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La ESMA y la cuestión del otro

El testimonio de un sobreviviente clave
por Héctor Valle

Esta nota pretende adentrarse en la cuestión del otro, tocando aspectos tan duros pero tan reales que forman parte de las miserias del hombre, como lo es, en este caso, el caso de la ESMA. 

En lo personal, implicó un desafío donde y en primer término busco no ofender la condición humana, principalmente del entrevistado, pero siento humildemente que nos debemos a nosotros mismos, argentinos y uruguayos, humanos todos, conocer la verdad, conocernos y terminar con un silencio que resulta tan enfermizo como doloroso. No se busque, pues, en la misma, una connotación ideológica sino existencial: el mero compromiso de un hombre con su conciencia y con los otros y el anhelo, cotidiano y sentido, de una mejora en la condición humana del hombre. 

En mérito a todo esto, me trasladé a Buenos Aires y tuve la oportunidad de entrevistar a Víctor Basterra, ex detenido de la ESMA (para conocimiento directo de testimonios, documentos y fotos, se sugiere visitar el sitio oficial: www.nuncamas.org, al respecto) y uno de sus principales, si no el principal, denunciante, al haber conservado, merced a la tarea que le fuera asignada por sus carceleros, fotos de personas de diversa procedencia pero con un común propósito: falsear identidades. 

Así, pues, llegamos con la mirada abierta y la escucha atenta, aclarando ante todo que nuestra aproximación primera era en el sentido de conocer si él, que vivió como otros miles, experiencias tan dolorosas como aberrantes, tenía en sí, un sentimiento de odio, conocer su situación, su posición, ante la vida y ante el hombre, y si pese a ese dolor, que suponemos anida en él, puede vivir en armonía: 

– No sé si en armonía sería la palabra, o con ese equilibrio que trata de consensuar entre las pasiones y las razones. Creo que nos pasa mucho, después de haber vivido experiencias traumáticas, de haber sido un viejo militante, un activista obrero, como era yo. Es decir, ese resabio de amargura, no de resentimiento, de expectativa también de poder transformar la sociedad, en una mejor, siempre está presente y a pesar de lo anterior de haber pasado por esa situación conmovedora como es el paso por un centro clandestino de detención, como fue la Escuela de Mecánica de la Armada. Y también con una mirada atenta hacia la realidad, crítica, no complaciente, con una visión esperanzada, no digamos optimista ni fervorosa sino cómo se construye de a poquito y con pequeños aportes, como aspiración, una futuro mejor. 

Revalorizar los valores 

En algún momento, hace seis o siete años, tuve la ocurrencia de hacer un ciclo de cine, en el barrio donde yo vivo y que se llamó “Revalorizar los valores”. Esa expresión, es una aspiración. Ahora, ¿qué valores intenta uno revalorizar? Y son los de la solidaridad, fundamentalmente, el poder iniciar en base a la curiosidad, a la visión crítica y a la no complacencia frente a este sistema destructor, iniciar pequeños caminos, sendas, que creen algunas formas de confluencia en la búsqueda de la solidaridad, el compañerismo, de la confianza necesaria para realizar esas cosas, un poco la continuidad de los caminos que uno inicia que es un poco el sueño. 

Ya los viejos sueños de una transformación inmediata de esa sociedad injusta en otra más justa, creo que han ido quedando atrás no como una cosa perdida, pero sí, en esas escalas, de algo que implicaría una construcción muy lejana. Si bien yo formaba parte de un agrupamiento  que tenía en claro que iba a ser una construcción muy lenta y prolongada, creo que los golpes que se nos han dado al conjunto de la sociedad, los resultados que uno mira, que uno ve cuando advierte que hay una sociedad que tiene una fuerte ausencia de conocimiento, una confusión muy grande frente a la situaciones que se viven. 

