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Bolivia:
cinco vías hacia un solo abismo
por Erick R. Torrico V.
La
democracia boliviana está tocando fondo y el país con ella.
El gobierno boliviano, acorralado por múltiples presiones y limitado por
su frágil y restringida capacidad política, se encuentra prácticamente a
punto de quedar sin opciones, reducido a “apaga-fuegos”, con cada vez
menos posibilidades de éxito en el propósito de ser facilitador de la
transición estatal que le fue encomendado.
La única alternativa que había para buscar soluciones de mediano y largo
plazo en democracia está casi descartada. La construcción de consensos
no parece tener porvenir y está calificada por sus detractores como el
desesperado último recurso de los neoliberales o como un signo de
debilidad. La radicalización de sectores situados en los polos del
espectro político llevada al absurdo y la indiferencia de partidos
políticos inconscientes de su propia pronta extinción están conduciendo
a este estado de cosas.
Frente a ello, los caminos que en breve le quedarán al presidente Carlos
Mesa no serán más de cinco, pero todos con idéntico resultado: el
desastre antidemocrático, más tarde que temprano o a la inversa.
El primero es el que hasta ahora viene siguiendo el primer mandatario:
intentar una gestión de equilibrista para tratar de que el barco no se
hunda y viabilizar la ansiada aunque indefinida transición. Sin embargo,
esta vía está mostrando que es insostenible, incluso si consigue
extenderse de forma agónica por un tiempo más. Llegar al 2007 navegando
sobre las aguas de la crisis institucional, política, económica y
sociocultural es, en el mejor de los casos, una quimera. Esta fórmula
demandaría un apoyo ciudadano consistente, permanente y orgánico, que no
da señales de existir.
El segundo es el de la retirada ordenada mediante una convocatoria
anticipada a elecciones nacionales que apacigüe temporalmente parte de
los ánimos y prolongue por algunos meses la esperanza de una búsqueda
poco cierta. De todas maneras, las consecuencias de una decisión así son
imprevisibles, tanto en lo que respecta a las reacciones inmediatas que
acarrearía —postergación del referéndum y las elecciones municipales,
etc.— como a la eventual conformación congénitamente débil o resistida
de un gobierno sobre las osamentas del sistema de partidos y del mismo
sistema político.
El tercero es el de un acuerdo urgente con los partidos representados en
el parlamento, que incorpore a buena parte de ellos en la administración
del gobierno (el Movimiento Al Socialismo no haría parte de esta fórmula
por razones de supervivencia electoral), hecho que implicaría un
retroceso hacia lo que se pretendía superar y que, además, desataría
otros conflictos entre “tradicionales” y “nuevos” aparte de una fuerte
censura y resistencia de la ciudadanía defraudada tanto como de los
movimientos sociales y sindicales que aspiran a una transformación hoy
inalcanzable.
El cuarto es el de un pacto al estilo de Fujimori, con los militares,
contra los partidos y los sindicatos, o sea una “dictadura civil” que
tal vez podría tener una interesante respuesta de algunos sectores
ciudadanos y empresariales, pero que generaría una intensa “lucha por la
democracia” entre los inmediatamente afectados y una intensificación de
los conflictos.
El último camino es el más extremo en términos maquiavélicos: una
alianza con los partidos representados en el parlamento —seguramente
otra vez se eximiría el MAS para intentar acaudillar la resistencia— y
con los militares, esta vez contra los políticos y dirigentes sindicales
y sociales radicalizados. Sería nada más otra forma de volver a la falsa
estabilidad que se necesita abandonar.
Cada quien sabrá ubicar en esos escenarios los intereses
estadounidenses, de las transnacionales que operan en el territorio
nacional y de los oligarcas locales, como también las condicionantes del
contexto internacional, al igual que podrá configurar los rumbos
probables que estos otros actores y elementos podrían inducir. Es claro,
no obstante, que en todas las hipótesis los intereses populares llevan
la peor parte a la vez que es más o menos claro —por sus antecedentes y
lo hecho hasta ahora— que Mesa y parte de sus colaboradores no se
avendrían sino con alguna de las dos primeras vías anotadas.
El país está, como nunca antes en este último semestre, al pie de un
volcán en erupción. El problema mayor está en que otra vez la que pierda
será la mayoría, como ocurrió luego de 1952, del lapso 1969-70 o de
aquel otro en que fue restablecida la democracia: 1982-85. El horizonte
abierto desde abril del 2000 y que quedó mejor estructurado en octubre
del año pasado está a punto de ser clausurado, tanto gracias a presiones
subrepticias o explícitas como —paradójicamente— a la acción irracional
de quienes se suponía que debían beneficiarse de esta oportunidad y aun
dirigirla, apoyados por una serie de personajes descriteriados que usan
los medios de difusión para su provecho personal o el de sus respectivas
empresas.
No tiene sentido plantear un eventual sexto camino, de tono heroico y
resultados estériles, en el que el gobierno devenga coaligado con los
fervores de los cánticos de guerra entonados por quienes ya han probado
no tener más estatura que la de un viejo conocido redivivo: el
populismo.
La temporalidad política de las urgencias cotidianas está imponiéndose a
la temporalidad histórica de los proyectos sociales. Por cómo marchan
los acontecimientos, se puede afirmar que el 2004 no va a marcar, desde
Bolivia, el comienzo de la debacle mundial del imperialismo (del
"imperio", como dicen los izquierdistas posmodernos o de la "antinación
global", como dirían los nacionalistas contemporáneos), pero
posiblemente selle el principio de un nuevo y largo fracaso para el
país. LA
ONDA®
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