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¡De eso no se habla!
Debemos, tú y yo, hablar de estos temas porque son nuestros
Héctor Valle
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¡De eso no se habla!
Debemos, tú y yo, hablar de estos temas
porque son nuestros

por Héctor Valle

De niños que no habrán de madurar o maduros que no sabrán o podrán ser ellos en toda su potencialidad por haber quedado marcados por el dolor de la ofensa recibida y repetida hasta producir daño en su psiquis y frío en el corazón. De eso, voy a hablar..

Hay temas, como el abuso infantil, que la sociedad, es decir nosotros, preferimos no tratar. Sea por imperio de su escasa divulgación -en donde podríamos hallar diversos factores- sea por el no atrevernos a ahondar en la hediondez del alma humana, en su zona fangosa, en ese tramo comprendido entre mis propios tabúes, con asiento o no en experiencias propias o cercanas a uno, en su familia o círculo íntimo, productos de otros tantos problemas estructurales no resueltos, sea en los otros donde, además de lo anterior, impera la defensa familiar, barrial, corporativa, etcétera.

El asunto es, quiérase o no, que la cosa deviene en su contrario, esto es: la víctima es culpabilizada y el tema barrido bajo la alfombra.

Desde esta misma Revista, que nos publicara un asunto directamente vinculado con el tema hoy tratado, dábamos cuenta por imperio de las afirmaciones, propias y basadas en documentos de otros varios peritos psiquiátricos de reconocida actuación en nuestro medio, de la dilación, del “dejá quieto”, según nosotros colegimos, de asuntos referidos a abusos sexuales infantiles.

Hoy y aquí en el Uruguay, por citar un ejemplo más, un diario capitalino da cuenta de otra vejación, o de la vejación continuada a una menor obligada a prostituirse por su progenitor, porque llamar padre a un sujeto así es querer implotar a “la función padre” de su esencia primera: educar en el arte del vivir a un hijo. Más allá de si la chica, que se lo confesara a su madre, luego no lo sostuviera ante el juez, importa el tema porque de esto hay que hablar y públicamente.

Una sociedad que niega el tratamiento de estas miserias está en problemas y, mis amigos, nosotros lo estamos. Y no importa que estos insucesos suelan merecer parecidas reacciones en la región, recordando un caso de abuso sexual a una niña que por estos días está siendo divulgado en la Argentina y que tiene locación en Mar del Plata.

Tenemos un problema y es nuestro, tuyo y mío porque el no admitirlo, el no tratarlo, el buscar “proteger” al adulto infractor, a la bestia, sea porque es de nuestra corporación (abogado, profesor, lo que fuere), sea porque el mero trámite burocrático inhibe un diligenciamiento apropiado, podríamos decir psicológicamente adecuado a la misma víctima, que es a quien se debe no ya proteger sino atender, cuidar, preparar para reparar (¿es posible? y ¿en qué tiempo y bajo qué condiciones familiares y de asistencia psicoanalítica).

Desde mi condición de lego pero asumiendo mi rol de padre y ciudadano, he comenzado a interiorizarme, muy de a poco dada la vastedad de los factores intervinientes, en la literatura que existe sobre el asunto. Sin hablar del apoyo que, en casos muy puntuales, profesionales del área –y me refiero al Doctor Enrique Stola, de la Argentina, este hombre que, junto a un pequeño grupo, pequeño en número pero grande en agallas y compromiso social, vienen defendiendo a quien hay que defender, a la víctima probada, y denunciando lo que hay que denunciar: a la bestia enmascarada sea por una vestimenta negra, sea por un portafolios de fino cuero.

También he encontrado trabajos muy serios que, por lo menos en un caso, no puedo divulgarlo ni a su autor, en tanto sigo aguardando respuesta para dar a luz su muy importante estudio pero que parece las condicionantes de su medio, inhiben a esta persona a ofrecer su testimonio autorizado sobre el tópico en general, ya que ni en particular le fuera solicitado.

En todo caso, detectado el problema, comienza un esbozo de solución. Porque a nuestros chicos y chicas debemos apoyarlos, cuidando de darles aquellas herramientas que en la vida misma les ayudarán a un conocimiento de sí mismos más amplio y permanente que pagarles un viajecito o acallarlos por medio de la amenaza, haciendo gala de un supuesto poder que el adulto tiene y que el chico, de ser tratado así, recibe como terror, castrador deformante.

La violencia está en nosotros. Lo está. Negarlo sería el indicador de su presencia más nefasta. La cosa pasa por decirlo, escucharme y encarar su aceptación por la vía de la mejora en uno de aquellos factores que inhiben sea la violencia la que ejerza el gobierno de nuestras mentes, una educación rica en valores y sólida en testimonios de vida éticamente valiosos. Que la niñez sea vivida como niñez y que la pubertad merezca no la represión sino el apoyo y acompañamiento de los padres o quienes tengan tal función para con los chicos y las chicas.

Es el hombre, el varón quien en un altísimo porcentaje, propina este tipo de violencia, el abuso sexual infantil. Si todavía recordamos (¿acaso es preciso?) que, por ejemplo en nuestro país, el Uruguay, más de un millón de personas vive en la pobreza, o sea un tercio de su población, que la desocupación real, porque trabajar una hora en los últimos quince días no puede ser, seriamente, considerada una ocupación, la desocupación, digo, cunde, entonces la “función padre” que antes citara, se ve seriamente jaqueada y, en muchos casos dañada, por la ausencia efectiva y cotidiana, del supuesto “rol” que el hombre debe tener en “su” casa: protector, dador de bienes, seguridad para su núcleo familiar. Y aquí está otro acicate para que la bestia, lo que Carl Gustav Jung –en un contexto mucho más amplio, claro está- denominara la “sombra”. Ese lado oscuro de nosotros mismos que, si no es atendido, en el sentido de su reconocimiento y aceptación, aceptación que dice relación a convivir con la sombra y no al querer acallarla, porque hacer esto es provocar su emergencia más violenta y permanente. Bueno, tenemos entonces condicionantes que agravan la proliferación de estos desvíos en la conducta humana.

Hoy y aquí, no busco ni pontificar, ni tampoco argumentar con bases jurídicas y psiquiátricas o psicoanalíticas en general, merced a una nutrida y docta literatura, el asunto tratado. No. Aquí y ahora, hablo no para otros sino desde mi condición de padre y hacia mi conciencia moral, aunque públicamente para quien quiera, me escuche y escuche la voz de su conciencia, que debemos, tú y yo, hablar de estos temas porque son nuestros, porque somos nosotros mismos el tema, cuando notamos que buscando huir del asunto no hacemos más que enlodarnos y caer en las miasmas de lo peor del hombre.

Y ni siquiera hablamos de otra forma de violencia doméstica: la que se ejerce para con la mujer o es que en este caso ¿de eso tampoco debemos hablar?

hectorvalle@adinet.com.uy

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