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Tiempo
de superlativos
En el mejor y en el peor de los mundos
por el embajador Rubens Ricupero
“Era
el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. La frase que abre
“Una Historia de Dos Ciudades” es uno de los comienzos inolvidables de
romance. Ella se extiende en varias líneas de variaciones sobre el tema
del chiaroscuro: era la edad de la sabiduría, la edad de la tontería; la
época de la fe, la de la incredulidad; la estación de la luz, la de las
oscuridades; la primavera de la esperanza, el invierno del desespero;
frente a nosotros, teníamos todo y nada; estábamos yendo directo para el
cielo y en la dirección opuesta – en resumen, concluye, era tan parecido
con el presente que sólo el grado superlativo le servía.
Charles Dickens reservó esta abertura como digno inicio de su gran
novela sobre la Revolución Francesa. A pesar de que estemos lejos de
vivir en tiempos heroicos como aquellos, los nuestros hacen justicia de
alguna manera a una razonable dosis de superlativos y de contrastes. El
momento geo-estratégico no es seguramente el peor en términos absolutos,
pero la calamidad en que se convirtió el Oriente Medio, de Irak a
Israel, torna lo peor en una hipótesis plausible. Como siempre ocurre en
tiempos de derroche militar, con déficits e intereses cerca de cero, la
economía brota con ardores de opulencia.
La estimación de la OCDE proyecta un expansión del 4,7% para los EE.UU.
y el mejor año de la economía mundial desde 2000. Paradójicamente, los
diarios europeos estamparon, el día 12, esta estimación en la misma
página en que la Goldman Sachs constataba que el índice de confianza de
los ejecutivos en todo el mundo, había bajado de 93,9 tres meses atrás a
77,6 ahora, el peor en casi un año. La misma oposición dickensiana de
buenas y malas noticias marcó la semana entera. Los titulares del día 11
eran el desmoronamiento de los mercados con el índice Dow Jones
sumergiéndose debajo de 10.000 y caídas más acentuadas en Asia y Europa.
El detonador del pánico fue la creación de más de 280.000 empleos en un
mes en los EE.UU.
Cualquier persona normal pensaría que esta es una buena noticia,
pensando en los tres millones de desocupados que buscan trabajo. Los
mercados, sin embargo, son perversos. No ven los millares de rostros que
se iluminan con un empleo, sino la probabilidad de que la Federal
Reserve tenga que anticipar la hora de aumentar los intereses. Tampoco
se preocupan con el posible impacto negativo que el aumento tendría para
el crecimiento económico. El interés actual de 1% es un estimulante
potente de la expansión.Teniendo en cuenta que la inflación americana,
debería sobrepasar el 3% para comenzar a tener un efecto desacelerador
(cabe recordar, para el lector brasileño, que estos valores son anuales
y no mensuales, al contrario de las tasas vigente en nuestras
latitudes).
Pero, si es así, si el interés es aún insignificante, porqué se asustan
los mercados con la eventualidad de un aumento que, según las señales
tranquilizantes del Sr. Alan Greenspan, Presidente del Fed, será pequeña
y gradual, “en douceur”? Ahí es que entra la especulación. Aprovechando
la gallina muerta de los intereses americanos e internacionales, los
especuladores tomaron prestadas sumas colosales que invirtieron, a corto
plazo, en todo tipo de valores en baja: las acciones de empresas de
tecnología, las “commodities”, los papeles de países emergentes como
Brasil. Es lucro seguro, sin arriesgar dinero propio. A la primera señal
de que tendrán que repagar los préstamos a un interés marginalmente más
elevado, los especuladores se apresuran a capitalizar las ganancias,
transfiriendo los valores y provocándoles la caída. Es esto lo que los
iniciados llaman de “carry trade” y es en relación a este género de
precarísimo remedio que se creó lo que Paulo Nogueira Batista Jr.
Denomina incisivamente de “dependencia e(x)terna” de la economía
brasileña.