En muchos aspectos, una desesperanza y una desesperación. Y antes esas formas de desesperación no se veían –estoy hablando de treinta, treinta y cinco años atrás- se veía la reafirmación de las reivindicaciones obreras, de determinados elementos de dignidad, de espacios como desde lo nacional y popular. Y eso estaba muy extendido sobre un conjunto muy grande la sociedad, en cambio en estos momentos son muy pequeñas las franjas que puedan sostener eso. Y en muchos aspectos está presente la desesperación. 

Para ir rompiendo eso, y la confusión que existe en torno a las visiones de la historia y la visión de una vida mejor, es esa pequeña aspiración de poner un granito de arena que es lo que uno puede dar. 

El presente y los momentos                                          

 – Lo que en sí mismo es muy importante. Hace un rato manifestabas, si bien que con otras palabras que las que ahora emplearé, algo trascendente y es que a partir de tu experiencia en la ESMA, como de toda tu experiencia acumulada, hoy tú vives a pleno el presente. Que no te programas a largo plazo, sino que actúas en función del corto plazo. 

– No sé si yo diría “vivir el presente”, porque en muchos aspectos cuando uno mira con desaliento el estado en que se vive, yo también tengo y vivo “momentos de alegría” como de los amargos, pero son siempre momentos que trato siempre de acumular y siempre, trato y trataré de aportar algo a un conjunto. Ese conjunto no tiene ni nombre ni apellido, es un conglomerado de experiencias que uno puede tirar y recibir e intercambiarlas y ver qué resulta de todo eso. 

El plan de destrucción 

 – Aunque pudiera parecer obvio para algunos, igualmente te pregunto el por qué de estar tú en esta campaña, y en esta tesitura, de divulgar la información que posees, así como tu experiencia, de lo que te tocó vivir en la ESMA, de toda aquella historia tan traumática: ¿Qué te anima? 

– Hay una consideración que yo siempre tengo y que es histórica. En la Argentina no sucedió un accidente sino que existió una voluntad muy firme de un sector de la sociedad, de los dueños del poder económico, de implementar una forma de destrucción de todo lo que se le opusiera y para esto contaban con un firme respaldo que era lo que en aquellos momentos resultaba una especie de Partido militar. 

O sea, en esa alianza entre los sectores muy poderosos del dinero, generalmente eran los sectores financieros con la cabeza de el llamado Partido militar, ejercitaron sobre buena parte del conjunto de la sociedad, con gravísimas secuelas para con la Argentina, un plan sistemático de desaparición, de destrucción del ser humano opositor. 

Entonces, esto se prolonga. No es una cosa que terminó el 10 de diciembre de 1983.  Ese fue un modelo que se incrementó de una determinada forma, luego vinieron otros modelos, todos dentro de lo que es sistema capitalista más concentrado. 

Por tanto no es solamente una experiencia personal, como yo lo veo, sino que forma parte de un conjunto de experiencias, que de alguna forma por mi sobre vivencia, me dio la posibilidad de contar cómo vivimos esa historia tan terrible y además quiénes fueron los responsables. Porque a mí lo que más me mueve es las responsabilidades. Pero no por un mero afán de venganza personal, sino porque hay un compromiso histórico de muchísima gente con el mostrar una verdad, en base a datos de la realidad, ni inventos ni consecuencias, no. 

Muchas veces pienso que aunque no hubiera habido organizaciones armadas en el año 1976, el plan de destrucción se hubiera implementado igual, por el pensamiento de ellos. Ese temor casi irracional –pero que no lo era- del miedo al comunismo, al socialismo, a los cambios estructurales de la sociedad, a esa potencialidad que teníamos nosotros como organizaciones políticas, político-militares, político-sociales. Eso era por el simple hecho de tener tales características, nosotros éramos potencialmente peligrosos. 

Hablo de nosotros como de aquellos que yo le llamo activistas. Yo era un activo de la clase obrera. Un activo como obrero gráfico, con consciencia de clase, con una visión de la realidad, una visión de la resistencia, una visión cuestionadora de los métodos de explotación. Con propuestas para modificar eso, entonces íbamos en contra de los intereses de esta gente, por eso nos destruyeron prácticamente. Pero también la destrucción se extendió a todo el conjunto de la sociedad. Sino no estaríamos como estamos en un país, potencialmente rico, viviendo la situación que se vive. 

