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La América Profunda y la cuestión del otro - Un proyecto alternativo donde la indolencia y la rapacidad estén severamente limitadas y lo humano sea el centro de la cuestión y no la actual periferia-
Pensar, reflexionar, argumentar y accionar, junto CON el otro, de cara a la vida misma, en unión fraterna, desde el llano y sin ambagues. Ser, en resumidas cuentas, aprendices de la vida y de lo trascendente que ella tiene, en virtud de la mejor condición del ser humano: la de estar en comunidad, participando activamente por una mejora sustantiva de la dignidad que es el rostro de la libertad, al ejercer nuestra responsabilidad, personal y colectiva, en la sinfonía humana que nos toca participar, temporal y modestamente. El problema de todo grupo humano es cómo convivir con lo que no se tolera del otro. Para amar hay que renunciar a ese yo de la omnipotencia narcisista infantil, que se basta a sí mismo y reconocer que somos parte de y con los otros. A su vez, digamos aquello que suele producir escozor: solemos tener miedo a nuestra propia libertad porque implica, entre otras cosas, el equivocarnos al ejercerla. El proceso de individuación y la consiguiente libertad que trae consigo, implican, necesariamente, soledad y angustia por el encuentro con uno mismo. Pero el camino supone tal sufrimiento, del que no podemos evadirnos en tanto queramos tener un conocimiento propio lo suficientemente adecuado como para poder vernos en el espejo y avanzar a partir de ahí en una senda de vida plena. En América del Sur hay, aproximadamente, unos veinte millones de indígenas, de no menos de ciento cincuenta grupos étnicos, cada uno con su idioma, organización social, su cosmovisión, sistema económico y tipos o modelos de producción en consonancia con su ecosistema, y unos noventa millones de población negra y mestiza afrolatina y afrocaribeña. Todos ellos presentan, en líneas generales, los indicadores económicos y sociales realmente críticos, siendo fácilmente perceptible el poco reconocimiento cultural y bajo acceso a instancias decisorias en sus respectivas comunidades. La discriminación étnica y racial también está en la base de los sentimientos xenofóbicos en los países de la región, la que se transfiere al otro, al extranjero, sobre todo si no es blanco y migra desde países caracterizados por una mayor densidad de población indígena, afrolatina o afrocaribeña . Lo xenófobo del hombre blanco se exacerba, o simplemente deja ver su faz mezquina, si aumenta la migración de desplazados entre fronteras, bien por razones económicas, conflictos armados, entre naciones o facciones mafiosas del narcotráfico u otros comercios ilegales. Pero más que nada, la xenofobia adquiere ribetes dramáticos, para el diferente del blanco si, como rezan los informes al respecto, por ejemplo de la CEPAL, las migraciones internacionales presionan sobre mercados laborales ya restringidos en los países receptores.
La palabra La palabra dialógica, cuando opera no necesita saber alguno ni, incluso, palabras. Por más que el diálogo humano tenga su vida propia en los signos, en la palabra y en el gesto, aun así puede existir sin signo y, sin duda, no en una forma que pudiera ser objetivamente comprendida. Esto es, puede perfectamente darse el caso de dos personas que, coincidiendo en un mismo tiempo y espacio, así no se conozcan, si existiera la disposición de uno de estar abierto llegaría tanto él como el otro franqueándose a un instante de comprensión y entendimiento. Y esto no es elucubración sino una posibilidad cierta en nuestras circunstancias, en estas nuestras atmósferas en donde la prisa nos es ajena –aunque tantas veces debiéramos y debamos repensar y ser críticos respecto del exceso de quietismo- y al darse -y darnos- un tiempo propio, no buscado ni perseguido, en la calma de un respirar armónico, la apertura hace lo suyo y la palabra dialógica aparece.
