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Nuevo Espacio: “Nadie cambia el país
abrazado a los que lo destruyeron”

El pasado sábado 10 de julio, el Nuevo Espacio realizó
en la sede del Sindicato Médico del Uruguay, una evaluación de las recientes elecciones internas.
Lo que sigue es el informe que leyera el dirigente Gonzalo Mujica y que fuera aprobado por los presentes.

Es absolutamente lógico que, culminada esta etapa, nos reunamos para analizar los resultados, y, por sobre todas las cosas, intentar desentrañar algunos de sus significados posibles.

No se puede comenzar el análisis de ellos sin preguntarnos por cuáles eran los objetivos políticos que las fuerzas en pugna pretendían alcanzar, qué resultados electorales implicaban, y cotejar los resultados con esos objetivos para llegar a alguna clase de conclusión.

Pero en paralelo con este abordaje, que le otorga a los resultados un significado político específico, es necesario hacer otro, que se refiere a la valoración del resultado electoral como anticipo de los resultados de octubre, en lo que tiene que ver con el análisis de las tendencias que se mostraron, las proyecciones posibles o no, la inclinación de los que no votaron, la fidelidad de los que lo hicieron, etc.

¿Qué pretendía la derecha en estas internas, a qué aspiraba?
Fundamentalmente aspiraba a legitimarse ante la opinión pública como una opción real, capaz de obligar a la Nueva Mayoría a ir a una segunda vuelta; es decir de poder llegar a la instancia en que los dos partidos tradicionales suman, que es la instancia en la que tienen su mejor opción.

Para la izquierda, las internas eran la oportunidad de confirmarse como una fuerza invencible, aventando cualquier escepticismo acerca de su triunfo en primera vuelta, anticipándolo, y volviéndolo irreversible. Se trataba, además, de hacer cundir el desánimo en las fuerzas adversarias, con su secuela de contradicciones, descreimiento de los votantes, etc.

Es difícil cuantificar el resultado que validaría las intenciones políticas de la derecha, pero es indudable que, para que la izquierda cumpliera con los objetivos de su operación política, era necesario que la votación superara a los dos partidos tradicionales juntos.
Así encaramos la campaña, esto fue lo que le dijimos a la gente; era correcto que lo hiciéramos, porque el objetivo era alcanzable, y era justo que lo hiciéramos, porque el objetivo era la mejor opción para nuestros intereses.

Desde este punto de vista, debemos decir que el resultado electoral no logró los efectos políticos buscados. De hecho, el buen guarismo alcanzado por el Partido Nacional ha alentado a sus seguidores a dar batalla con más bríos aún al voto progresista.
La concurrencia de votantes progresistas no fue la necesaria , básicamente porque, en una interna sin pujas por la fórmula, era necesario un gran despliegue de recursos, una gran presencia de figuras de primera línea, y una concentración de todo eso en los lugares que, por su concentración de votantes progresistas, permitieran el máximo rédito electoral posible.
Es evidente que eso no ocurrió.

En administración, se aprende a utilizar de la forma más racional los recursos de los que se dispone; pero en política se buscan los recursos necesarios para el objetivo que se elige. Nosotros, este pequeño partido, gastamos el doble que el FA en la campaña de las internas. Uno de los dos gastó mal.
Pero tal vez para nosotros, los creadores de la Nueva Mayoría, las raíces de este contratiempo se encuentren aún antes, justamente cuando planteábamos la necesidad de la creación de este instrumento, el instrumento político para ganar en primera vuelta, para ganar varios gobiernos departamentales.

Siempre sostuvimos que la Nueva Mayoría era un instrumento político creado para permitir la unidad de todos los progresistas con los damnificados por el sistema, y esto implica un aporte a la categoría “amplitud” que no siempre fue comprendido y evaluado.

En aquellos tiempos, cuando intentábamos describir el horizonte electoral de la NM, hablábamos de las decenas de dirigentes intermedios de todo el interior, que no eran lacallistas, que no eran privilegiados por el modelo, que veían a sus votantes hundidos en la vorágine de la crisis, y que estaban esperando una señal clara de la fuerza mayoritaria, de que podían cortar sus amarras y había un espacio para ellos en el futuro que empezaba en este octubre. Con todos ellos hizo un esfuerzo enorme Rafael Michelini; a todos logró entusiasmar; pero tal vez ese esfuerzo fue demasiado solitario; tal vez no éramos nosotros los que debíamos hacerlo.

