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14 de julio - Revolución Francesa
La adultez del hombre moderno La así llamada Revolución Francesa ocupó un período que podemos ubicar entre 1789 y 1799, lo que es igual a decir desde los Estados Generales al Golpe de Estado de Napoleón, acaecido el 18 Brumario (9 de noviembre de 1799.[1] El territorio galo venía siendo protagonista de una serie de iniquidades y un franco desgobierno en donde los privilegios eran a todas luces contrarios al común de la gente y habían comenzado a erosionar grandemente las propias estructuras medias de mando. Hay un personaje que, si bien en el conjunto de la Historia, poca resonancia tiene por sus propias virtudes, sí es un actor importante de estos mismos hechos que darán por resultado la llamada Revolución. Joseph Sieyès es quien formula la propuesta teórica, al tiempo que con él hace su aparición la idea de nación. Este clérigo que desplegara una activa labor en la administración eclesiástica, llegando a ser vicario general de la diócesis de Chartres y luego, representante del aparato eclesiástico en los Estados Generales que Luis XVI convocara para el verano de 1789. Para tal ocasión, y a través de un ensayo, Sièyes se interroga sobre ¿Qué es el Tercer Estado? Y da su visión que habrá de despertar inquietudes en todos los estamentos por la obviedad, ahora explicitada, de su planteo. Es decir, habla de la organización por estamentos. El Rey, como el primero, él como clérigo al igual que la nobleza, miembros del segundo Estado y luego, en el Tercer Estado, la llamada burguesía, con todos los matices que tal categoría podía llegar a tener por aquel entonces, y el pueblo en general. Sieyès no sin razón, decía que este Tercer Estado, representaba al 96 por ciento de Francia y vivía bajo el poder del restante 4 por ciento, en sus respectivas gradaciones, la aristocracia. A su entender, una nación es un conjunto de asociados que viven bajo una ley común a todos y que están representados por una misma legislatura. De ahí la importancia clave que tuvo la transformación de los Estados Generales en Asamblea Nacional, que ya no atiende a distinciones estamentales; en esa transformación el citado clérigo jugó un papel de primer orden. Pero esto apenas es un aspecto del comienzo de un movimiento que transformaría grandemente tanto las estructuras de gobierno cuanto más al hombre común, al hombre-objeto y, especialmente, a la mujer, convirtiéndoles en protagonistas, en la posiblidad cierta de ser hacedores de su propio destino.[2] Pero vayamos por partes, mientras se sustancias reuniones abiertas y encubiertas, acciones de reinos y nobles, como de estamentos eclesiásticos claramente enfrentados, los unos por mantener privilegios y posesiones, los otros por arribar en muchos casos a una vida más digna. El gran fermento, el pueblo, iba despejando en cada una de estas acciones, muchas de las cuales por contradictorias se anulaban entre sí, pero la gente, el vulgo, comenzaba a escuchar y, atención, comenzaban muy lentamente a ser mirados y tenidos en cuenta. París, hacia 1789, tenía en la orilla derecha a la Bastilla y el Arsenal, el Temple (que después fuera la prisión de Luis XVI), el Ayuntamiento, palacios, el Louvre, las no menos famosas Tullerías y dos plazas, la Luis XV y la Vendôme. En las islas, el palacio de Justicia y la Conciergerie, prisión de María Antonieta y de multitud de detenidos, sin duda Notre Dame y la isla de San Luis. En la orilla izquierda, el hospital de “La Salpêtrière” , iglesias, palacios y abadía, “Los Inválidos”, la escuela Militar y el Champ de Mars.[3]
La toma de la Bastilla
Por el testimonio del relojero J.
B. Humbert, sabemos que se estaban entregando armas para los
distritos en “Los Inválidos”, así como se daba pólvora en el
Ayuntamiento.
De los Derechos El 26 de agosto, se arriba a la primera Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aceptada por el rey y colocada al principio de la Constitución de 1791. Comienza diciendo: Los representantes del pueblo francés constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, deciden exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que todos los miembros de la sociedad tengan presente esta declaración y les recuerde, permanentemente, sus derechos y sus deberes; para que los actos del poder legislativo y los del poder ejecutivo puedan ser comparados, en cualquier momento, con el fin de cada institución política y sean, de este modo, más respetados; para que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas desde ahora sobre principios simples e indiscutibles, garanticen la salvaguardia de la Constitución y la felicidad de todos. Por lo tanto, la Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los Derechos del Hombre y del Ciudadano siguientes.