Entonces no es algo personal, si bien entra lo de uno, siempre y será por una formación que he tenido, aquella frase “Naides es más que naides”, no me gusta que hagan a los demás lo que no me gusta que me hagan a mí. Hay tantas frases...  

¿Asoma la venganza?  

– Al escucharte, aprontaba una pregunta breve pero cargada que si bien has respondido desde tu propia consideración inicial, igual formulo: ¿A ti te anima la venganza? 

 – No le podría llamar venganza. Si bien soy consciente de lo que es la venganza, creo que es más que personal la cosa. 

Capucha 

 – Creo entender que hablabas en el sentido de que hubo un intento, sistemático, de eliminar lo diferente, fuera esto político, organizacional, en el orden que fuere.

En ese plan de eliminación, organizado, estaba lo estructural y dentro de ello, lo más rancio, y en eso estaba la noche. Y estaba el castigo y estaba el intento de esclavizar a la persona, de sojuzgarla en sus vivencias más íntimas, al preso en las distintas instancias. ¿Cómo te tocó vivir esa relación? 

– Yo lo viví junto con otros compañeros. En el momento en que me toman a mí, toman a mi compañera y a mi hija de dos meses y diez días. Después de cinco días, ellas son liberadas y yo paso siete meses en lo que se llamó “capucha”, en la ESMA. 

Capucha, en ciertos momentos, era el infierno. Una especie de infierno. Donde uno con ese poder de resistencia, esa rebeldía por ahí natural, que no es la juvenil, en tanto yo tenía una formación. Estaba junto con otros compañeros, las veinticuatro horas tirados sobre una colchoneta, esposados, engrillados y con capucha, durante siete meses.  

Comíamos basura, incluso en un momento, y ahora sí van aspectos personales, casi anecdóticos, yo llego a la conclusión que el “bife naval” que así le decíamos a ese pedazo de carne encerrado en un pan, no tenía ni textura conocida, ni gusto conocido, ni olor conocido. Y llegué a la conclusión, en el grado de vuelo que yo tenía en aquel momento y bajo aquellas circunstancias, que era carne humana. Y me alimentaron los compañeros con naranjas. Cuando cuento estas cosas cierro los ojos y veo corriendo por el piso y yo aprisionándolas y comiéndolas. O sea, los que tenían las condiciones de bajar escondidas una naranja, cada uno, después me la tiraban y entonces yo así saciaba mi hambre. Fijate la alineación que producía ese estado de cosas que llegué a pensar eso y lo superé. Pero estuve casi un mes así. 

O sea, la pregunta era, en ese marco, cómo vivía yo. Estaba ese aspecto personal pero además estaba los mínimos gestos de solidaridad que ahí estaban prohibidos. Significaba una “garroteada”. Agarrar de la mano de una compañera que estaba golpeada o torturada, con la máquina, acercar a otro un trocito de pan... 

- ¿Qué era “la máquina”?
– La picana eléctrica. Así le llamaban.
 

El tiempo y el espacio 

- ¿Llegaste a perder la noción del tiempo? ¿Cómo era la noción del tiempo para ti? 

– Los guardias tenían siempre una radio prendida, siempre había unas lamparitas prendidas, de día y de noche. Además había algunos ruidos, algunas cosas que uno veía ahí, en ese espacio opresivo y degradante. Tú imagina que estábamos puestos de tal forma que nuestra cabeza quedaba siempre expuesta a la patada del guardia. 

Nosotros estábamos encerrados en unos cubículos de madera aglomerada de dos metros de largo por un metro de alto. Dos placas de un metro por un metro por un metro donde uno dejaba expuesta su cabeza hacia el pasillo, por donde pasaba el guardia. Si uno se movía te pegaban una patada en la cabeza, si uno se daba vuelta, te pegaban un garrotazo, increpándote. Eso era sistemático.

