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Uruguay
Al hablar de procesos de destrucción social me refiero a lo que está sucediendo en Uruguay desde que estalló lo que todo el mundo reconoce como “la peor crisis económica de nuestra historia”. El concepto puede extenderse a la Argentina y no es casual que un psiquiatra argentino, el Prof. Fernando Taragano, haya realizado una reflexión parecida al hablar de estados de ansiedad por disrupción. El enfoque de dicho autor comienza por constatar que “ en nuestro país sufrimos, desde hace años, una “disrupción” constante y creciente de nuestro entorno social, con una agravación superlativa en la intensidad de la misma en los últimos doce meses” ( la ponencia a que hacemos referencia tuvo lugar en Octubre del 2002, en ocasión de IX Congreso Internacional de Psiquiatría). La ansiedad es una respuesta psicobiológica normal que nos permite adaptarnos a las cambiantes exigencias que la vida nos plantea. Si bien se trata de una respuesta adaptativa muy antigua, que está presente en todas las especies cuyo sistema nervioso tiene una cierta complejidad, para la especie humana dicho mecanismo o sistema incluye reacciones frente a las amenazas psicosociales y para la especie éstas adquieren la mayor relevancia. Pero cuando la amenaza es permanente y difusa – cuando, además, se trata de amenazas de origen difícil de comprender - , la elaboración de defensas adecuadas de torna imposible. Para precisar un poco más el concepto citamos de nuevo al Prof. Taragano : “sometidos a estrés crónico ( distress, sería más apropiado), ansiedad y depresión, obligados a introyectar la rabia y la frustración y sumidos en un sentimiento de aislamiento social, una alta proporción de los argentinos está expuesta a riesgos sordos que atraviesan la intimidad de sus mentes y sus cuerpos poniéndolos en un riesgo futuro de grandes proporciones”. No sé si existe suficiente evidencia científica como para acuñar una nueva categoría diagnóstica a la ya nutrida variedad de trastornos mentales más o menos aislables con claridad. Creo sí que el plantear la trascendencia de esa “disrupción” social crónica como generador de intenso sufrimiento psíquico en una enorme proporción de la población es un enorme acierto y un punto de partida para ulteriores análisis. En especial si no caemos en la vieja trampa de crear un inexistente binomio individuo-sociedad y pretendemos entender algo salteándonos la relación dialéctica entre ambos conceptos. Por eso lo que nosotros apreciamos, al ver individuos aislados que acuden a la consulta con su problemática, es un permanente proceso de destrucción social. ¿ En qué nos basamos para realizar afirmaciones de este tipo? 1) Las situaciones son cada vez más graves 2) La búsqueda de soluciones cada vez fracasa en proporciones mayores 3) Las redes sociales de apoyo se desintegran o, lo que es peor, se burocratizan, aún aquellas que poseen una sana inspiración solidaria. El contacto con otros profesionales – trabajadores sociales, psicólogos, educadores, personal del sistema judicial – me han convencido de la dolorosa realidad de este proceso. Es posible que el país ingrese, en los próximos tiempos, en un proceso de crecimiento económico y que muchos indicadores de la actividad económica mejoren. Tal vez la proporción de personas que nacen signados por esa categoría denominada “pobreza” comience a ser menor. Lo cierto es que muchas narraciones personales y familiares que observamos a diario no tendrán solución ni alivio a partir de esos cambios y, lo que es peor, las instituciones encargadas de responder a las situaciones de emergencia social habrán adquirido vicios que seguirán agravando los problemas en lugar de contribuir a una construcción social capaz de generar desarrollo y no sólo crecimiento económico. El Estado, por su parte, parece empeñado en agravar las cosas. Las jerarquías institucionales se comportan de una manera particular, en especial se esconden tras una densa red de normas que sólo sirven para incrementar la frustración de la gente. Cuando oye – a través del relato de los pacientes – acerca del comportamiento del sistema judicial, los juzgados de familia en especial, del sistema educativo o del sistema de atención a la salud, no tiene más remedio que constatar que los problemas concretos de las personas van y vienen por expedientes cada vez más absurdos y nunca se resuelven o, lo que muchas veces es peor, culminan en una solución provisoria, cuya fragilidad incrementa el miedo y la inseguridad. Cuando se observa el comportamiento de otros organismos estatales – el BPS, el Ministerio de Trabajo o la institución policial – la respuesta burocrática, que simplemente ignora a la gente, se agrava por el agregado de un componente represivo que irrumpe con fuerza destructiva en las precarias estrategias defensivas de las personas. LA ONDA® DIGITAL |
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