La actitud Ya sometido, el individuo cae prontamente en el olvido de su libertad, perdiendo el ardor y el arrojo para afrontar con dignidad los contratiempos derivados del ejercicio abusivo y/o discriminatorio del poder, dejándose atrapar por aquellos placebos que le adormecen y embrutecen. Luego, la cadena de complicidades que el poder establece entre gran número de individuos de una sociedad, garantiza la continuidad de aquel ejercicio del poder que torna inviable a la libertad, al contar, indignamente, con la aquiescencia y complicidad de una red de personas que de una forma u otra, integran aquel entramado, no activa sino pasivamente. Son los adormecidos, los contestes, los que reptan o medran en busca de dádivas o que, simplemente, aplican el tristemente célebre: “No te metas” y continúan leyendo las notas sociales del periódico, dejando que la noche sin estrellas se extienda, sin advertir, en su infame adormilamiento moral, que lo oscuro terminará por llegar también a sus casas. Digamos que para el amigo de Montaigne, la relación dominación-servidumbre no se realiza sólo en la sociedad constituida, sino y particularmente en la intimidad de la conciencia y, en especial, de nuestra conciencia moral, a fin de que la dignidad, el respeto y el ejercicio irrestricto de los derechos humanos sea como el respirar para los niños; los nuestros y los de aquellos: todos, al recordar que la moral comienza en el hombre y en la mujer singular. Es en la ética, entendida como responsabilidad, donde se forma el nudo mismo de lo subjetivo. Es en la fragua donde al separar los metales puros de los impuros lograremos forjar aquel carácter tan claro como profundo tan abierto como activo. Poder recrear en comunidad, nuestra identidad primera, la que nos diferencia respecto del prisma desde el cual vemos el mundo pero que nos aproxima al otro al conjugar, así lo pretendemos, el verbo primero: Ser. Un ser tan ético como moral que tiene en consideración a su circunstancia como motivo y no mero complemento de vida, un ser que busca la relación no con el Ello sino para con el Tú. Un ser que no se cosifica sino que trasciende las pequeñas e ilusorias fronteras de un ego, para transformar y enriquecer en unidad con otros, la realidad que lo conmueve. Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quiénes hacen los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión. Sería preciso que pudiera ver del otro lado, tanto del de las agencias de prensa como del teleprompter. No olvidemos jamás todo el alcance de este indicio: cuando parece que un periodista o un hombre político se dirigen a nosotros, en nuestras casas, mirándonos directamente a los ojos, están leyendo en una pantalla, con el dictado de un “apuntador”, un texto elaborado en otra parte, en otro momento, a veces por otros, incluso toda una red de redactores anónimos. Artefactualidad y actuvirtualidad como expresiones otras de la cosificación del hombre por el hombre, manifestaciones de seres para los cuales el otro es un producto o bien un consumidor para los productos de otros, pero producto en definitiva en tanto entienden puede ser moldeado en gustos y estímulos. Intento de quitarle al otro por vía de un utilitarismo feroz, la condición de ser, en tanto éste, consciente o inconscientemente permita ser despojado y despojarse de su espíritu crítico. Pero quienes pergeñan tales actuaciones buscando una artefactualidad, terminan siendo presas de sus creaciones y se vuelven prescindibles porque han dejado en el camino el respeto por sí mismos y, consecuentemente, ya no cuentan con una conciencia moral que los alerte: alienados del mundo de lo sensible, pasan a ser meros factores que reproducen estereotipos a ser digeridos por los otros y por ellos. Todo esto, vale remarcarlo, no quita responsabilidad al ciudadano, más que nunca ciudadano del mundo, sino que le suma razones para dar de sí todo el esfuerzo por asumir su protagonismo republicano en la realidad que lo circunda. Procurar una visión tan propia como inteligente, tan humana como abarcadora de las implicancias éticas, morales y materiales es, no sólo deseable sino estimulante para la propia identidad que busca aprender desde lo positivo e inaugural sin caer en el facilismo de sumarnos a la visión única del mundo y su supuesto momento. Prestar atención a nuestra gente de a pie, a aquellos que en las miserias del cotidiano saben comunicarnos por el boca a oído, no sólo por no tener acceso a medios gráficos o a ciertas señales televisivas sino porque, en el tiempo ellos están, siéndoles ajena la prisa y dando mayor realce a la comunicación inteligente y sensible de la vista y el oído, en la cercanía del