La “capucha” es uno de los inventos más extraordinarios que después con el tiempo analizándolo, denota un manejo tal de la economía que no necesitaba grandes construcciones. Ahí entrábamos un montón de gente, expuestos siempre a un guardia que pasaba caminando. La “capucha” en sí es como un extraordinario calabozo autoportante. No podías hablar, no podías comunicarte. 

El llamado “Proceso de recuperación” 

Después comenzaron otras historias que son las historias de los guardias que comenzaban a tener actitudes humanitarias. Entonces nos permitían levantar la capucha, de pronto aparecía un cigarrillo, de pronto comenzábamos a hablar. Y cuando había guardias que no querían que habláramos con la voz, hablábamos con las manos. Se dan en todas las cárceles pero en nuestro caso fue vivido en ese espacio y tirados en el piso Por eso, el 19 de marzo cuando fui, cuando volví, con otros compañeros a ese lugar, todo me parecía más chico. Yo lo veía tirado desde el piso por tanto era otra la perspectiva. 

 – La ESMA, pues, como un emblema por su grado de perversión si bien este tipo de experiencias se han dado en otros países y en diferentes tiempos y momentos de la historia. 

– Y, además, con un plan muy particular después, el llamado “proceso de recuperación”. No sé bien cuál fue el motivo, creo que entraron varios elementos, como para hacer, por ejemplo, que sobreviviera gente, bajo determinadas condiciones.

En mi caso yo era obrero gráfico, encima yo era gráfico de valores bancarios, o sea, tenía mucho conocimiento de la parte de seguridad bancaria, seguridad de documentación, entonces y después de siete meses, me bajaron a un sótano, que era el sitio donde había entrado por primera vez a ese edificio de la ESMA y que era la casa de oficiales. 

Había entrado por primera vez para ser torturado, cuando vuelvo, después de siete meses a ese lugar fue para falsificar documentos, como mano de obra esclava, con características muy cerradas. Llevaba también no una capucha sino un tabique, era como un anteojito, como un antifaz sin abertura, o sea que cuando uno accedía a un lugar que era un pasillo, por ejemplo, uno miraba los pasos pero no podía ver qué pasaba al frente y alrededor. Entonces, en mi condición gráfico, me pusieron ahí y estuve en esas condiciones durante más de tres años, en ese proceso de recuperación que yo volví al tema de una metodología diferente a la de otros lugares. Es decir, si bien existía eso, era diferente. 

La pecera 

En la ESMA, había un lugar que se llamaba “la pecera”. Ahí casi todos eran profesionales: abogados, físicos, ingenieros, traductores, y hacían un trabajo de recopilación de datos, de traducciones, de lecturas y corte de noticias, de armado de información diaria para “inteligencia”, digamos. Y en mi caso, como experiencia, de haber realizado documentos falsos que también se vendía a otros lugares. 

En mi caso,  una de las tareas fue el hacerle los cuatro pasaportes falsos que tuvo Ligio Gelli cuando se escapó al Uruguay. En algún momento estuvo la peregrina idea de la falsificación del pasaporte nuevo argentino para vendérselo a mucha gente. O sea, había toda una especie de industria donde también se hacían cédulas de la Policía Federal, documento nacional de identidad, credencial policial, pasaporte. Se hacía mucha documentación y mucha de la misma iba gente o a veces traían la foto y uno armaba el pasaporte o documento requerido. Hubo veces que hasta yo puse mi dedo para la huella, al no estar el titular. Lo vendían, no sé. 

¿Y por qué hicieron eso? Por un lado, porque seguramente era rentable. En mi caso particular, me robaron mi casa. Directamente se llevaron a mi viejo, le hicieron firmar un papel, que era un poder especial, y se la robaron. Como a mí, le pasó a muchísima gente. Entonces, la cantidad de dinero que esta gente acumulaba. 

