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El arca rusa
Imágenes fuera de trillo
por Oribe Irigoyen

A veces sucede. Las salas comerciales, santuario privilegiado del cine como industria del entretenimiento y del buen negocio en celuloide, ofrecen al respetable películas que operan fuera del trillo habitual de temas, contenidos y formas que suponen un seguro rédito popular. Van contra la rutina, el hábito y el confort en su comunicación con el público. Provocan el desconcierto, el fastidio, el abandono masivo de la sala y en alguna oportunidad la ruidosa protesta del espectador.

Ese tipo de asunto, por lo general terminaba por laudarse con el adjetivo de cine-arte o experimental para dicha película, con el concepto de ser ella un veneno para la taquilla y con el destino casi seguro de estrenarse en salas de arte y ensayo, para públicos selectos. Pero en alguna oportunidad no ocurre así, entran al circuito mayor.

Lo insólito, motivo de esta nota, es que en estos días coincidan en la cartelera comercial dos estrenos que funcionan en ese sentido experimental: El arca rusa de A. Sokurov y Dogville del danés Lars Von Triers. Subrayen de paso el coraje y audacia de distribuidores y exhibidores.

Una larga, larga, toma sola
Aleksandr Sokurov, autor de Madre e hijo, Padre e hijo, amante de un lenguaje muy austero de tomas largas y morosas - plano-secuencias de complejo contenido y forma - para temas de particular contenido humano primario, proclive al uso abundante de símbolos a menudo enigmáticos y a sesgos metafísicos o panteístas en sus propuestas, es un típico creador ruso que sigue las huellas de su maestro Tarkovsky. Es el alma rusa, con todo lo que implica de lejanía cultural y de mentalidad diferente para el buen saber occidental.

Sokurov aprovechó la propuesta de una firma alemana especializada en Alta Fidelidad: usar el software de una nueva tecnología - registro de imágenes en disco duro en una sola toma de 100 minutos de duración -, pasarla lueg celuloide. El ruso concibiósu film con dos propóitos: hacer una recorrida por diversos salones del Ermitage - suntuoso museo de 3.000.000 de piezas que integra el aún más fastuoso Palacio de Invierno de San Petersburgo - y usar la misma para dar su versión de 300 años de historia rusa, en oportunidad de ese aniversario para la ciudad fundada por el zar Pedro el Grande.

Nueve meses de ensayo de más de 1000 técnicos, actores, especialistas se tradujeron en su solo rodaje de una sola toma de 96 minutos a cargo del fotógrafo alemán Tilman Buttner, filmando en steadycam (cámara en mano ) con un equipo con arnés de 35 quilos de peso.

El resultado, producto de una logística más que militar, es prodigioso. La cámara recorre salones, anfiteatros, pasillos, recovecos, sube y baja escaleras, se eleva, vuela, desciende, se detiene en un personajes, sigue a varios, contornea entre cientos de entorchados o espléndidos vestidos, gira 360 grados, con un esplendor, belleza y ritmo de imágenes asombroso.

Pero además de una hazaña técnica, El arca rusa resulta una compleja narración histórica, sustentada por un personaje, un extranjero, acaso francés de fines del siglo XVII o comienzos de 1800, que dialoga con la cámara ( Sokurov ) para ofrecer el punto de vista histórico del realizador. En ese plano, surge un relato complejo, de a ratos enigmático, sin personajes, sólo símbolos o figuras fugaces, en el que a través del diálogo ya amable, ya dialéctico o polémico entre el francés y la cámara, surge la tesis histórica de que San Petersburgo, la nobleza y la aristocracia copia de segunda mano a Europa, olvidándose de la verdadera Rusia de impronta asiática.

Discutible y polémica esa concepción, considerada por algunos reaccionaria, pro-zarista u narcisista estilo "que gran genio soy", resulta lo suficientemente ambigua como para no dar mentiz a tales acusaciones. Pero asimismo admite una posible visión crítica de Sokurov por lo que muestra
y sobre todo por lo que omite. Muestra: una realeza en actos sólo nimios - Pedro el Grande reta a un general, Catalina la Grande busca un baño para orinar, Nicolás II, ignorante de la revolución que se viene en 1917, cena con su familia -, la nobleza sólo se ve en actos de pompa y circunstancia de espaldas a la realidad, la pintura ante la que se detiene la cámara es occidental pero en general de creadores de segunda fila. Omite: toda mención a la labor de estadistas y luchadores de Pedro y de Catalina, toda referencia a la corte que no sea bailar o vestir de lujo, toda presencia del arte ruso coetáneo o no a los 300 años y presente en el Ermitage ( Repin, por ejemplo, y sobre todo los íconos rusos ) y en particular el hecho trascendente de la Revolución de Octubre, salvo en algún diálogo despectivo, por obvias razones de radical disidencia ideológica, pero también por ser Carlos Marx la máxima incidencia occidental perturbadora en Rusia.

Teatro pero cine
Acaso tan narcisista como Sokurov, el danés Lars Von Trier es un cineasta que siempre apetece la experimentación fílmica. Luego de rodar Europa en 1991 con buenos quedes pro-nazis, Von Trier fue un impulsor de Dogma un movimiento cinematográfico que apuntaba a la pureza de recursos creativos y contra todo uso de elementos expresivos y materiales del rodaje en estudios o industriales. Dogma que contravino bastante luego de La celebración, rodada con cámara en mano e infernal oscilación de las imágenes, en Los idiotas o Bailarina en la oscuridad.

El otro rasgo que distingue al danés, además de una radical misoginia, es que no ama en absoluto al género humano, en lo universal y lo particular. El tercer rasgo para destacar en Von Trier es su indudable talento y capacidad narrativa.

En Dogville reúne esos tres ingredientes rodando, en un enorme hangar y en video digital pasado a celuloide, una historia de un pueblo norteamericano en términos de teatro filmado. El hangar contiene todo un pueblo, cuyas reas de calles y casas con nombre y apellido están marcadas con tiza en el suelo, sus paredes no existen y sus puertas o ventanas sólo tienen sus marcos. En ese escenario de plena abstracción teatral ocurre una historia como metáfora o par bola de la humanidad en sus aspectos más negativos.

Una mujer que huye de la mafia o algo así ( Nicole Kidman ) llega a un pueblo, el escritor del lugar ( Paul Bettany ) la ayuda y convence a la comunidad de protegerla de sus enemigos. La gente acepta a condición de que ella cumpla tareas comunitarias - barrer para éste, cocinar para aquél, etc. Todo marcha bien, la mujer se gana a la población, empieza a seducirla y manipularla. Más tarde, la gente por cansancio de ese mecanismo comienza a cambiar de opinión, votan y resuelven denunciarla y entregarla a sus perseguidores.

Con un estilo brechtiano - distanciamiento -, Von Trier durante casi tres horas - exceso de metraje - se las ingenia para convertir el teatro en cine de elevada calidad, sugerencia y fluidez narrativa para trazar una alegoría que es a la vez una reflexión sobre el poder y sus mecanismos de opresión, acerca de la solidaridad y sus falencias, que una visión de extremo nihilismo sobre los hombres, sus sentimientos, mentalidad y conducta. Un reparto amplio de relumbre internacional cumple con las exigencias del film en las figuras de Lauren Bacall, Ben Gazzara, John Malkovich, James Caan, etc.

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