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¿Será verdad?
por Héctor Valle

Veritas visu et mora, falsa festinatione et incertis valescunt
(La verdad se impone con la luz y con el tiempo, las
falsedades con el apresuramiento y la incertidumbre)
C. Cornelius Tacitus, Annales, 2, 39, 5.

 

La duda razonable
Ortega y Gasset argüía que a la verdad se llega por la duda y a la filosofía por el escepticismo. Claro está, que para entrar en duda no debemos aguardar que un hecho la provoque sino que la anticipemos a todo acto intelectivo. El hacerlo lleva consigo el provocar una mirada mejor y más abarcadora desde una distancia mayor que la meramente instintiva al actual sin razonar, pero nunca el establecer la duda como balbuceo de la mente y menos todavía del sentir. 

Asimismo, al aplicar la duda, daremos cuenta de una adultez de nosotros mismos, en la asunción implícita de una libertad que provoca el aquilatar desde mí mismo la razonabilidad aplicable a tal o cual asunto, como indicador primero y certero del acto humano de pensar, reflexivamente, sobre el hecho o la cosa sin que medie en lo previo, el mirar a un costado para buscar el permiso o la lectura “oficial” que nos “guíe” desviándonos de lo principal: el conocimiento de nosotros mismos y nuestra asunción como persona humana. 

Ahora bien, para quienes transitamos la senda de la eticidad, como estudio y como método, en nuestro caso a partir de la alteridad, la consideración primera del otro, de nuestra responsabilidad total e ineludible para con él, más debemos precavernos de dogmatizar creencias y suposiciones. Es decir, poseer, como poseemos, nuestras convicciones al tiempo que provocamos una tensión entre estas y una obediencia tan interrogativa como dubitativa, cuya finalidad consiste en la busca de la esencia que siempre se escapa de la costumbre ya consolidada. Interrogarnos, entonces, respecto de la pertinencia de tal parecer a la luz del acontecimiento que lo cuestiona o coloca en posición de decir su supuesta verdad. 

En busca de verdad
Somos buscadores de la verdad, que la hay, una y a la vez, comprendida en una infinidad de verdades complementarias y también acumulativas de la verdad que como tal solo existe en su totalidad pero que, desde nuestra condición humana no alcanzamos a aprehender en su vastedad y complejidad. 

Importa sí, la busca, el intento, el rigor aplicado a desvelar cuánto de cierto y certero hay en tal o cual camino, en tal o cual opción y cuánto de apego a vanidades, a las pasiones del poder o, digámoslo, a la renuncia del hombre a ejercer, entera y valerosamente, su libertad, arribando de a poco y tarde en la vida, pero temprano en la esencia del espíritu, a un momento de verdad que nos redima de nuestra pequeñez, y nos encuentre aceptando nuestra finitud en tanto reconocemos la inconmensurable infinitud del universo y la sumatoria de acciones y reacciones que llevan al hombre, a un reencuentro consigo mismo, emprendiendo así la mejor etapa de su vida, aunque sea esta la más breve. Que no se mide la vida y no se mensura lo cierto sino que apenas podemos aspirar, desde el ejercicio pleno de nuestra condición humana, a experimentar nuestro instante de verdad en la fragua misma del presente activo con nuestra gente. 

Hay verdades que duelen, solemos aprender tempranamente y tan cierto es cuanto que la verdad tanto da confianza, como estimula y, muchas veces, reporta dolor. Pero estos mismos dolores son los umbrales a nuevos estadios de verdad, a otros andariveles de conciencia, una vez que, disipados los vapores de nuestro ego o mismo de nuestra refracción a asumir obviedades, nos vemos impelidos, por imperio de lo contingente y esclarecedor, a tomar un rumbo nuevo en nuestra vida, más próximo al otro y, en esencia, más cercano a nuestra interioridad. 

Vamos, que no hay mayor desconocimiento que el de nosotros mismos. Que la empresa vital de un hombre, de la persona, es adentrarse en sí mismo, conocerse –lo que implica tanto aceptarse como corregir vicios y eliminar miserias, junto con valorar  justamente lo acertado que también atesoramos. 