El método de la desaparición 

Por un lado era esta utilización y por otro, no sé si la idea era también influir y de quçé forma en aquel que podría sobrevivir a esa experiencia de destrucción y de eliminación. 

Porque además estaba el método de la desaparición, que en la ESMA fue muchísima gente desaparecida. O sea, no lo mataron y entregaron el cuerpo a su familia. Noche y niebla, desaparecieron. Chau, no están más. Son una entelequia, un misterio. Ahora imaginate cómo golpea eso a una familia, primero, a un pariente, a los amigos, a la buena parte de la sociedad, a los barrios. Nunca más. 

Digamos, violando, con sistematicidad, a la persona humana. Tomarla, torturarla, violarla, robarle sus bienes y luego hacerla desaparecer. 

Violando todas las normas, incluso religiosas, que existen de hacer el duelo, de llevarle una flor. Eso lo hicieron sistemáticamente. Hay miles y miles de desaparecidos con esa metodología. Que a algunos los tiraban al mar, o los quemaban, o bien a otros los enterraban en lugares absolutamente recónditos. O sea, ese sistema. Entonces cuando vos me preguntabas por qué yo hago este ejercicio de denuncia y de que se conozca algo, tiene que ver mucho con esa cosa que no puedo aceptar ni perdonar. 

No lo hago con el ánimo de la venganza -¡ah, qué bien!- Yo no lo celebro, no lo celebro. Cuando conseguimos con otros testimonios que se juzgue y condene a otro sujeto de estos, yo no lo celebro, en todo caso me acuerdo de los compañeros. Que son muchos, yo tengo cantidad de compañeros desaparecidos. 

La motivación del plan represor 

- Víctor, en ese contexto, en esa vivencia, ¿cómo consideras tú que esa fuerza represiva estaba animada? ¿Tenía un espíritu corporativo? ¿Tenía un plan? ¿Tenía una suerte de “yo tengo la verdad” que lo animaba a actuar así? 

– Sí, había mucho de eso. No olvidemos que en la Argentina, el desarrollo de las confrontaciones llevó por ejemplo a que se creara una fuerza que se llamó las tres a (AAA). En Córdoba fue “El Comando Libertadores de América”, en otros lugares se ponían otros nombres que si bien aparecía el cuerpo, ese cuerpo estaba tan terriblemente mutilado que no cabía en la cabeza cómo podía ser que a una persona antes de matarla, le arrancaran los ojos. Y esto, amigos que yo tengo, se lo hicieron al padre, por ejemplo. Le arrancaron los ojos antes de matarlo, las AAA. 

Ahora el tema de la ESMA, el hecho de la desaparición es terrible. Si bien uno se lamenta de lo despiadado y horrible que es que le saquen los ojos a una persona viva, pero a él pueden enterrarlo, hacerle un homenaje, lo que ancestralmente, atávicamente, el ser humano se fijó como norma frente a la muerte. En este caso, la desaparición superó todo eso. 

La culpa y el sentido 

Había psicólogos que trataban a estos represores. Yo recuerdo a uno que era “maestro de máquina”, maestro de picanear. Un tipo que venía de la Policía Federal, Juan Antonio del Cerro, alias “Colores”. Famoso, muy famoso. Un día, ahí, en ese sector Cuatro, donde se torturaba a cada rato,  y donde también se hacían tareas técnicas como la que hacía yo de falsificación de documentos y otros compañero que arreglaba una máquina de escribir. Bueno, viene “Colores” y estaba hablando con alguno de los compañeros, en esos tratos extraños, el tipo me había dado mucha máquina a mí, pero habían pasado ya ocho, diez meses, me dice “Negrito, hola”. El tipo dice “Uy, me tengo que ir a la psicóloga”. Yo no tenía trato, no desarrollé nunca ese tipo de confianza, otro le dice “Colores te vas al psicógolo, ¿estás loco vos?” A lo que responde: “No, cómo voy a aguantar chupar gente, darle máquina y estar lo más tranquilo.” Era una tarea para ellos.