otro. Esos que en nuestras calles y en tantos barrios jamás visitados por muchos, van en procura del vecino para atenderle en su soledad o en su enfermedad, no ya con medicamentos sino con una tisana, con un mate, ese brebaje tan propio y fraterno que se presta a ser compartido entre dos o más, al tiempo que la conversación cobra primacía en esos ciudadanos que en sus rostros denotan tantas veces dolor y abandono. Por no mencionar a la música, esa musa que tan hondamente cala a toda nuestra región que canta y canta bien, al tener por diapasón, una cordialidad que le es natural, signándola. Cuando a un hombre de la capital, como es mi caso, recibe la invitación de gente amiga de otra ciudad tan cercana en el sentir como complementaria en nuestra historia y en su hacer, como lo es Melo y su circunstancia, uno siente que el tiempo no ha pasado en vano, y que quienes pensaron que nuestros prohombres habían fracasado en lograr un sentimiento de unidad y de identidad regional, se han equivocado. Porque el tiempo es ilusión y la huella queda. Yo llevo, porque quiero llevarla, em mi interior la huella, la prédica de un hombre público y aquí está, en estos parajes de la Patria, en esta zona de nuestro Uruguay Profundo, porque permanece tan vital como iluminadora, la huella y la enseñanza de otro gran hombre de todos los tiempos de nuestro Uruguay tan querido. Un uruguayo, José Enrique Rodó –en tanto queremos hablar desde lo ancho de nuestra América- en ocasión del centenario de la nación trasandina, allá por septiembre de 1910, manifestaba ante el Congreso chileno, entre otros conceptos, lo siguiente: (...) Yo creí siempre que en la América nuestra no era posible hablar de muchas patrias, sino de una patria grande y única; yo creí siempre que si es alta la idea de la patria, expresión de todo lo que hay de más hondo en la sensibilidad del hombre: amor de la tierra, poesía del recuerdo, arrobamientos de gloria, esperanzas de inmortalidad, en América, más que en ninguna otra parte, cabe, sin desnaturalizar esa idea, magnificarla, dilatarla; depurarla de lo que tiene de estrecho y negativo, y sublimarla por la propia virtud de lo que encierra de afirmativo y de fecundo: cabe levantar, sobre la patria nacional, la patria americana, y acelerar el día en que los niños de hoy, los hombres del futuro, preguntados cuál es el nombre de su patria, no contesten con el nombre de Brasil, ni con el nombre de Chile, ni con el nombre de México, porque contesten con el nombre de América. Y en otro tiempo, producida la muerte de Rio Branco, el propio Rodó, en su homenaje dijera estas palabras respecto del ilustre brasileño: “Todavía está allí (...) Y lo está", decía Rodó de Río Branco, "por la segura permanencia de una política internacional de equidad, de concordia, de solidaridad americana, que ya no vacilará en las relaciones del Continente, como no vacilan las cosas que giran sobre su eje y descansan sobre sus quicios. Por esto y por tanto más, todavía está allí y lo estará para siempre." Por eso, creo yo que en suelo americano, con sus miserias, con sus flaquezas, inmadureces y carencias varias, aun así, la cordialidad mira hacia el intelecto y una razón sensible busca espacio y momento donde dejarse sentir en el pulso mismo de nuestros lugares comunes, sin olvidar que pisamos un piso ajedrezado, con sus baldosas blancas y con las negras también. Pero, con igual firmeza manifestar que no se pretende excluir, que no se debe excluir, y que no buscamos ni lo nuevo ni lo novedoso, antes bien, pretendemos espejar distintas facetas de un mismo rostro: el del hombre y el de la mujer de a pie. Valernos del ritmo de “nuestro” tiempo, de nuestra manera de ser, que es otro. No es el de la prisa sino el que “se toma tiempo”. Pero ¿cuántos habremos que nos dignemos volver nuestros rostros y poner nuestros oídos atentos a tales pulsiones de vida? ¿En verdad lo hacemos? Porque lo que nos convoca en el presente requiere tanto de respeto cuanto de una mirada frontal que no de soslayo, sea incluso ante la prisa por lo supuestamente perentorio. De ahí que tengamos la oportunidad de darnos una mirada de esas que se dan en la calma de una tarde sabatina o en la mera espera del otro, amigo o sorpresa, que tan a menudo ocurre en nuestras calles; esas veredas aun decoradas con árboles tan vistosos como dispares en origen y tamaño, como nosotros mismos, bien como en un recodo de un camino o en la falda misma de un cerro, o encontrándonos el poniente, adormilados en la cercanía de un monte. Donde fuere, hay una parte del crisol de gentes que habitan esta nuestra América tan querida. Gente que cuando recibe a un forastero, no lo recibe como extranjero, sino