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A diez años de aquel día,
lo que faltó decir sobre el Real
por el embajador Rubens Ricupero
El
décimo aniversario del Real me sorprende en San Juan, Puerto Rico, donde
vine para la reunión anual de la Cepal. Diez años atrás, en la mañana
del viernes 1° de julio, al lado del presidente Itamar, cambiamos, en la
agencia de la Caixa Económica Federal, en el Palacio do Planalto, alguna
moneda antigua por la nueva. Fui después a la sede del Banco do Brasil,
en el sector bancario, al Banco Central, recorrí algunas agencias de la
periferia. Por todos lados, había calma, orden, con un poco de
excitación. Sentí que la moneda había sido “una pegada”. Al pueblo le
había gustado el Real. Sólo reclamaba de la escasez de las moneditas.
Los marketineros de la contra habían concebido un lema gracioso –
“parece real pero es una pesadilla”. Nadie ni siquiera le prestó
atención: cayó en el vacío.
Intentando ahora pensar en alguna cosa que no haya sido dicha o que
apenas se mencionó de pasada, lo primero que se me ocurre es el
misterioso papel del FMI en la historia del Real. Misterioso en el
sentido de la observación sherlockiana en “The hound of the Baskervilles”:
lo singular, con relación al perro, es que no ladró en la noche del
crimen. Lo mismo sucedió con la contribución del FMI al Real:
simplemente no existió. O, si prefieren, ayudó en la medida en que no
entorpeció. Esto es, si tuviésemos un acuerdo “stand by” con el Fondo,
como se había intentado antes, no hubiera sido posible lanzar la moneda.
La razón es muy simple. Nuestras condiciones fiscales – equilibrio
primario en el presupuesto, sin computar las obligaciones de intereses –
eran apenas tolerables, el mínimo de los mínimos para poder intentar
correr con alguna chance. El FMI ya exigía más en aquel momento: un
superávit primario de uno, dos o más por ciento del PBI. Se afirmaba
que, con nuestra “memoria inflacionaria”, era preciso un esfuerzo
heroico. Puede ser hasta que, en términos de compendio, fuera verdad. En
las circunstancias políticas y sociales del país, post – “impeachment” y
pre-electoral, era, como en el derecho romano, exigir “tocar la luna con
el dedo”: una condición imposible. Se continuó conversando pero
sabiendo, de una parte y otra, que no se llegaría a un acuerdo. Lo que
fue para nosotros una bendición. Si, además de todas nuestras
complicaciones, tuviésemos soplando en nuestra nuca, el aliento gélido e
intolerante de la ortodoxia del Fondo, el Real seguramente jamás habría
salido de la tabla de dibujos de los diseñadores de la Casa de la
Moneda.
Es curioso que, en esa época, el acuerdo de la deuda con los bancos
privados seguía el mismo padrón. Pedro Malan negoció soberbiamente y
consiguió lo que ningún otro país obtuviera antes: cerrar el negocio con
los bancos privados sin el aval del FMI. Para esto, Brasil bancó, con
sus reservas, la garantía de los nuevos títulos Brady, adquiriendo, a
escondidas, las Letras del Tesoro americano. No sorprende, sin embargo,
que ni el FMI ni el Tesoro de los EE.UU., escondieran el escepticismo
con el que encaraban otra “aventura” monetaria brasileña. Como dije en
la FIESP (13/08/94), era como si nos hubiésemos inspirado en el lema del
Resurgimiento – “L’Italia fará da sé”, el “Brasil lo hará por sí mismo”.
Y de este modo se hizo hasta que el error fatídico de la sobredosis de
valorización cambiaria, potencializado por la ilusión de la integración
en los circuitos financieros internacionales, nos entregaron, atados de
pies y manos, al Shylock, que nos exige por año, no sólo una, sino 4,25
libras de carne fresca, cortada, chorreando sangre del presupuesto de
nuestra desgracia.
