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Por una mística sin adjetivos
por Héctor Valle
Llega el
momento en que el cazador tras el ciervo penetra en el bosque,
y encuentra el castillo del centro en la arboleda,
y sube hasta el más alto adarve,
y allí alcanza el éxtasis que estar uno fuera de sí mismo,
no ser uno mismo, sino ser el puro nombrar en uno mismo
nombrando.
José Antonio Antón Pacheco
Es a partir del excelente
trabajo de Alois Maria Haas, experto en espiritualidad
y autor de obras tales como Visión en azul y un
especialmente destacable estudio sobre el maestro
Eckhart, que nos provoca el comentar sobre el núcleo
mismo del misticismo, la comunidad de donde luego parten
sus diversas ramas y que vuelven al centro una vez cada
estudioso descubrió, en el nudo primero que halla en su
vertiente, que todas parten y vuelven a la esencia.
Daré ejemplos a partir
de, para mí, grandes estudiosos, y grandes hombres, del
misticismo, cuales son: Eckhart, el propio Haas, Scholem,
Lévinas y, en forma más general, la leyenda del Grial.
También a partir de otro estudioso contemporáneo de tan
rico tema: el español Antón Pacheco. Veamos, para tan
vasta tarea que busca provocar la aproximación y estudio
al asunto en cuestión por parte de más personas, si no
nos perdemos en dicha travesía.
Lo místico en Swedenborg
Decía en un trabajo sobre
el místico sueco Emanuel Swedenborg que una vida cobra
sentido en el silencio de la mente que propicia un mirar
más nítido. Silencio que convoca a la mesura del tiempo
del sujeto al no percibir prisa alguna en una posición
que, aunque aparentemente estática, discurre por todo lo
ancho y todo lo alto del pensamiento, en armonía con un
espíritu que ve así cómo su reino se da cita en la
reflexión misma de un hombre que ha comenzado a madurar
más allá de su inmediato entendimiento.
La expresividad toma para
sí al lenguaje, en sus variadas formas, como vehículo
para acercar al Otro la esencia que la motiva. En
Swedenborg, el lenguaje muda y se expande para
posibilitar nuestro acceso al más hondo sentir. Es así
que el tiempo y el espacio se conjugan y recrean con
aquellas palabras e imágenes que asociadas, son
transferidas por el místico sueco en un acto de entrega
sin igual de un hombre de todos los tiempos.
Veremos de visitar diversos
pasajes de la obra Del
Cielo y del Infierno,
aportando el texto a analizar y el parecer que en
nosotros provoca para luego, discurrir sobre el proceso
de la reflexión y, a modo de conclusión, volver la vista
atrás a fin de rever el todo y poder proseguir nuestro
paso en esta senda de vida.
Se nos dice que la realidad es la percepción, la
conciencia de una sensación a la que se llega a través
de un proceso psicofísico por el cual la persona
transforma los estímulos en objeto sensible conocido.
Sensación y percepción devienen, entonces, en receptoras
y efectoras de un mismo proceso del conocimiento
sensible, razón por la cual es esencial a la percepción
la toma de la realidad en tanto totalidad. Realidad como
lo no aparente, lo no ilusorio, lo que pertenece a
nuestro mundo, existiendo, consiguientemente, en el
espacio-tiempo. Ahora bien, Aristóteles alega que el
estudio de lo real incumbe a la metafísica que trata de
lo que existe en cuanto existe, y de lo que es dabe
esperar que proporcione criterios para distinguir lo que
existe de lo que sólo parece existir.
A su vez, de las notas introductorias a La proposición
del fundamento, de Martin Heidegger, extraemos el
siguiente pasaje que nos parece propicio para este
aproximarnos a la esencia de lo comunicacional en el
místico sueco:
El hombre puede ser un animal rationale, en el sentido
de atender, por un lado, a necesidades de este mundo,
físicas; y por otro, a sublimes consignas de otro mundo,
ideal (hasta el Felipe de La verbena de la Paloma lo
dice: “de un lado la cabeza, del otro el corazón”).
Dicotomía que guarda una copertenencia (Zusammengehörigkeit):
animal (ser, estar vivo) se es en el fondo
(de-legándose, relegándose luego al resto) cuando nos
percatamos del sino, vale decir: cuando, a través de, y
por (lat. Per; al. ver-) las señales que “parecen” (scheinen,
en el sentido de “brillar a través”, como cuando el
trujamán del Quijote avisa que Don Gaiferos “parece a
caballo”) captamos los entes que, así, se nos “aparecen”
(erscheinen, pues todo fenómeno –Erscheinung- es la
aparición, a su través, de aquello que la cosa en el
fondo es: la aparición de su esencia, de su perduración
en el tiempo). Racional es el hombre que, y cuando, de
ello se percata (mentando “se” aquí, convenientemente,
un dativo, no un reflexivo: no la “conciencia de sí”.