La Declaración y la Constitución
de 1793 De sus treinta y cinco artículos, repasaremos los tres primeros, a saber: Art.1. El fin de la sociedad es la felicidad común. El gobierno está instituido para garantizar al hombre el disfrute de sus derechos naturales e imprescriptibles. Art.2. Estos derechos son la igualdad, la libertad, la seguridad, la propiedad. Art.3. Todos los hombres son iguales, por naturaleza y ante la ley.- A su vez, la mencionada Constitución, en sus artículo 122 y 123, por ejemplo, que guardan relación con las Garantías de los Derechos, expresa: Art.122. La Constitución garantiza a todos los franceses la igualdad, la libertad, la seguridad, la propiedad, la deuda pública, el libre ejercicio de los cultos, una instrucción común, la asistencia pública, la libertad de prensa sin límites, la asistencia pública, la libertad de prensa sin límites, el derecho de petición, el derecho a reunirse en sociedades populares, el ejercicio de todos los derechos del hombre. Art.123. La República Francesa honra la lealtad, la valentía, la vejez, la piedad filial, el infortunio. Confía el depósito de su Constitución bajo la custodia de todas las virtudes. Pero esto, siendo mucho, sería hasta vano, si no se atendiera otro asunto particularmente lascerante para el ser humano: la esclavitud.
Abolición de la esclavitud Al redactar la Constitución del pueblo francés no nos acercamos a los desdichados hombres de color. La posteridad, en este sentido, nos lo reprochará; pero debemos reparar este daño. Parece inútil haber decretado la prohibición de percibir cualquier derecho feudal en el territorio de la República francesa cuando, como nos acaba de decir uno de nuestros colegas, todavía existen esclavos en nuestras colonias. Es hora de que nos pongamos a la altura de los principios de la libertad y de la igualdad. Podríamos decir que no reconocemos esclavos en Francia, pero ¿acaso no es cierto que los hombres de color son esclavos en nuestras colonias? Proclamemos la libertad de los hombres de color. A través de este acto de justicia dais un gran ejemplo a los hombres de color de las colonias inglesas y españolas. Los hombres de color han querido, como nosotros, romper sus cadenas; nosotros rompimos las nuestras, no quisimos estar bajo el yugo de ningún amo; concedámosle esta dicha. Seguidamente, el diputado Levasseur responde: Si fuera posible pintar a la Convención el cuadro desgarrador de los males de la esclavitud, se estremecería por la aristocracia que algunos blancos ejercen en nuestras colonias. Lacroix: Presidente, no permitas que la Convención se deshonre con una discusión más extensa. (La Asamblea en pleno se levanta por aclamación) El presidente pronuncia la abolición de la esclavitud, en medio de los aplausos y del grito, mil veces repetido, de ¡Viva la República! ¡Viva la Convención! ¡Viva la “Montaña”![4] El recordar estos hechos, hace que uno vibre fuertemente ante lo mejor de lo humano. Revolución que se ensalza no por el cruce de espadas sino por la instauración, desde el llano y merced a asambleas y convenciones como las hasta ahora citadas. Instancia del Occidente merecedora de permanente recuerdo y revalorización, habida cuenta de cuán fácil es caer en la renuncia de nuestros Derechos, porque, digámoslo, antes que quitárnoslos, somos nosotros mismos, por vía de nuestra inacción societaria, de la transferencia de nuestra responsabilidad, los que permitimos el avance de lo oscuro. Naturalmente, tal avance tiene una dinámica propia pero, a lo que voy, es a que tal dinámica encuentra movilidad ante la queda nuestra, mía y suya, ante las obligaciones que nuestra condición de ciudadanos nos impone. A ver si puedo ser más claro, apelando a un filósofo que, pocos años antes de estos acontecimientos, así se refería sobre su condición de tal. Hablo del príncipe Gaetano Filangieri quien, en su obra datada en 1780 e intitulada “Scienza della legislazione”, dice: El filósofo debe ser apóstol de la verdad y no inventor de sistemas(...) Mientras no sanen los males que oprimen a la humanidad, mientras los errores y prejuicios que los perpetúan sigan hallando seguidores, mientras la verdad conocida por unos pocos hombres privilegiados esté escondida para la mayor parte del género humano, mientras aparezca alejada de los tronos, el deber del filósofo es predicarla, sostenerla, promoverla e ilustrarla. Si las Luces que difunde no son de utilidad para su tiempo y su patria, lo serán seguramente para otro tiempo y otro país. Al ser ciudadano de todas partes y contemporáneo de todas las épocas, el universo es su patria, la tierra su escuela, y sus contemporáneos y sucesores sus discípulos.[5] De eso se trata, recordando, ya en la contemporaneidad, al filósofo Emmanuel Lévinas, la faena del pensar.
