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En Uruguay
Las noches del adulto
por Héctor Valle
Boquiabierto
por la noticia, ascendí al ómnibus de AMDET para regresar a casa. Era
una tarde fría de aquel 27 de junio de 1973. Producido el Golpe de
Estado, la réplica no se hizo esperar y el paro general comenzó, y se
prolongó por quince días, en un acatamiento tan histórico del movimiento
obrero como paradigmático en cuánto a quiénes, cuándo y bajo qué
términos determinaron su levantamiento. Yo, como empleado de una
mutualista e integrante de la F.U.S. viví intensamente, desde mi puesto
de trabajo, cada una de esas jornadas de resistencia popular.
Para los más jóvenes digo esto: En aquel entonces no era contradictorio
ser colorado y estar contra el terrorismo de Estado. Había figuras que
brillaban con luz propia y otras que lo hacían con luces prestadas,
genéticamente, pero que aun resultaban para algunos, como yo, creíbles.
Otras comenzaban a emerger en el Partido de la Defensa, merced a su
deambular en las esferas del gobierno, provenientes de estructuras de
poder sectorial, con base en empresas periodísticas afines,
concretamente de los diarios El Día y Acción.
En lo empresarial, el primer y mayor beneficiado del Golpe fue el hoy
fallecido capo de esa bestia bicéfala, del conglomerado mafioso que
hundió, varias veces, al país. Limpia y legítimamente encarcelado por la
Justicia, supo encontrar la llave para que abrieran su celda, la de él
como la de otros, cuyos hijos hoy se jactan de ser tan nobles como puros
y auténticos demócratas y liberales (¿?) de pura cepa.
Volví mis ojos al famoso editorial de otro gran hombre del Uruguay, Don
Carlos Quijano, que, bajo el título de “La era de los militares”,
escribiera en Marcha, allá por Febrero de 1973 y donde traza, con
inteligencia, solidez y altitud de miras, el devenir de los
acontecimientos en un país como el Uruguay, donde la explicación nunca
está a la vuelta de la esquina sino, para quien quiere hallarla, se
encuentra a lo largo de una primera mitad de siglo, en aquel caso del
siglo XX, sin dejar de recordar los ejemplos que la Argentina también
diera, en materia de quiebres democráticos en aras de un totalitarismo
de Estado, ejercido por militares pero auspiciado también, y no en menor
grado, por civiles mendicantes de poder.
Treinta años donde poco o nada se hizo, siempre hay honrosas
excepciones, para con figuras civiles de la talla de un ya nombrado
Carlos Quijano, Arturo Ardao y tantos otros, muchos que debieron emigrar
y otros que vivieron y murieron sin que les fuera tributado el homenaje
debido, aquel homenaje que dice relación a un seguimiento tan abierto
como riguroso de su prédica, de su hacer ciudadano, en suma, que la
memoria colectiva sume el rico legado de sus hijos predilectos. En
muchos casos estamos todos nosotros omisos y responsables de rendir
tales honores.
Hoy y aquí, en esta hora de “internas”, como ciudadano, quiero hablar de
un hombre de mi colectividad política –si es que aun puede decirse lo
sea, puesto que en los hechos hoy no acompañé con mi voto, quedándome en
casa, en familia, a seguir, radio mediante, la jornada cívica.
Colorado él, batllista por sobre todas las cosas, y abierto ayer, y hoy
más que nunca, a la consideración pública, en esa suerte de redención
cívica que es para un republicano, el ser restaurado a su sitial de
honor, por vía de la memoria de un pueblo que recuerda su gesta.
Hablo del doctor Amílcar Vasconcellos, el único líder colorado, y
Senador de la República de aquel entonces que, realmente, se opuso al
Golpe e incluso, según ahora podemos ver, luego de décadas de censura
política por parte de sus propios y supuestos camaradas, también lo
hizo, vale reiterarlo, al defender las instituciones desde su Templo
Supremo, el Palacio Legislativo, revólver en mano. Y no era una pose.
Es así que merced a un canal de cable capitalino, podemos hoy ver
imágenes de aquella época donde la palabra, la actitud y la
responsabilidad de este ciudadano ejemplar se suma a la de otros y otras
ciudadanas que estuvieron en la primera fila, y jamás se replegaron, en
la defensa de la institucionalidad desde su alma misma, que es la
democracia representativa.