Asimismo, recordamos que en el lenguaje simbólico las
categorías dominantes son la intensidad y la asociación,
en vez del espacio y el tiempo, puesto que las
experiencias internas, los pensamientos y los
sentimientos, son expresados como si fueran experiencias
sensoriales, es decir, acontecimientos del mundo
exterior.
En Swedenborg, las imágenes son tales, esto es, son los
actos de la imaginación, manteniendo –y he aquí lo
singular, a nuestro entender- tanto su relación con los
datos sensoriales, como así también la representación de
lo conceptual. Claramente, la imaginación creadora se
despliega en armonía con una razón sensible que busca
dar un mensaje y lo logra al crear un lenguaje universal
y por tanto inteligible y digno de ser estudiado.
Veamos un
texto del místico sueco que creemos viene en apoyo a
nuestro pensar:
El lenguaje de los ángeles
234. Los ángeles hablan entre sí como hacemos nosotros
en este mundo. Hablan de cosas diversas. (…) No hay
ninguna diferencia, salvo que hablan entre sí de manera
más inteligente de lo que lo hacemos nosotros, pues
hablan desde un nivel más profundo de pensamiento.
235. El lenguaje angélico, como el lenguaje humano, se
diferencia en palabras. Se pronuncia y se oye igualmente
por medio de sonidos.
236. (…) Este lenguaje no es aprendido, sino innato;
fluye de su sentimiento y de su pensamiento. El sonido
del lenguaje corresponde a su sentimiento y las
articulaciones del sonido –las palabras- corresponden a
las construcciones mentales que surgen de sus
sentimientos. Puesto que su lenguaje corresponde a estos
acontecimientos interiores, es también espiritual, pues
es sentimiento audible y pensamiento vocal.
Quien reflexione puede comprender que todo pensamiento
procede del sentimiento, que es una función del amor, y
que las construcciones mentales son formas diversas en
las que se desglosa el sentimiento general; pues ningún
pensamiento ni concepto, cualesquiera que sean, se
produce al margen del sentimiento. Ésta es la fuente de
su alma y de su vida. Por eso los ángeles saben
simplemente por el habla qué tipo de persona es cada
uno; conocen la cualidad del sentimiento por el sonido y
la cualidad de la mente por las articulaciones del
sonido o las palabras. Los ángeles más sabios conocen
por unas pocas frases cuál es el sentimiento dominante
de alguien, pues es a eso a lo que principalmente están
atentos.
Con el tañir de su diapasón cordial, Swedenborg crea un
lenguaje perceptible en nosotros tanto por su sonoridad
como por las imágenes que nos llegan de los seres por él
creados y que son portadores de un mensaje tan
espiritual como ético y moral. Conciencia moral,
entonces, de un hombre que, lejos de huir de su
presente, lo recrea y trasciende al permanecer su legado
moral a través de los tiempos.
Luego, y como bien enseña el Profesor Antón Pacheco, la
religiosidad de Swedenborg se desenvolverá en el ámbito
de la interioridad, donde predomina el amor y la
voluntad. Añadiendo casi de inmediato que, la mística
swedenborgiana fue una experiencia que aunaba
afectividad y emoción con representación figurativa.
El prisma germánico
Mas fue el suizo Alois M. Haas quien provocara en uno el
ansia de compartir el interés por una temática tan
peculiar como esta. Él, quien desde un cristianismo
militante, visita las diferentes experiencias místicas y
dentro de ellas, singularmente, la germánica. Por ello,
recordaremos de su obra Visión en azul, un pasaje que da
testimonio, a nuestro criterio del especial cuidado que
uno debe tomar al embarcarse en una búsqueda que no está
ni fuera ni dentro, en lo espacial, sino que refiere,
antes bien, a una introspección que nos lleve a las
cavidades mismas de nuestro espíritu, a ese Sancta-santorum
donde se halla, a poco que se busque, con valor y
permanencia en el esfuerzo, la esencia misma de lo
humano en el hombre.
Dice Haas: “(...)...Cuando el hombre busca en el ámbito
de la actividad humana y de las formas de expresión lo
vitalmente necesario que inútilmente ha buscado en el
discurso religioso consagrado, advierte de pronto que
también aquí –en el mundo- se topa con una carencia
fundamental, esto es, con la falta de visibilidad de
Dios. Dios es un Dios oculto. Ninguna posibilidad de
comunicación humana le resulta suficiente, pues sus
señales –verbales y no verbales- permanecen siempre como
preguntas por el lugar de Dios, por el lugar de su
ocultación. La historia de la espiritualidad conoce una
gran cantidad de propuestas retóricas y poéticas,
construcciones y modos de lenguaje para divisar, al
servicio de esta ansiedad, la huella de Dios.”