La Marsellesa" El enemigo se halla en las orillas del Rhin, día extraordinario, signa la historia, el 25 de abril en que los correos de París traen a Estrasburgo la noticia de la declaración de guerra. En los clus y en los cafés se pronuncian enardecidos discursos. Se reparten proclamas: Aux armes, citoyens! L’etendard de la guerre est deployé! Le signal est donné!. La tensión crece con el paso de las horas, las gentes deambulan vectorialmente, a sus diferentes y encontrados destinos. El barón Federico Dietrich, entregado en cuerpo y alma a la idea de la nueva libertad, sólo quiere oir de entusiasmo y espíritu combativo. Reune por la noche en su casa a los generales, demás oficiales y a los funcionarios todos, mientras afuera manda distribuir comida entre los soldados. A su tiempo, entre brindis y discursos, el alcalde dirige al joven capitán de ingenieros llamado Rouget, un especial pedido: el componer un cántico a tono con la hora, pedido que es aceptado. Ya en la noche del 26 de abril, resonando en sus oídos las frases vibrantes de las proclamas, el capitán Rouget, en vela, repasa tanto aquellas como así también las palabras que oyera al pasar, voces de las mujeres que sufren por sus hijos, recuerda a los labradores que temen por los campos de Francia y así, en su noche, Rouget, compone las primeras líneas que no hacen sino oficiar de eco del pueblo que sufre y espera:
Allons, enfants de la patrie, Y continúa sin interrupción puesto que el alboroto que proviene de la calle es, en realidad la musa que dicta notas y letras y, como en las grandes ocasiones, lo perdurable triunfa sobre lo efímero. Aquel pedido del alcalde por un canto de guerra, pasa a ser –y continúa siéndolo- el himno del hombre libre, ciudadano del mundo, augusta presencia en libertad junto con sus hermanos, sin importar credos, razas o condición social.
Montesquieu, Sainte-Beuve Dice Sainte-Beuve de Montesquieu:[7] El gran error de los periodistas es no hablar de otros libros que los nuevos, como si la verdad no fuera vieja. Entiendo que no hay razón para preferir los libros nuevos, sin haber leído antes los antiguos. Esto lo dice Usbeck en las Cartas persas, de suerte que es Montesquieu quien lo dice y es justo aplicárselo. (...) Tomemos Del Espíritu de las Leyes por lo que es, por una obra de pensamiento y de civilización. En Montesquieu, el hombre es mejor que el libro. No le pidamos al libro más metodo, más orden, más precisión en los detalles, más sobriedad de erudición y de fantasía, más consejos prácticos, de lo que contiene de todas estas cosas; no veamos en él sino el carácter de moderación, de patriotismo, de humanidad que el autor ha puesto en las mejores partes y que ha revestido con una forma elevada. Tiene frases que ilustran la materia. Con razón habla de la majestad de su tema y hace bien en añadir: “Yo creo no haber carecido totalmente de genio.” En estos y en otros pasajes, se revela el hombre que desea la libertad verdadera, la verdadera virtud del ciudadano, todas aquellas cosas cuya perfecta imagen no había visto en ninguna parte entre los modernos y de las que se había formado una idea en el estudio de su gabinete y ante los bustos de los antiguos. Del Espíritu de las Leyes es un libro sin más aplicación que la perpetua de elevar el espíritu a la alta esfera histórica, engendrando un sinnúmero de bellas discusiones. En el orden de los gobiernos libres, pero templados, se encontrarán en él inspiraciones generales y memorables textos. Los que gustan de oráculos pueden buscarlos allí. El círculo de las cosas humanas que tiene tantas vueltas y revueltas y del que nunca se puede decir que está cerrado, ha parecido darle o quitarle la razón a Montesquieu, no una vez, sino varias. Bien cándido será el que vea en esto la afirmación de cierto orden anunciado por él y no la eterna vicisitud. Montesquieu, agrego, en su obra Del Espíritu de las Leyes, pero sin olvidar ese otro riquísimo legado a la humanidad que son sus Cartas Persas, dio pie, formó la base, del despertar de lo mejor en el espíritu humano. Digamos que al año y medio de publicada aquella obra, se hicieron veintidós ediciones de la misma, habida cuenta de la gran receptividad –y necesidad de ella- que encontró en la gente de la segunda mitad del siglo XVIII. Vale esta acotación para robustecer el hecho incontrastable de que la llamada Revolución Francesa no fue un accidente sino una consecuencia que tuvo, a no dudar, en hombres como Montesquieu, forjadores claves que soñaron con instancias de libertad con igualdad y en fraternidad.