con el trato de quienes no van a detenerle indagándole, obstaculizándole sino integrándole en el grado que nuestra hospitalidad permita, en derechos y obligaciones, que es esa la condición esencial y primera de nuestros pueblos: su alta hospitalidad para con el supuesto extranjero, al que solemos denominar “el recién llegado”. Acontecimiento que nos encuentra, o debiera encontrarnos, abiertos, pues el hombre en sí es un sistema abierto; apertura espiritual que busca comprender antes que imponer, ofrecer antes que exigir, condición moral irrenunciable para pueblos que han dado muestras inacabadas de una vocación de libertad nacida en el sufrimiento y en la entrega tanto de sus prohombres como de todos aquellos hombres y mujeres de nombres desconocidos que en el hacer cotidiano y permanente han dejado abiertas las puertas de sus casas, ofreciendo naturalmente un grado de hospitalidad tan alta cuanto honda en humanismo y concordemos que la inmensa mayoría de esas puertas sin cerraduras o llaves que las obstruyan, guarecían y cobijaban no precisamente a pensadores particularmente doctos sino a nuestra gente, a la sangre viva de nuestras venas. Sístole y diástole de esta América rica en humanismo y sedienta de reivindicaciones, si bien mantenemos que nos falta arribar a un compromiso previo a la toma de una libertad personal: el asumir nuestra responsabilidad. Ética de la responsabilidad, personal y colectiva, que no necesariamente debe oponerse a una ética de la convicción dado que, entendemos, debe hallar su equilibrio en la ponderación misma de la condición de nuestros pueblos, de su génesis, por ejemplo. Existe también, en este ámbito y en este proceso, una jerarquía definida de valores, en donde el valor más alto es el desarrollo óptimo de las propias capacidades de razón, de amor, de compasión y, en tal atmósfera, entiéndaseme bien: de valor. Es el principio dialógico actuando no por caridad sino por respeto al otro, una vez que al reconocerlo, comenzaremos, reitero, a conocernos a nosotros mismos. Es, argüimos, en la relación cotidiana con los otros donde nuestra humanidad cobra luz auténtica. Es, en la contienda de mi interioridad de donde surgirá el ir en pos del otro, en una búsqueda que amerita la escucha atenta del Tú, a cuyo encuentro el Yo tendrá identidad y sentido. Así, decimos que una vida cobra sentido en el silencio de la mente que propicia un mirar más nítido. Silencio que convoca a la mesura del tiempo del sujeto al no percibir prisa alguna en una posición que, aunque aparentemente estática, discurre por todo lo ancho y todo lo alto del pensamiento, en armonía con un espíritu que ve así cómo su reino se da cita en la reflexión misma de un hombre que ha comenzado a madurar más allá de su inmediato entendimiento. La expresividad toma para sí al lenguaje, en sus variadas formas, como vehículo para acercar al otro la esencia que la motiva. Lenguaje que muda y se expande para posibilitar nuestro acceso al más hondo sentir. El lenguaje filosófico y científico debe ser el medio comunicacional para dotar de posibilidades ciertas a un humanismo que necesariamente deberá ser repensado. Crear, digo, un proyecto alternativo de desarrollo en donde la indolencia y la rapacidad estén severamente limitadas y que el lugar de lo humano sea el centro de la cuestión y no la actual periferia. En suma, no someterse a lo pasado ni a lo futuro, puesto que se trata de ser enteramente presente.
La puerta sigue abierta:
avancemos Sé y acepto, con humildad, que pueda tildarse de idílica en algún aspecto la mirada a nuestra América, que hoy comparto con ustedes. Lo sé. Pero es bueno recordar también lo bueno, sin desdeñar las miserias que comprendo permanecen en muchos pero en primer lugar en mí. No reniego, pues, de esa otra faceta de la realidad sino que la comprendo en esta que hoy les ofrezco para buscar, ustedes y yo, luego, nosotros, un camino de vida, de esperanza, desde el presente activo, laborar hoy, pero para que germine mañana. Aun tenemos una casa con las puertas sin llave. Y pese a que nuestros caminos son intrincados y pobres, nuestra comunicación escasa y fragmentada, nuestra historia rica en virtudes, frondosa en éxitos y derrotas, nuestra unidad desunida, nuestro pensar ha iniciado una búsqueda de sí. Es que hay tanto por decir, tanto dicho pero tan poco hecho. Sin embargo, el aire que se respira, pese a las abismales condiciones de vida, pese a las discriminaciones y a las exclusiones, aún así, esta tierra es joven y venturosa pues tiene un presente y no se siente ni vieja ni con necesidad de ser nueva. Somos forjadores de nuestro tiempo, hacedores de un hoy en construcción