Entiéndase, entonces, qué es lo que queremos referir: la
búsqueda en sí y no su senda, la intención primera y no
la lente específica desde la cual se observe, sea esta,
judía, cristiana, o de la vertiente religiosa, en cuanto
a creencias, de la cual cada uno parta.
Obviamente la senda o la lente si es sinuosa una, u
opaca la otra, terminarán como camino de bosque: en lo
tupido y cerrado, perdiendo su sentido mismo. Pero sí es
válido, y más que ello, natural, que muchos indaguen,
con espíritu abierto, a partir de su cosmovisión, de su
criterio religioso aunque con apertura en lo conceptual
en tanto no niegan al otro sino que buscan complementar
lo suyo con lo ajeno en tanto en cuanto indagan en lo
profundo de la esencia. Hacia allí se dirigen, a un
punto que, reiteramos, no está fuera de uno sino en uno.
Eckhart o una de las luces del Medioevo
El Maestro Eckhart, por ejemplo. Este hombre que en
aquella época, mal llamada oscura, como suele
distinguirse a la Edad Media, llega por vía de un
cristianismo despojado de afectaciones, a igual puerto
que otros desde lados complementarios. Dice el hombre
que fuera censurado por su forma de decir, más que por
el texto mismo: “A Dios hay que tomarlo en tanto que
modo sin modo y en tanto que ser sin ser, pues no tiene
ningún modo. Por eso dice san Bernardo: “Quien a ti,
Dios, quiera conocerte, debe medirte sin medida.”
Rogamos a Dios que podamos alcanzar aquel conocimiento
que es absolutamente sin modo y sin medida.”
Si Eckhart habla del “fruto de la nada”, la mística
judía, a su vez, y según alegara su principal exponente
en el siglo XX, el gran humanista y erudito Gershom
Scholem, “la Cábala no es un sistema intelectual, un
sistema que parta de determinadas ideas, sino un
concepto global, que abarca procesos muy distintos, muy diferentes
formas de pensar de distintos sistemas, en los que
algunos judíos intentaron formular en símbolos cómo
se entendían a sí mismos, según diríamos hoy.
La mística judía
La mística judía tiene un
elemento, uno de tantos maravillosos elementos, que
se llama, se le denomina el tsimtsum. La palabra
hebrea tsimtsum significa, literalmente,
“contracción”. Quiere expresar
una concentración, nos instruye Scholem, del ser
divino en sí mismo, un descenso a sus propias
profundidades, una autolimitación de su esencia en
sí misma. En la idea del tsimtsum se encuentra el
movimiento profundo en Dios mismo como un continuado
autorreplegarse y autoconcentrarse de lo divino. O,
como mejor ilustra el erudito judío
todo lo que
existe resulta del doble movimiento por el que Dios
se concentra en sí mismo y sin embargo
simultáneamente irradia algo de su ser.
Si
esta hermosa ilustración que nos legara la mística
judía, a través del tsimtsum, la complementáramos
con lo que en otros campos, y bien actuales, se
estudia y habla como
agujeros negros
o, sin ir más lejos, o cuán lejos, la propia física
cuántica y la interacción de las partículas entre
sí, no importando la distancia pero a veces incluso
sí el hecho de contemplarlas y lo que tal acción
encuentra como reacción, estaríamos aproximándonos
tan dialéctica como trascendentalmente al estudio de
lo místico.
El Talmud y un
intérprete magistral
En fin, ya próximos
al final de estas disquisiciones que procuran
despertar interés por algo tan rico y enriquecedor
como lo es la indagación en lo trascendente, y antes
de dejar el tratamiento desde el judaísmo, vale el
citar a otro maestro, sea en lo talmúdico cuanto más
o también en lo filosófico, Emmanuel Lévinas, en lo
que a mí refiere –y aquí dejo el “nosotros”- es
signo de vida y de humanismo cotidiano, coherente
con una mente que piensa y un ser que actúa en
función de su alta cordialidad. Lévinas, que tras de
sí tuvo generaciones con altas indagaciones
talmúdicas fue, en su tiempo y en nuestro tiempo,
maestro de vida y filósofo al que debemos dar su
lugar en nuestro tiempo y en todo tiempo.
Lévinas que basó y basa su
predicamento filosófico y existencial en la cuestión
del otro, dice desde lo talmúdico que ya
ejemplificaremos, que la Torá está dada en la Luz de
un rostro. La epifanía del otro, aduce, es ipso ipso
mi responsabilidad para con él.
