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Por una mística sin adjetivos
por Héctor Valle

Llega el momento en que el cazador tras el ciervo penetra en el bosque,
 y encuentra el castillo del centro en la arboleda,
y sube hasta el más alto adarve,
y allí alcanza el éxtasis que estar uno fuera de sí mismo,
no ser uno mismo, sino ser el puro nombrar en uno mismo nombrando.

José Antonio Antón Pacheco
[1]

 

Es a partir del excelente trabajo  de Alois Maria Haas, experto en espiritualidad y autor de obras tales como Visión en azul y un especialmente destacable estudio sobre el maestro Eckhart, que nos provoca el comentar sobre el núcleo mismo del misticismo, la comunidad de donde luego parten sus diversas ramas y que vuelven al centro una vez cada estudioso descubrió, en el nudo primero que halla en su vertiente, que todas parten y vuelven a la esencia. 

Daré ejemplos a partir de, para mí, grandes estudiosos, y grandes hombres, del misticismo, cuales son: Eckhart, el propio Haas, Scholem, Lévinas y, en forma más general, la leyenda del Grial. También a partir de otro estudioso contemporáneo de tan rico tema: el español Antón Pacheco. Veamos, para tan vasta tarea que busca provocar la aproximación y estudio al asunto en cuestión por parte de más personas, si no nos perdemos en dicha travesía. 

Lo místico en Swedenborg
Decía en un trabajo sobre el místico sueco Emanuel Swedenborg que una vida cobra sentido en el silencio de la mente que propicia un mirar más nítido. Silencio que convoca a la mesura del tiempo del sujeto al no percibir prisa alguna en una posición que, aunque aparentemente estática, discurre por todo lo ancho y todo lo alto del pensamiento, en armonía con un espíritu que ve así cómo su reino se da cita en la reflexión misma de un hombre que ha comenzado a madurar más allá de su inmediato entendimiento. 

La expresividad toma para sí al lenguaje, en sus variadas formas, como vehículo para acercar al Otro la esencia que la motiva. En Swedenborg, el lenguaje muda y se expande para posibilitar nuestro acceso al más hondo sentir. Es así que el tiempo y el espacio se conjugan y recrean con aquellas palabras e imágenes que asociadas, son transferidas por el místico sueco en un acto de entrega sin igual de un hombre de todos los tiempos. 

Veremos de visitar diversos pasajes de la obra Del Cielo y del Infierno[1], aportando el texto a analizar y el parecer que en nosotros provoca para luego, discurrir sobre el proceso de la reflexión y, a modo de conclusión, volver la vista atrás a fin de rever el todo y poder proseguir nuestro paso en esta senda de vida.

Se nos dice que la realidad es la percepción, la conciencia de una sensación a la que se llega a través de un proceso psicofísico por el cual la persona transforma los estímulos en objeto sensible conocido.

Sensación y percepción devienen, entonces, en receptoras y efectoras de un mismo proceso del conocimiento sensible, razón por la cual es esencial a la percepción la toma de la realidad en tanto totalidad. Realidad como lo no aparente, lo no ilusorio, lo que pertenece a nuestro mundo, existiendo, consiguientemente, en el espacio-tiempo. Ahora bien, Aristóteles alega que el estudio de lo real incumbe a la metafísica que trata de lo que existe en cuanto existe, y de lo que es dabe esperar que proporcione criterios para distinguir lo que existe de lo que sólo parece existir.

A su vez, de las notas introductorias a La proposición del fundamento, de Martin Heidegger, extraemos el siguiente pasaje que nos parece propicio para este aproximarnos a la esencia de lo comunicacional en el místico sueco:
El hombre puede ser un animal rationale, en el sentido de atender, por un lado, a necesidades de este mundo, físicas; y por otro, a sublimes consignas de otro mundo, ideal (hasta el Felipe de La verbena de la Paloma lo dice: “de un lado la cabeza, del otro el corazón”). Dicotomía que guarda una copertenencia (Zusammengehörigkeit): animal (ser, estar vivo) se es en el fondo (de-legándose, relegándose luego al resto) cuando nos percatamos del sino, vale decir: cuando, a través de, y por (lat. Per; al. ver-) las señales que “parecen” (scheinen, en el sentido de “brillar a través”, como cuando el trujamán del Quijote avisa que Don Gaiferos “parece a caballo”) captamos los entes que, así, se nos “aparecen” (erscheinen, pues todo fenómeno –Erscheinung- es la aparición, a su través, de aquello que la cosa en el fondo es: la aparición de su esencia, de su perduración en el tiempo). Racional es el hombre que, y cuando, de ello se percata (mentando “se” aquí, convenientemente, un dativo, no un reflexivo: no la “conciencia de sí”.

