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El espíritu de Irlanda
Leer a Joyce es, también, aprender a ser libre

por Héctor Valle

Poco o nada importa qué pueda yo decir de Joyce si, tan siquiera, no lograra transmitir, al cabo de estas líneas, cuánto de sí y cuánto de su gente, llevó y propagó, este irlandés tan singular a través de todo un siglo.

Fácil es el tomar el camino de la huida existencial y visitar, con una mirada pseudo docta, la obra de James Joyce, desde sus recovecos o mismo dando cuenta de los prismas que su lectura provoca en la imagen del mundo estereotipado de su época que, lamentablemente, parece ser hoy la nuestra.

Aun así, opto por recordar a ese pueblo que se confunde con la fuerza de un color logrando de sí la imagen de una tierra donde el verdor, en sus diversas, intensas y mágicas tonalidades no puede ni quiere olvidar dos signos de su pasado que es su huella: la horrenda hambruna y peor diáspora, luego de la muerte de tantos hijos de la misma, y la magia, el hechizo y la gracia de su mitología que vive en el alma misma de este pueblo.

Sin duda tanto pesar y tanta imaginación dieron, al cabo de los siglos, hijos dilectos que el mundo todo conoció y aun hoy disfruta y estudia: Oscar Wilde, James Joyce, Samuel Beckett, W. B. Yeats, entre otros tantos.

De James Joyce queremos hoy referirnos, habida cuenta de cumplirse el primer siglo de aquel día aparentemente anodino que tuviera como protagonistas a dos sujetos de nombres Stephen Dedalus y Leopold Bloom, en la obra Ulises, esto es, un 16 de junio de 1904, en la ciudad de Dublín, desde las 8 de la mañana del jueves 4 de junio de 1904 hasta las 2 de la madrugada siguiente y sin adentrarnos en otro personaje tan desopilante como extraído de la vida real, como Molly Bloom.

El Ulises, libro tan comentado y tan poco leído, porque, ciertamente, su lectura es, como dice y en parte coincidimos con Carl Gustav Jung, dolorosa por lo monótona, desprovista de una estructura comúnmente aceptada y que puede tomarse por cualquier parte para comenzar su lectura. Obra en la que el mínimo detalle, lleva en no pocas ocasiones, descripciones extensas, detalladísimas que no conducen, supuestamente, a conclusión alguna, salvo el permanente devenir del discurrir de la mente de su protagonista.

Joyce se permitió, en esta obra magistral para el Occidente, llevar a luz a la corriente interior del pensamiento y, al hacerlo, cambió no sólo la literatura, sino la visión que de la misma como de la vida, en no pocos casos, se tenía por sabida.

Este irlandés que desde pequeño, supo destacarse en la escritura, ya en el colegio católico al que asistiera en su Dublín natal y luego, en el continente europeo y tras largos padecimientos, increíbles vicisitudes sufridas para la publicación de cada una de sus obras, llevara, con tesón y ayuda de escasos pero dignos amigos, entre ellos Ezra Pound que –cuando no, como hiciera con tantos otros literatos- permitió que parte de este caudal de genialidad tuviera luz pública.

Exiliado de su Irlanda, el autor del Ulises, no impidió tanto que siguiera amándola cuanto recordara lo limitante de la mentalidad aldeana de parte de su gente.

James Joyce fue ante todo un genio y un hombre digno y amante de su familia, desde su esposa Nora, mujer singularmente simple a la que amó sin desmayo, y de su hija luego malograda que tanto amó y buscó ayudar por todos los medios a su alcance.

Visitar la obra de Joyce sin haber trabado contacto con el alma de Irlanda es como beber ambrosia faltándonos el sentido del gusto: sabe a nada.

Su obra tiene directa relación con su pueblo, sea en lo contemplativo, y recordamos como recomendamos la excelente recopilación de cuentos intitulada Dublineses, sea desde Exiliados, esa obra teatral que tanto de autobiográfica tiene, como de sus poemas, los escritos críticos, algunos de los cuales, habremos de compartir seguidamente y el broche de oro en cuanto a experiencia literaria, Finnegans Wake, esa última y, aparentemente, imposible novela de nuestro autor cuya traducción resultara por demás trabajosa debiendo uno recurrir, a fuer de ser veraz, al texto original, y digo original porque no sólo de inglés se compone el mismo, para pretender aproximarse a esta catedral del conocimiento, la astucia y la gracia que lograra el irlandés del siglo XX.

La minuciosidad, llevada al extremo, de James Joyce en los detalles, llevó a alguien afirmar que si Dublín desapareciera, podría reconstruirse a partir de los relatos de este incomparable escritor. Tal era su amor por su tierra como su celo ante la veracidad de los detalles.

Estos días y a propósito del centenario aquí también recordado, uno puede encontrar tantas y tan buenas notas sobre la obra cumbre de Joyce que mejor transitamos, en tanto aldeanos nosotros también, por otras callejuelas de estas aldeas que, pese a lo dispar de sus historias, tanto en común pueden tener si de lo humano se trata.