Para nosotros la Nueva Mayoría nunca fue el nombre del acuerdo político entre el NE y el EP-FA, hubiera sido un pecado de petulancia decir que nuestra simple suma hacía la mayoría; la NM era el nombre del instrumento que le proponíamos a la fuerza mayoritaria para que ella conquistara, con ese instrumento en sus manos, ese espacio que quedaba entre las fronteras del mundo de la izquierda, y el triunfo.
¿Cual hubiera sido el espacio político de Larrañaga si la NM hubiera logrado cruzar esos alambrados hacia el terreno político donde él, finalmente, logró organizar su fuerza anti-lacallista? En cada acto de Larrañaga, detrás de él, en el estrado, estaban todos los que habían conversado con nosotros, pero, lamentablemente, sólo con nosotros.

Nuestro Partido intentó, durante la campaña, contribuir a la estrategia del conjunto, y así, en la medida de nuestras fuerzas, fuimos los primeros en poner sobre la mesa el tema de la financiación de la campaña, mostrando nuestros números y desafiando a blancos y colorados a hacer lo mismo.

También fuimos los primeros en identificar a Larrañaga como el adversario más peligroso, y en el activo de la calle Rivera, Rafael (Michelini) fustigó duramente el “progresismo” de los que, por no sumar a la NM de los cambios; elegían seguir sumando a la vieja mayoría conservadora.

Porque somos una fuerza seria, y así como fuimos los primeros en ofrecer la Nueva Mayoría a los progresistas de todo el país, a nuestro riesgo, y justamente porque asumimos ese riesgo, hoy podemos decir a los renovadores de los partidos tradicionales que tienen a la NM como lugar para sumarse a los cambios progresistas, sin perder su identidad y sus tradiciones, con sus propias banderas y su propia manera de entender los cambios; pero que les quede claro que cualquier otra opción es sumarse a la vieja mayoría que debe ser desplazada.

Este es el eje de nuestra campaña: la cuestión es entre el voto progresista o el continuismo, o más de lo mismo.

Y cuando decimos continuismo no nos referimos a una cuestión cosmética, acerca de si el estilo y la totalidad de las ideas de Larrañaga es lo mismo que Lacalle. Por supuesto que no son lo iguales, ni por origen de clase, ni por generación, ni por el lugar del país donde se formaron. Pero cuando decimos que es más de lo mismo, y que es el continuismo estamos hablando de un proyecto conservador, al cual siempre defendió, en el cual siempre participó, y del cual ni el más reacio a los cambios de los analistas podrá encontrar una sola chance de que se aparte.

El Uruguay ha tenido, desde la dictadura, cuatro gobiernos de la coalición blanqui-colorada. A lo largo de ellos se estableció, de forma ininterrumpida, un modelo neoliberal que pretendía transformar a nuestro país en una plaza financiera internacional. Para lograrlo, transformaron al país, mediante una interpretación perversa del secreto bancario, en la patria del lavado y la evasión de toda la región; eliminaron de forma indiscriminada los aranceles que protegían la producción nacional; fijaron un tipo de cambio irreal que castigaba el precio de nuestros productos de exportación; rebajaron el poder adquisitivo de salarios y pasividades; gravaron el consumo en vez de la renta; utilizaron las tarifas de las empresas del estado como impuestos encubiertos.

Todo esto mientras mantenían intocadas las peores lacras que caracterizaron desde siempre los gobiernos de los partidos tradicionales: el clientelismo, el reparto de cargos, el acomodo y la corrupción. En este sentido podemos decir que nunca como en el último período se había visto tantos políticos implicados en procesos judiciales, de los cuales, a modo de ejemplo, recordamos: el escándalo del marcado de autos para el Banco de Seguros, el de la compra del Banco Pan de Azúcar por el financista Benamou, las coimas de Svetogorsky al Ministro de Transporte de la época, las coimas para digitar la concesión de la playa de contenedores, el escándalo por el caso Cangrejo Rojo, la quiebra fraudulenta de Avícola Moro, las implicancias de políticos de la coalición en la cobertura del contrabando, la entrega de viviendas del BHU a familiares de directores, etc..