Asimismo, recordamos que en el lenguaje simbólico las categorías dominantes son la intensidad y la asociación, en vez del espacio y el tiempo, puesto que las experiencias internas, los pensamientos y los sentimientos, son expresados como si fueran experiencias sensoriales, es decir, acontecimientos del mundo exterior.

En Swedenborg, las imágenes son tales, esto es, son los actos de la imaginación, manteniendo –y he aquí lo singular, a nuestro entender- tanto su relación con los datos sensoriales, como así también la representación de lo conceptual. Claramente, la imaginación creadora se despliega en armonía con una razón sensible que busca dar un mensaje y lo logra al crear un lenguaje universal y por tanto inteligible y digno de ser estudiado.

Veamos un texto del místico sueco que creemos viene en apoyo a nuestro pensar:

El lenguaje de los ángeles
234. Los ángeles hablan entre sí como hacemos nosotros en este mundo. Hablan de cosas diversas. (…) No hay ninguna diferencia, salvo que hablan entre sí de manera más inteligente de lo que lo hacemos nosotros, pues hablan desde un nivel más profundo de pensamiento.

235. El lenguaje angélico, como el lenguaje humano, se diferencia en palabras. Se pronuncia y se oye igualmente por medio de sonidos.

236. (…) Este lenguaje no es aprendido, sino innato; fluye de su sentimiento y de su pensamiento. El sonido del lenguaje corresponde a su sentimiento y las articulaciones del sonido –las palabras- corresponden a las construcciones mentales que surgen de sus sentimientos. Puesto que su lenguaje corresponde a estos acontecimientos interiores, es también espiritual, pues es sentimiento audible y pensamiento vocal.

Quien reflexione puede comprender que todo pensamiento procede del sentimiento, que es una función del amor, y que las construcciones mentales son formas diversas en las que se desglosa el sentimiento general; pues ningún pensamiento ni concepto, cualesquiera que sean, se produce al margen del sentimiento. Ésta es la fuente de su alma y de su vida. Por eso los ángeles saben simplemente por el habla qué tipo de persona es cada uno; conocen la cualidad del sentimiento por el sonido y la cualidad de la mente por las articulaciones del sonido o las palabras. Los ángeles más sabios conocen por unas pocas frases cuál es el sentimiento dominante de alguien, pues es a eso a lo que principalmente están atentos.

Con el tañir de su diapasón cordial, Swedenborg crea un lenguaje perceptible en nosotros tanto por su sonoridad como por las imágenes que nos llegan de los seres por él creados y que son portadores de un mensaje tan espiritual como ético y moral. Conciencia moral, entonces, de un hombre que, lejos de huir de su presente, lo recrea y trasciende al permanecer su legado moral a través de los tiempos.

Luego, y como bien enseña el Profesor Antón Pacheco, la religiosidad de Swedenborg se desenvolverá en el ámbito de la interioridad, donde predomina el amor y la voluntad. Añadiendo casi de inmediato que, la mística swedenborgiana fue una experiencia que aunaba afectividad y emoción con representación figurativa.

El prisma germánico
Mas fue el suizo Alois M. Haas quien provocara en uno el ansia de compartir el interés por una temática tan peculiar como esta. Él, quien desde un cristianismo militante, visita las diferentes experiencias místicas y dentro de ellas, singularmente, la germánica. Por ello, recordaremos de su obra Visión en azul, un pasaje que da testimonio, a nuestro criterio del especial cuidado que uno debe tomar al embarcarse en una búsqueda que no está ni fuera ni dentro, en lo espacial, sino que refiere, antes bien, a una introspección que nos lleve a las cavidades mismas de nuestro espíritu, a ese Sancta-santorum donde se halla, a poco que se busque, con valor y permanencia en el esfuerzo, la esencia misma de lo humano en el hombre.

Dice Haas: “(...)...Cuando el hombre busca en el ámbito de la actividad humana y de las formas de expresión lo vitalmente necesario que inútilmente ha buscado en el discurso religioso consagrado, advierte de pronto que también aquí –en el mundo- se topa con una carencia fundamental, esto es, con la falta de visibilidad de Dios. Dios es un Dios oculto. Ninguna posibilidad de comunicación humana le resulta suficiente, pues sus señales –verbales y no verbales- permanecen siempre como preguntas por el lugar de Dios, por el lugar de su ocultación. La historia de la espiritualidad conoce una gran cantidad de propuestas retóricas y poéticas, construcciones y modos de lenguaje para divisar, al servicio de esta ansiedad, la huella de Dios.”