Como afirma su biógrafo –y, a nuestro criterio uno de los máximos biógrafos occidentales- Richard Ellmann, Joyce pensaba que sus libros eran estaciones de un viaje psíquico y todos, agregamos, están interrelacionados o bien son estaciones de tal periplo de la mente y logró lo que muy pocos: cubrió de dignidad la vida cotidiana por todos compartida en esa busca tan frenética como enfermiza en detalles pero desnuda en su primera intención de quitar el velo que Iglesia o Estado cubría –y cubre en aun no pocos casos- la esencia misma de la condición humana. El sinceramiento primero de quien profeza una mirada propia, digna y prístina de las cosas y los acontecimientos sin que nadie venga a imponernos verdades o incluso, por la vía dogmática o el grosero decreto- a imponérnosla.

Finalmente sí me detendré en uno de sus escritos críticos, de los muchos y buenos que redactara y que conforman una parte esencial de su ser, en tanto reflejan directa y puntualmente, su opinión tan aguda como profunda sobre temas absolutamente dispares pero aunados por un interés de esclarecer tal cuestión u opinar en torno a equis punto, aspectos todos de un hombre comprometido con su tiempo y no de un triste lunático que buscara huir por los caminos que la tinta y luego la máquina de escribir pudieran ofrecer.

Es así que llegamos a su escrito sobre “La filosofía de Bruno”, redactado en el año de 1903, producto tanto de su familiaridad con la obra del malogrado Giordano Bruno, como por responder a un detractor del hereje que a comienzos del siglo XVII mandara prender fuego la Santa Inquisición, esa otra cara del oscurantismo que tanto daño causó, en vidas y en obras, so pretexto de la bondad de una creencia que estos pequeños demonios de sotana contradecían tan agudamente.

Dice Joyce, casi al inicio de este escrito que: “En estos días de millonarios, la vida de Bruno se nos antoja una fábula heroica. Monje dominico, profesor ambulante, comentarista de viejas filosofías y creador de otras nuevas, autor teatral, polemista, abogado defensor de sí mismo, y, por último, mártir quemado en la hoguera de Campo dei Fiori, Bruno, a través de estos modos y accidentes (tal como él los llamaría) del ser, conserva una constante unidad espiritual.”

Y luego de advertir sobre aspectos de la obra de Bruno que distan de ser recomendables, a su criterio, como por ejemplo, sus tratados sobre la memoria, sus comentarios sobre la obra de Raimundo Lulio, y otras más, sin embargo, advierte James Joyce, como observador independiente, Bruno merece la más alta consideración y agrega: “Antes que Bacon y Descartes, debe ser considerado el padre de la moderna filosofía.

A poco que indaguen en la obra joyceana habrán de advertir que Bruno está presente en varios personajes. Atraído por la personalidad del monje dominico, como por su filosofía y tenacidad con que sostuvo sus ideas pese al embate de los inquisidores y amanuenses de entonces, Joyce transfiere parte de esto a la oculta base de las relacions Shem-Shawn, presentes en la obra Finnegans Wake y convierte en irlandés a Bruno el Nolano, al emparentarlo con los libreros de Dublín, esos otros inquisidores, por distintos motivos aunque iguales consecuencias, de la obra del irlandés, en “Browne and Nolan”.

Creo que, todos juntos, podemos afirmar junto con Joyce, en su escrito sobre el alma de Irlanda, que según Aristóteles, toda especulación comienza con un sentimiento de asombro.

Recordar hoy a Joyce es, a mi modesto entender, pregonar la libertad de pensamiento, por medio de la indagación, del estudio, del fomento de las letras y de las artes, defender, todos y cada uno de nosotros, a nuestros niños. Que la cultura, no sea una palabra hueca, que la erudición no refiera a la mera suma de vocablos poco comunes que atesoramos como “diferencia” ante la supuesta chusma sino el permearnos con la gente de la maravillosa odisea del espíritu y del conocimiento. Conocimiento y espíritu que, para no ser un proceso esquizofrénico y vano, una mera enunciación, sí pueden ustedes recordar aquí a la obra Ulises, no sea esta obra la obra del hombre sino un reflejo de lo humano en tanto expone la mera prosecución del registro de acontecimiento a lo que nosotros debemos adicionar el adjetivo, el espacio y el sentimiento, junto con una reflexión que invite a la vida a ser compartida en dignidad, en sabiduría y en igualdad de oportunidades. Condiciones que no tuvo aquella Irlanda sujuzgada por un Imperio tan despótico como vano, pacato e hipócrita, al que Joyce por oposición, recordara tanto y tan bien, prefiriendo exiliarse en el continente antes que apoyar una de sus rótulas en suelo tan negador de lo humano.

Leer a Joyce es, también, aprender a ser libre. Hacerlo, entonces, más que recomendación debiera ser connatural a todos nosotros. Y si vemos que alguien cercano no dispone de un libro, veamos de compartirlo que ya buena cosa es el aproximarse al otro, so pretexto de una obra literaria.

Que los genios que vagabundean por los bosques y el campo de aquella Irlanda, como y por qué no en los nuestros, bailen hoy, que el espíritu de libertad, de la mano de James Joyce, vuelve a entonar un cántico de vida.
hectorvalle@adinet.com.uy

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