Hay un libro muy interesante, que te recomiendo, “Poder y desaparición” de Pilar Calveiro. Esta chica que estuvo secuestrada en la Aeronáutica y en la ESMA, lo escribió y presentó como tesis. Y permite observar cómo estaban separadas las tareas para que nadie sea responsable.

Incluso, si bien tenía una doble intencionalidad, para que el cuerpo se sumerja con mayor fuerza, más profundamente, se arrojaba a las personas vivas desde los aviones. O sea, no las mataban ellos, las mataba el mar pero además como tragaba el agua se iba bien al fondo. Vos matás a una persona, la arrojás y sale a flote. Cómo calcularon todo, y hasta creo que hay calculado, por eso cuando hablábamos hoy de la culpa del sobreviviente. Como en una hecatombe o en un accidente. En el sobreviviente también existió muchas veces, yo viví y hasta ahora ciertos aspectos de culpa pero encuentro atenuantes siempre, por suerte, frente a ese extraño privilegio, muy doloroso a veces, de la sobrevivencia. 

– El tema de la culpa es algo muy presente en nosotros, habida cuenta de nuestra civilización judeocristiana y cómo en la misma se presenta la misma. 

– He eliminarlo el tema de la culpa por el tema de la responsabilidad. 

– Ese es un aspecto bien importante y que quisiera desarrollaras un poco. Viene de la mano con esta pregunta, Víctor: En una búsqueda de sentido, que no de explicación, de un sentido de lo humano, de la permanencia de lo humano en la vida. Vivida esa instancia, sufrida esa instancia; las pérdidas que tuviste de distinto grado, distintos duelos, algunos hechos y otros por hacer: ¿Aun crees en la sociedad? 

– Sí y lo manifesté al principio. Hay una especie de esperanza y de optimismo. No el juvenil, esa subjetividad que uno maneja y conceptualiza cuando joven. Creo fundamentalmente en los valores. Si existen determinados valores, se hace carne se encarna la persona en determinados valores, existe siempre la posiblidad de mejorar, de ser mejor persona. Y por lo tanto, cuando uno es mejor persona, lucha con los demás por mejorar la situación en que está. 

Pero cuando uno se convierte en un lobo, como mamíferos carnívoros que somos, entonces tenemos el hecho de la acumulación y de la codicia, presentes, mear para marcar el territorio, el acaparamiento y luchar. Cuando eso se supera con otros valores, más solidario, más comprensivos frente al otro, más piadoso, incluso. Piadoso no de la piedad cristiana sino de decir bueno este está en la lona, lo levanto le doy una mano, minimamente aunque sea. Que muchas veces es un gesto personal pero que al otro lo ayuda, es importante. 

Cuando esos valores comienzan de nuevo a recorrer las sociedades, existe la posibilidad de mejorar la condición humana, de ser mejor persona. Yo le llamo, para simplificar, no entrar en esa lucha de lobos, de espanto, que las personas en la desesperación. Si bien hay formas de educación que determinada franja de la sociedad recibe muy diferenciada, que se llaman las clases medias-altas, medias-medias, medias-bajas. Todas esas cosas, existen, para la formación, para quedarse en una franja y no salir de esa franja y en todo caso buscar la otra franja que lo separe del conjunto. Y cuando uno se va separando del conjunto, uno se va aislando. Pero uno no debe separarse del conjunto porque uno es parte del mismo. 

Yo formo parte de la gente. Cuando se habla de la gente, la gente somos nosotros. Y si el otro supuestamente es tonto es porque yo no estoy haciendo lo suficiente como para tirarle una soguita.  Es decir, una de las búsquedas que se dio, fundamentalmente, la dictadura militar, fue cortar el hilo histórico. 