Entiéndase, entonces, qué es lo que queremos referir: la búsqueda en sí y no su senda, la intención primera y no la lente específica desde la cual se observe, sea esta, judía, cristiana, o de la vertiente religiosa, en cuanto a creencias, de la cual cada uno parta.

Obviamente la senda o la lente si es sinuosa una, u opaca la otra, terminarán como camino de bosque: en lo tupido y cerrado, perdiendo su sentido mismo. Pero sí es válido, y más que ello, natural, que muchos indaguen, con espíritu abierto, a partir de su cosmovisión, de su criterio religioso aunque con apertura en lo conceptual en tanto no niegan al otro sino que buscan complementar lo suyo con lo ajeno en tanto en cuanto indagan en lo profundo de la esencia. Hacia allí se dirigen, a un punto que, reiteramos, no está fuera de uno sino en uno.

Eckhart o una de las luces del Medioevo
El Maestro Eckhart, por ejemplo. Este hombre que en aquella época, mal llamada oscura, como suele distinguirse a la Edad Media, llega por vía de un cristianismo despojado de afectaciones, a igual puerto que otros desde lados complementarios. Dice el hombre que fuera censurado por su forma de decir, más que por el texto mismo: “A Dios hay que tomarlo en tanto que modo sin modo y en tanto que ser sin ser, pues no tiene ningún modo. Por eso dice san Bernardo: “Quien a ti, Dios, quiera conocerte, debe medirte sin medida.” Rogamos a Dios que podamos alcanzar aquel conocimiento que es absolutamente sin modo y sin medida.”

Si Eckhart habla del “fruto de la nada”, la mística judía, a su vez, y según alegara su principal exponente en el siglo XX, el gran humanista y erudito Gershom Scholem, “la Cábala no es un sistema intelectual, un sistema que parta de determinadas ideas, sino un concepto global, que abarca procesos muy distintos, muy diferentes formas de pensar de distintos sistemas, en los que algunos judíos intentaron formular en símbolos cómo se entendían a sí mismos, según diríamos hoy.
[1]  

La mística judía
La mística judía tiene un elemento, uno de tantos maravillosos elementos, que se llama, se le denomina el tsimtsum. La palabra hebrea tsimtsum significa, literalmente, “contracción”. Quiere expresar
[2] una concentración, nos instruye Scholem, del ser divino en sí mismo, un descenso a sus propias profundidades, una autolimitación de su esencia en sí misma. En la idea del tsimtsum se encuentra el movimiento profundo en Dios mismo como un continuado autorreplegarse y autoconcentrarse de lo divino. O, como mejor ilustra el erudito judío
todo lo que existe resulta del doble movimiento por el que Dios se concentra en sí mismo y sin embargo simultáneamente irradia algo de su ser.
 

Si esta hermosa ilustración que nos legara la mística judía, a través del tsimtsum, la complementáramos con lo que en otros campos, y bien actuales, se estudia y habla como agujeros negros o, sin ir más lejos, o cuán lejos, la propia física cuántica y la interacción de las partículas entre sí, no importando la distancia pero a veces incluso sí el hecho de contemplarlas y lo que tal acción encuentra como reacción, estaríamos aproximándonos tan dialéctica como trascendentalmente al estudio de lo místico. 

El Talmud y un intérprete magistral
En fin, ya próximos al final de estas disquisiciones que procuran despertar interés por algo tan rico y enriquecedor como lo es la indagación en lo trascendente, y antes de dejar el tratamiento desde el judaísmo, vale el citar a otro maestro, sea en lo talmúdico cuanto más o también en lo filosófico, Emmanuel Lévinas, en lo que a mí refiere –y aquí dejo el “nosotros”- es signo de vida y de humanismo cotidiano, coherente con una mente que piensa y un ser que actúa en función de su alta cordialidad. Lévinas, que tras de sí tuvo generaciones con altas indagaciones talmúdicas fue, en su tiempo y en nuestro tiempo, maestro de vida y filósofo al que debemos dar su lugar en nuestro tiempo y en todo tiempo. 