Su Partido no solamente lo traicionó, ya luego y desde el poder mismo,
sino que buscó que él como su nombre no estuvieran jamás en la
consideración pública. Pero como toda obra de enanos morales, esta
empresa fracasó. Si hasta el día de hoy, en una muestra más de su
pequeñez, los representantes colorados en la Cámara de Representantes ni
siquiera han apoyado como lo hizo el Senado por unanimidad, que una
escuela pública lleve su nombre. Porque Vasconcellos además de político
fue maestro, escritor, poeta, jurista y, por qué no recordarlo, hacedor
de proyectos de ley e instrumentos jurídicos de la mayor proyección para
el país, en lo agrario, por ejemplo.
Y esa caricatura de Partido que fue y sigue siendo hasta hoy el Partido
Colorado, que ya no es batllista en absoluto, fracasó, digo, por imperio
de la altura de sus constructores, termitas que comieron todo a su paso
y, como enceguecidas, hasta acaban de comerse el propio suelo que pisan
para caer en poco tiempo, en el peor de los olvidos.
Hay nombres que ya no pronunciaré porque el olvido debe operar como
factor histórico sobre aquellas alimañas que tanto daño han causado a
nuestra Nación y a sus hijos. Son cientos de miles los uruguayos y
uruguayas que han debido emigrar, y son muchedumbre los indigentes, los
marginales y los olvidados de todas las horas que vemos hoy deambular
por cualquier punto de nuestra patria, como para todavía regalarle a
estas pequeñas bestias el signarles un nombre propio.
Treinta y un años después vivimos una nueva instancia de decisión
cívica, pese a que a mí no me convence en absoluto este sistema de
llamadas elecciones internas. Y no me convence porque lo considero
perverso y no abierto a todos sino y exclusivamente, para el caso de los
partidos históricos, donde el contralor va por cuenta de un puñado de
dirigentes, de verdadero acceso a instancias superiores, a no ser que se
cuente no sólo con mucho pero mucho dinero sino y además con canales de
distribución de información y accesos ciertos a medios masivos de
comunicación: ¿Se puede llamar democrática a tal instancia? Lo dudo
pero, en democracia, admito el juego de mayorías y minorías y a su
dictado, subordino mi decisión. Vamos, que se puede disentir pero sin
que esto erosione el apoyo que todos debemos dar a un sistema siempre
perfectible pero en esencia, abierto a la crítica y a la mejora.
Tengo hoy, les confieso, sentimientos encontrados. Por un lado, el
regocijo de ver, como ciudadano, que la gente se expresa en libertad,
con serias limitaciones económicas, por un cambio, que vendrá y será no
menor, pero expresado este cambio con una cultura cívica digna del mejor
elogio. Porque hay que ser fuerte para vivir el hambre, la desolación,
el desamparo y aguantarse, mordiéndose los labios, credencial en mano,
esperando, sin prisas, que se produzca el cambio anhelado para poder ver
plasmadas sus mejores aspiraciones.
Dignidad del ciudadano y la ciudadana de a pie, que saludamos y que a su
vez más nos compromete en nuestra corresponsabilidad societaria para que
tal proceso de cambios se lleven a cabo en democracia y con proyección
de un mejor futuro. Saber estar a la hora de nuestro tiempo es hoy, para
cada uno de nosotros, deber y derecho, es una sola y única cosa: es el
deber ser de una persona comprometida con su gente. No hay ni debe haber
dos posturas a este respecto.
Por otra parte, ver que mi Partido deberá morder el polvo para que estas
camadas de pseudo líderes pase, y pueda ser restaurado, o bien formar
otro pero Batllista siempre, desde el cual, con la identidad del caso,
ofrecer nuestro concurso a la ciudadanía.
Que todo no pasa por saltar al vacío o pretender cruzar la vereda,
pidiendo ser “tenido en cuenta”. Hay también que saber perder porque en
democracia estamos expuestos a esto. Y felices de estarlo porque de lo
contrario, si quisiéramos, como algunos han querido siempre estar,
seríamos no sólo, lo que ellos hoy son, estos que como Borges dijera,
son los que se van, antidemocráticos sino el creernos SER el poder. Y no
saber apreciar, siquiera, como no se los permitió su rapacidad, ver que
por el poder se pasa, pero uno es solo un factor, temporal y acotado,
del poder.
Estos dilectos seres de la nada que hoy fenecen políticamente son
aquellos que, entre tantas otras iniquidades, quisieron ocultar,
enterrar, desaparecer, el legado de don Amílcar Vasconcellos. Aquel
hombre que, con su rostro adusto, pecho abierto, terminara con las
siguientes palabras su mensaje desde el Senado, la noche misma del Golpe
de Estado:
“... Hay triunfadores efímeros que las hojas del viento de la historia
desparraman, y se olvidan hasta del odio de los pueblos. Ellos se
sentirán vencedores, y muchos serviles y miserables se acercarán para
decorar una situación momentánea, pero ya sentirán también el látigo de
la historia sobre sus nombres y el de sus hijos, como una mancha
indeleble por la inmensa traición que están cometiendo contra el
Uruguay. Y de eso, Señor Presidente, no los salvará absolutamente nadie;
contra esto, nadie puede defenderse...