El hombre, entre Dios y la Cosa El hombre que tiene dos extremos que sabe no habrá de visitar puesto que nunca lo comprenderán: Dios y la cosa. El hombre sabe que no puede ser Dios, que no puede ser perfecto pero que tampoco puede, de creer en tal divinidad, abandonar la existencia. Porque el hombre es. Existe. Y tampoco puede ser, en el otro extremo, cosa, en tanto la cosa no sabe que es cosa y el hombre sí sabe que es. Ahora bien, momentos de la humanidad como lo mejor de lo vivido en la Revolución Francesa, dicen de que el hombre tan luego sabe que es como que debe, a ese saber, adicionarle conciencia, pero no mero saberse sino conciencia moral. El hombre sabe que es y en función de tal saber, escucha la voz de su conciencia para armonizar la acción con aquellos valores centrales que la humanidad tiene para sí, que nacen y se nutren del respeto, la libertad, la posibilidad de ser en igualdad de oportunidades, como el otro o en complemento al otro. Así esté yo caminando por las calles de Montevideo, como por Buenos Aires, o Paraná –recordando al río que la bordea- o mismo viendo ante mí la selva misionera o preparando un mate junto a un gaúcho que no cesa de tomarme el pelo, en tal situación tengo la posibilidad de recrearme, de ser, desde un deber ser que atienda valores caros para nosotros. En tal sentido, es que hoy recordamos a la Revolución Francesa que late y vive en el pecho del hombre libre pero que debe, este mismo hombre ser testigo y protagonista de tal saber para que su esencia se extienda y propague a través de las generaciones para el mejor fin del hombre en sociedad: ser un ciudadano. Que no otro honor nos cabe a los de a pie, y ya es mucho. Por ello, recordando al digno maestro del pensamiento americano, el argentino Vicente Fatone, digo con él que el hombre es ante todo el ser que se cura de su ser, como ser en situación que es, lo que significa ni más ni menos el conocer nuestra circunstancia para en ella y desde ella generar posibilidades para nosotros como para los nuestros. [1] González-Pacheco, Antonio – La Revolución Francesa (1789-1799), Ariel Practicum, Barcelona, págs 3 y ss. 2 Botella, Juan, Cañeque, Carlos, Gonzalo, Eduardo (editores) – El pensamiento político en sus textos, Tecnos, Madrid, 1994, págs. 308/318. 3 González- Pacheco, Antonio, obra citada, págs 26/27 4 ibidem, págs. 168 y ss. 5 Ferrone, Vincenzo y Roche, Daniel (editores) – Diccionario Histórico de la Ilustración, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pág. 418 6 Zweig, Stefan – Momentos estelares de la humanidad, Editorial Juventud, Barcelona, 1998, págs.89 a 105 7 Montesquieu, Del espíritu de las leyes, Editorial Heliasta, Buenos Aires, 1984, págs. 21 a 42. 8 Fatone, Vicente – Introducción al existencialismo – Editoria Columba, Buenos Aires, 1957, pág. 17LA ONDA® DIGITAL |
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