Finalmente, en el invierno del 2002, todo ese modelo colapsó. Se hundió la niña de los ojos del modelo: el sistema bancario; ése por el cual habían sacrificado al país. Peor aún, se lo robaron; y, para que no nos desacostumbremos, con implicancia de los jerarcas blancos y colorados que debían controlar al sistema financiero.

¿Cuál ha sido el trágico resultado del modelo conservador?: la miseria, la desocupación, la destrucción del aparato productivo nacional, el deterioro de los valores por los que nos enorgullecimos de ser uruguayos. Todos los responsables de la crisis que rodean hoy a Larrañaga, y por supuesto que él mismo, no pueden ahora, a cuatro meses de las elecciones nacionales, lavarse las manos y decir alegremente que no tuvieron nada que ver.

Todos los conocemos, ellos han sido los propagandistas, los funcionarios, el sostén político de todo ese proyecto conservador que acaba de fracasar. Indistintamente intercambiaron cargos en los gobiernos de los dos partidos; todos los que hoy se quieren alejar de la responsabilidad por el drama de los uruguayos, estuvieron prendidos de estos gobiernos, y los que no podían estar prendidos estuvieron llorando porque no los dejaban mamar.

Este modelo tuvo tres grandes líderes: Sanguinetti, Lacalle y Batlle. Ninguno va a estar al frente del intento de continuar con el proyecto conservador, pero los tres van a estar respaldando al que ahora se hace cargo de la tarea. Si hubiera alguna persona con legítimos deseos de cambio en el Partido Nacional; ¿cómo podría gobernar sin el respaldo de estos tres dirigentes históricos del conservadurismo? ¿Cree sinceramente que el más mínimo intento de cambios va a pasar por el filtro de semejante respaldo?
Seamos claros y terminantes: no se puede cambiar nada rodeado de los responsables del modelo conservador, no se puede cambiar nada amparado en su respaldo, y el que se proponga enfrentar a las fuerzas progresistas, sabe que no puede llegar ni a la esquina sin su ayuda. Nuestro hipotético progresista tendría que ser, por lo menos, de una peligrosa ingenuidad si piensa que Sanguinetti, Lacalle y Batlle le van a dar su respaldo para evitar el triunfo de la Nueva Mayoría sin asegurarse de que el modelo conservador continúa; es más, ésa va a ser la condición del apoyo.

La renovación del país no es una cuestión de edades, sino de ideas; hay ideas progresistas y las hay conservadoras, y los que las tienen pueden ser de la edad que sea: el diputado Abdala tiene menos de 40 años y el Gral. Liber Seregni más de 80; ¿Quién es conservador y quién progresista?. Y la renovación del país no es sólo cuestión de ideas sino también de compromisos; nadie cambia el país abrazado a los que lo destruyeron.

El partido del cambio es el EP FA NM, y los progresistas de todo el país tienen en él el instrumento para la renovación, sin ataduras, sin compromisos con el país del privilegio, el acomodo, la miseria y la corrupción.

Compañeros: y pese a todo somos la mayoría. Sin campaña y con errores, somos la mayoría. Lo sabemos los que caminamos por los barrios, los que vamos al cara a cara con la gente, los que confirmamos un día si y otro también en las encuestas, lo que un mes antes de cada encuesta estábamos olfateando en los rincones de la sociedad. Somos la mayoría que va a ganar, en octubre, en primera vuelta, y por paliza.

Hay mucho más de un millón de uruguayos esperando a que los convoquen a participar en la gesta, pero que quieren que sea una gesta. No quieren fundar el Uruguay progresista en el estilo gris y mediático de los conservadores, quieren ganarle a los blancos y colorados como siempre les ganó la izquierda, en la calle, juntos, nos están pidiendo que les hagamos sentir la vieja alegría de tomar el cielo por asalto, y hacerse dueños de su destino. Si estamos a la altura de su reclamo, el triunfo es nuestro.

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