En la Argentina había una fuerte raigambre de comunicación. Yo participé durante algunos años de aspectos de la militancia social, del conjunto, me acuerdo, por ejemplo, en 1959, y hace muchos años de esto que como se dio también en Uruguay, la lucha por la defensa de los trabajadores en el tema de las carnes. 

Yo vivía en un barrio que se llamaba Villa Madera y estaba cerca de los mataderos. En ese año se decide entregárselo a la Corporación Argentina de Productores, que eran todos los oligarcas de entonces. Hay una especie de rebelión de ese frigorífico que era realmente inmenso con miles de trabajadores y toman el frigorífico a lo cual las Fuerzas Armadas van, lo tiran abajo, pero mientras preparaban, acapaban en un lugar que era nuestro territorio de juego. Lo conocíamos, por tanto, palmo a palmo. Entonces íbamos de noche a hostigarlos porque estábamos cerca y éramos solidarios. Ese hilo histórico, pues, estaba presente en los barrios. Eso se dio. Después con la huelga de los ferroviarios, también. 

O sea, ese hilo histórico nutría el carácter de lo nacional, de identidad, todo eso los militares buscaron eliminarlo, sistemáticamente. Y en alguna forma lo lograron, porque la sociedad en la que hoy vivimos y en algunos aspectos está tan fraccionada, porque en mi  interpretación ese hilo lo cortaron en muchos pedazos. Entonces hay que ver cómo lo atamos y un poco se remite un poco a la pregunta que vos me hacías si me animaba la venganza. En alguna forma tiene que ver con eso y revalorizando los valores fundamentales que antes mencionara. En la intención siempre está presente, tengo diálogo con jóvenes y está un poco apuntado a eso: que memoricen sean curiosos, cuestionadores y críticos, que no se resignen. Que no tomen esto como algo inmanente que no podrá ser cambiado, mejorado. 

– Tú sabes que Max Horkheimer, uno de los fundadores de la Escuela de Frankfurt, hacia el final de su vida, escribió y habló sobre lo que él consideraba el “anhelo de Justicia”.  Aquello por lo que vivir. Ese anhelo de Justicia que pese a que no se lograra en su propia vida, había que continuar porque la vida que quedara pudiera lograrlo. Y también decía Horkheimer que hay un pasaje de la Biblia que unos tradujeron como “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, y que una alumna suya, presentó una tesis en la cual sostuvo que su traducción de dicho pasaje debía ser la siguiente: “Ama a tu prójimo, él es como tú”. 

Entonces, como vamos terminando esta primera conversación, en lo positivo y trascendente de tu búsqueda, en tanto procuras surcir, resarcir, reformular, reformar ese colectivo y que tú lo dices clarito: la defensa de los valores más caros al ser humano, solamente decir esto y dejar que seas tú quien termine esta primera nota que trata justamente del diferente, del otro, del excluido. Al que uno buscan eliminar porque les molesta, porque en realidad la molestia son ellos mismos pero como no se permiten mirarse al espejo, proyectan su hediondez en el otro. Como aquel maestro de máquina que transfería su mugre con la psicóloga (¿?) y luego volvía a la máquina a descargar su estructural vacío existencial. 

Pero trasciende lo tuyo, y ojalá que lo tuyo sea lo de ustedes, los demás sobrevivientes. El hecho de continuar y continuar buscando lo humano. 

- Si uno perdiera esa lucecita, no tendría sentido mi vida, porque no veo como alternativa a esa lucha, el regodearse en las propias miserias de uno, si bien uno las tiene y también a veces lo hace, pero no como sentido vital esa búsqueda  y no magnificada, no. Algo bajito, cotidiano y con el ejemplo de humildad que me dieron muchos compañeros. 

En mi organización, yo pertenecía al peronismo de base y a las Fuerzas Armadas Peronistas, estaba muy presente ese hecho de la humildad.  No al vanguardismo, a la conducción de las grandes masas, a un apostolado. No. Era una actitud en la vida. No lo pongo como confrontación con otras organizaciones sino nuestra característica y aquello que yo rescato.

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