Lévinas que basó y basa su predicamento filosófico y existencial en la cuestión del otro, dice desde lo talmúdico que ya ejemplificaremos, que la Torá está dada en la Luz de un rostro. La epifanía del otro, aduce, es ipso ipso mi responsabilidad para con él.[3] Y, en cuanto al sentido de la porfía humana, enseña que la conciencia es la urgencia de un destino que lleva al otro, y no un eterno retorno sobre sí. Luego, el hacer antes del oir, se trata de una lucidez sin tanteos, no precedida de un saber-hipótesis, de una idea. No puede Lévinas sintetizarlo de mejor forma que en esta frase tan breve como cargada de sentido:  La búsqueda del espíritu más allá de la letra es el judaísmo mismo.

 

La leyenda del Grial y sus vías de interpretación
Las ramas celta, cristiana y alquímica encuentran el la leyenda del Grial, en su arquetipo, una riqueza de significado y misterio, al mismo tiempo, que lo llevan a ser, más allá de lo pagano y variado de su cuento, relato o incluso de su valor testamentario, el epicentro donde confluyen el interés y la búsqueda de la totalidad.

Un mito que, pese a lo poco estudiado, específicamente, todo el mundo “sabe” de él y tiene su opinión al respecto. Encantamiento y belleza de este relato medieval que tan cargado está en el inconsciente colectivo que permanece siendo actual como su misterio, si es que lo tiene. Pero su búsqueda, la fascinación que ejerce la supuesta búsqueda del cáliz sagrado, embelesa a cualquier con una suerte de hechizo que mucho tiene de arquetipo actuando en el interior de nuestro ser.

Nada menos que la esposa de Carl Gustav Jung, Emma, junto a la colaboradora de ambos, Marie- Louise Von Franz, investigó y redactó una obra al respecto en la cual presenta, a partir tanto de su narración como de su lectura psicológica al mito que, aduce, no sólo sigue vivo sino que mucho tiene que ver con nuestro mundo actual.

Tras su intenso estudio, Emma Jung nos dice que en la alquimia el recipiente es un símbolo auténtico que representa una idea mística y, consecuentemente, remite a un entramado de significados muy amplios, si bien siempre es uno y redondo, en tanto que receptor e interpretado, a nivel psicológico, como la comprensión no transmitida de la consciencia al inconsciente que se desarrolla a partir de una atenta observación que el inconsciente hace de la consciencia.

En suma, y para terminar, que toda búsqueda refiere a una vía de introspección en nuestra consciencia para con nuestra consciencia moral, que va, pues, de lo psicológico a lo moral, en busca de la ley de armonía que de sosiego a nuestra inquietud primera y total: la búsqueda de sentido.

Hallarla es como beber agua de aljibe, tan oscura, tan hondamente hallada, pero tan fresca, pura e inmanente con la esencia misma del primer hombre.

 

1 Antón Pacheco, José Antonio – Midrás, Padilla Libros editores & libreros, Sevilla, 2003, pág.16.

2 Swedenborg, Emanuel – Del Cielo y del infierno, Editorial Siruela, Madrid, 2002

3 Heidegger, Martín – La proposición del fundamento, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1991, pág. 13

4 Swedenborg, Emanuel – Del Cielo y del infierno, Editorial Siruela, 2002, págs. 235/236

5 Valle, Héctor – Bóreas Nº 2/2003, Asociación Swedenborg de España, 2003, Sevilla, págs. 25-37

6Blom-Dahl, Christien A. y Antón Pacheco, José Antonio – Emanuel Swedenborg, El habitante de dos mundos, Editorial Trotta, Madrid, 2000, pág. 197

7 Haas, Alois M. – Visión en azul /Estudios de mística europea, Ediciones Siruela, Madrid, 1999, págs. 92 y 93

8Maestro Eckhart – El fruto de la nada y otros escritos, Ediciones Siruela, M adrid, 1998, pág. 93.

9 Scholem, Gershom, “...todo es cábala”, editorial Trotta, Madrid, 2001, pág.15.

10Scholem, Gershom, Conceptos básicos del judaísmo, Trotta Paradigmas, Madrid, 1998, 69 y ss.

11Lévinas, Emmanuel – Cuatro lecturas talmúdicas, Editorial Riopiedras, Barcelona, 1996, pág. 84 y ss.

12Godwin, Malcom – El Santo Grial, Editorial Emecé, Barcelona, 1994, pág. 16 y ss.

13 Jung, Emma / Von Franz, Marie-Louise, La leyenda del Grial, desde una perspectiva psicológica – Editorial Kairós, Barcelona, 1999, pág. 124 y ss.

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