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Es erróneo caracterizar la agenda de Doha,
como una ronda de desarrollo

por Joseph E. Stiglitz*
Ex vice-presidente del Banco Mundial

Es erróneo caracterizar la agenda de Doha como una ronda de desarrollo. Después del fracaso en las conversaciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Cancún, en setiembre del año pasado, hubo mutuas recriminaciones: los países en desarrollo culparon a los desarrollados por retroceder en las promesas hechas en Doha, de que esta sería una ronda por el desarrollo, con el desarrollo, con el objetivo de reparar las iniquidades de rondas anteriores de negociaciones comerciales. Los EE.UU. culparon a Europa y a los países que creían que se podría forjar un nuevo acuerdo comercial entre los países desarrollados y en vías de desarrollo.

La Commonwealth decidió asumir una postura más constructiva: en vez de hacer acusaciones, la comunidad de países decidió examinar como debería ser una verdadera ronda de desarrollo, un evento en el cual la agenda estuviera definida como reflejo de las prioridades de desarrollo de los países menos desarrollados, y que tipo de ayuda sería necesaria para que estos países pudiesen aprovechar las nuevas oportunidades. La Commonwealth me solicitó a mí y a la Iniciativa por el Diálogo de Políticas, una red mundial de economistas comprometidos en el incentivo al desarrollo y basada en la Universidad Columbia.

El relatorio, publicado con la co-autoría de Andrew Charlton, de Oxford, y divulgado el 14 de junio en Londres por el Commonwealth, se manifiesta firmemente al lado de los países en desarrollo. Es erróneo caracterizar la agenda de Doha, especialmente su evolución a lo largo de los últimos años, como una ronda de desarrollo. Negociaciones recientes no sólo dejaron de empeñarse en una agenda que promoviese desarrollo; incluyeron una serie de tópicos que son de interés tangencial, e incluso perjudiciales, a los países en desarrollo.

A modo de ejemplo: en la medida que los servicios pasaron a contribuir en forma creciente del Producto Bruto Interno (PBI) de las economías desarrolladas (en los EE.UU., los servicios superaron el 60%), fue inevitable que la liberalización del sector de servicios se convirtiera en un foco de atención. Pero, teniendo en cuenta que son los países industriales avanzados los que definen la agenda, fue también inevitable que los sectores de servicios donde se concentra esta pujanza, como en el sector de servicios financieros, fuesen liberados en primer lugar.

Los EE.UU. por su parte, con la participación de otros países avanzados industrialmente, han discutido ampliamente la liberalización de los mercados de capital, pero la eficiencia mundial sería mucho mayor si estuviese palanqueada por una más que modesta liberalización de la migración de los servicios de trabajadores no especializados y, los países en desarrollo, se verían mucho más beneficiados. Esto aún no está en la agenda.

Uno de los nuevos así llamados “tópicos de Singapur” fue la competencia. Si no hubiese mercados competitivos, existiría el riesgo de que tarifas más bajas simplemente fuesen convertidas en mayores lucros para los monopolistas. Así, inicialmente, saludo el esfuerzo en el sentido de discutir la competencia. Pero la cuestión principal, para los países en desarrollo, es el sistema de dos pesos y dos medidas usado por el Norte (como a veces, se denomina a los países industrializados avanzados). Por ejemplo, los padrones que los EE.UU. emplean contra las compañías extranjeras por comercio desleal y dumping (la venta de mercaderías por debajo del costo) nunca serían aceptados por sus propias autoridades antitrust.

Mucha atención se le ha dispensado a la agricultura; el Norte exigió que el Sur abra sus mercados y suprima subsidios a sus productos, al mismo tiempo en que mantiene enormes subsidios y cierra mercados. Los países en desarrollo entendieron que los países industriales avanzados prometieron reducir sus subsidios agrícolas; los EE.UU. duplicaron sus subsidios.

Mientras tanto, como este relatorio deja claro, la agricultura es apenas la punta del iceberg. Hay una necesidad urgente también de reducir la protección a la industria de transformación que utiliza mano de obra intensiva y servicios no especializados, como en servicios marítimos y de construcción civil. También se debería priorizar el desarrollo de una mayor movilidad de mano de obra – especialmente en términos de facilitar la migración temporaria de trabajadores no especializados.

Es preciso apoyar, mediante reformas institucionales, cambios significativos en los resultados de acuerdos de comercio multilaterales . Son necesarias una mayor transparencia y apertura para crear un proceso de negociación más inclusivo y poner fin a conversaciones secretas – entre grupos restringidos escogidos por los EE.UU. u otros países avanzados – en el “salón verde” de la sede del Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio.

Una ronda exitosa de desarrollo será definida, en parte, por la manera como se implemente. La reforma del comercio puede ser onerosa, especialmente para países en desarrollo, que tienen recursos financieros escasos y estructuras institucionales débiles. Los costos de los ajustes pueden ser encarados como el precio a pagar por los beneficios de la liberalización del comercio multilateral. Son estos costos y las ventajas comerciales los que determinan el efecto líquido de la reforma del comercio para cada país.

Para que la ronda de desarrollo traiga beneficios generalizados, el mundo desarrollado precisa asumir un compromiso más sólido del que realizó en el pasado para ayudar al mundo en desarrollo, no sólo a luchar con los costos, sino también para aprovecharse de las oportunidades proporcionadas por una economía mundial más integrada.

La disparidad entre una verdadera agenda de desarrollo y lo que sucedió a partir de Doha es flagrante. Hay un consenso creciente de que “ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo”; este relatorio proporciona datos económicos que justifican el escepticismo de los países en desarrollo.

No es demasiado tarde. El mundo tiene mucho para ganar con una verdadera ronda de desarrollo. Pero esto exigirá grandes cambios en las posiciones de negociación del Norte. El relatorio expone un marco de referencia de prioridades sobre como esto puede ser hecho.

Joseph E. Stiglitz es ex economista jefe y ex vice-presidente senior del Banco Mundial, es profesor de economía y finanzas de la Universidad Columbia, Premio Nobel de Economía de 2001, autor de “Roaring Nineties: A New History of the World’s Most Prosperous Decade”

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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