Y, en cuanto al sentido de la porfía humana, enseña
que la conciencia es la urgencia de un destino que
lleva al otro, y no un eterno retorno sobre sí.
Luego, el hacer antes del oir, se trata de una
lucidez sin tanteos, no precedida de un
saber-hipótesis, de una idea. No puede Lévinas
sintetizarlo de mejor forma que en esta frase tan
breve como cargada de sentido: La búsqueda del
espíritu más allá de la letra es el judaísmo mismo.
La leyenda del Grial y sus vías de interpretación
Las ramas celta, cristiana y alquímica encuentran el
la leyenda del Grial, en su arquetipo, una riqueza
de significado y misterio, al mismo tiempo, que lo
llevan a ser, más allá de lo pagano y variado de su
cuento, relato o incluso de su valor testamentario,
el epicentro donde confluyen el interés y la
búsqueda de la totalidad.
Un mito que, pese a lo poco estudiado,
específicamente, todo el mundo “sabe” de él y tiene
su opinión al respecto. Encantamiento y belleza de
este relato medieval que tan cargado está en el
inconsciente colectivo que permanece siendo actual
como su misterio, si es que lo tiene. Pero su
búsqueda, la fascinación que ejerce la supuesta
búsqueda del cáliz sagrado, embelesa a cualquier con
una suerte de hechizo que mucho tiene de arquetipo
actuando en el interior de nuestro ser.
Nada menos que la esposa de Carl Gustav Jung, Emma,
junto a la colaboradora de ambos, Marie- Louise Von
Franz, investigó y redactó una obra al respecto en
la cual presenta, a partir tanto de su narración
como de su lectura psicológica al mito que, aduce,
no sólo sigue vivo sino que mucho tiene que ver con
nuestro mundo actual.
Tras su intenso estudio, Emma Jung nos dice que en
la alquimia el recipiente es un símbolo auténtico
que representa una idea mística y, consecuentemente,
remite a un entramado de significados muy amplios,
si bien siempre es uno y redondo, en tanto que
receptor e interpretado, a nivel psicológico, como
la comprensión no transmitida de la consciencia al
inconsciente que se desarrolla a partir de una
atenta observación que el inconsciente hace de la
consciencia.
En suma, y para terminar, que toda búsqueda refiere
a una vía de introspección en nuestra consciencia
para con nuestra consciencia moral, que va, pues, de
lo psicológico a lo moral, en busca de la ley de
armonía que de sosiego a nuestra inquietud primera y
total: la búsqueda de sentido.
Hallarla es como beber agua de aljibe, tan oscura,
tan hondamente hallada, pero tan fresca, pura e
inmanente con la esencia misma del primer hombre.
1 Antón Pacheco, José
Antonio – Midrás, Padilla Libros editores & libreros,
Sevilla, 2003, pág.16.
2 Swedenborg, Emanuel – Del Cielo y del infierno,
Editorial Siruela, Madrid, 2002
3 Heidegger, Martín – La proposición del fundamento,
Ediciones del Serbal, Barcelona, 1991, pág. 13
4 Swedenborg, Emanuel – Del Cielo y del infierno,
Editorial Siruela, 2002, págs. 235/236
5 Valle, Héctor – Bóreas Nº 2/2003, Asociación
Swedenborg de España, 2003, Sevilla, págs. 25-37
6Blom-Dahl, Christien A. y Antón Pacheco, José Antonio –
Emanuel Swedenborg, El habitante de dos mundos,
Editorial Trotta, Madrid, 2000, pág. 197
7 Haas, Alois M. – Visión en azul /Estudios de mística
europea, Ediciones Siruela, Madrid, 1999, págs. 92 y 93
8Maestro Eckhart – El fruto de la nada y otros escritos,
Ediciones Siruela, M adrid, 1998, pág. 93.
9 Scholem, Gershom, “...todo es cábala”, editorial
Trotta, Madrid, 2001, pág.15.
10Scholem, Gershom, Conceptos básicos del judaísmo,
Trotta Paradigmas, Madrid, 1998, 69 y ss.
11Lévinas, Emmanuel – Cuatro lecturas talmúdicas,
Editorial Riopiedras, Barcelona, 1996, pág. 84 y ss.
12Godwin, Malcom – El Santo Grial, Editorial Emecé,
Barcelona, 1994, pág. 16 y ss.
13 Jung, Emma / Von Franz, Marie-Louise, La leyenda del
Grial, desde una perspectiva psicológica – Editorial
Kairós, Barcelona, 1999, pág. 124 y ss.
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