permanente. América, nuestra América Profunda, la Patria Grande es, en mucho, una forma de nombrar al hombre y de recordar la exclusión de la mujer, pero sigue siendo, quizá hoy más que nunca, un faro de esperanza, un motivo de inspiración y un llamado a la responsabilidad desde un ser ético y moral que esté abierto a lo imprevisto que implica el estar atento al otro, al que vendrá, pese a que emigren tantos. Nosotros, no tenemos en la tierra un Olimpo, y tampoco veneramos al dios mercado, salvo el respeto y silencio del alma que nos producen esos otros dioses que son los dioses de pies de barro que, día a día, pata al piso, en todas partes de nuestras comarcas, que conforman nuestro cuerpo, viven y luchan por su existencia sin renunciar a la sonrisa, sin apurar el paso, tendiendo tanto una escucha como una mano fraterna al otro. Porque el descalzo como el que no, pero aquel primero siempre, mira atento al otro por si precisa ayuda, por respeto al otro. Tampoco preciso llamarlo de indio, oscuro y menos aborígen, al habitante de la América que la vio mucho antes que cualquier llegado desde la Europa de hace cinco siglos a este lugar. Reverencio, pues, desde esta humilde faena del pensar a aquellos que hoy padecen hambre y exclusión; a quienes esperan, haciendo, un pensamiento que se torne acción, una mirada que vuelva sobre los suyos y despeje su horizonte de vanas ensoñaciones. Hombres y mujeres que en su piel y en su conducta demuestran la grandeza del ser humano en estas nuestras tierras: la condición del mestizo, del mulato, del aborigen y del negro, se ha resuelto, aunque muchos digan que no, como no se ha resuelto en otras regiones y es, quizá, por esa condición de tomar al tiempo con mesura, mirando sin mirar dando espacio y escucha al otro. Por eso, digámoslo con serena alegría: en este espacio de vida que es América Latina, si uno hace silencio, hasta puede escuchar un canto, un canto de esperanza.
Categorías espaciales, esconden
discriminaciones brutales Porque solamente hay un otro, y es el que me permitirá, por vía de mi entrega, franca, elemental y primera, conocerme y así poder dar todo de mí junto con aquel, con el tercero que a su vez ve en mí a un otro sujeto y así, sin solución de continuidad, vamos formando la cadena, nuestra cadena universal que habrá de comprender, como no hay otra forma, a todos sin exclusiones, sin prismas que los hagan entre sí diferentes y contrarios, entendiendo por tales el ser irreconciliables, refractarios, sino y esencialmente, reitero, complementarios. Sólo se requiere un elemento para esta dinámica vital, y es el amor.
La Cuestión del otro Amor no es una palabra vana ni folletinezca, ni viril en exceso ni femenina en esencia sino que amor, unido al uso de la razón, es de lo trascendente, de lo que el Otro nos da, entendiendo por tal a la dividinad que yo llamo Dios y que cada uno denominará según su creencia religiosa u otro tipo de creencia en la cual base su concepción de lo trascendente. El sentido mismo de una existencia humana, aquel tipo de existencia que nos eleva, nos permite erguirnos desde nuestra condición animal, a una forma más completa y en contacto con lo divino, pues la chispa está en cada uno de nuestros templos interiores, siendo humanos. Para serlos, creo yo, debemos saber que habremos de pasar, que, repito, somos finitos pero que, en nuestra finitud, alcanzamos a percibir la vastedad de la vida en su multiplicidad de expresiones y con tal visión, con tal mirada, desde lo activo y en lo cotidiano, porque esto se construye con el pie desnudo sobre la negra tierra, mirando y colaborando con el otro, desde ese entorno y con tal atmósfera, sabremos que el anhelo de justicia es sí, eterno, que pese a todos los pesares, a los sinsabores que la vida, y muchas veces nosotros mismos desde un hacer errático y erróneo, que luego enmendamos, si sabemos mirarnos y corregirlos, desde ese mismo errar y con las sorpresas que la vida nos brinda a cada recodo, en cada esquina o cruce de caminos, estaremos participando, conscientemente, de la gran obra universal.
Nuestra América y el aroma a
tierra mojada En definitiva, que en esta Patria Grande, en esta tierra que hoy piso y saludo con emoción, la esperanza se renueve, permanentemente, y la mente se disponga a recibir a su complemento, la conciencia ante la espera sentida y abierta del que habrá de llegar, del que requerirá de nuestra máxima entrega. Sólo resta acallar mi voz para poder escuchar en la paz de la noche serena, el latido del otro, del que quizá me esté llamando y yo, por escuchar mi voz, por hacer ruido, no advierta su presencia. LA ONDA® DIGITAL |
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