Este camino interior, esta senda de luz o senda que, transitada con determinación despojada de vanidades, conducirá a desvelar las potencialidades de nuestro ser, tiene consigo o para sí, el diapasón más certero para que surja una música armónica: el remordimiento. 

El Juez interior
El remordimiento, la reflexión moral, oficia de Juez interior y proveedor, por tanto, de vías de aproximación a las verdades primeras que hallaremos en una búsqueda impostergable del hombre que pretende ser humano. 

El maestro Karl Jaspers, filósofo alemán y hombre comprometido con su gente y su tiempo, nos advierte que al existir para nosotros la verdad bajo las condiciones del pensar, se corre el riesgo de deslizarnos hacia la vacía intelectualidad de lo correcto, hacia la gradual patetización moral, hacia la tosca inmediatez de los sentimientos no acreditados, hacia todos los modos del tener definitivo de la verdad.  Ciertamente, y en el ámbito del pensar jasperiano, vivir agonizando en la pregunta es la más profunda verdad. Esto es, la búsqueda misma de la verdad es la certeza de nuestra obtención de verdad en nuestra vida, una vez que la plenitud del ser verdadero es el paso que corresponde y no la duración en el tiempo; es como la mirada fugitiva de los ojos en los que está todo. Debemos rehacer nuestro camino, desde el principio, para captar el ser verdadero en toda la extensión que nos sea posible acceder puesto que la verdad no se funda en sí misma sino que se deriva de otra cosa (y aquí entran las facetas diversas del acontecimiento que propicia su busca, lo sociológico, ambiental, existencial, etcétera). 

El otro
El cuestionarnos sobre qué es la verdad no proviene de una duda en sí misma ya cansada sino de una búsqueda apasionada que no indica prisa ni obsesión sino claridad y determinación en el proceder. 

La verdad tiene una pluralidad de sentidos que, solamente, desde nuestro reconocimiento para con el otro, apagando el ruido de nuestro ser para la escucha del latido del otro, permitirá aproximarnos en su busca, ir al encuentro, en toda la amplitud, del ser verdadero. 

Ciertamente, entonces, el arrogarnos la posesión de verdad o verdades, la tenencia de certezas y obviedades nos hará no tanto alejarnos de la misma sino y penosamente, replegarnos a planos de existencia prerracionales más proclives con la animalidad que con lo trascendente que anida en la misma razón, en el arbitrio de una reflexión serena y abierta que en todas las vicisitudes del acontecer humano y cotidiano nos vemos impelidos a poner en acción, validándonos en la receptividad que el otro tenga en nosotros y que el tercero vea, capte y pondere, en nosotros. 

Corremos el riesgo de activar la astucia de la razón, por su exceso por su perversión, por su patología: el pseudo racionalismo, que al dar por sentado verdades en asuntos esenciales al hombre y a su circunstancia, hagamos lo peor que podamos hacer para con nosotros mismos: alejarnos del otro y, con ello, de la posibilidad de encontrarnos en algún momento con nosotros mismos. 

Peor aun, la renuncia al pensar reflexivo, y en este, a la reflexión moral, obrará en detrimento de quienes abonen su camino con miserias e iniquidades, injusticias y oscurantismo: estarán, únicamente, preparando su peor mañana: el que principia en lo oscuro del descubrimiento de nuestro verdadero rostro, aquel que por imperio de la negación del otro, y su visión de verdad, nos impida preparar nuestro momento de verdad y que al llegar este, sea tremendamente doloroso para nosotros. No sólo por lo descarnado sino porque sobrevendrá en el último instante de nuestra vida, cuando ya sea tarde para enmendar el rumbo y ya no habrá tiempo, no por estar próximos a la muerte sino porque habremos apagado en nosotros mismos, y por nuestra propia mano, la posibilidad de, además de hombres, ser humanos.

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