas letras a la canción: “tú decir que si te votan, tú sacarnos de Bagdad...”. En aquel entonces, Felipe resolvió con un plebiscito que ganó volcando todo su peso a favor de la OTAN, pero en este caso, sobre este tema, no ganan un plebiscito por más precio político que pongan en juego.   

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