Los contrastes y confrontaciones no paran ahí. Es la misma OCDE, la
organización de los países ricos, que espera para este año un
crecimiento de 8,6% del comercio internacional, subiendo para 10,2% en
2005. Se trata de una recuperación notable cuando se piensa que, en
2001, el comercio se redujo en menos 1% y, desde entonces, se venía
recuperando paulatinamente. Para Brasil, es una noticia excelente. El
año pasado, las ventas brasileñas aumentaron en 21%, mientras el
comercio mundial se expandía a poco más de un 4,5%. La aceleración del
intercambio en el mundo debe garantizarnos, para el presente año y para
el próximo, al menos la perspectiva de un resultado comparable a 2003.
Una vez más, sin embargo, lo que es bueno de un lado, crea peligros del
otro. La explicación es simple: en un reciente análisis, el factor
responsable por el dinamismo comercial es el consumo americano. La
propia demanda de importaciones por parte de China sólo consigue
mantenerse porque los chinos exportan horrores para los EE.UU., con los
cuales acumularon, en el año que finalizó, un saldo bilateral de U$S 124
billones, mucho más que el total absoluto de las exportaciones
brasileñas para todo el mundo. Todo esto está alimentado por el agujero
negro del déficit comercial americano. Este alcanzó en marzo la
preocupante suma de U$S 46 billones, señalando que la rápida expansión
de la economía de los EE.UU. continúa siendo una gran locomotora que
empuja hacia delante toda la economía mundial pero le agrava los
desequilibrios.
Se esperaba que la caída del dólar en casi 30% desde el pico de 2001,
comenzara a reducir el déficit. El petróleo a U$S 41 el barril y otros
factores entre los que se encuentra el crecimiento, llevaron, por el
contrario, al mayor aumento de las importaciones desde 1993. A fin de
impedir que el dólar se hunda en caída libre, los EE.UU. están obligados
a tragar pantagruélicas cantidades de recursos externos, absorbiendo y
monopolizando buena parte del excedente del ahorro mundial y dejando muy
poco para los carentes crónicos de capital como los países
latinoamericanos.
Se cierra, así, el círculo de las oposiciones, abierto con la citación
de Dickens. Vivimos, al mismo tiempo, en el mejor y en el peor de los
mundos. Lo que existe de bueno está amarrado a un país que comienza a
atascarse en las arenas de los desiertos de Oriente Medio, sin saberse
bien hasta cuando los ahorristas estarán dispuestos a seguir financiando
sus extravagancias. Para Brasil, que poco puede hacer con relación al
marco global, queda una pequeña ventana de sentido común: aprovechar,
mientras duren, los vientos favorables del comercio, acumular saldos y
reservas que le permitan intentar apartarse de la mafia financiera, si
es que esta variante de la “onorata società” acepta una separación de
caballero.
Como viabilizar, en la práctica, este cambio ordenado y sensato de
estrategia nacional de desarrollo, es el foco central de la gran
conferencia de la UNCTAD que se realizará en San Pablo a mediados de
junio. Su tema principal es justamente el de la búsqueda de la
coherencia entre las estrategias nacionales y los procesos globales, ya
sean las negociaciones de comercio, como los anémicos e intermitentes
esfuerzos para tornar menos volátiles los mercados financieros. Si
estuviésemos en vías de acabar de una vez con el proteccionismo
comercial contra los productos brasileños o de asegurar el acceso de
Brasil al financiamiento de que precisa sin sustos ni oscilaciones
violentas, el panorama sería más tranquilo. Como infelizmente la
realidad es la opuesta a esta, lo mejor para asegurar la coherencia con
los tiempos adversos es procurar depender cada vez menos de la ayuda de
afuera, pues, como se decía en el tiempo de la Colonia, “el socorro de
España llega tarde, o nunca”.
Traducido para LA ONDA DIGITAL
por Cristina Iriarte LA
ONDA®
DIGITAL
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