Extraño el silencio que guardan sobre este episodio la vileza de la
pandilla doméstica del “mercado” y los “topdogs”, que los comandan del
exterior, con ladridos presunciosos y autosuficientes. Al final, para
que sirve el Fondo Monetario, luego de la castración en frío operada por
Nixon, si no para ayudar a países en desarrollo a restablecer un mínimo
de salud monetaria y financiera? Como explicarle la ausencia en lo que
posiblemente constituye la operación de reconstrucción monetaria de
mayor envergadura llevada a cabo con éxito por un país emergente, en el
curso de la última década? Cuál es el sentido de esta omisión, en
contraste con el desastroso apoyo a la política Menem-Cavallo? Tenemos
que concluir que el Fondo sólo es solidario en el cáncer? Que, cuando se
trata de crecer, de osar, de actuar con inventiva para estimular la
expansión y el empleo, como hace la Federal Reserve, no se puede contar
con él?
La cuestión no es de interés meramente histórico y académico. Si la
respuesta a estas preguntas es que nada cambió – espero que no sea así –
conviene dar prioridad a la reconquista de la autonomía perdida. Pues,
si estamos de acuerdo en considerar un éxito indiscutible la
introducción del Real, diez años atrás, no es lícito omitir que este
éxito sólo fue posible porque disfrutábamos entonces de una autonomía
que no supimos preservar. Con rigor, el problema no es tanto el Fondo
Monetario Internacional, sino de las implicancias inevitables de la
globalización financiera que él promovió de modo ideológico y exagerado,
al menos mientras intentó imponer la apertura completa de la
cuenta-capital de la balanza de pagos y la prohibición de controles de
la libre circulación de capitales. Por increíble que parezca, esta era
aún la orientación oficial en la reunión del FMI y del Banco Mundial en
Hong Kong, en el otoño de 1997, cuando la crisis desencadenada por la
apertura precoz incendiaba ya a Asia y alcanzaría, semanas después, la
propia ciudad sede de la reunión y Singapur!
Más peligrosa que el tratamiento de shock recetado a Rusia, la
liberalización financiera es extraordinariamente difícil de administrar,
habiendo llegado solo a países de capitalismo maduro como Francia e
Italia a principios de la década de los 90’. Creer que sea compatible
con nuestras fragilidades políticas, institucionales, económicas, es una
de las paradojas más imprudentes e irrealistas de parte de los que, bajo
pretexto de realismo y prudencia, nunca piensan que es tiempo de reducir
los intereses. Tal vez sea, en el fondo, una cuestión de prudencia tan
enloquecida que acaba siendo lo contrario. Esto no es atributo del FMI o
de agencias de crédito internacionales. Aquí mismo los ejemplos abundan.
Un amigo mío, con la intención de mostrar que somos esclavos de un poder
anónimo, afirma que jamás ha encontrado un brasileño capaz de enumerar
los nombres de los integrantes del COPOM. Propongo un test mejor, a fin
de demostrar una tesis tan diversa, la de que la prudencia en dosis
excesiva, se convierte en miedo paralizante, puesto que, en los
instantes decisivos, siempre habrá una zona considerable de riesgo que
exija coraje, no de los técnicos y burócratas, sino la expresada por la
sabiduría del pueblo: “quien piensa, no se casa”. La prueba es la
siguiente: alguien cree que si, el día 1° de julio de 1994, hubiese
existido este Consejo y toda la parafernalia de los agoreros del
mercado, estos habrían aceptado lanzar el Real en las condiciones en que
lo hicimos? El que responda que sí, está mintiendo.
El que diga que no, tendrá que aceptar las consecuencias de la
respuesta. La primera es que el Real no acabó en 1996, como se viene
diciendo. Comenzó a morir antes, cuando se adoptaron las políticas
cambiarias y financieras conducentes a la pérdida de autonomía. En el
momento en que la moneda completa 10 años, es hora de iniciar la
reconquista de lo que se perdió.
Traducido para LA
ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte LA
ONDA®
DIGITAL
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