Para finalizar su intervención, con estas palabras:
“Así como hace un rato, con el grito de su Partido, contestaban otros
hombres de sectores políticos diferentes, lanzo al país, como un gripo
que es de paz, pero también es de guerra, el inmortal de: ¡Viva Batlle!,
que debe estar siempre presente en la República.”
Y lo está, don Amílcar lo está. Como está el albañil siempre dispuesto a
tomar su mazo y su cincel para tallar sin descanso pero sin prisas, la
obra de su vida que es la de todos: el mejor hacer para su gente.
El grito libertario de Batlle y Ordóñez sigue vivo y pujante porque,
además, don Amílcar, su grito no fue acotado a una colectividad sino
abierto a un país y a su gente, sin limitaciones y con el mayor respeto
como lo fue usted en vida y lo son quienes hoy llevan, con dignidad y
altura, su buen nombre.
Así, entonces, con sentimientos contrapuestos pero con la alegría en el
alma de un Uruguay que sabe vencer sus peores momentos de la mano de su
gente, miro al porvenir con la esperanza que nace de un querer mejorar,
sintiendo, claro está, la responsabilidad que hoy como nunca nos toca
vivir y que asumo, como tantísimos otros uruguayos y uruguayas, con
republicana humildad.
Estas disquisiciones, si es que algún corajudo ha llegado hasta aquí,
han sido aparentemente largas pero necesarias, humanamente necesarias
para mí.
Casi al finalizar, caído el Sol sobre esta ciudad de Montevideo, oteo el
firmamento y recuerdo aquel poema de Batlle y Ordóñez, intitulado “Mi
religión”, cuando en un pasaje expresa lo que sigue:
...Mi templo, que es más bello que los templos
de mármol y granito
tiene por pedestal la tierra entera
y por inmensa bóveda, los astros
y el espacio infinito.
Las noches del hombre adulto suelen, en mayor o menor medida, estar
pobladas por las ausencias. Las hay que iluminan como las hay que
ennegrecen nuestra noche.
Salgo, pues, a la noche de mi Partido que para unos es de desamparo y
para otros, transición indispensable para poder emerger de donde nunca
debió salir: de la augusta dignidad del correcto y republicano proceder.
El Uruguay se apresta a vivir horas de cambios, continuando su proceso
histórico de consolidación en el cual y como nunca, el pensamiento y el
verbo batllista ha pasado a formar parte del colectivo, sin distingos de
números o colores.
Apoyo mi mano sobre un libro de don Amílcar que me regalara un amigo del
alma y sonrío mirando más allá de la ventana pero más hacia lo mejor de
nuestra gente: no hay latorrito (como dijera este prohombre uruguayo)
que pueda acallar la voz de la conciencia y el repique armónico de la
razón en su justo y augusto despliegue. No hay alimaña que pueda
sobrevivir, cívicamente, más allá de su instante de supuesto poder, que
no busque ahora, contando en su faltriquera, a ver si tiene monedas
suficientes para continuar pagando a aquellos Judas que ahora, ¡Oh,
ironía!, comienzan a señalarlos a ellos, a los otrora dueños del ayer.
Comienza un nuevo tiempo y pongo todo mi anhelo y mi entrega para que
nos encuentra a todos, cada cual con su identidad y desde su lugar,
trabajando en pos de un objetivo común y plausible: la mejora sustancial
de las condiciones básicas de vida digna para cada uno de nuestros
niños, de nuestras mujeres, de todos nosotros, por un país donde pueda
haber trabajo, proyectando un polo productivo que haga realidad esta
aspiración que hoy es negada en beneficio del lucro especulativo.
La ética es posible. Siempre lo fue y lo será. Ha sido un buen día, se
vienen tiempos mejores, aunque no menos duros pero este ya es motivo
para otro discurrir.
Ya es noche profunda pero no importa porque las ausencias que la visten
que la acompañan en mi ser y en mi espíritu, apoyan este anhelo. En la
misma oscuridad, anida el comienzo de la mejor luz. Que el Uruguay la
viva es nuestro primer y mayor deseo.
hectorvalle@adinet.com.uy LA
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